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«Daredevil: El hombre sin miedo» (1993), de Frank Miller, John Romita Jr y Al Williamson

Revisar los orígenes de personajes bien establecidos es siempre una tarea arriesgada. Si los creadores no aciertan a la hora de ofrecer una visión nueva, fresca y única de esas historias, todo su empeño acabará siendo desechado como algo superfluo e innecesario. No fue el caso con la obra que nos ocupa, Daredevil: El hombre sin miedo, que consiguió ser aceptada como una de las mejores historias del héroe jamás hechas.

Se trató de una miniserie de cinco números que marcó, tras seis años de ausencia, el regreso de Miller al personaje que le dio la fama y con el que comenzó su particular revolución del cómic de superhéroes. También supuso el retorno a Daredevil del soberbio equipo artístico compuesto por John Romita Jr y Al Williamson, quienes ya habían colaborado en los ochenta con la guionista Ann Nocenti en una de sus mejores etapas. Aquí, los tres creadores estaban todavía en lo más alto de sus carreras y consiguieron tejer una historia inspirada y muy bien narrada, con escenas memorables y un arte dinámico que sobresale muy por encima de los títulos de superhéroes que abarrotaban las tiendas en aquella nefasta década para el género.

La serie tuvo su origen en un tratamiento de guión cinematográfico que nunca se llegó a concretar y que Miller decidió reciclar en forma de cómic. El planteamiento inicial iba a ser el de una novela gráfica de 64 páginas pero acabó convertido en una miniserie de cinco números, una ampliación cuyas costuras se perciben en los dos últimos episodios, en los que hay secuencias de acción claramente alargadas con el fin de completar el número de páginas requerido. Pero los tres capítulos anteriores tienen una entidad compacta e incluso autónoma, aunque se fusionan bien los unos con los otros para contar el origen del héroe. El primero narra episodios definitorios de la infancia de Matt: su accidente, el entrenamiento con Stick y el asesinato de su padre. El segundo y tercer episodios cuentan la venganza de Matt sobre los asesinos de su padre y el encuentro con Elektra; y los dos últimos versan sobre el primer –e indirecto– encuentro del protagonista con un Kingpin en ascenso para terminar asumiendo aquél su uniforme e identidad superheroicos.

Lo que hace especial a El hombre sin miedo, separándolo de otros intentos más mediocres de recuperar en clave moderna los orígenes de viejos personajes con fines meramente comerciales no sólo es la profunda exploración del carácter de su protagonista sino la forma en que Miller integra en las raíces de Daredevil la mayoría de la mitología que él mismo creó para su colección regular a finales de los setenta y primeros ochenta. Elektra, Stick y el maquiavélico Kingpin están ahí, diferentes pero claramente reconocibles y ocupando el lugar que les corresponde, sin que su papel en la historia parezca en ningún momento forzado o torpemente insertado.

Con el respeto debido a Stan Lee y Bill Everett, padres originales del personaje allá por 1964, la mencionada etapa que pasó Miller dirigiendo el destino de Daredevil en los ochenta fue tan influyente y novedosa (por no mencionar exitosa comercialmente, hasta el punto de que salvó al título de la cancelación y lo convirtió en un superventas y un clásico instantáneo), que el universo que había ido creando merecía formar parte del origen del personaje. Kingpin, por ejemplo, siempre funcionó mucho mejor según los parámetros marcados por Miller que como estrafalario villano de Spiderman; mientras que el misticismo del mentor de Matt, Stick, y sus relaciones juveniles con Elektra fueron una parte fundamental de su formación como héroe. El hombre sin miedo no es solamente un buen reboot sino uno necesario y justo con los méritos de Miller.

El hombre sin miedo es, sin duda, un cómic de Frank Miller, aunque esté dibujado por una tercera persona. Aquí encontramos su característica forma de escribir, especialmente en lo que se refiere a los cuadros de texto; y también esa mezcla entre lo pesimista y lo inspirador salpicada de elementos propios del género negro.

