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«Interstellar» (2014), de Christopher Nolan

Cuando se estrenó 2001: Una Odisea del Espacio en 1968, críticos y espectadores se dividieron. Algunos la ensalzaron como un logro cinematográfico sin precedentes mientras que otros la encontraron autoindulgente, oscura y aburrida. Fueron necesarios bastantes años para que la película acabara siendo reconocida como uno de los grandes films de todos los tiempos. Cuando cuarenta y seis años más tarde Christopher Nolan decidió hacer con Interstellar su propia apuesta por una ciencia ficción sofisticada, que tocara temas trascendentales y que no diera todo masticado al espectador, hubo quien quiso compararla con la película de Kubrick y aventuró que probablemente volvería a dividir a público y crítica. No fue así. Los elogios fueron con diferencia mucho más abundantes y entusiastas que los reproches.

El cine había cambiado, los espectadores también, pero, sobre todo, Nolan es un director menos experimental de lo que Kubrick fue con 2001, más claro en su narrativa y exposición y, también, menos misántropo y más interesado en explorar el mundo emocional de sus personajes. No sabemos cómo se analizará Interstellar dentro de cincuenta años, pero lo que sí podemos decir es que es una película que no deja indiferente y que resulta difícil de olvidar una vez vista.

En un futuro no muy lejano, el clima de la Tierra ha sufrido graves alteraciones, provocando la extinción masiva de plantas y animales y creando una situación extrema en la agricultura en la que pocos cultivos, como el maíz, pueden ya sobrevivir. Cooper (Matthew McConaughey) es un antiguo astronauta, ingeniero y piloto de pruebas de la NASA que vive con su suegro y sus dos hijos en una granja que trata a duras penas de mantener a flote. Su hijo Tom (Timothée Chalamet) parece proclive a seguir el camino de granjero, pero su cariño se canaliza claramente hacia su hija pequeña, Murph (Mackenzie Foy), una niña de diez años muy inteligente que, un día, empieza a decirle a su padre que hay fantasmas en su habitación. Cooper acaba relacionando ese “poltergeist” con unas perturbaciones gravitatorias que afectan a su maquinaria agrícola. Juntos, Cooper y Murph, analizan las peculiares pautas que forma el polvo al posarse, desvelando lo que parecen ser coordenadas geográficas.

Al seguir esa pista, él y Murph llegan a la única y oculta base superviviente de la NASA, donde un antiguo amigo y colega suyo, el profesor Brand (Michael Caine) le hace una propuesta: pilotar la nave Endurance en una misión a Saturno, donde atravesarán un misterioso agujero de gusano estable que han descubierto en sus proximidades. Anteriormente, la agencia espacial ya ha enviado tres naves tripuladas a través de esa puerta estelar, expediciones que antes de desaparecer enviaron de vuelta datos de tres posibles planetas habitables para la especie humana. Cooper tendrá, por tanto, dos misiones excluyentes: el plan A será explorar dichos planetas y abrir el camino para su colonización, salvando así el futuro de los actuales habitantes de la Tierra, al límite ya de supervivencia. El plan B y alternativo, consistiría en enviar a uno de esos mundos habitables embriones humanos y empezar de cero una nueva población.

Cooper acepta, pero su separación de Murph resulta traumática puesto que en el mejor de los casos y debido a los efectos temporales de la Teoría de la Relatividad, pasarán muchos años antes de que vuelvan a verse aun cuando él no envejezca, algo que la niña no puede entender ni aceptar. Cuando él y la tripulación (compuesta de la doctora Amelia Brand (Anne Hathaway), Doyle (Wes Bentley), Romilly (David Gyasi) y dos robots no humanoides con inteligencia artificial, TARS y CASE) despiertan de la animación suspendida en la que han pasado el trayecto inicial de dos años hasta Saturno y atraviesan el agujero de gusano, descubren que las cosas no eran como habían pensado al tiempo que la misión experimenta una serie de graves problemas y desastres. Mientras que a bordo sólo han transcurrido unos cuantos meses, la dilatación temporal ha hecho que en la Tierra Murph (Jessica Chastain) sea ya una adulta que trabaja como astrónoma para la NASA, luchando por descifrar las ecuaciones que harían el viaje espacial más fácil y, por tanto, aseguraría la supervivencia última de la especie humana.

La gestación de Interstellar tiene una larga trayectoria que empezó con una cita a ciegas

Desde el comienzo de su carrera como uno de los profesores más jóvenes en la historia del Instituto Tecnológico de California, el astrofísico y físico teórico Kip Thorne destacó en el estudio de las estrellas y el espacio. Algunos de sus colegas lo describieron como científico visionario.

