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«Tócala otra vez, Sam. Las mejores músicas de cine», de Andrés Amorós

No me gusta parecer nostálgico. Sin embargo, este fabuloso libro me da motivos para presumir de veterano. Cinéfilo veterano, quiero decir. Y es que uno se detiene ante cada capítulo de Tócala otra vez, Sam con el mismo interés con el que nos parábamos, con los ojos bien abiertos, ante aquellos carteles gigantes, pintados a mano, que convertían la fachada de los cines en una auténtica promesa.

Parece una conjura. ¿Por qué es casi imposible encontrar algo equivalente en la actualidad? Desaparecieron aquellos carteles y van desapareciendo las estrellas. También ha desaparecido algo más: las bandas sonoras memorables.

Los compositores de hoy ‒dicen que por indicación de los propios realizadores‒ han olvidado la melodía o la fanfarria. En contraste con los Steiner, los Tiomkin y los Korngold de antaño, ahora disponemos de cien imitadores de Hans Zimmer subiendo los decibelios de su sintetizador.

¿Temas memorables? ¿Canciones que se prenden en la memoria? Cosas de otra época. Lo que hoy se lleva es el objeto sonoro: un redoble de percusión por aquí, una ráfaga, un bucle o un frenesí por allá. Y por debajo, un software que imita la densidad de la orquesta, creando atmósferas perfectamente olvidables.

¿Quieren comprobarlo? Prueben a recordar la última vez que salieron del cine y fueron capaces de tararear el tema principal. Debería ‒creo yo‒ existir un castigo para esas partituras electrónicas, que no se sabe bien de dónde vienen ni a qué estética responden. Derecho a la defensa propia. Ya lo dijo Luis de Pablo: «Hay una obsesión por fingir los instrumentos con recursos digitales. Es penoso, terrible. El compositor debe estar cerca de la materia musical. La lejanía digital es muy traidora: quien sustituye una orquesta con un ordenador no aprende nunca».

Las novedades tecnológicas mueven el mundo del espectáculo, de acuerdo. Pero lo que acabo de contarles lo vuelven desagradable. Por eso mismo, si está usted harto de empachos digitales y de franquicias que se copian a sí mismas, lea a Andrés Amorós y consuélese con el cine (y con la música) de la edad dorada.

La sabiduría de Amorós abarca muchas áreas, pero a diferencia de esos expertos que se convierten en los peores enemigos de su especialidad, él habla de literatura como un lector, explica lo que es el cine con verdadero afecto, e imparte lecciones musicales sin un asomo de vanidad.

Esa cortesía de Andrés Amorós se reconoce en Tócala otra vez, Sam, una obra en la que el cine desencadena, además de una generosa erudición, entrañables recuerdos musicales.

El repertorio elegido ‒sobra añadirlo‒ corresponde al cine clásico. Empieza con diez directores, todos grandes, con un sello sonoro inconfundible. Continúa con veinte westerns de imponente banda sonora. Y concluye con veinticinco canciones de amor, inseparables de los largometrajes que las popularizaron.

Ya saben ustedes que a Andrés Amorós le entusiasma la cultura popular. Este libro es buena prueba de ello. Quedan invitados a esta magnífica sesión continua. La disfrutarán quienes tengan buen oído y aún más, créanme, los que tengan buena vista.

Sinopsis

Si amamos el cine y amamos la música, ¿cómo no vamos a amar la música de cine? No se trata de una simple suma; en todo caso, sería una multiplicación: ambas artes se potencian enormemente. Desde el nacimiento del cine sonoro –y ya en el cine mudo, con el acompañamiento musical en las proyecciones–, la música fue un grandísimo aliado de la imagen. No es frecuente que un gran director de cine sea también compositor, pero toda regla tiene su excepción –es el caso de Charles Chaplin o Clint Eastwood–. En otras ocasiones, un director de cine y un compositor trabajan juntos, formando una pareja ideal –como en el caso de Nino Rota con Federico Fellini, o en el de Ennio Morricone con Sergio Leone. Pero han sido músicos como Bernard Herrmann, Max Steiner, Dimitri Tiomkin, Miklós Rózsa, Franz Waxman, Victor Young, Alfred Newman, Alex North, Jerry Goldsmith, Georges Delerue, Elmer Bernstein, Burt Bacharach, Michel Legrand, Marvin Hamlisch, Vangelis, John Williams, Henry Mancini, Maurice Jarre o John Barry los que han compuesto la mejor música de cine de todos los tiempos.

Andrés Amorós, melómano y cinéfilo a partes iguales, recorre en este apasionante libro gran parte de la historia del cine desde este punto de vista tan singular, el musical, y por sus páginas no faltan reflexiones y anécdotas sobre la música de las películas de sus directores preferidos: John Ford, Eisenstein, John Huston, Billy Wilder, Luchino Visconti, Orson Welles, Stanley Donen, Stanley Kubrick, Sydney Pollack o los citados Fellini y Leone. El libro se completa con el comentario musical de veinte películas del Oeste, y de veinticinco canciones de amor de clásicos populares. Éste no quiere ser un libro erudito –aunque, inevitablemente, se apoye en muchos datos concretos–, sino el libro de un apasionado, de alguien que disfruta, que encuentra en la música, en el cine y en la música de cine –en los tres– placer y consuelo, esperanza y alegría: todo lo que nos ofrece el arte.

Andrés Amorós es catedrático de Literatura Española y escritor. Autor de más de ciento cincuenta libros, es Académico de Honor de la Real Academia de Cultura Valenciana.

Es columnista habitual del diario ABC y del suplemento ABC Cultural, y dirige el programa «Música y Letra» en esRadio. Entre sus galardones destacan el Premio Nacional de Ensayo, el Premio Nacional de la Crítica Literaria, el Premio Fastenrath de la Real Academia Española y el Premio José María de Cossío.

Entre sus últimos libros dedicados al tema destacan La zarzuela de cerca (1987); Luces de Candilejas: los espectáculos de España 1898-1939 (1991); y La vuelta al mundo en 80 músicas. Las obras y los autores imprescindibles de música clásica, popular y de cine (2019).

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.