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«Un caso de conciencia» (1958), de James Blish

«Existen innumerables soles; innumerables tierras giran alrededor de esos soles de forma similar a la de nuestros planetas moviéndose alrededor de nuestro Sol. Seres vivos habitan esos mundos». Estas palabras las escribió el místico italiano Giordano Bruno en su obra Del universo infinito y los mundos, (1584). Bruno, un seguidor del nuevo modelo del Cosmos descrito por Copérnico fue arrestado por la Inquisición en Venecia en 1591 y quemado en la hoguera en 1600 por creer en alienígenas y otras supuestas herejías.

Bruno era un pluralista apasionado y visionario. Su crimen fue pensar y exponer que el universo era infinito y que en su interior albergaba incontables mundos. Poblaba de seres los planetas y las estrellas, les atribuía almas individuales e incluso dotaba de conciencia al Universo entero ¿Qué había de escandaloso en las ideas de Bruno? ¿Por qué se consideraba herético proclamar la existencia de mundos habitados diferentes de la Tierra? Al fin y al cabo, Dante, por ejemplo, había incluido en la Divina Comedia habitantes en varios mundos de su cosmos imaginario (aunque contemplaba un sistema solar ptolemaico, no copernicano) y la obra fue considerada pía y recomendable por la Iglesia.

El problema teológico se puede resumir de esta forma: si hay muchos mundos y cada uno de ellos alberga seres inteligentes, implícitamente se niega el carácter extraordinario de la crucifixión de Jesucristo y, por lo tanto, el propio cristianismo se devalúa. La Iglesia predica que Dios envió a Cristo a la Tierra para redimir a la Humanidad, una raza creada a Su Imagen y Semejanza. Aquel sacrificio fue un hecho singular y milagroso, que establecía un lazo sagrado entre el Hombre y Dios. Pero si la Humanidad no es sino una más entre muchas especies inteligentes en el Cosmos, ¿qué hay de los otros? ¿Han sido también redimidos por sus propios Cristos –una posibilidad que erosionaría la excepcionalidad del sacrificio de Jesús en nuestro mundo–? ¿O han quedado excluidos de la posibilidad de salvación –lo que ofrece una imagen ciertamente cruel e injusta de Dios–?

Así, aunque los fans de la ciencia-ficción sientan que la religión no tiene cabida en el género, lo cierto es que la relación entre ambas visiones del mundo, la racional y la metafísica, han estado unidas desde el principio, tal y como demuestra el caso de Bruno y el de otros muchos escritores de ficciones fantásticas de los siglos XVII y XVIII que hubieron de andarse con pies de plomo a la hora de imaginar otro mundos o viajes interplanetarios para no llamar la atención de las autoridades eclesiales.

Ya en el siglo XX, los escritores de ciencia-ficción tendieron a anclar sus historias en el racionalismo y decidieron, o bien ignorar el elemento religioso inherente en el hombre o bien tratarlo (como se puede ver en algunos relatos de Heinlein o Asimov) con simplista suspicacia, cuando no clara animadversión.

Otros autores, en cambio, optaron por el camino opuesto, como C. S. Lewis, cuya Trilogía de Ransom (1938-1947) contemplaba el universo como el marco de actuación de fuerzas místicas donde Marte, la Tierra o Venus ejercían de campo de batalla entre el Bien y el Mal. El trabajo de Lewis llevó a otros escritores como Ray Bradbury («El hombre», «Los globos de fuego») o Harry Harrison (Las calles de Ashkelon) a considerar la cuestión de cómo entenderían los alienígenas la idea de Dios, y si en sus culturas podría existir la figura del Mesías. La novela que ahora comentamos, Un caso de conciencia explora esas mismas ideas.

Un equipo de cuatro científicos, (el biólogo y jesuita Ruiz-Sánchez, el físico Michelis, el geólogo Agronski y el químico Carver) han sido enviados al planeta Litia en misión exploratoria, y para decidir si es apto para el establecimiento de asentamientos de algún tipo, o por el contrario, someterlo a cuarentena. La particularidad de ese mundo es que es el único que se ha encontrado habitado por seres inteligentes. Aún más, su ecosistema se asemeja al de la Tierra jurásica, con espesos bosques y unos seres mezcla de canguros y dinosaurios, que han construido lo que parece ser una utopía en la que reina la paz social: no existen guerras ni crimen y además gozan de desarrollo científico, al tiempo que de una perfecta adaptación al medio ambiente.