En 1980, era un padre divorciado que trataba de criar a una hija adolescente cuando recibió una llamada de un buen amigo, Carl Sagan, invitándole a salir con una mujer que conocía. Aunque el introvertido científico del CalTech se sentía más a gusto imaginando agujeros negros que navegando por el proceloso mar de las citas románticas, accedió. Como buen “friki” de la ciencia que era, Thorne llevó a su cita, Lynda Obst, entonces editora científica del New York Times Magazine, al estreno mundial de Cosmos, la serie televisiva de divulgación escrita y dirigida por Carl Sagan.

De aquello no acabó saliendo un romance, pero sí una buena relación que sobrevivió al tiempo. Obst pasó del periodismo a la producción cinematográfica de títulos como Flashdance, El Rey Pescador o Estado de sitio.

A mediados de los noventa, se encargó de producir la película Contacto (1997), adaptación de la novela homónima de Carl Sagan, y contrató a Thorne, ya entonces una personalidad muy conocida en el mundo de la divulgación, como asesor científico. Fue una decisión coherente por cuanto, a comienzos de los ochenta, cuando Sagan estaba escribiendo Contacto (que inicialmente iba a ser un guión de película realizado a instancias de la propia Obst), fue Thorne quien le sugirió utilizar agujeros de gusano en lugar de agujeros negros como forma de viajar de un punto a otro de la galaxia, una hipótesis de la que siempre ha sido defensor (si bien se trataría de fenómenos subatómicos e inestables).

Esta idea fue popularizada por Sagan en la mencionada novela y desde entonces se ha incorporado a muchas historias de ciencia ficción posteriores. Si Thorne hubiera recibido un cheque por cada vez que ese recurso se ha utilizado en una película, novela o serie de televisión, habría sido mucho más rico.

Mientras colaboraban en la producción de Contacto, Obst y Thorne charlaron sobre qué tipo de marco cinematográfico permitiría integrar conceptos de física teórica avanzada, como los agujeros de gusano, los agujeros negros o la dilatación espacio-temporal. Aquél proyecto no se olvidó y en 2005, ambos escribieron un tratamiento genérico de ocho páginas que Obst vendió a Steven Spielberg, quien en 2006, lo llevó a Paramount. A la espera de terminar con otros proyectos que tenía en marcha, contrató a Jonathan Nolan para escribir el guión. Nolan trabajó en ello durante cuatro años empapándose de ciencia según las directrices que le habían dado. Pero cuando en 2009, Spielberg trasladó su productora Dreamworks de Paramount a Walt Disney, éste se desvinculó de la producción y el guionista recomendó a su hermano Christopher para ocuparse de la misma, cosa que ocurrió en 2012.

Ya desde comienzos del siglo XXI, Christopher Nolan se había convertido en uno de los principales directores de cine de género. Obtuvo un gran reconocimiento con su segundo film, Memento (2000), pasando a continuación a realizar un remake en inglés de una película noruega, Insomnio (2002).

Su primer éxito de taquilla vino con Batman Begins (2005), que resucitó la moribunda franquicia del superhéroe gracias a una aproximación realista y oscura. Le siguió la muy superior El Caballero Oscuro (2008), completando la trilogía El Caballero Oscuro: La leyenda renace (2012). Intercaladas con éstas, dirigió otros trabajos muy notables como El truco final (2006) u Origen (2010), a lo que se sumó su trabajo como productor en Superman: Man of Steel (2013) y Transcendence (2014). Según él mismo declara, su interés por la ciencia ficción relacionada con la exploración de los misterios del espacio había nacido a los diez años, cuando vio la mencionada serie televisiva de Cosmos. Cuando se comprometió con la producción de Interstellar era ya bien conocedor de la misma por cuanto había estado intercambiando ideas con su hermano respecto al guión desde que éste empezó a trabajar con él.

Para entonces, Kip Thorne se había retirado en 2009 tras más de cuatro décadas dedicado a la docencia y la divulgación. Pero Linda Obst volvió a contactar con él para que ejerciera de asesor científico en Interstellar. Thorne sabía muy poco de cine, pero Obst valoraba su cinematográfica forma de interpretar y explicar los misterios del universo. Inicialmente, a Christopher Nolan no le hizo mucha gracia la idea, temiendo que actuara como una especie de censor que continuamente le reprendiera acerca de las libertades que se tomaba con la ciencia, sermoneándole acerca de lo que podía y lo que no podía hacer con su historia.

