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«Mad Max. Salvajes de autopista» (1979), de George Miller

Hasta comienzos de los años setenta, nadie relacionaba las palabras Australia y Cine. El que el noveno arte de las antípodas experimentara entonces una especie de eclosión –siempre modesta, pero eclosión al fin y al cabo– vino dado tanto por la modernización general que estaba experimentando el país, como por la aparición de un panorama cultural y artístico cada vez más pujante, así como de un apoyo decidido al cine por parte del gobierno, tanto mediante exenciones fiscales y subvenciones como estableciendo una escuela nacional de cine en la que formar a una nueva generación de profesionales. Esa coyuntura, a su vez, atrajo a empresarios que ahora sí veían posible obtener un beneficio a partir de la financiación de películas.

Amparada por esa favorable coyuntura surgió lo que se dio en llamar la Nueva Ola Australiana, en la que se desarrollaron dos vertientes cinematográficas. Por un lado, producciones elegantes de temática costumbrista, social o histórica, firmadas por realizadores como Gillian Armstrong, Peter Weir o Fred Schepisi; por otro, cintas de serie B que desplegaban una frescura y energía narrativas cada vez más inusuales en las películas norteamericanas.

En esta última división debutó el realizador George Miller con Mad Max, una historia de acción futurista que cosechó un gran éxito en su país, y aunque en Estados Unidos sólo obtuvo una tibia acogida, no impidió que se convirtiera allí en un film de culto para un creciente número de aficionados. Pero, sobre todo, fue la primera película independiente que se aprovechó de la nueva fascinación de Hollywood por las trilogías.

Max Rockatansky (Mel Gibson), es un duro oficial de policía que patrulla por las carreteras australianas de un futuro decadente, que está dejando rápidamente atrás la civilización para sumergirse en la barbarie. En una escaramuza, Max mata al Jinete Nocturno (Vincent Gil), un homicida demente, y los camaradas de éste, una banda de motociclistas liderados por el Cortadedos (Hugh Keays-Byrne), se entregan al pillaje, la violación y los asesinatos. Cuando el compañero de Max, Jim «Goose» Rains (Steve Bisley), se enfrenta a ellos, lo queman vivo en el interior de su coche. A continuación, la banda se vuelve contra Max, arrollando a su mujer (Joanne Samuel) e hijo (Brendan Heath) en la carretera. Enloquecido por la pena y la sed de venganza, roba un coche del cuartel de la policía y se lanza a perseguir a los motociclistas, decidido a tomarse la justicia por su mano.

George Miller estudió medicina en la Universidad de Nueva Gales del Sur, pero su verdadera pasión era el cine. Durante su último año de carrera, en 1971, rodó un corto, Violence in Cinema: Part 1, con el que ganó un premio, y un año más tarde se asoció con Byron Kennedy para fundar su propia productora.

Mad Max fue un tributo a su entusiasmo por el cine, pues las dificultades que hubieron de superar y las estrecheces presupuestarias a las que tuvieron que amoldarse hubieran desanimado a muchos otros.

Para empezar, el gobierno australiano tendía a favorecer con sus subvenciones a películas de arte y ensayo, y no a fantasías futuristas donde se exaltase la violencia. Los propios Miller y Kennedy trabajaron tres meses como médicos de urgencia para reunir parte del modesto presupuesto (unos 350.000 dólares) con el que esperaban rodar la película. Ya comenzada la producción, recurrieron a coches de policía retirados del servicio. Estos debían ser pintados una y otra vez para utilizarlos en diferentes escenas, como si fueran vehículos diferentes. A menudo había que rodar con ellos sin haberse secado la pintura, pues el rodaje se realizó en tan sólo 12 semanas. Hasta tal punto se vieron ahogados financieramente que se tuvieron que olvidar de muchas escenas de acción, y el propio Miller hubo de donar su propia furgoneta para destrozarla en la secuencia de persecución inicial. Los actores no vestían ropa de cuero, sino de vinilo barato, y las motocicletas fueron donadas por Kawasaki.

Ni siquiera contaban con dinero para contratar verdaderos extras y la banda de motoristas que aparecía en la película era una de verdad, los Vigilantes, que tenían que acudir todos los días al rodaje en sus motos, vestidos con sus propios atuendos y llevando las armas de atrezzo (lo cual generó no pocas preocupaciones para el director, que les proveyó de una carta para mostrar a la policía en caso de ser detenidos y en la que se explicaban las peculiaridades del rodaje en el que participaban, pidiendo la comprensión y cooperación de las fuerzas del orden. Una solución que sólo podría imaginarse y tener posibilidades de funcionar en un país como Australia).

