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«Estrella doble» (1956), de Robert A. Heinlein

Hay pocas dudas acerca de que Robert A. Heinlein fue, junto a Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, uno de los Tres Grandes de la Edad de Oro de la ciencia-ficción. Fue pionero de muchos subgéneros e ideas y, de los tres, el único capaz de crear personajes sólidos y carismáticos y escenas de diálogo frescas y verosímiles. Entonces, ¿por qué son Asimov y Clarke mucho más recordados y leídos que él?

Hay un factor de exposición mediática, claro. Asimov y Clarke aparecieron regularmente como asesores en películas de ciencia-ficción, prestaron su nombre para publicaciones y programas televisivos, firmaron abundantes trabajos divulgativos, fueron entrevistados innumerables veces, y en general, tuvieron una mayor disposición a aparecer ante los medios.

No es que Heinlein no fuera una persona activa ni comprometida (todo lo contrario), pero ya desde comienzos de los setenta su salud empezó a deteriorarse rápidamente, impidiéndole mantener una presencia pública tan intensa como la de sus colegas.

Pero hay algo más. De los tres, Heinlein fue el que más volcó en sus obras su ideología política y filosófica. A pesar de sus esfuerzos en defender la exploración científica, defender la necesidad de ampliar el conocimiento humano y conseguir la igualdad de sexos, sus críticos siempre le echaron en cara su chovinismo y homofobia. Otros autores de la época clásica de la ciencia-ficción cometieron los mismos errores, pero en su caso se suele achacar al contexto histórico en el que escribieron las obras. Heinlein, en cambio, se mostró a menudo tan vehemente, incluso agresivo, en la defensa de sus opiniones que no puede brindársele la misma excusa. En los años sesenta, esa actitud le valió la crítica de muchos comentaristas y autores autonombrados progresistas, que le tomaron como la cabeza visible de todo lo que era erróneo, rancio y rechazable de la ciencia-ficción de los cuarenta y cincuenta.

Como hemos visto en otros artículos sobre sus obras de la primera época, Heinlein comenzó a escribir contando ya con un sólido y variopinto bagaje vital (había estado en el ejército, en el mundo empresarial y en los círculos políticos) que enseguida se reflejó en sus relatos. Desde el primer cuento que escribió, se convirtió en uno de los pilares del editor Joseph W. Campbell para la nueva ciencia ficción que postuló en la revista Astounding Science Fiction.

Pero el entusiasmo por el futuro, la tecnología y el espacio de aquellos primeros años se diluyeron al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Tras ser desmovilizado (pasó la contienda como ingeniero aeronáutico en los Astilleros Navales de Filadelfia) la relación con Campbell y Astounding se enfrió, dirigiendo en cambio su atención, por un lado, hacia la publicación de novelas juveniles de ciencia ficción para la veterana editorial Scribners; y por otro, la escritura de ciencia ficción para adultos, que vio la luz en revistas de primera línea como el Saturday Evening Post. Heinlein demostró que era posible salir del cerrado círculo de revistas especializadas del género, que había un público adulto ahí fuera y que la ciencia-ficción podía publicarse directamente en forma de libro sin necesidad de la previa serialización en revista.

No obstante, y a pesar de que su carrera profesional dependía cada vez menos de Astounding Science Fiction, Heinlein siguió vinculado a esa revista. Fue precisamente en ella donde en 1956 serializó la obra que ahora nos ocupa, Estrella doble, antes de que fuera publicada como libro aquel mismo año. Esta fue la primera novela de Heinlein en ganar un Premio Hugo (llegaría a acumular cuatro), un trhiller político ambientado en un marco de ciencia ficción en la que el autor utiliza los escenarios y tópicos propios de la space opera (imperios galácticos, alienígenas, maravillosos palacios en otros mundos, viajes espaciales…) para examinar temas menos livianos de lo que podría pensarse a priori, como los prejuicios raciales, la identidad, el ejercicio del poder y la corrupción.