El guión empieza, eso no se podía cambiar, con la relación entre el Matt niño y su padre, el boxeador Jack “Batallador” Murdock. Lee y Everett, allá por mediados de los sesenta, no tuvieron la oportunidad de tomarse el tiempo necesario para ir detallando el origen de sus personajes. Sencillamente, los comic-books se hacían de otra manera y primaba la acción y las ideas sobre la caracterización. El padre de Matt era poco más que un recurso narrativo, un catalizador que cumplía su función y luego desaparecía de la historia. El lector no tenía ocasión de tomarle afecto, de comprender su situación y su forma de pensar.

Al disponer de más tiempo para narrar la historia, Miller nos ofrece en El hombre sin miedo una mirada más pausada, profunda y dura sobre los eventos que llevaron a la conversión de Matt Murdock en Daredevil. Y uno de ellos, por supuesto, es el papel que en ello jugó su padre.

El lector comprende la angustia y tormento que debía sentir alguien esencialmente bueno como Jack Murdock al trabajar como matón de un gangster; y cómo sabía que su negativa a participar en un tongo era una decisión que le iba a costar la vida, tal y como demuestra su frase “Se que estáis ahí. Terminad ya con esto”, dirigida a los asesinos del gangster al salir del lugar donde ha ganado el combate contraviniendo las órdenes que se le habían dado. Es un momento mucho más intenso, violento y trágico de lo que pudo verse en el primer número de la colección.

De igual forma que la influencia de “Batallador” Murdock sobre su hijo quedaba totalmente diluida en la historia original, tampoco se decía nada acerca de cómo Matt, tras quedar ciego en el accidente, alcanzaba su característica agilidad y fuerza físicas o aprendía a dominar sus poderes. Para cubrir ese hueco, Miller introduce a Stick, el personaje que él mismo creó en los setenta. Es él quien se fija en Matt y ve su potencial como aliado en la guerra secreta que se está preparando y de la cual no se nos dice nada aquí –es en la colección regular donde se explicaba la enemistad entre la orden de Stick y los ninjas de La Mano–. El interés de Stick en Matt, por tanto, no es altruista y, efectivamente, cuando el joven empieza a desviarse del camino que el sensei tenía trazado para él, le retira su tutela.

En cuanto a Elektra, Miller y Romita Jr la reinventan subrayando su carácter de mujer fatal. En su presentación original en los ochenta, Miller había ofrecido una versión de ella un tanto romántica. No en vano, el lector la conocía a través de los recuerdos de Matt de sus tiempos de estudiante, cuando él y Elektra tuvieron un corto pero intenso romance. Elektra era una mujer inteligente, fuerte y dulce cuya vida se truncó con la muerte de su padre. Como Batman o el propio Daredevil, podría haber destinado sus habilidades a luchar contra asesinos y delincuentes, pero acabó cayendo en el lado equivocado de la ley convirtiéndose en una ninja mercenaria. No obstante, mantenía en su interior una chispa de la mujer que fue, chispa que es lo que le impide matar a Daredevil –y a Foggy– y, en último término, causa su muerte a manos de Bullseye.

En esta ocasión, Miller enfatiza la inestabilidad emocional de Elektra, su propensión a la violencia contra sí misma y contra otros, su enfermiza búsqueda del riesgo y sus letales capacidades marciales. Y todo ello antes de acontecer la muerte de su padre. Muestra de que la mente de Matt Murdock tampoco es la mejor afinada es que se deja seducir por la intensidad de Elektra aun cuando ello –como bien le avisa Foggy– le va a acarrear múltiples problemas de todo tipo. Su personalidad es incluso más magnética que la de la versión anterior, magnetismo que va más allá de su mirada felina y perversa y su mueca burlona –que, claro está, Matt no podría ver–. Romita la dibuja con un cuerpo esbelto y ágil –con el único “pero” de que recuerda demasiado a otra creación gráfica suya, María Tifoidea– y vestida a la moda de los setenta, que es donde estaría ambientada esta historia.