El veredicto se halla dividido: Michelis cree que el planeta debería ser abierto al contacto con la Tierra para que así la Humanidad pueda beneficiarse del conocimiento de unos seres tan pacíficos como los litianos. Carver, por su parte, cree que la riqueza mineral en litio y tritio hace a ese mundo ideal como fábrica de armamento nuclear. Agronski vacila entre los puntos de vista de sus dos compañeros.

Pero la conclusión más chocante es la que aporta el jesuita Ruiz-Sánchez, profundamente afectado por descubrir la total ausencia de sentido divino en los litianos. No carecen de moralidad, pero ésta viene regida por la más fría lógica y no inspirada por creencias transmitidas, de una forma u otra, directa o indirectamente, por un ser superior. En lugar de plantearse que quizá sus propias creencias estén equivocadas, Ruiz-Sánchez llega a la conclusión de que esa disociación entre la perfección biológica y social y la ausencia de creencias en lo trascendente, unido a la imposibilidad estadística de encontrar en la inmensidad del universo un planeta con esas características (adaptado a la vida humana, poblado por seres inteligentes y con un ecosistema reminiscente al terrestre), obedece a un plan del Maligno.

Como la decisión final ante un empate ha de ser tomada por las autoridades de la Tierra, el equipo científico regresa a la Tierra… con un regalo. Chtexa, uno de los litianos, les ha entregado una de sus crías en estado embrionario para que crezca y sea educado en la cultura humana. De vuelta a la Tierra, Ruiz-Sánchez desconfía y se desvincula del pequeño litiano, Egtverchi, mientras se debate en sus propias dudas religiosas. Por su parte, privado del proceso socializador de su cultura nativa, pacífica y pragmática, Egtverchi no consigue entender la lógica –o falta de ella– del mundo humano. Al crecer, se convierte primero en una celebridad televisiva gracias a sus poco ortodoxas opiniones, y luego en un peligroso agitador que amenaza con destruir el sistema económico y social vigente en la Tierra. El jesuita, entonces, recibe instrucciones directas del Papa: exorcizar todo el planeta Litia, borrándolo de la existencia.

Un caso de conciencia, ganadora de un premio Hugo en 1959, es una ficción inteligente y brillantemente concebida, pero abordar su lectura desde una perspectiva católica es una experiencia intelectual completamente diferente a hacerlo desde una ajena a esa religión.

El jesuita Ruiz-Sánchez es capaz de combinar de forma retorcida y al mismo tiempo lógica y coherentemente, sus conocimientos en biología con sus creencias religiosas para llegar a la inquietante –para los católicos– conclusión de que los litianos son creación del Diablo, aunque ignorantes de su auténtico propósito: ser encontradas por el hombre y mostrarle que es posible crear una sociedad pacífica y desarrollada careciendo no sólo de sentimientos genuinos, sino de alma, sentido del pecado y un sustrato ético emanado de Dios.

Este descubrimiento podría dinamitar las bases de las creencias religiosas, pero al mismo tiempo, convierten al padre Ramón en un hereje y un enemigo de la Iglesia, puesto que afirmar que el Maligno es capaz de crear vida en iguales términos que Dios, es doctrina propia del maniqueísmo y opuesta a los dogmas católicos. Para colmo, esas criaturas no parecen tener malicia alguna, lo que equivale a negar la existencia en ellas del pecado original, y por tanto, del alma. Por supuesto, hay ciertos defectos en esa sociedad ideal, como el total desapego de los padres por las crías o la renuncia a la individualidad, pero aun así y en resumen, los litianos, sin creer en Dios, han conseguido la paz social sin renunciar al desarrollo científico y una perfecta integración con el medio ambiente.

Por tanto, de acuerdo con una perspectiva propia del pensamiento católico, la novela es una interesante exploración de una cuestión netamente teológica: ¿son posibles la ética y la moral sin un sustrato religioso básico?

Sin embargo, para los agnósticos o ateos, el relato es una descorazonadora historia de cómo la arrogancia y cortedad de miras de los humanos les hace ver en una raza bondadosa y pacífica a unos seres terribles a los que hay que aislar o incluso destruir.

