Cualia.es

«Ruta de gloria», de Robert A. Heinlein

Para no pocos lectores, la ciencia-ficción y la fantasía son géneros muy distintos que nunca se puede confundir. Para estos aficionados, en el momento en el que unas gotas de fantasía salpican el santuario de la ciencia-ficción “dura”, ésta deja de serlo y pasa automáticamente a militar en el “otro bando”. De ahí las interminables y tediosas discusiones acerca de si tal o cual obra entra dentro de este o aquél género (Star Wars, por ejemplo, es presa fácil). Pero lo cierto es que si se pusiese a todos los puristas en una habitación y se les pidiera que definieran exactamente lo que limita cada categoría, jamás se pondrían de acuerdo. En mi opinión, ambos géneros están más unidos de lo que parece y hay obras que deliberadamente se asientan entre los dos, sin ser del todo uno u otro. Es el caso de Ruta de gloria.

De forma poco habitual para Heinlein, Ruta de gloria ha sido considerada con frecuencia una fantasía cómica, un libro mucho más ligero que el tipo de material que escribía en esa misma época. Por contextualizar el momento, en 1959, había publicado Tropas del espacio, Forastero en tierra extraña apareció en 1961, e Hija de Marte, protagonizada por una adolescente, en 1963. En comparación con todas ellas, Ruta de gloria es una novela que exhibe los tópicos más conocidos de la fantasía épica (búsquedas y viajes, cultura medieval, dragones, espadas poderosas…), aunque introduciendo al final una serie de “explicaciones” científicas relacionadas con las matemáticas, el tiempo y el espacio que empujan la obra hacia el campo de la ciencia-ficción.

Aunque Hija de Marte está considerada por algunos como la última de las novelas juveniles –no por el propio Heinlein, que la consideraba una obra adulta‒ la mayor parte de lo que escribía el autor en este periodo denota claramente el deseo de abordar temas más complejos que aquellos que había tocado en su serie juvenil. En cualquier caso, si aceptamos ese título como un libro para adolescentes y Forastero en tierra extraña uno para adultos, Ruta de gloria estaría encuadrada a mitad de cambio entre ambos pero más próxima al segmento maduro del espectro. Es un libro que presenta temas adultos como la sexualidad, la guerra, la muerte o las convenciones culturales, pero al mismo tiempo, tanto su trama como su tono son muy ligeros, incluso cómicos.

La primera parte de la novela nos presenta a E.C. «Scar” Gordon, joven veterano de una guerra en el Sudeste Asiático (se identifica a menudo con Vietnam, donde los norteamericanos estaban cada vez más involucrados) que, debido a una herida de combate, es licenciado.

Antes de volver a su hogar decide tomarse unas vacaciones, y mientras disfruta de las maravillas de las playas nudistas del sur de Francia y reflexiona sobre su futuro, lee un curioso anuncio en el periódico: “¿ES USTED UN COBARDE? Entonces esto no es para usted. Necesitamos urgentemente a un hombre valiente. Debe tener de 23 a 25 años, una salud perfecta, un mínimo de un metro ochenta de estatura, y un peso aproximado de noventa kilos. Ha de hablar con soltura inglés y algo de francés, saber manejar toda clase de armas, poseer conocimientos de mecánica y matemáticas (esencial), estar dispuesto a viajar, carecer de lazos familiares o sentimentales, tener un valor indomable, y un rostro y una figura atractivos. Empleo estable, sueldo muy elevado, gloriosa aventura, gran peligro”.

Gordon no está demasiado interesado en el peligro o la aventura –ya ha tenido demasiado de ambos en las selvas asiáticas‒, pero le pica la curiosidad y acude a la dirección que se indica.

No tarda en averiguar que el anuncio, efectivamente, estaba pensado y dirigido exclusivamente para él. Y además, su posible empleadora es una hermosa mujer, Star, a la que ya había conocido en la playa. Le informa de que él es el elegido para embarcarse con ella, una especie de bruja, en un peligroso viaje para recuperar el Huevo del Fénix. Cuando ella le pregunta cómo debe llamarle, Gordon responde “Scar”, que ella entiende como Oscar, dándole así un nuevo nombre. Star es el tipo de mujer que no acepta un “no” por respuesta y antes de que Oscar pueda darse cuenta, se ve embarcado junto a ella y a un huraño sirviente llamado Rufo, en una gesta épica en una especie de mundo medieval poblado de dragones, minotauros, magia, batallas y duelos muy parecido al descrito en las novelas de John Carter escritas por Edgar Rice Burroughs (a quien se menciona alguna que otra vez en la novela).