En el futuro, la especie humana ha tomado contacto con los seres inteligentes que habitan en otros planetas del Sistema Solar, como los venusinos o los marcianos; se han establecido colonias en la Luna y el viaje interplanetario forma parte de la vida cotidiana. La forma de gobierno es una suerte de monarquía parlamentaria, con un emperador a la cabeza y un gobierno electo que se encarga de marcar las directrices políticas.

Lorenzo Smythe, de nombre artístico El Gran Lorenzo, es un actor en paro que pasa por horas bajas. Pomposo, arrogante y xenófobo, es contratado para asumir la identidad de un conocido líder político con el que guarda un gran parecido. Dicho personaje, John Joseph Bonforte, líder del Partido Expansionista, ha sido secuestrado por sus adversarios en un momento crítico de la escena política interplanetaria, puesto que estaba a punto de ser adoptado como “nativo” o miembro del Clan por los alienígenas de Marte, lo que equivaldría a que éstos contaran con un representante en la Asamblea del Imperio Galáctico, hasta ese momento exclusivamente humana. La poderosa facción xenófoba, que rechaza cualquier alianza u acercamiento con especies extraterrestres, quiere hacer fracasar el inminente acuerdo y está dispuesta a cualquier indignidad para alcanzar su fin.

El secuestro no puede hacerse público dado que la inflexible tradición marciana no admite excusa alguna para no asistir a tan destacado honor. El círculo interno de Bonforte, por tanto, se ve obligado a contratar a Lorenzo para que asista a la ceremonia haciéndose pasar por aquél.

A pesar de que la política pro-marciana de Bonforte no sintoniza precisamente con la sensibilidad de Lorenzo, éste cumple a la perfección con su papel de “doble” hasta que el político es liberado. Pero el estado de salud de éste es muy delicado y el actor se ve obligado a continuar con el fraude. Poco a poco, Lorenzo profundiza más y más en la mente y filosofía de Bonforte y su propia visión del mundo comienza a cambiar más de lo que al principio hubiera deseado.

Aunque su trama nos pueda parecer novelesca en exceso y recordarnos a El prisionero de Zenda, Estrella doble se inspiró en un hecho real ocurrido en la Segunda Guerra Mundial. El australiano Mayrick Edward Clifton James sirvió con el ejército británico en la Primera Guerra Mundial antes de convertirse en actor. Años después, sus habilidades interpretativas le valieron ser asignado a un grupo de entretenimiento de segunda fila, dependiente del ejército de su Majestad, y dedicado a escenificar obras patrióticas… hasta que alguien notó su parecido con el mariscal Bernard Mongomery. El teniente coronel David Niven (sí, el actor luego mundialmente conocido que durante la contienda dirigió la unidad cinematográfica del Ejército) contactó con él y lo invitó a participar en una obra en Londres, pero cuando el actor se presentó allí, se le comunicó que su misión consistiría en algo muy diferente.

James debería aprender todos los manierismos de Montgomery y hacerse pasar por él durante cinco semanas, viajando a Gibraltar y El Cairo, como parte de un plan destinado a confundir a los alemanes en las semanas previas al Desembarco de Normandía, haciéndoles creer que el verdadero mariscal estaba preparando un plan de invasión del sur de Francia. Ello llevaría a una concentración de tropas alemanas en esa zona y un debilitamiento de las mismas en Bretaña, facilitando de este modo el verdadero plan aliado. Nunca se sabrá si el plan tuvo la efectividad que pretendía y si verdaderamente engañó a los alemanes (a diferencia de Montgomery, James fumaba y bebía en abundancia y tuvo problemas para dejar esos vicios mientras encarnaba el papel), pero el caso es que cuando fue desmovilizado, sin reconocimiento alguno por su labor, fue incapaz de encontrar trabajo como actor, y se vio obligado a vivir de los subsidios para mantener a su familia.