La edición final de imagen y sonido se realizó en el propio dormitorio de Byron Kennedy utilizando una montadora casera construida por su padre, ingeniero de profesión.

Con todas sus limitaciones, la combinación de acción automovilística y violencia histriónica convertiría a Mad Max en la película australiana más taquillera de la historia. Probablemente a ello no fue ajeno el culto al coche que existe en ese país de enormes distancias y larguísimas carreteras. Hasta cierto punto, la película roza la sátira exagerando ese rasgo nacional hasta casi el nivel de fetichismo: nadie parece conducir a menos de 150 km/h y la única forma de detenerse parece ser dando un frenazo que levante una nube de polvo y humo azul de los neumáticos quemados. El director de fotografía David Eggby llena la pantalla de rugiente energía cinética, colocando las cámaras junto a furiosos motores para capturar la belleza del poder mecánico desatado. Las escenas de persecución se resuelven con pericia gracias a un excelente trabajo de los especialistas.

En Estados Unidos, en cambio, su resultado comercial dejó mucho que desear, en buena medida a causa del innecesario y burdo doblaje que la distribuidora impuso al pensar –incorrectamente– que el acento australiano resultaría incomprensible para los espectadores norteamericanos.

Mad Max tendría tres secuelas: Mad Max 2: El guerrero de la carretera (1981), Mad Max 3: Más allá de la Cúpula del Trueno (1985) y Mad Max: Furia en la carretera (2015). Sin embargo, existe una diferencia muy respetable entre la primera y sus continuaciones en cuanto al tono y la ambientación. Aquélla tiene lugar en un mundo en plena decadencia, pero en el que todavía existe un cierto orden social y un esfuerzo por mantenerlo. Pero entre la primera y la segunda parece haber tenido lugar un holocausto, nuclear o económico, dejando un panorama desolador y una especie humana sumida en la barbarie. Mad Max 2 es una película de ciencia-ficción que puede disfrutarse por su desbordante acción y energía y que apelaba a los espectadores adolescentes que habían quedado fascinados por Star Wars. En cambio, Mad Max sintonizaba mejor con los seguidores de Sam Peckinpah, las películas de Charles Bronson y las cintas de moteros de los setenta. En Mad Max 2 la violencia se muestra de forma casi lúdica, con un toque jovial e irreal, como si se tratara de una película de Arnold Schwarzenegger; Mad Max, por el contrario, es sombría, totalmente desprovista de humor y con una violencia más salvaje (hay gente quemada viva en el interior de sus vehículos o ataques con hachas) a la que se acaba rindiendo un Max más enloquecido e implacable que nunca.

Es más, en el periodo que medió entre Mad Max y Mad Max 2, George Miller mejoró considerablemente su estilo de dirección. Mad Max es una película de serie B con mejor factura de lo habitual; Mad Max 2 juega ya en primera división. En la primera entrega, George Miller, como hemos mencionado, tuvo que trabajar con un presupuesto muy ajustado y aunque consiguió hacer milagros con él, no pudo evitar que muy a menudo la puesta en escena se vea deslucida. El apartado de sonido (diálogos y efectos) es mediocre y a ello tampoco ayuda una banda sonora compuesta por Brian May que mezcla de forma fatigosa el espíritu western y la música de las películas de gangsters de los años cincuenta.

Con todo, Miller consigue insuflar en Mad Max una energía desbordante desde el primer momento, con esa escena de persecución automovilística en la que el Jinete Nocturno provoca el caos, se embisten caravanas, vehículos de todo tipo e incluso cabinas telefónicas mientras se va presentando poco a poco al protagonista, Max, mediante planos cortos de las botas, gafas oscuras, la barbilla reflejada en el retrovisor… y finalmente su rostro. Esos primeros planos forman una especie de muro narrativo impenetrable contra el que se vienen a estrellar las frenéticas escenas de persecución del enloquecido villano.

Ese poderoso comienzo, sin embargo, decae rápidamente cuando Miller intenta perfilar con más detalle a su protagonista. La extensa parte central de la cinta nos cuenta cómo Max, asqueado por su embrutecedora profesión y la pérdida de sus amigos ante una justicia inoperante que deja en libertad a maniacos homicidas, decide abandonar la policía y dedicarse a su familia, con la que inicia un viaje que terminará en tragedia. Este segmento se antoja demasiado lento, arrastrándose hacia lo que todos los espectadores están esperando: el explosivo y violento clímax, en el que el director recupera su vigoroso ritmo inicial y margina los diálogos en beneficio de una acción acelerada.