El libro se transforma entonces en una aventura de búsqueda propia de los libros de fantasía. El trío ha de superar diversos desafíos antes de alcanzar el Huevo. Oscar y Star se casan, y cuando por fin llegan a su objetivo, una torre laberíntica llena de peligros, el héroe protagonista libra una batalla contra el No Nato, último guardián del Huevo, y escapa con su trofeo. Entonces, Oscar averigua que Star es en realidad la emperatriz de veinte universos…¡y la abuela de Rufo!

En este punto es donde Heinlein introduce las explicaciones científicas a muchos de los momentos aparentemente mágicos que habían ido produciéndose en el curso de la aventura y que ahora cobran todo su sentido. Así, los pentagramas que permiten a los protagonistas viajar entre universos no son más que complejos circuitos. La caja de Rufo, en la que cabe cualquier cosa, no es más que un portal a una dimensión de bolsillo. Cuando Oscar derrota al monstruoso Igli haciendo que se devore a sí mismo de la boca a la cola hasta que desaparece, lo que ocurre no es un acto mágico sino geométrico. Star lo explica así:

“—¿Qué ocurre cuando ejerces una tensión insoportable sobre una masa, de tal magnitud que no puede permanecer donde está? ¿Y al mismo tiempo la dejas sin ninguna parte a donde ir? Esto es un problema escolar de geometría metafísica, y la proto-paradoja más antigua, la de la fuerza irresistible y el cuerpo inamovible. La masa estalla hacia dentro. Es exprimida fuera de su propio mundo hacia algún Otro. Ésta es a menudo la manera como la gente de un universo descubre los Universos… pero habitualmente con resultados tan desastrosos como los que tú desarrollaste sobre Igli; pueden pasar milenios antes de que lo controlen. Puede planear sobre los bordes como «magia» durante mucho tiempo, a veces funcionando, a veces fallando, a veces estallando prematuramente sobre el mago.

—¿Y tú llamas a eso «matemáticas»?

—¿Qué otro nombre puede dársele?

—Yo lo llamo magia”

De la misma forma, el Huevo del Fénix es en realidad un archivo cibernético de todo el conocimiento y las experiencias de los 203 emperadores y emperatrices que precedieron a Star. Había sido robado y escondido y la búsqueda tenía como objetivo recuperarlo para que Star fuera coronada ya que el artefacto sólo funcionaría con ella. A pesar de su apariencia juvenil, descubrimos que Star es la madre de docenas de niños y que se ha sometido a tratamientos médicos que han prolongado mucho su vida. Su siguiente misión es completar su adiestramiento absorbiendo todo el conocimiento contenido en el Huevo, proceso que realiza imprimiendo de alguna forma la esencia de todos sus antecesores en su propio cerebro.

La historia no termina, como podría esperarse, con el hallazgo del Huevo y el triunfo de Star, sino que, esquivando un esperado final feliz, continúa varios capítulos más explorando la insatisfactoria evolución de un Oscar superado por las dimensiones e implicaciones de su nuevo entorno. Pasa de ser un héroe victorioso a un aburrido marido sin nada que hacer. La tarea e importancia de su esposa es de dimensiones tan inmensas que él jamás podrá estar a su altura ni salir nunca de su sombra. Rodeado de riqueza y lujo, pierde el tiempo en diversos hobbies hasta que se da cuenta de que echa de menos las aventuras, que no puede permanecer junto a Star, cuyo éxito le provoca resentimiento. Así que regresa a la Tierra en compañía de Rufo para continuar la Ruta de gloria (una alegoría de la propia vida). Y es que ¿qué sentido tiene un héroe sin un desafío?

En Ruta de gloria ya están presentes algunas de las características que definirán la última etapa de la carrera de Heinlein y que le distanciarán de la frescura imperante de sus primeros libros y cuentos. Una de las virtudes que le identificaron desde el principio y que le hicieron acreedor del favor de los lectores es que nunca escribía nada sin incluir algún tipo de mensaje, ya fuera la defensa a ultranza del individualismo, el ateísmo o las virtudes del amor libre. A veces dicho mensaje era sutil y otras se articulaba con más tosquedad pero siempre venía envuelto en una historia entretenida y que despertaba el sentido de lo maravilloso. Era el suyo un bien conseguido equilibrio entre didactismo, reflexión filosófica y pura diversión.

Pero desde Forastero en tierra extraña, sus novelas empiezan a adolecer de dilatadas cavilaciones –articuladas por el narrador en primera persona o por algún personaje “sabio” en forma de diálogos‒ acerca de las bondades de tal o cual estructura social o política, referencias al sexo y la poligamia o, al menos, relaciones abiertas; y conversaciones entre hombres y mujeres llenas de pullas y salidas ingeniosas.