También muy interesante es la revisión de Wilson Fisk, alias Kingpin. Miller se cuida de no hacer que su camino y el de Daredevil se crucen en esta miniserie –el canon establece su primer encuentro en el número 171 (junio de 1981) de la serie regular–. En lugar de ello, El hombre sin miedo nos muestra el ascenso de Fisk a rey del mundo criminal de Nueva York, coincidiendo con el comienzo de la carrera de Daredevil como justiciero disfrazado. Fisk asume una posición de liderazgo en la mafia tras asesinar al anterior padrino a sangre fría. A partir de ese momento, fundará un nuevo y más rentable (así como más corrupto) orden en el mundo del crimen organizado. Kingpin es tan inteligente, malvado y glacial como siempre. No tiene un gran papel físico; no lucha personalmente contra sus enemigos ni le vemos entrenarse con sufridos sparrings. Es más una presencia imponente en ese despacho en el que parece vivir, emergiendo parcialmente de las sombras que siempre le rodean. No necesita pegarle a nadie para resultar temible y transmitir sensación de poder.

Matt se topa con el mundo de Kingpin por primera vez cuando los secuaces de éste secuestran a una niña de 14 años para utilizarla en una de sus “películas”. Es después de salvarla que Matt decide adoptar la identidad de Daredevil y la miniserie termina con una conseguida doble página en la que Romita Jr muestra los diferentes trajes que el héroe vestiría a lo largo de los años (excepto ese horrible gris y rojo acolchado, que para cuando este cómic se publicó no había sido aún utilizado). Kingpin, por tanto, se convierte sin saberlo en factor esencial para el nacimiento de quien años más tarde será su principal némesis.

Hay también algún elemento que quizá resulta chirriante. Por ejemplo, ese momento en el que un joven Matt, en el curso de una confusa pelea con unas prostitutas en un piso, arroja sin querer a una de ellas por la ventana, matándola. Es una escena cuya intención es claramente demostrar la inmadurez de Matt en este punto de su carrera y cómo sus habilidades de combate debían todavía refinarse. Pero ese homicidio lo cierto es que no añade nada a nuestra comprensión de las motivaciones del personaje y probablemente Miller podría haber resuelto la escena de otra manera. El hecho de que la víctima sea una mujer anónima y encima prostituta –lo que subraya su prescindibilidad– y que posteriormente el propio Matt no piense ya en ello, hace que este fragmento sea más un relleno que una experiencia formadora para el protagonista.

Hay también algo en Elektra que no acaba de funcionar bien. Ya he comentado que esta nueva versión es el equivalente a una niña mimada e incontrolable, que hechiza a Matt con su salvaje personalidad. El problema viene cuando Miller y Romita enfatizan el aspecto sexual. Cuando conoce por primera vez a Matt, Elektra va dejando en el parque nevado tras de sí un rastro con su ropa terminando con sus bragas, lo que indica inequívocamente que ha acabado desnuda. En una escena posterior, se quita toda la ropa, excepto lo que parece ser algún tipo de bañador para luchar. Estos rasgos no añaden demasiado a Elektra en cuanto a su personalidad, y se encuadran más en la deriva personal del propio Miller a tenor de la cantidad de mujeres que crearía en obras futuras con el mismo corte, esto es, cosificándolas como objetos de deseo sexual. Igualmente, su locura asesina le resta sutileza y profundidad como personaje. Sencillamente, no tiene arco emocional: es una psicópata desde el principio; y, además, no lo oculta. Resulta difícil de creer que Matt no vea el tipo de mujer profundamente enferma con la que está relacionándose.