Lo que ocurrió fue lo contrario: sus charlas con Thorne le ofrecieron nuevas y emocionantes posibilidades narrativas y sólo entraron en conflicto en una ocasión, cuando Nolan quería utilizar una nave que pudiera viajar a velocidades superiores a las de la luz, una idea común en la ciencia ficción pero que Thorne, como científico riguroso, no podía admitir. Le costó dos semanas de discusiones, pero al final convenció al director para que utilizara una alternativa más acorde con la ciencia conocida. Thorne se tomó muchas molestias para que la película no cayera en la pura especulación, sino que siempre pudiera aportarse una justificación científica a lo que ocurría en ella. Durante la producción del film, organizó y dirigió un taller de ideas compuesto por catorce científicos, incluyendo astrobiólogos, planetólogos, psicólogos y expertos en política espacial. Trabajó con el equipo de efectos especiales para asegurarse de que la representación visual de los agujeros negros y otros fenómenos cósmicos fuera la adecuada según la ciencia –llegando a crear un modelo matemático para la renderización digital del agujero negro–; y, además y por si fuera poco, escribió un libro, La ciencia de Interstellar, que sirve de complemento a la película.

A menudo y como decía al comienzo, se ha comparado este film con 2001: Una Odisea del Espacio (1968), la cinta clásica de Stanley Kubrick. Ciertamente, hay puntos en común y la influencia de ésta es patente, hasta el punto de que casi se podría decir que Nolan le rinde homenaje. Los argumentos de ambas películas funcionan de forma similar e incluyen elementos parecidos: un viaje a los confines del sistema solar (Saturno aquí, Júpiter en 2001) con el fin de investigar una puerta estelar que ha sido colocada allí por unos alienígenas misteriosos; viaje que, en ambos casos, acaba saboteado a mitad de camino, descubriéndose además que quienes dirigen la misión no habían sido sinceros acerca de la naturaleza de la misma; y las escenas álgidas en las que el astronauta experimenta un viaje a través de un túnel de luces para alcanzar un lugar más allá del entendimiento humano representado en términos cotidianos –una habitación de hotel en 2001, el dormitorio de una niña en Interstellar-, del que emerge con poderes casi divinos. (Hay incluso una fuerte elipsis-transición entre el segmento de la Tierra y el del espacio, reminiscente del utilizado por Kubrick con el hueso arrojado por el mono).

Ahora bien, en mi opinión son más importantes las diferencias entre ambas películas que sus similitudes. Kubrick hizo una película abstrusa y muy fría. Él se sentía muy pesimista acerca del futuro y del hombre y en 2001 construyó un mundo en el que los humanos habían quedado reducidos a poco más que autómatas rodeados de tecnología, individuos fríos que no demostraban emociones y que parecían más mecánicos que el propio HAL 9000 –de hecho, el único en la película que parece sentirse verdaderamente angustiado ante la perspectiva de su muerte–. La aproximación de Nolan es totalmente opuesta. Interstellar es una película imposible de entender sin los sentimientos.

Tomemos por ejemplo las escenas de videollamadas que hay en ambas películas. En 2001, el personaje, debido a una misión por demás peligrosa, se perdía el cumpleaños de su hija y la llamaba desde una estación espacial. Era una comunicación cordial pero breve y carente de calor humano, casi un mero trámite. No puede ser más diferente de ese momento de Interstellar en el que Cooper ve las grabaciones de sus hijos que le han llegado desde la Tierra (desde el pasado de la Tierra, en realidad). Es una de las escenas más intensas de toda la película y transmite perfectamente el dolor intenso y profundo de verse separado de su seres más querido, de haberse perdido todas sus vidas. Casi pueden sentirse las cicatrices que ello ha dejado en padre e hijos.

El mensaje final de Interstellar, llegado el momento en que Cooper entra en ese extraño espacio trascendental, no es que él vaya a evolucionar hacia un estadio superior al humano (como sucedía en 2001), sino que consigue reconectar con quienes más ama –lo vemos varias veces tratando de atravesar las barreras del espacio-tiempo y urgir a su antiguo yo a no marcharse en la Endurance. Los hermanos Nolan nos dicen que, en último término, el amor es lo que mantiene unido a la especie humana y que es una fuerza universal tan fuerte y real como lo pueden ser el tiempo, el espacio o la gravedad.