Heinlein se inspiró en esta historia real, pero no quiso que su protagonista tuviera un final tan patético.

Estrella doble es una novela corta, compacta y escrita con un ritmo rápido, cuya acción se desarrolla a lo largo de tan solo unas cuantas semanas. Consigue bosquejar la situación política con gran efectividad y ligereza pero sin perder por ello la profundidad necesaria como para que el lector comprenda lo que está en juego. Y es que en realidad esta obra es más un thriller político que una space opera de aventuras en la que los cánones de la ciencia-ficción tengan una importancia capital. La trama narra una lucha por el poder que bien podría haber transcurrido en la Tierra del siglo XX –o del XIV‒, sustituyendo los alienígenas por gentes de otras culturas y reduciendo el entorno galáctico a algo más cercano y familiar a nosotros.

Esta novela puede considerarse como una obra “bisagra” entre las dos principales etapas de Heinlein: la de los cuarenta y cincuenta, dominada por el optimismo de sus relatos cortos y novelas juveniles; y en la que se embarcaría a partir de Tropas del espacio (1959), más comprometida políticamente y con una densidad intelectual que demasiadas veces interfería con el ágil desarrollo de la trama.

En esa segunda etapa, Heinlein utilizaría de forma cada vez más acusada sus obras como plataforma para airear de forma dogmática sus posturas libertarias y sus poco convencionales opiniones sobre la sexualidad, algo que iría restándole credibilidad y apoyo no sólo entre sus seguidores, sino también de otros colegas de profesión y aquellos lectores que fueron incorporándose al género a partir de mediados de los sesenta.

En Estrella doble, Heinlein aún mantiene un buen equilibrio entre la narración y el contenido y consigue no perjudicar la intriga y los momentos más emocionantes con un exceso intelectual. Ello no quita para que introduzca observaciones muy interesantes sobre el mundo de la política. No olvidemos que tras ser licenciado del ejército por sus problemas de salud, Heinlein, entre oficio y oficio, se involucró activamente en la campaña política encabezada por el escritor socialista Upton Sinclair en California. El mismo Heinlein se presentó –sin éxito‒ como candidato para la Asamblea Estatal de California en 1938. Por tanto, algo sabía sobre las entretelas y mecanismos de la política.

La ciencia-ficción es la literatura adalid del progreso; y la filosofía que subyace en buena parte de la misma es esencialmente liberal. Mucha –aunque no toda‒ de la ciencia-ficción más popular y perdurable está asentada firmemente en la tradición del liberalismo occidental. Una idea relativamente reciente, en virtud de la cual se plantea como posible y deseable el aumento por parte del hombre de su poder sobre la naturaleza mediante la acumulación y ampliación de conocimientos; y que la libertad –libertad política, autonomía personal, libertad de pensamiento y de intercambio de mercancías‒ es un fin en sí mismo. “Incrementar el poder del Hombre sobre la Naturaleza y abolir el poder del Hombre sobre el Hombre” es una formulación del bien social en el que podrían haber estado de acuerdo el bolchevique Leon Trotsky y el liberal americano John Dewey, aunque hubieran diferido apasionadamente en cuanto a la ética y la moral.

Durante años, la principal voz política en el seno de la ciencia-ficción fue Robert Heinlein. Su influencia se ha extendido a generaciones de lectores, algunos de los cuales llegaron a convertirse en escritores. Su liberalismo es claro, como también su cambiante interpretación del mismo, desde lo democrático hasta lo elitista. Sus primeros trabajos muestran una fe en el “hombre corriente”; los últimos en el “hombre competente”. A veces, se muestra sensible hacia las realidades de la política; otras veces no. El mejor ejemplo de lo primero sería Estrella doble; de lo segundo, Tropas del espacio.

