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«Mad Max 3: Más allá de la Cúpula del Trueno» (1985), de George Miller y George Ogilvie

Mad Max 3: Más allá de la Cúpula del Trueno (Mad Max Beyond Thunderdome) fue la tercera entrega en la saga del héroe postapocalíptico australiano. La primera, Mad Max (1979) fue un violento drama de venganza personal que obtuvo éxito en su país de origen, pero que desapareció rápidamente de las carteleras norteamericanas. La segunda, Mad Max 2: El guerrero de la carretera (1981), con más aspiraciones, presupuesto y apoyo promocional de la distribuidora norteamericana, Warner Brothers, se convirtió en un éxito internacional que inspiró multitud de films postapocalípticos en años posteriores. De la noche a la mañana, Mad Max pasó de ser héroe de culto a celebridad internacional.

La tercera película, que a continuación comentamos, vino a cerrar, por el momento, la franquicia. Desde los noventa, circularon rumores sobre un remake o reboot, rumores alimentados inicialmente por las ocasionales declaraciones de George Miller en relación a su interés en retomar la historia. Pero dado que Mel Gibson dejó atrás esta etapa de su carrera para ocuparse de otras cosas con igual éxito, desde Arma Letal a Braveheart, el proyecto no llegó a concretarse. Por fin, el sueño de Miller se hizo realidad en 2015, fecha de estreno de la siguiente película de la saga, Fury Road, protagonizada por Tom Hardy y Charlize Theron.

Tras el éxito obtenido por Mad Max 2, Warner Brothers decidió no sólo distribuir la tercera entrega, sino financiarla. Así, a diferencia de sus dos predecesoras, orgullosas hijas del cine independiente australiano, Mad Max 3 disfrutó del respaldo de un gran estudio de Hollywood, que se ocupó de triplicar el presupuesto de la anterior y lanzarla internacionalmente como una superproducción con actores americanos conocidos. Puede que el potencial comercial de la película se viera así sustancialmente incrementado, pero para ello hubo de pagar peajes en forma de una suavización de contenidos y el encajonamiento en rutinas más asimilables por el público convencional. En el tránsito de la producción independiente a la industria corporativa, Mad Max perdió la frescura y espíritu rebelde que le habían llevado hasta allí.

El petróleo se ha convertido ya en algo tan escaso que Max (Mel Gibson) se ve obligado a enganchar su coche a una reata de camellos. Cuando le roban los animales, se ve obligado a viajar a pie por el desierto hasta llegar a un destartalado y bullicioso asentamiento conocido como Negociudad. Símbolo de un renacido capitalismo despiadado, Max no puede esperar allí simple justicia porque todo se consigue mediante la venta de algo. Así que cierra un trato en virtud del cual vende temporalmente sus habilidades como luchador a cambio de recuperar sus camellos.

Su nueva patrona es Tía Ama (Tina Turner), líder nominal del lugar pero cuya autoridad se ve continuamente socavada por el Maestro-Golpeador, la grotesca asociación de un gigante musculoso y un enano inteligente (Paul Larsson y Angelo Rossitto) que controlan la producción de energía de Negociudad. Ésta se basa en el metano, y se genera en el subsuelo, a base de estiércol de cerdo, procesado por mano de obra esclava.

Max se las arregla para provocar una pelea con el Golpeador y desafiarlo a un combate a muerte en la Cúpula del Trueno, una especie de primitivo circo de gladiadores. Aunque por escaso margen, Max sale victorioso, pero se niega a obedecer las órdenes de Tía Ama y matar al Golpeador. Ésta, enfurecida, lo apresa y lo expulsa al desierto sin medios de supervivencia. Allí, ya moribundo, es rescatado por un grupo de niños que fueron abandonados muchos años atrás, en un escondido y fértil valle, tras estrellarse el avión en el que viajaban con sus padres.

Los niños ven a Max como su salvador mítico y creen que ha regresado para guiarlos hasta la prometida Tierra del Mañana-Mañana.

Llegado este punto de la franquicia, se ha abierto una enorme brecha entre lo que había sido originalmente Mad Max y hacia lo que había evolucionado con la tercera película. Cada entrega fue rebajando su grado de violencia explícita –y, por tanto, su sello de calificación por edades–, desde el agresivo y deprimente primer film a la dinámica mezcla de comicbook y western del segundo, hasta lo meramente convencional en esta tercera entrega.