Como de costumbre, Heinlein no se preocupa demasiado por el estilo –lo cual no quiere decir que su prosa sea mediocre, que no lo es‒. Encontramos su ya muy usada narración en primera persona con un lenguaje bronco y puntualmente sarcástico. Esta herramienta limita el alcance de lo que se puede contar –nada que esté más allá de los sentidos y entendimiento del protagonista‒ y exige menos del escritor. Pero a Heinlein no le importa. Él es sus protagonistas, se identifica con ellos y habla a través de sus bocas, por lo que la primera persona es la opción más ajustada a sus intenciones.

La historia en sí no es gran cosa, pero probablemente esa simplicidad y falta de sentido fuera algo deliberado. Ninguna de las peripecias tiene demasiada relevancia en relación al gran plan que se esconde detrás y que se descubre en el último tercio, los malvados son malos porque sí y la gran revelación de que el ciberhuevo salvará al universo de una vaga amenaza, casi parece una broma. Con sus expresas referencias a Alicia en el País de las Maravillas y El Mago de Oz, Ruta de gloria parece menos una fantasía que se toma en serio a sí misma que una inversión de sus clichés para convertirlo en una especie de space opera.

Como hemos visto, la historia comienza con un tono realista: la descripción de los problemas de un veterano para reintegrarse a la vida civil. Luego salta a la fantasía y termina inmerso en la ciencia-ficción. Da la impresión de que el producto final es una novela corta alargada, una colección de ideas sueltas engarzadas para formar una trama que aunque de lectura ágil contiene algunos tramos más espesos que estropean el ritmo general. Es cierto que ésa es precisamente una de las características del Heinlein de esta etapa madura: la inclusión de largas reflexiones y diatribas sobre ingeniería social y política estructuradas como conversaciones. Y también lo es que muchos lectores no aprecian esa forma de escribir.

Así, la novela cumple función de escaparate para las ideas y filosofías de Heinlein. Ahí tenemos las contundentes frases que le caracterizan, con las que puede estarse o no de acuerdo pero que desde luego parecen pensadas para citarse: “El reglamento militar es como el cáncer: «nadie sabe de dónde procede, pero no puede ser ignorado»”. O “yo tenía la misma fama como poeta que como héroe (lo cual era cierto: cero igual a cero)”. Pero no sólo hay frases ingeniosas. También están sus controvertidas pero agudas reflexiones sobre política, cultura y sociedad. De hecho y como he apuntado, las escenas de acción parecen ser sólo interludios de largas conversaciones sobre temas como estos:

“La democracia no puede funcionar. Matemáticos, campesinos y animales, eso es todo lo que existe… de modo que la democracia, una teoría basada en el supuesto de que matemáticas y campesinos son iguales, no pueden funcionar nunca. El saber no es aditivo; su máxima expresión es el hombre más sabio en un grupo determinado. Pero una forma democrática de gobierno me parece bien, mientras no funcione. Cualquier organización social marcha bastante bien si no es rígida. La estructura no importa, con tal de que exista la holgura suficiente para permitir que un hombre en una multitud manifieste su genio. La mayoría de los llamados científicos sociales parecen creer que la organización lo es todo. Es casi nada… salvo cuando es una camisa de fuerza. Lo que cuenta es la incidencia de héroes, no la pauta de ceros”.

También está aquí presente esa obsesión adolescente por la desnudez. Parece que era algo por lo que Heinlein tenía una especial predilección; o quizá retomaba algo que ya había plasmado Burroughs en su serie de Barsoom (ya dije que se cita esa saga varias veces en la novela). Pero el caso es que desde que Gordon encuentra por primera vez a Star en el sur de Francia hasta el final, se pasan la mayor parte del tiempo desnudos o casi. Al menos, en las novelas de John Carter y tras una somera descripción inicial, uno podía olvidarse de que los personajes no llevaban encima más que cuero, metal y un par de joyas. Heinlein, por el contrario, se empeña en recordárnoslo continuamente. Es como si confundiera o enmascarara la desnudez con la apertura de mente.

Y Heinlein, como podía esperarse, acaba conectando el nudismo con el sexo. No es que sea muy explícito en las escenas propiamente sexuales, pero sí va lanzando sugerencias pueriles de situaciones de ese calibre. En justicia, debemos recordar que estas novelas eran sobre todo consumidas por un público masculino y joven, que en los años sesenta recibían más que agradecidos estas fantasías. Fantasías que tampoco podían ir un paso más allá, so pena de contrariar al editor o a los bienpensantes censores de turno.