Aunque el político al que Lorenzo Smythe sustituye, John Joseph Bonforte, apenas participa de forma directa en la trama, su influencia está siempre presente ya que el actor debe sumergirse e identificarse en su ideario. El principal mensaje del libro es su oposición a la xenofobia-racismo, oposición que se justifica más desde un punto de vista político -como un obstáculo para la expansión de la especie humana por el cosmos‒, que en base a la ética. Aunque tratándose de ciencia ficción, el papel de “el otro” recae en los marcianos, la cercanía temporal de la novela al comienzo del Movimiento por los Derechos Civiles pone de manifiesto la sensibilidad de Heinlein hacia esa materia; una materia que, a mediados de los cincuenta, seguía siendo tabú para los políticos y el grueso de la sociedad estadounidenses.

Estrella doble es una novela inusual en tanto en cuanto presenta de forma realista –dejando aparte los giros argumentales‒ y con simpatía los mecanismos de una democracia. Más raro aún, el sistema en cuestión es una monarquía parlamentaria construida de acuerdo al modelo inglés, que se ha expandido desde su núcleo holandés original hasta alcanzar dimensiones interplanetarias.

No es casualidad que el Emperador de la historia comparta nombre y árbol genealógico con otro Willem: Guillermo de Orange. La formación del sistema político británico se remonta a la Revolución Gloriosa de 1688 y ha demostrado repetidamente una capacidad para acometer reformas económicas y sociales –al tiempo que desplegar una notable capacidad militar‒ que le ha permitido sobrevivir durante siglos. A la vista de tal éxito darwiniano, no es descabellada la asunción de Heinlein de que una futura Commonwealth que se extendiera por el sistema solar pudiera emanar de esa venerable institución.

El papel del Willem de la novela es mucho más ceremonioso y nominal que el de su antepasado. Rodeado de lujo y boato en su espectacular palacio de la Luna, el emperador reina pero no gobierna. Esta última tarea recae en su primer ministro, quien ha de enfrentarse a la ingrata tarea de integrar a los extraterrestres en el Imperio. Como contrapartida al personaje del emperador, aparentemente una figura decorativa pero genuinamente preocupado por el devenir del imperio y ejerciendo su influencia entre bambalinas, tenemos un retrato poco edificante de la arena política en la que sus jugadores, incluso aquellos que se abanderan con nobles ideales, despliegan unas prácticas propias de gangsters que poco tienen que ver con la libertad democrática: engañan, secuestran, tratan de liquidar y desacreditar a sus oponentes…

La novela contiene también varias observaciones agudas sobre la política en general: “No se pueden conseguir más votos por acudir personalmente a los mítines del partido. Todo lo que se logra es agotar al orador. A esos mítines sólo van los incondicionales”. O: “¡Demos nuestra opinión! ¡Tomemos partido! A veces podemos estar equivocados…, pero el hombre que no quiere decidirse por uno u otro lado siempre estará equivocado! ¡El cielo nos libre de los cobardes que temen decidirse por algo!”. Y, hacia el final: “El pueblo admite cierta cantidad de reformas y luego quiere descansar. Pero las reformas perduran. El pueblo no desea el cambio en realidad, ningún cambio… y la xenofobia está profundamente oculta en sus almas. Pero progresamos,cumpliendo con nuestro deber… si es que queremos alcanzar las estrellas.”

También se apuntan ya algunas de las filosofías que luego desarrollaría más extensamente en novelas como Tropas del espacio: “Yo no soy un pacifista. El pacifismo es una tortuosa doctrina con la cual un hombre acepta los beneficios de la sociedad sin querer dar nada a cambio… y quiere que se le considere un santo por su falta de honradez. ¡(…) la vida es de aquellos que no tienen miedo de perderla!”.