De hecho, Interstellar es un auténtico canto al amor. Cada vez que los personajes tratan de regirse por el sentido común, la racionalidad o el intelecto, dan un paso en la dirección equivocada. Brand y Mann, en la firme creencia de que la gente no asumirá jamás un sacrificio en pro de la salvación de la especie si ellos o sus seres queridos no están incluidos, crean una elaborada mentira que a punto está de dar al traste con la misión. Cuando Cooper, tratando de ser frío y racional, decide ir al planeta del doctor Mann confiando en su eminencia intelectual y compromiso con la misión, se encuentra metido en una trampa urdida por el propio Mann, que resulta ser un individuo débil y mentiroso. Y al final es el propio Cooper quien, desoyendo la lógica, arriesga su vida por volver a ver a su hija y se convierte en la clave para la salvación de la humanidad. No busca salvar el planeta, sólo le mueve el amor por su hija, el tormento que le causa el que ella crea que la ha abandonado a propósito. La moraleja es que no podremos salvar a la humanidad si no empezamos amando a nuestros seres más próximos, que no tiene sentido hablar del “amor a la humanidad” si al mismo tiempo estamos dispuestos a sofocar nuestros sentimientos por quienes más cerca tenemos.

Hay quien ha querido subrayar las implausibilidades científicas de determinados pasajes de la historia. Evidentemente, las hay, puesto que estamos ante una película y no un documental. Pero no creo que esto sea ni mucho menos importante. Descalificar la película o siquiera tratar de rebajar sus logros en base a ello me parece no entender cuál es la esencia de la ciencia ficción. Si no disfrutamos ni valoramos la calidad de un western por su fidelidad histórica ni un thriller policiaco por la rigurosidad con la que describe los procedimientos policiales, tampoco deberíamos hacer lo mismo con la ciencia ficción. Al fin y al cabo, como mínimo el 90% de la ciencia ficción se salta a la torera en mayor o menor grado algún postulado científico o límite tecnológica con el fin de acentuar el drama, hacer avanzar la historia, articular el mensaje buscado o, “simplemente”, estimular la imaginación y el sentido de lo maravilloso del espectador que es en último término el objetivo de la ciencia ficción. No veo por qué hay que ser más rigurosos con Interstellar que con otros títulos, desde Planeta prohibido a Minority Report pasando por Gattaca.

Por otra parte, el aspecto científico, como he apuntado más arriba, no está ni mucho menos descuidado. Si hay desviaciones respecto al canon comúnmente aceptado son deliberadas y no fruto de la ignorancia o la falta de respeto al espectador. Interstellar es una mezcla de ciencia real y comprobada, hipótesis con fundamento pero sin demostrar (como los agujeros de gusano) y pura especulación (como la visión cercana de un agujero negro o la hibernación). Hay ciencia abundante y unas cuantas lecciones rápidas sobre principios físicos y astronómicos, pero todo esto no sólo está bien integrado en la trama sino que ésta no podría existir sin ello. De hecho, la película trata sobre cómo la ciencia del espacio podría algún día influir en nuestra vida emocional. No parece que la Teoría de la Relatividad, la mecánica cuántica o la curvatura espacio-temporal tengan efectos en nuestra vida cotidiana. No es exactamente así. Los satélites que controlan los GPS, por ejemplo, debido a que experimentan menos gravedad que nosotros en la superficie, sufren un retraso temporal de microsegundos todos los días, retraso que los GPS tienen en cuenta ajustándose automáticamente. Estos fenómenos relativistas pasan mayormente desapercibidos en nuestro devenir diario y no tienen influencia en nuestra vida emocional.

Pero podría llegar un día en que esos grandes conceptos de la física que asociamos con libros de texto, fórmulas y teorías frías y poco relacionadas con el mundo de nuestros sentimientos, sí tengan un efecto directo y profundo en nosotros y la manera de relacionarnos con los demás y con el universo. Ese día será –si llega– cuando empecemos a viajar por el espacio a grandes velocidades, encontrándonos sometidos a intensos campos gravitatorios. Los relojes de los que se quedan atrás empezarán a funcionar a un ritmo diferente de los de quienes se marchan. ¿Cómo asumiremos emocional y psicológicamente esas nuevas experiencias tan alejadas de lo que ha sido nuestra vida en la Tierra? ¿Qué peaje se cobrarán sobre quienes las vivan? Esa interrelación entre ciencia “dura” y “blanda”, entre los grandes conceptos de la física más compleja y nuestra propia mente, es lo que en buena medida explora Interstellar.

Otro de los propósitos de la historia es mostrarnos un destello de lo pequeños y al tiempo maravillosos que somos. Nos dice que podemos lograr grandes proezas, pero también que no podemos ni imaginar lo vasto y extraordinario que es el universo que se extiende más allá de nuestro confortable entorno; que hay allí cosas, fuerzas y fenómenos que escapan a nuestra comprensión y ante los que somos insignificantes, pero con los que tendremos que lidiar. Es una historia épica en el sentido de que abarca mundos, décadas y generaciones, pero también en las dimensiones del impacto emocional que supone para alguien viajar entre esos mundos y a través del tiempo.