Que a Miller lo que le interesaba casi exclusivamente en esta miniserie era desarrollar los conceptos creados por él en los ochenta en la serie regular se pone de manifiesto en la poca atención que le presta a los elementos preexistentes de la mitología del personaje, como la amistad del protagonista con Foggy Nelson. Compañeros de la universidad y socios en el bufete desde sus primeras tentativas profesionales, Miller podía aprovechar el espacio del que disponía en El hombre sin miedo para profundizar más en los lazos entre ambos hombres, pero aparte de una escena en la que Matt tortura a un estudiante matón que acosa a Foggy, nada nos cuenta sobre el origen de esa amistad entre individuos tan dispares.

Romita realiza un trabajo excelente, demostrando lo bien que llegó a comprender al personaje durante el tiempo que lo dibujó allá por los ochenta. Maneja muy bien la figura humana y su integración en el entorno urbano. Hay abundante acción y peleas en los callejones y tejados de la ciudad y algo tan simple a priori como la escena en la que Matt persigue a Elektra por los tejados y luego por un parque nevado demuestra el talento que tiene para plasmar la acción física y el movimiento sin necesidad de exhibicionismos gráficos.

Acompañado por un Miller que sabe dosificar y colocar perfectamente sus textos, el dibujo de Romita enfatiza lo ágil y fuerte que es Daredevil y la habilidad con la que utiliza sus poderes. Aunque aparentemente no cambia su estilo para adecuarse al de Frank Miller, algunos momentos del cómic sí parecen registrar alguna influencia de aquél, quizá para tratar de adecuarse al tono que Miller imprimió en su día al personaje, o quizá ello se deba a algún boceto de las páginas proporcionado por el guionista. Las escenas en las que Matt “vuela” por el cielo nocturno y baila entre los tejados de la Cocina del Infierno recuerdan a El regreso del Caballero Oscuro o Sin City, serie esta última en la que Miller trabajaba a tiempo completo por entonces.

Y por supuesto, es imprescindible mencionar a Al Williamson, ese gran maestro del cómic reconvertido en entintador en la última etapa de su carrera. Su línea no esconde nada ni se ahorra detalles en los fondos, la ropa o el sombreado. Le da al dibujo de Romita una ligereza perfecta sobre todo en las escenas de acción. El entintado de Williamson acompaña perfectamente al movimiento de las figuras y su técnica de sombreado no se limita a plantar manchas negras en la viñeta sino que realiza un trabajo fino y preciso, lleno de texturas, que ayuda a espesar la atmósfera de género negro que permea el cómic. En cuanto al color, y tratándose de un cómic de hace quince años, a éste se le permite jugar un papel más importante de lo que era la norma. Es un coloreado, a cargo de Christie Scheele, sencillo y nada chirriante pero que mantiene el dibujo limpio y legible.

Daredevil: El hombre sin miedo, como dije al principio, fue concebida como tratamiento para un guión cinematográfico. Y sin duda, hubiera funcionado muy bien como historia a partir de la cual apoyar una franquicia de películas del personaje, mucho mejor, desde luego, que el film que finalmente dirigiría Mark Steven Johnson en 2003. La única excepción son los episodios centrales en los que aparece Elektra, que aunque ayudan a definir mejor a Matt Murdock, parecen algo alienados de lo que es el argumento principal. Estos pasajes no figuraban en el mencionado guión, sino que se incluyeron sobre la marcha cuando éste se transformó en cómic. [Entre abril de 2015 y octubre de 2018, gracias a Netfilx, y a provechando esta y otras referencias, Drew Goddard adaptó el universo de Daredevil al formato televisivo].

Aunque no es, en mi opinión, el mejor trabajo de Frank Miller, El hombre sin miedo sí es recomendable para todo aquel que sea seguidor de Daredevil o que tan sólo esté ligeramente familiarizado con el mismo. Es una historia que ofrece una mirada más profunda y madura a los años de formación del joven Murdock, su forma de pensar, sus dudas, aspiraciones y temores. Y, sobre todo, constituye un sentido homenaje a uno de los personajes más longevos y queridos de Marvel realizado por dos de los grandes nombres del género de los superhéroes en su mejor momento.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".