Estrella doble es claramente un producto de la ciencia-ficción de los cincuenta, no sólo por el tratamiento que hace de las mujeres o su optimista final (de lo que hablaremos un poco más adelante) sino, y esto es inevitable, por las caducas referencias tecnológicas que aparecen y que se hacen evidentes, por ejemplo, en la terminología utilizada (“estéreo-video”), la confianza en la hipnosis para solucionar cualquier problema mental o conductivo desde los prejuicios a la histeria; o que toda la maravilla tecnológica necesaria para realizar viajes espaciales y fundar colonias en otros planetas se haya conseguido sin computadoras y recurriendo exclusivamente a la vieja regla de cálculo.

La ciencia-ficción de Heinlein no le otorgó la misma importancia a las grandes ideas y los conceptos más atrevidos sobre los que, por ejemplo, Isaac Asimov o Arthur C. Clarke basaron muchas de sus obras. En cambio, se esforzó por crear futuros realistas en los que el retrato de la vida cotidiana resultara verosímil. Tendía a mantener la tecnología en un segundo plano, como mera herramienta para ambientar o hacer avanzar la acción. Y en lugar de hacer hincapié en lo diferente y extraño que resultaría el mañana, nos mostraba que la gente seguiría teniendo las mismas preocupaciones y necesidades que hoy (o, más exactamente, que cuando la novela fuera escrita). Esto no quiere decir que la creación de un entorno futurista careciera de importancia para Heinlein, sino que, para la gente del futuro su presente sería tan mundano y problemático como el para nosotros el nuestro.

Así, a pesar de los evidentes lastres propios de la ciencia-ficción clásica y aunque en sus páginas abunden los marcianos, los venusianos, las naves y los imperios galácticos, el tono retro nunca ahoga la esencia de la historia ni hace perder el foco de lo que es realmente importante: la trama y los personajes.

O, más bien habría que decir “el personaje”. Porque Lorenzo Smythe eclipsa a todos los demás intervinientes en la historia. Para empezar, la novela está escrita en primera persona, lo que ya de partida pone al lector en una disposición favorable para comprender de forma íntima la gradual transformación que experimenta Lorenzo en el curso de su misión. Al principio se le presenta como un individuo irritantemente egocéntrico que se queja continuamente de lo poco que se valora su inconmensurable talento, aunque el lector no averiguará hasta más adelante si tan alto concepto de sí mismo está verdaderamente justificado por su capacidad interpretativa

Su actitud altanera está reflejada no obstante con simpatía al igual que su racismo: “A mí no me gustan los marcianos. No consigo convencerme de que una cosa que recuerda a un tronco de árbol rematado por un salacot pueda ser objeto de los mismos privilegios que un hombre (…) Y otra cosa más: ¡no puedo soportar su olor! Eso no significa que se me pueda acusar de tener prejuicios raciales. No me importa la religión, la raza o el color de un hombre. Pero los hombres son hombres; en cambio, los marcianos son sólo cosas. A mi modo de ver, ni siquiera puede decirse que sean animales (…) encuentro ofensivo que se les permita la entrada en los bares y restaurantes frecuentados por hombres”.

Aunque más arriba dije que Lorenzo era contratado por los ayudantes de Bonforte para ocupar su lugar temporalmente, en realidad se ve arrastrado por las circunstancias. Era un recurso que Heinlein utilizó con cierta frecuencia en sus novelas: obligar a los personajes principales a asumir papeles para los que no estaban preparados, ya fuera el de revolucionario, marine espaciale, huésped de babosas alienígenas o –como en No temeré ningún mal (1970)‒ el cuerpo de una mujer.

Pero gradualmente, y conforme su misión le obliga a profundizar en la mente de Bonforte para interpretarlo en público a la perfección, su actitud empieza a cambiar gradual pero imparablemente. Su antigua personalidad se ve obligada a someterse a una profunda remodelación para ajustarse a los principios que tan apasionadamente defendía Bonforte. La imitación deja paso a la emulación y el actor se convierte en su personaje, transformándose en el proceso en un gran líder que se preocupa sinceramente del destino de la humanidad y su destino en la galaxia. Como Bonforte hizo antes que él, se da cuenta de que el Hombre debe superar sus estúpidos prejuicios y evitar convertir a las estrellas en otro imperio sostenido por la explotación y la discriminación.