El argumento tiene desde el comienzo múltiples capas y niveles de discusión. Por ejemplo y para empezar, la situación en la Tierra que se nos muestra desde el comienzo. Cuando se planteó qué tipo de situación extrema podría llevar a pensar en un auténtico fin del mundo, al menos en lo que al hombre se refiere, Jonathan Nolan decidió no imaginar el típico futuro distópico a base de ciudades superpobladas e hipercontaminadas, sino que optó por rescatar algo que ya había sucedido en nuestra historia reciente: el Dust Bowl, uno de los peores desastres ecológicos y humanitarios del siglo XX.

Durante toda la década de los años treinta de esa centuria, las llanuras y praderas de Estados Unidos localizadas entre el Golfo de México y Canadá se vieron sometidas a un verdadero desastre producto de las condiciones climatológicas y las malas prácticas agrícolas. El agotamiento del suelo debido a la deforestación y práctica de tierra quemada, la desaparición del ecosistema original, la elección de cultivos poco apropiados y la sobreexplotación se combinaron con un periodo de sequía y malas cosechas que convirtió al suelo, literalmente, en polvo que era arrastrado y levantado por el viento hasta ocultar el sol y sepultar cualquier cosa que encontrara en su camino. Millones de personas se convirtieron en refugiados, incapaces no ya de ganarse la vida, sino siquiera de sobrevivir.

Nolan vió el documental que sobre aquella catástrofe realizó Ken Burns en 2012, The Dust Bowl, y que mostraba imágenes rodadas en la época y fotografías absolutamente terroríficas. Decidió trasladar ese escenario a Interstellar, pero en una dosis rebajada. Puede parecer exagerado, pero si hubiera recreado con fidelidad lo que fue el auténtico Dust Bowl, nadie lo habría creído. De hecho, este fenómeno, aunque a menor escala, sigue produciéndose en Estados Unidos en la actualidad, donde grandes ciudades se ven engullidas por nubes de polvo, con el agravante de que ahora ese polvo contiene trazas de sustancias peligrosas subproducto de los procesos fabriles y manufactureros.

Interstellar se sitúa al final de ese proceso suicida, quizá dentro de unas décadas. Y cuanto más se esfuerzan los granjeros en luchar contra el clima, las plagas y el agotamiento de las tierras, más lejos se está de la salvación. Porque ésta pasa por abandonar la Tierra y sólo quien tiene la osadía de pensar a lo grande, de mirar hacia las estrellas en lugar de hacia abajo, al polvo (parafraseando al propio Cooper), puede entender la situación. La denodada lucha por la supervivencia impide a la mayoría de la gente ver más allá. No solamente se ha abandonado la exploración espacial, sino que desde las autoridades se desanima activamente a los niños en las escuelas para que sientan curiosidad por ese campo, favoreciendo en cambio todo lo relacionado con la agricultura. Se llega a afirmar oficialmente que nunca se llegó a la Luna, que todo fue una campaña publicitaria para obligar a los rusos a arruinarse invirtiendo en una quimera. Incluso la NASA ha tenido que pasar a la clandestinidad. “No puedes financiar la exploración espacial cuando no eres capaz de alimentar a tu pueblo”, le dice el doctor Brand a Cooper.

Nolan ha querido simplificar la situación contándonos que en una situación tan desesperada los gobiernos han acabado por desmantelar los ejércitos y que ahora todos los recursos se destinan a cultivar alimentos. Es un escenario altamente improbable por cuanto la Historia nos dice que en una situación de escasez de recursos y elevada población, lo que se producen son guerras y conflictos de todo tipo. No obstante, esa licencia permite a la historia explicarnos por qué la NASA sigue en pie. Tras el fin de la carrera espacial a comienzos de los setenta y más adelante el fiasco de la Guerra de las Galaxias, la financiación del programa espacial siempre ha tenido dificultades. En una situación como la que nos describe la película, sin duda la NASA habría sido de las primeras fichas del dominó en caer. ¿Por qué no es así? Aunque no se explicita, se deja entrever que el descubrimiento décadas atrás de perturbaciones gravitatorias y el consiguiente agujero de gusano próximo a Saturno, ha permitido a esa agencia civil convencer al gobierno de que con el programa Lázaro (bautizado con el nombre del muerto al que Jesús devolvió la vida) podría salvarse a la humanidad evacuándola a otro mundo. Aunque públicamente las autoridades no pueden defender la financiación de la NASA, secretamente la dotan de los abundantes fondos que requieren las misiones que han estado enviando en esa dirección.

