Cualia.es

«Las siete bolas de cristal» (1943), de Hergé

Como vimos, Hergé había comenzado a trabajar en el diario Le Soir en octubre de 1940, realizando simples tiras diarias al verse limitado por la escasez de papel. Era éste un periódico visto con malos ojos por buena parte de la población belga al venirse editando, contra la voluntad de sus propietarios legítimos, bajo supervisión de las autoridades alemanas de ocupación y gracias al trabajo de periodistas considerados colaboracionistas.

Para Hergé, trabajar allí no era señal de simpatía por la política nazi, sino una forma de ganarse la vida, igual que tantos profesionales, desde fontaneros a médicos, que continuaron ejerciendo sus profesiones. Sin embargo, tratándose de un ambiente tan enrarecido como el de un diario supervisado por el invasor, la situación acabaría pasándole factura.

La publicación de Las siete bolas de cristal empezó en diciembre de 1940 en Le Soir, pero en septiembre de 1944 se suspendió, primero a causa de una depresión sufrida por Hergé, y luego a consecuencia de la paralización de actividades del diario por la liberación del país. Tras la guerra, Hergé fue arrestado hasta en cuatro ocasiones acusado de colaboracionismo por los sectores más radicales del país, dispuestos a cortar indiscriminadamente las cabezas de cualquiera que hubiera tenido contacto con los alemanes. Fue un trago muy amargo para el genial autor, un punto de inflexión en su vida, aunque no totalmente inesperado. En una carta fechada antes de la liberación, escribió: «Señor, libéranos de nuestros protectores y protégenos de nuestros liberadores».

En buena ley, nadie fue capaz de encontrar prueba alguna de que Hergé colaborara de forma entusiasta con los nazis y, por tanto, su dossier fue archivado y no cumplió pena de prisión. Pero aun así, sus conciudadanos no le perdonaron inmediatamente. Desde finales de 1944 a septiembre de 1946, le prohibieron publicar su trabajo e incluso temió por su seguridad ante las turbas que recorrían las calles «castigando» por su cuenta a quienes ellos juzgaban colaboracionistas.

Así las cosas, Las siete bolas de cristal quedó inconclusa y Hergé se concentró en redibujar y adaptar, tal y como hemos ido viendo, sus antiguos álbumes publicados antes de la guerra. Al final, definitivamente exonerado, vio cómo su obra era reivindicada hasta el punto de que en septiembre de 1946 aparece un semanario dedicado al personaje: Tintin.

La revista es editada por una sociedad formada por el director general con funciones de editor, Raymond Leblanc (50%), el gerente Georges Lallemand (40%) y el director artístico Hergé (10%). En sus páginas –de mejor calidad que los suplementos de prensa y además en color– tendrían cabida a partir de ese momento no sólo las aventuras del reportero, sino otros autores afines a la línea clara de Hergé y a los que él mismo apadrinó, como Edgar Pierre Jacobs o Paul Cuvelier. De esta manera, se retomó la publicación de Las siete bolas de cristal ya en aquel primer número, si bien bajo el nuevo título de El templo del Sol. La edición en álbum llegó en 1948. Al mismo tiempo y a partir de ese momento, las ventas de los álbumes de Tintín no harán sino crecer, llegando hasta el millón de ejemplares anual.

Siete sabios integrantes de una expedición a los Andes, caen a su vuelta en Bélgica en un inexplicable letargo del que solo emergen una vez al día presas de espantosos ataques de pánico. Tintín y Haddock empiezan a investigar el asunto a raíz de la amistad de Tornasol con uno de los profesores y pronto se dan cuenta de que la causa es un veneno inoculado a distancia por un misterioso individuo que parece estar vengándose por el expolio de momias y joyas incas. Las cosas se complican cuando el propio Tornasol es secuestrado sin dejar rastro…

A pesar de las difíciles circunstancias en las que fue concebida, se trata de uno de los mejores momentos del personaje, una obra de pura evasión desligada de cualquier referencia a la situación política del momento. Era algo que el propio Hergé necesitaba. La acción tiene lugar en Bruselas, pero Hergé no incluye en ella ninguna referencia a la ocupación o las normas y reglas impuestas entonces por los alemanes. Así, por ejemplo, los automóviles que aparecen en la historia no llevan los faros tapados tal y como ordenaban los invasores. De esta forma, gracias al talento de Hergé y a la necesidad de evasión de sus lectores, las limitaciones que sobre la creatividad artística y la ficción ejerció una situación de guerra, opresión y censura, acabaron dando como resultado soluciones magníficas que han permitido que la aventura aguante perfectamente el paso del tiempo.