No obstante, aunque los momentos más, digamos, indecentes, tienen lugar fuera de cámara, nunca se pierde la ocasión de recordar al lector que Gordon es un tipo de lo más masculino y que Star es el cúlmen de la feminidad. Hasta el sirviente Rufo encuentra desahogo entre los pucheros de la cocina de un castillo, y en todos los lugares del universo excepto en la reprimida Tierra es una afrenta rechazar ofertas sexuales aun cuando éstas provengan de la esposa favorita y las núbiles hijas de tu anfitrión. Como decía antes, no puede extrañar que sus libros atraigan a tantos lectores adolescentes, inseguros y socialmente inadaptados que sueñan con correr grandes aventuras y rodearse de espectaculares mujeres que caigan rendidas tanto por su cerebro como por su cuerpo.

Como ya había dejado claro en Forastero en tierra extraña, Heinlein expresa de nuevo en Ruta de gloria su frustración por el conservadurismo moral en lo referente al sexo y su identificación del movimiento de liberación femenina con la práctica sexual libre. Como siempre contradictorio, Heinlein imagina un mundo en el que las relaciones sexuales entre hombres y mujeres son desprejuiciadas y distendidas, pero en el que, al mismo tiempo, se refuerzan los roles tradicionales de género. Star es amable, inteligente, superfemenina y sumisa; mientras que Gordon es impasible pero inteligente, seguro de si mismo, masculino y siempre al mando. Algunas veces tiene que imponerse cuando Star empieza a ponerse irritante con sus exigencias, pero ella disfruta de su propia sexualidad y apoya y anima los intereses sexuales de Oscar en otras mujeres. Puede que Star sea una anciana que encarne toda la sabiduría de veinte universos y de la que depende su destino, pero se preocupa por someterse a tratamientos antiedad para mantener su piel juvenil y sus senos firmes.

Hace años, y desde luego debía ser un pensamiento extendido a comienzos de los años sesenta en Norteamérica y en otros muchos lugares, todavía se creía firmemente que una mujer nunca podría llegar a Presidente de la nación porque no sería capaz de controlar su temperamento y reacciones en determinados momentos de su ciclo menstrual, corriendo el riesgo de acabar lanzando la artllería nuclear contra Rusia en un arrebato hormonal. Esa mentalidad es la que explica pasajes como el siguiente:

“Debido a algún tipo de control endocrino, Star quedó libre del ritmo de Eva, aunque joven en todos los sentidos… sin píldoras ni inyecciones de hormonas; esto era permanente. Era simplemente una mujer sana que no tenía nunca «días malos». Esto no era para su comodidad, sino para garantizar que su criterio como Juez Supremo no se vería nunca mediatizado por sus glándulas.

—Es lamentable —me dijo, muy seria—. Recuerdo que había días en que hubiera mordido la cabeza de mi amigo más querido sin ningún motivo, y luego me asaltaba una crisis de llanto. Una no puede ser juiciosa en esa clase de tormenta”.

A pesar de incluir buena parte de los peores tópicos heinlenianos, el final de Ruta de gloria puede calificarse de ingenioso y sorprendente…, aunque, si se piensa bien, no demasiado alejado de la filosofía del propio autor. Si la Ruta de Gloria es una alegoría del gran viaje que es la vida, tanto Oscar como los lectores debemos continuar su senda, buscando continuamente nuevos desafíos para que nuestro periplo tenga sentido. Una vez aventurero, nos dice Heinlein, siempre aventurero. Al fin y al cabo, eso es lo que quizá trató de conseguir con esta novela: enfrentarse a un problema nuevo, el de abordar la fantasía y llevarla a su terreno.

Ruta de gloria es un libro, como decía al principio, que cuesta relacionar con Heinlein a primera vista –en lo que a trama y ambientación se refiere, no así en su estilo‒ y no está considerado como uno de los mejores títulos de su bibliografía. Y aunque tiene problemas, en general es más entretenido que muchos de los trabajos que publicó en los últimos años de su vida. Como mínimo, merece algo de crédito por su intento de hacer algo diferente y probablemente esa fuera la razón por la que se le nominó al Premio Hugo en 1964.

Como aventura de fantasía, Ruta de gloria es bastante floja y ha envejecido mal, incluso interpretada como parodia. Más interés tiene si, con la perspectiva que nos da el tiempo, la leemos como una alegoría de los problemas de adaptación del hombre tradicional en una sociedad en plena transformación en la que asume tanto la revolución sexual (solo para darse cuenta de lo inseguro que se siente con ella y que quizá no era lo que en el fondo deseaba) y la revolución de roles (admirándola pero al mismo tiempo descontento por la asunción de nuevas responsabilidades). Después de todo, a lo mejor fue precisamente éste el propósito de Heinlein.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".