En fin, para alguien de mente inquieta, vivir en ese mundo es un infierno. Y es lo que le ocurre a Cooper, quien ha de afrontar una difícil decisión. Sabe que es un buen piloto y que la misión tendrá mayores probabilidades de éxito con él abordo. No es feliz en la Tierra y se siente inútil. Pero aceptar ir en la Endurance significa separarse de lo que más quiere, su hija Murph. Como él, la niña es inquisitiva, exploradora, científica y contestataria. Ella le necesita a él pero él también la necesita a ella. Son dos personas inadaptadas que encuentran apoyo y consuelo en el otro. Al mismo tiempo, Cooper sabe muy bien que su hija no tendrá ningún futuro si no se encuentra un nuevo hogar para la especie humana. Si se marcha para salvarlo todo, puede perderlo todo.

Se plantean por tanto y de forma inteligente y emocionalmente devastadora cuestiones que van desde la escala más amplia (salvar a la humanidad en su conjunto) a la más íntima (separarse de los seres queridos para quizá no verlos nunca más). Y la situación no mejora cuando la misión Lázaro deja la Tierra. Aunque el tiempo discurre a diferentes velocidades para quienes se quedan en nuestro planeta y quienes se van, en uno y otro lado, en uno y en otro tiempo, los personajes siguen enfrentándose a decisiones terribles, ya sea tratando de resolver un problema físico casi imposible, ocultar la gran mentira que se esconde tras él, decidir a qué planeta debe darse prioridad sin que intervengan los sentimientos personales –o sí lo hagan–, asumir el coste temporal de trayectos aparentemente breves…

Con todo esto y aunque el espacio se retrata como un “lugar” de serena y peligrosa belleza, hay pocos momentos que permitan recrearse en ello, porque la película es verdaderamente estresante para el espectador. Tal y como se va desarrollando la historia, no hay garantías de que todo vaya a tener el clásico final feliz y satisfactorio. Ni siquiera se puede predecir el final, porque desconocemos de qué forma va a alterar la realidad de los principios físicos el universo ignoto e incognoscible en el que se adentran los astronautas.

Y no solo angustia la trama en sí y cómo está contada, sino los temas que ofrece para que su reflexión. Si las generaciones que nos precedieron se preocuparon por una posible invasión extraterrestre o el apocalipsis nuclear, la pesadilla actual consiste en el deterioro de nuestro medio ambiente y que nuestro planeta pueda algún día dejar de sustentarnos; que no hay plan B y que si alguien puede pensar en él será algo de una escala intimidante; que el universo es enorme más allá de lo que nuestra imaginación pueda concebir y que para alcanzar otro punto del mismo habría que dejarse arrastrar por las leyes del espacio-tiempo y hacer enormes sacrificios…

Pero como decía más arriba y a pesar de su escala épica y el calado de los temas que plantea, el corazón de Interstellar es puramente emocional, son sus personajes y sus tribulaciones lo que engancha al espectador. Y en este apartado son fundamentales los actores. O, quizá habría que decir, el actor, porque es Matthew McConaughey sobre quien recae casi todo el peso sentimental de la historia. A pesar de rozar en algunos momentos su conocida sobreactuación, resulta perfectamente creíble en su papel de padre devoto de su hija, de hombre inteligente aplastado por una vida que no desea y héroe de pies de barro al que le pesa inmensamente la responsabilidad que le ha sido encomendada y el peaje que debe pagar por ello. El personaje de Anne Hathaway es más plano. Sabemos poco de la doctora Amelia Brand aparte de que su personalidad es, sólo aparentemente, más fría y pro-ciencia que la de Cooper. A la hora de la verdad, sin embargo, no puede ocultar que también ella se rige por sus sentimientos personales tanto como por su ímpetu altruista. El resto de los actores, aunque no están a la misma altura, sí cumplen perfectamente su papel de secundarios: Michael Caine, Jessica Chastain, Wes Bentley, Matt Damon

Nolan parece el director idóneo para una película en la que el tiempo es tan importante. El transcurso del tiempo, bien como recurso narrativo o como experiencia subjetiva, ha jugado un papel básico en títulos suyos como Memento, Origen o Dunkerque (2017). En Interstellar, el Tiempo, como cualidad física fundamental, adopta las dos formas antedichas. Al viajar a velocidades relativistas o en presencia de fenómenos gravitatorios que aquí nos son desconocidos, el tiempo discurre de forma diferente que en la Tierra. Una hora en uno de los planetas que visitan equivale a siete años en la Tierra. Los personajes existen simultáneamente en ambas corrientes temporales y sus vidas (Murph, el doctor Brand y la familia de Cooper por una parte, y la tripulación de la Endurance por otro) transcurren a ritmos diferentes, lo que acentúa tanto para ellos como para el espectador el sentimiento de lejanía, de pérdida, de desconexión. También crea un sentimiento de urgencia: unos y otros deben completar sus respectivas misiones antes no ya de que la Tierra ya no pueda sostener a la humanidad, sino de que los seres queridos que han quedado atrás no mueran y, con ellos, el recuerdo de los que viajaron tan lejos para tratar de encontrar un nuevo mundo.