Al final de la novela (atención: espóiler), en un pasaje que para un no creyente es difícil no interpretarlo como una monstruosa celebración del genocidio, Ruiz-Sánchez exorciza todo el planeta, coincidiendo con una letal reacción en cadena desatada por imprudentes investigadores humanos desplazados allí para explotar los recursos naturales litianos. Tal destrucción, ¿ha sido obra de Dios o fruto de la irresponsabilidad humana? Blish deja la cuestión en el aire, pero da igual, porque la enorme violencia de esa conclusión pone de manifiesto esa vena hostil que anida en el ser humano hacia todo lo que es diferente, y ello incluye, por supuesto, la idea de una pluralidad de mundos habitados.

En el prefacio a una de las reediciones del libro, Blish cuenta que recibió cartas de «teólogos versados en la postura actual de la Iglesia respecto al problema de la pluralidad de mundos» y cita la opinión de Gerald Head: «si hubiera muchos planetas habitados por criaturas inteligentes, como muchos astrónomos (incluidos los jesuitas) sospechan, entonces cada uno de esos mundos debe poder incluirse en una de las tres siguientes categorías:

–Habitado por criaturas inteligentes pero sin alma; habrían de ser tratadas con compasión pero sin evangelizarlas.

–Habitado por criaturas inteligentes con almas contaminadas por un pecado original: habrían de ser evangelizadas en virtud de la caridad cristiana

–Habitado por criaturas inteligentes con alma sin pecado original que, por tanto viven en un mundo paradisiaco sin pecados y con los que deberíamos contactar, no para predicar, sino para aprender de su condición de seres en gracia perpetua».

Blish comentaba a continuación: «el lector observará (…) que los litianos no se ajustan a ninguna de estas categorías».

Efectivamente, aparentemente Blish propone una especie de alienígenas inteligentes, sin alma y creados por Satán para dañar a la Creación de Dios. Sin embargo, lo que hace es señalar la imperfección del análisis católico, al sugerir una posibilidad que éste no desea tener en cuenta: que allá fuera existan planetas habitados por seres que no tengan nada que ver con el Dios de la Biblia, que no lo conozcan ni tengan la menor intuición de Él, y que, por tanto, bien pudieran no haber sido creados por Él. Ahora bien, siguiendo el mismo razonamiento lógico, este argumento podría también aplicarse a la Tierra, corroyendo la misma esencia del mensaje religioso.

Más allá de su contenido religioso, la novela constituye un interesante ejemplo de creación de especies extraterrestres, un aspecto éste que en la ciencia-ficción ha seguido las pautas más variadas.

En un extremo, tenemos a los autores que se conforman con breves pinceladas descriptivas de una cultura alienígena, meros apuntes que sirvan para apoyar el argumento y la interacción entre aquélla y los humanos. En el otro, están los escritores que se molestan en imaginar un complejo marco biológico, social o cultural para esos seres no humanos, especialmente si ello va a jugar un papel relevante en la historia.

Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el colonialismo pasó de política aceptada a comportamiento reprochable, hubo imaginativos intentos de presentar de forma más plausible alienígenas lo más diferenciados posible de nosotros por parte de autores como Hal Clement o Clifford D. Simak. James Blish puede incluirse también dentro de ese movimiento renovador.

Y es que otro de los brillantes aciertos de Blish en esta novela consiste en equilibrar perfectamente la religión con la ciencia. A menudo se ha acusado a la ciencia-ficción de recrearse en inexactitudes –cuando no aberraciones– científicas. En muchos casos, tal acusación está justificada, pero el género no debería ser juzgado por sus obras más mediocres, de la misma forma que la novela realista no debería serlo por los excesos de, por ejemplo, Dan Brown. El escritor de ciencia-ficción serio –y Blish lo era– verifica los hechos que plasma en su obra, científicos o no, hasta donde ello pueda hacerse.

Un caso de conciencia es claramente una alegoría, pero no por ello su autor descuidó la descripción meticulosa del sustrato científico que, por otra parte, juega un papel sustancial en la narración. James Blish no solo se graduó en Biología, sino que trabajó como editor científico para la multinacional farmacéutica Pfizer hasta que su talento como escritor le permitió dedicarse exclusivamente a la literatura. Y aunque la formación científica no es ni mucho menos una rareza entre los escritores de ciencia-ficción, no deja de ser notable la forma en que aquí consiguió concentrar de forma armónica aspectos tan dispares a priori como la ciencia dura y la meditación teológica.