Por tanto, otro de los temas para la reflexión que propone la novela es el de la identidad y el potencial para el cambio y el desarrollo personal (Aunque igualmente puede interpretarse como una defensa del conductivismo, esa filosofía que, de forma burdamente resumida, estudia la conducta del ser humano y la forma de manipularla para adaptarse a una situación).

Los personajes secundarios están bastante más desdibujados y carecen de la personalidad y encanto de Lorenzo. Heinlein tenía tendencia a crear héroes increíblemente competentes en multitud de ámbitos y que sabían más que nadie de su entorno. Para algunos lectores, esto no supone ningún problema; para otros, resta credibilidad a sus protagonistas.

El reparto de Estrella doble no es el mejor ejemplo de ello, pero el que más se aproxima es Dak Broadbent, varonil, experto piloto, miembro de la Asamblea, doctor en Física, irresistible a las mujeres, cordial, sensato y eficiente.

Llama la atención hoy –aunque en la época no era sino lo normal‒ la ausencia de mujeres con papel. Lorenzo admite haber aprendido su profesión de su padre, pero no parece tener nada que decir de su madre. Penny Russell, la ayudante y secretaria de Bonforte –y luego de Lorenzo‒, es una muestra de la contradictoria actitud que Heinlein mantenía hacia el sexo femenino. Es una profesional inteligente que ocupa un escaño en el Congreso y su trabajo es importante para el equipo que teje el engaño de sustituir a Bonforte hasta el punto de que sin su participación habría sido imposible sacarlo adelante. Pero también es sentimental, petulante, infantil y con una fastidiosa facilidad para sollozar y desmayarse. Sus acciones parecen estar siempre dominadas por la atracción romántica que siente por su jefe y hasta sus propios colegas la tratan con condescendencia y amenazan en broma con darle una azotaina si no se comporta, una actitud que difícilmente sería admisible hoy.

La prosa de Heinlein es directa, lineal y sin ambiciones estilísticas que distraigan la atención de la trama. Como apunté antes, es una novela que discurre a buen ritmo y que se lee con agrado incluso en aquellos momentos en los que se torna algo inverosímil. La intriga política, que podría haber hecho de la historia algo árido, está punteada de momentos emocionantes y muy bien descritos, como el viaje de Lorenzo a Marte, las conversaciones con el Emperador o la parte en la que a punto está de ser desenmascarado públicamente por un traidor. El final es tan satisfactorio como predecible y poco arriesgado.

Habrá quien argumente que hoy esta historia no sería merecedora de un premio, pero es necesario adoptar la perspectiva de la época. En 1956, la ciencia-ficción todavía no había acumulado la enorme cantidad de obras en todos los formatos (literarios, cinematográficos, televisivos, gráficos), abarcando cualquier tema imaginable. La idea de servirse de los tópicos de la space opera para contar una intriga política tampoco era totalmente nueva, pero el talento de Heinlein como narrador, la presencia de un carismático protagonista, la toma de postura ideológica y la inclusión de inteligentes reflexiones sobre el mundo de la política –con las que se puede estar de acuerdo o no, eso no importa‒ mezclada con la aventura y toques de sátira, fue algo que sobresalió claramente de entre el grueso de ciencia ficción del momento.

Estrella doble es una novela entretenida y fácilmente legible para el lector actual aun cuando, como hemos dicho, contiene algunos elementos que la anclan claramente a su época. Aún hoy sigue contándose tanto entre los títulos más asequibles y apreciados de Heinlein como entre los imprescindibles para comprender el pensamiento, estilo y trayectoria de ese Gran Maestro de la ciencia-ficción.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".