Este aspecto relativista del tiempo es uno de los aspectos más innovadores y conceptualmente atrevidos de la película. Irónicamente, para aquellos espectadores más avezados en el género y para los que la comprensión y asunción de estos principios físicos no suponga ningún problema, puede que lo que les resulte más indigesto sea otra cosa: el nexo inquebrantable que forma el amor, en este caso entre padre e hija, un nexo que adquiere, según los hermanos Nolan y como ya he comentado, carácter de cualidad física real del universo, tanto como la gravedad, el tiempo o el espacio y que, de hecho, puede trascender todos ellos. Esta mezcla de ideas sorprendentes de altos vuelos entrelazadas con emociones genuinas e íntimas ha sido una de las características recurrentes del cine de Nolan.

Muchos comentaristas poco entendidos en el género de la ciencia ficción han basado sus análisis sobre todo en el aspecto visual, ya que eso es lo que piensan que tiene más importancia en este tipo de películas. Pues bien, tampoco en este campo puede difícilmente nadie sentirse decepcionado con el resultado.

En unos tiempos como los actuales en los que los grandes éxitos de taquilla del género constan casi en su mayoría de superhéroes y espectáculos visuales de destrucción masiva sin demasiado peso intelectual, es un auténtico placer ver una película con sólidas raíces científicas y que se atreve a plantear conceptos complejos: teoría de la relatividad, gravitación y espacio-tiempo, fenómenos de dilatación temporal, agujeros de gusano, agujeros negros… ideas que ya se habían presentado desde hacía años en otras superproducciones pero que a menudo eran tratadas de forma torpe y como meras excusas para el drama y la acción. Por ejemplo, en El abismo negro (1979), de Disney, el agujero negro central en la trama no era más que un vacío de agradables lucecitas que llevaban a la otra vida.

En Interstellar, todo el equipo, desde los guionistas hasta los especialistas en efectos visuales, trató de respetar lo máximo posible los postulados científicos conocidos. Llegaron a crear, a partir de algoritmos aportados por Kip Thorne, un programa informático que recreaba una simulación detallada de cómo se comportarían los gases y la luz alrededor de un agujero negro. También se molestaron en desmontar la noción –postulada en Star Trek: Espacio Profundo Nueve (1992-1999)–, de que un agujero de gusano es como una especie de torbellino-desaguadero en el espacio, y que es más probable que adopte la forma de una esfera dado que es multidimensional.

Hay también pequeños pero muy bienvenidos detalles como cuando, cerca ya del final, la imagen pasa de mostrar lo que sería un típico campo de béisbol del medio oeste a ir abriendo el plano para seguir la trayectoria ascendente de la pelota y revelar que todo transcurre en el interior de una esfera de Bernal (un tipo de hábitat espacial propuesto en 1929 por el científico John Desmond Bernal y que desde dentro tendría el aspecto de un gran valle curvo), algo que no había aparecido en pantalla hasta ese momento y que nadie esperaba ver.

En el apartado de aciertos cabe reseñar el del diseño. Nolan optó por no distraer los esfuerzos de su equipo tratando de imaginar cómo sería, por ejemplo, la moda del futuro. Se ciñe a lo actual, a lo que ya conocemos, y se centra en aspectos como el interior de las naves, totalmente, funcional; los trajes, muy parecidos a los actuales aunque con un toque futurista; o los dos robots, con los que se consiguió evitar el sobado cliché del robot humanoide. Su austero e inusual aspecto esconde una multifuncionalidad sorprendente, por no hablar de divertidos toques como los parámetros de humor o de sinceridad de sus respectivas inteligencias artificiales. Aunque siempre se les trata como herramientas, TARS y CASE tienen personalidades diferenciadas y, como le pasa a Cooper, ambos son productos de otra época que ya no tienen cabida en la Tierra, en su caso robots militares en un mundo que ha abolido los ejércitos.