Quizá el director George Miller reconoció que la mayor parte de su audiencia estaba compuesta de adolescentes y bajó el listón de la violencia con el fin de sortear los organismos supervisores que calificaban los films por edades. O tal vez fue una exigencia del estudio, más preocupado por recuperar su inversión que por contentar a los fans más veteranos. Así, si en la primera parte Max había sido un vengador implacable y en la segunda un héroe solitario, ahora lo encontramos menos reacio a asumir el papel de salvador-mesías-padre adoptivo de unos niños perdidos. Al final de la película, Max casi ha cerrado su propio círculo: no ha recobrado a su familia, pero sí su alma.

Mad Max 2 fue una de las películas de acción con un marco de ciencia-ficción más emocionantes de la década. Su sucesora tenía la poco envidiable misión de tratar de mejorarlo. Así, se recrean de nuevo y con mayor presupuesto los decorados a base de chatarra y los atuendos confeccionados con cuero y retales. Pero no todo es cuestión de dinero, y aquí el más no es sinónimo de mejor. El aspecto visual del film ofrece un feísmo recargado, e incluso exagerado en relación con el sobriamente eficaz resultado obtenido en la cinta anterior.

En esta ocasión, George Miller, que había dirigido también las dos películas anteriores, se hace ayudar en las tareas de realización por otro colega y tocayo, George Ogilvie. Éste rodaría las secuencias dramáticas centradas en los personajes mientras que el primero se encargaría de las de acción. El problema es que Miller parece convencido de que Mad Max 2 no se podría superar, y como resultado de esa resignación, deja algo de lado las escenas de persecución con vehículos. Así, la mejor secuencia de acción es el combate entre Max y Golpeador en la Cúpula del Trueno, mientras que aquellas en las que intervienen coches, aunque entretenidas, carecen del dinamismo de las de Mad Max 2, y están más interesadas en presentar nuevos vehículos e individuos estrafalarios que en mantener un ritmo tan enloquecido como emocionante.

El característico y algo estrambótico sentido del humor de Miller asoma ocasionalmente por aquí y por allá –el niño con el muñeco de Bugs Bunny, el conductor vestido de Llanero Solitario o algunos momentos con los niños perdidos y su peculiar interpretación del pasado–, pero hay algo que no termina de funcionar en la historia. El final, por ejemplo: llega de forma súbita, deteniendo el relato en seco cuando parecía que aún quedaba otro cuarto de película por ver, y con el héroe vencido y abandonado en pleno desierto. No hay ni de lejos un clímax tan intenso como el que se pudo ver en la segunda entrega de la saga.

Por otra parte, la introducción de niños se antoja una traición al irreverente tono punk y violento que había impulsado las dos películas anteriores, como si George Miller –que también ejercía de coguionista junto a Terry Hayes– se hubiera ablandado con la edad. También pudo influir en ese enfoque algo descafeinado y tendente al sentimentalismo el efecto que sobre Miller tuvo la muerte de su viejo amigo y productor Byron Kennedy en un accidente de helicóptero sucedido en 1983, mientras buscaba localizaciones para la película.

Paradójicamente, aunque resultan incoherentes con el Mad Max que ya conocíamos, las escenas con los niños son las mejores de la película, rodadas con un espíritu a mitad de camino entre la melancolía y la sátira, al tiempo que impregnadas con una resonancia mítica, que acerca esta parte de la historia a los parámetros de El señor de las moscas (1954), de William Golding. Esos niños, con su lenguaje degenerado y su nebuloso y mítico sentido del pasado, tienen algo fascinante, inocente, primario y muy propio de la ciencia-ficción.

Además de Mel Gibson, el único actor de entregas anteriores que repite en esta ocasión es Bruce Spence, aunque no queda claro si encarnando al mismo personaje de la película anterior. El reparto realiza un trabajo competente, aunque no particularmente brillante… con una excepción y no para mejor. Aunque Tina Turner disponía de un personaje carismático y de gran potencial como némesis de Max y despótica gobernante de una posible protocivilización, su trabajo es plano y carente de matices. Es obvio que su presencia en la película obedeció más a su tirón como estrella musical en la cúspide de su popularidad que a sus habilidades interpretativas. Al menos, consiguió que la película se incluyera en esa rara categoría de títulos de ciencia-ficción de cuya banda sonora se ha extraído un éxito rock: «We Don´t Need Another Hero».

Mad Max 3: Más allá de la Cúpula del Trueno funcionó bien en taquilla, y aunque no es tan directa y visceral como la segunda película, sí que es mejor que la primera. Además, el tiempo no la ha maltratado tanto como a otras cintas de ciencia-ficción de la época, lo que no es decir poco. Como nos han demostrado ya otras franquicias de éxito, desde Alien a Terminator pasando por Robocop, Mad Max no ha muerto; solo duerme… y espera su regreso.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".