Las siete bolas de cristal fue en realidad un trabajo conjunto. Edgar P. Jacobs, que había venido colaborando con Hergé como ayudante en el dibujo de fondos y coloreado de los álbumes, contribuyó de forma fundamental a la creación de la atmósfera fantástica y misteriosa que impregna toda la peripecia. Fue él quien, en las numerosas reuniones que mantuvieron ambos genios del cómic, aportó la idea de las bolas de cristal con veneno en su interior y el sugerente título. Fue también el encargado del rediseño gráfico que se llevó a cabo con ocasión de la traslación de las tiras prepublicadas en prensa a la edición definitiva en álbum.

Como ya era costumbre en Hergé, se documentó extensamente a la hora de escribir y dibujar la aventura, tanto de su entorno más conocido (la casa del profesor Bergamotte, por ejemplo, es un edificio que se hallaba próximo a su propio domicilio) como de fuentes enciclopédicas y tratados especializados. Las referencias son tantas que no me extenderé demasiado sobre el asunto, remitiendo a quien quiera profundizar más a alguno de los muchos libros que se han publicado sobre los pormenores del personaje.

Sí querría indicar, no obstante, la influencia del contexto histórico y social en el argumento de la aventura. Por ejemplo, la presencia de lo paranormal, una corriente muy de moda en la primera mitad del siglo XX. Así, tenemos la actuación del faquir Ragdalam, capaz de sumir en un trance a su ayudante para que vea tanto el futuro como el presente oculto; o las maldiciones asociadas a las momias descubiertas por arqueólogos.

La momia del inca Rascar Capac y su maldición sobre los siete sabios remite directamente a la leyenda popular de la de Tutankamon, cuya momia fue descubierta en 1922. En este sentido, Edgar P. Jacobs realizó también un papel activo en la recopilación de documentación referente a la civilización inca y en dotar de cierta explicación racional a fenómenos que, no obstante, seguían siendo esencialmente fantásticos y sobrenaturales.

El elemento fantástico, además, cumple el papel de catalizador del suspense, pues conforme se van sucediendo esos inexplicables fenómenos (la profecía de la vidente, la misteriosa enfermedad de los profesores y, ya en el terreno de los sueños, el ataque de la propia momia inca), la tensión va continuamente in crescendo. Ello hace de Las siete bolas de cristal uno de los álbumes más terroríficos de Tintín. Terror que, no obstante, viene atemperado por una generosa dosis de humor, como la primera aparición de Haddock en la historia o el desbarajuste que organiza en la función de variedades. Por supuesto, Milú, Néstor y Hernández y Fernández tendrán cada cual su ocasión de brillar en divertidos gags muy bien resueltos visualmente.

Hergé quiso introducir aquí personajes y referencias a aventuras pasadas que contribuyeran a dar mayor solidez al universo de Tintín. Así, además del reparto principal (que además de Tintín, Milú y Haddock, ya incluía a Hernández y Fernández) aparece Tornasol, presentado en el álbum anterior; vuelve a introducir al General Alcázar (de La oreja rota) y la cantante de ópera Bianca Castafiore (presentada en El cetro de Ottokar). Los tres volverán a aparecer en álbumes subsiguientes y en el caso de Tornasol, se integrará como personaje principal en el resto de aventuras. Hay también intervenciones de otros secundarios menos relevantes, como el profesor Cantonneau, que debutó en La estrella misteriosa, así como el capitán Chester.

Gráficamente, es de destacar la colaboración del ya mencionado Edgar Pierre Jacobs, patente en el dibujo más depurado, las viñetas de composición más compleja y llenas de detalles.

Artículos relacionados

Tintín en el país de los soviets (1929), de Hergé

Tintín en el Congo (1930), de Hergé

Tintín en América (1932), de Hergé

Los cigarros del faraón (1934), de Hergé

El loto azul (1936), de Hergé

La oreja rota (1935), de Hergé

La isla negra (1937), de Hergé

El cetro de Ottokar (1938), de Hergé

El cangrejo de las pinzas de oro (1940), de Hergé

La estrella misteriosa (1941), de Hergé

El secreto del Unicornio (1942), de Hergé

El tesoro de Rackham el Rojo (1943), de Hergé

Las siete bolas de cristal (1943), de Hergé

El templo del Sol (1946), de Hergé

Tintín en el país del oro negro (1948), de Hergé

Objetivo: la Luna y Aterrizaje en la Luna (1950-1953)

El asunto Tornasol (1956), de Hergé

Stock de coque (1958), de Hergé

Tintín en el Tíbet (1960), de Hergé

Las joyas de la Castafiore (1963), de Hergé

Vuelo 714 para Sídney (1968), de Hergé

Tintín y los Pícaros (1976), de Hergé

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de viñetas y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".