Interstellar hace un esfuerzo sincero por representar el viaje espacial de forma realista –se rodaron todos los efectos especiales de antemano y luego se proyectaron frente a los actores en la cabina de la Endurance para darles un entorno verosímil–. Aunque Gravity (2013), que se estrenó trece meses antes, le robó a Nolan la novedad en lo que se refiere a plasmar con realismo la vida en el espacio, Interstellar ofrece un trabajo sobresaliente en esta línea. Algunas de las escenas cortan el aliento, como cuando el doctor Mann trata de acoplarse a la Endurance; o los esfuerzos de Cooper por recuperar la estación. También son sensacionales los momentos en los que los astronautas aterrizan en los planetas alienígenas, como cuando tratan de huir de las olas gigantes (que, por cierto, me recuerdan a las imaginadas por Robert L. Forward en El Mundo de Roche, 1990); o la pelea entre Cooper y Mann en el glaciar. Otras escenas memorables también producto de los efectos digitales son aquellas en las que la Endurance queda reducida a un diminuto punto de luz contra la inmensidad de los anillos de Saturno; o la de su sombra recorriendo el campo de escombros que rodea el horizonte de sucesos del agujero negro.

Aunque hay un claro trabajo de CGI, Nolan se esforzó por mantener una base visual real, por lo que los mundos alienígenas fueron recreados a partir de rodajes realizados en los espectaculares paisajes de Islandia con los que ya estaba familiarizado a raíz del rodaje de Batman Begins. Se llegó incluso a montar en un remoto glaciar de ese país dos de las naves de la película, con un peso superior a los 4.500 kg, todo para aportar un mayor grado de realismo y no depender de los efectos digitales más de lo necesario. La propia nave Endurance fue recreada con un notable realismo, construyendo sets a escala real, sin expansiones, cortes ni trucos para acomodar la cámara. Todo en el interior de los diferentes módulos estaba pensado para un largo viaje y se cuidó hasta el detalle de incluir elementos de tecnología obsoleta, producto de una construcción y ensamblaje que se había prolongado más de veinte años y para el que se había reciclado equipo antiguo debido a la falta de fondos de la NASA.

Papel clave en el apartado visual es el del director de fotografía, Hoyte Van Hoytema (Déjame entrar, El Topo, Her), que sabe sacar partido y crear atmósfera en cada fotograma, como en el segmento inicial de la Tierra, donde puede mascarse el eterno polvo en suspensión que rodea a los personajes y esa iluminación moderada y colores apagados que transmiten una sensación melancólica y de fin de trayecto.

Mención obligada es de la de Hans Zimmer, el compositor de la banda sonora y colaborador de Nolan en otros títulos (Origen, las películas de Batman). Intentando alejarse de sus anteriores trabajos en común, Nolan hizo algo nuevo que demuestra lo interesado que estaba en que la música recogiera sobre todo el núcleo emocional de la historia. Le pidió a Zimmer que compusiera algo para la película sin decirle nada sobre el género, título, personajes o argumento. Le proporcionó tan solo un sobre con una página en su interior en la que se describía someramente la esencia de la historia y algunas líneas de diálogo. Le dejó trabajar en ello un solo día y luego le pidió que le mostrara el resultado.

Según dijo Nolan, el músico acertó de pleno. Tras 45 sesiones de grabación (tres veces más que, por ejemplo, Origen), el resultado fue una banda sonora nominada para múltiples premios y que mezclaba la épica con la religiosidad gracias al extensivo uso de un órgano grabado in situ en la Temple Church de Londres.

Como otros de sus trabajos para el cine, hay una serie de temas asociados a personajes o grupos de personajes, momentos de acción, amor o sentido de la maravilla, repitiéndose en momentos puntuales de la película. Conforme la Endurance y su tripulación van adentrándose en el espacio, la música va variando, haciéndose más extraña. Y los instrumentos se utilizan como si fueran metrónomos que acentúan la urgencia de la situación ante el avance imparable del tiempo. Es, sin duda, una música en perfecta sincronía con el espíritu del guión y que, por tanto, realza su mensaje y emociones.

Chistopher Nolan ha dirigido en Interstellar una space opera majestuosa, inteligente, ambiciosa y emocionante que aborda temas de gran calado pero que no olvida que son los personajes y sus sentimientos los que conectan en último término con el espectador. Probablemente fue una suerte que el proyecto cayera en sus manos en lugar de en las de Steven Spielberg, quien casi con toda seguridad habría acentuado el sentimentalismo en el segmento inicial en la Tierra y enfatizado el tema de la vuelta al hogar y la reunión con la familia.

Sí, Nolan comete algunos fallos, hay agujeros de guión e inconsistencias que han sido examinados, analizados y discutidos hasta el aburrimiento. Y sí, es una película compleja, larga (casi tres horas) y densa que puede no satisfacer a todo el mundo, especialmente si se espera otro tipo de cine. Pero eso no debería importar a ningún aficionado no sólo a la ciencia ficción, sino a las buenas historias. Nolan y sus personajes nos llevan al futuro, a explorar el espacio y otros planetas, nos maravillan con lo que encuentran y experimentan, nos conmueven con lo que sienten… ¿Qué más se puede pedir?

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".