Así, Un caso de conciencia está bien fundamentado en lo que de biología se sabía en su momento. Integrado en la primera parte de la novela y desarrollado en profundidad en el apéndice incluido al final, se detalla con minuciosidad el ciclo evolutivo y la estructura ecológica del planeta Litia, su geología y estructura química. Se describe asimismo la ciencia que los litianos conocen, diferente a la nuestra pero a su modo igualmente avanzada: dado que en Litia no hay hierro, sus conocimientos de electromagnetismo son muy reducidos, pero a cambio se han hecho grandes especialistas en astronomía descriptiva, química y óptica.

En cuanto a su estructura narrativa, resulta evidente que Un caso de conciencia es una novela algo desequilibrada a causa de su origen como fix-up: la primera parte fue publicada como novela corta en 1953, ampliándose años más tarde con un segundo bloque para su edición en forma de libro. Ello hace que ambas partes, siendo diferentes su tono y tratamiento de los personajes, no terminen de encajar del todo bien.

El principal fallo de la primera parte, centrada en la exploración, descubrimientos y conclusiones de los científicos en Litia, es precisamente la caracterización de dos de ellos, Agronski y Carver. Este último se nos presenta tan estúpido, xenófobo y venal que su propuesta para el planeta ya resulta absurdo aun antes de que lo detalle. Agronski, por su parte, es una página en blanco, un invitado de piedra que no juega papel alguno de relevancia ni en el desarrollo de la acción ni en la exposición de contenido intelectual. Con todo, es esta primera parte la mejor de las dos gracias a su descripción del mundo litiano y la ingeniosa argumentación que el padre Ruiz-Sánchez utiliza para racionalizar su punto de vista, especialmente teniendo en cuenta que el propio Blish era agnóstico.

La segunda y más problemática mitad de la novela transcurre ya en la Tierra y narra el desarrollo del espécimen litiano desde su estado de embrión hasta alcanzar la celebridad como estrella mediática. El estilo e ideas de Blish demuestran estar por delante de su tiempo, pudiendo perfectamente medirse con novelas más complejas y ambiciosas de los setenta. Su descripción de la Tierra del futuro, lastrada por la paranoia de la Guerra Fría y acosada por serios desequilibrios económicos y sociales, recuerda a la que luego imaginará John Brunner para Todos sobre Zanzíbar o Thomas M. Disch para 334, aunque sin la experimentación estilística que marcó a los escritores de la New Wave.

En marcado contraste con la primera mitad de la novela y no para mejor, el tono mordaz domina esta segunda parte. En menos de cien páginas se pasa del debate teológico-científico a una sátira algo tosca del poder de la televisión, la irresponsabilidad de sus gestores y la doble moral y decadencia de la clase dirigente.

En la primera parte el foco de la narración se centraba en Ruiz-Sánchez y su dilema personal y moral; en la segunda, ese tema se halla también presente, pero Blish desplaza al jesuita del papel protagonista para incluir a otros personajes, especialmente Michelis y Liu, los «padres» adoptivos de Egtverchi en la Tierra. El desarrollo psicológico antisocial de éste último y su tránsito de criatura inocente a líder apocalíptico carece del suficiente dramatismo y no resulta convincente. Al tratar de cubrir demasiado terreno, el libro y sus personajes pierden impulso conforme avanza la acción. Uno tiene la impresión de que si la novela se hubiera concebido y escrito de una sola vez, los resultados habrían sido más armónicos y sólidos.

Con todo, Un caso de conciencia ha envejecido razonablemente bien, y su primera parte sigue contándose entre la mejor ciencia-ficción publicada en los últimos cincuenta años, una muestra de lo que James Blish hubiera podido llegar a ser: su carrera pasó de las space operas grandilocuentes y solo relativamente interesantes de los años cuarenta a un temprano declive, atrapado por mediocres novelizaciones del universo Star Trek antes de fallecer a los 59 años.

Es a su mejor periodo, encajonado entre esas dos anodinas etapas inicial y postrera, al que pertenece esta novela, considerada la mejor de su bibliografía y quizá el más profundo e intrigante intento de examinar, dentro de un marco de ciencia-ficción, no sólo el choque entre dos culturas disímiles, sino el papel que en ello puede jugar el espíritu religioso, la validez del concepto del pecado original y la posibilidad de que el Mal pudiera ser creado de forma externa más allá de la responsabilidad individual.

Blish continuaría explorando la relación entre la ciencia y la metafísica y el precio que conlleva todo conocimiento en otros tres relatos: Doctor Mirabilis (1964, no estrictamente ciencia-ficción), Pascua Negra (1968) y El día después del Juicio (1970), conformando todos ellos una tetralogía conocida como After Such Knowledge (Tras ese conocimiento).

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".