Mad Max es un thriller de venganza de aspiraciones modestas, una película de serie B con algunos puntos de interés. Algunos críticos han mencionado entre estos la forma en que Miller explora cómo la angustia y la venganza pueden cambiar el carácter de un hombre. Pero en realidad este tema ya había sido bien establecido antes en películas como El justiciero de la ciudad (Death Wish, 1974), de Michael Winner, protagonizada por Charles Bronson. Su reiteración durante la década de los setenta y ochenta en innumerables cintas de justicieros solitarios hace que Mad Max no resulte particularmente original en este sentido.

De hecho, Mad Max es un batiburrillo en el que se pueden identificar claramente elementos tomados del spaghetti western y las road movies de los sesenta, siendo en cambio mucho menos evidentes aquellos que la relacionen con la ciencia-ficción. En este sentido, resulta notable la economía de medios con la que el director evoca un mundo cotidiano que se desliza hacia la anarquía, y lo rápido que nuestra especie puede degenerar en cuanto las bases de la civilización empiezan a colapsarse.

Miller, obligado por consideraciones presupuestarias, muestra sólo lo necesario, pero lo elige con acierto, dejando que el espectador imagine qué acontecimientos han llevado a ese evidente declive social y económico. El derrumbe total está cerca, pero aún no ha llegado. Los salvajes ya casi dominan las carreteras, pero la policía aun es capaz de plantarles cara. Mientras tanto, en las pequeñas poblaciones, la ley y el orden están perdiendo la batalla frente a la anarquía y el caos. Asimismo es de destacar la construcción de una eficaz atmósfera claustrofóbica y amenazante aun cuando toda la acción transcurre en los inmensos espacios abiertos de Australia.

Mad Max le ofreció a Mel Gibson –nacido en realidad en Estados Unidos, aunque criado en Australia– su primer papel protagonista, consagrándole como héroe de acción y «duro» cinematográfico. En realidad se debió a una mera casualidad, puesto que acudió al casting acompañando a un amigo tras una agitada noche en la que una pelea de bar le había dejado la cara hecha un cromo. Su amoratado aspecto llamó la atención de algún responsable de dicho casting, que le dijo que volviera en tres semanas para realizar una audición porque necesitaban «tíos raros». Para entonces, sus magulladuras ya habían sanado, pero no solo logró participar en la película sino que, a sus 23 años, obtuvo el papel protagonista.

A pesar de contar con escasas líneas de diálogo, Gibson supo equilibrar las dos facetas de su personaje: la imperturbabilidad ante el peligro que conlleva diariamente su trabajo y la calidez de un hombre cariñoso con su familia. Su atractivo era innegable. Sin embargo, no se puede decir que Mad Max supusiera el gran trampolín internacional de Mel Gibson. De hecho, siendo como era un desconocido, la promoción y trailers de la película en Estados Unidos se centraban no en él, sino en las escenas de persecuciones y choques de coches. En todo caso, sí le dio a conocer entre otros realizadores de su país, especialmente Peter Weir, que le escogió para protagonizar Gallipolli (1981) y El año que vivimos peligrosamente (1982), dramas ambos de considerable éxito de crítica y público. Su regreso al papel de Max en Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera (1981) no haría sino confirmar su capacidad para encarnar duros héroes de acción. A partir de ahí, y a pesar de algunos tropiezos, Gibson consiguió lanzar su carrera hasta convertirse en una de las figuras internacionales más importantes del cine contemporáneo, ganando dos Oscar de la Academia y triunfando como productor y director además de como intérprete.

También la carrera George Miller experimentó un considerable avance tras el éxito de Mad Max 2. Steven Spielberg le invitó a dirigir el que resultó ser el mejor de los episodios que componían la película En los límites de la realidad (The Twilight Zone, 1983), y asimismo firmó la cinta fantástica sobre la guerra de sexos Las Brujas de Eastwick (1987), contando con un reparto estelar. Su carrera como director decaería a continuación, siendo más destacable su faceta de producción, con cintas como Calma total (1989) o Babe (1995). Y ya en el siglo XXI, volvió a triunfar como director en el campo de la animación con Happy Feet (2006) y su secuela.

Mad Max, la primera entrega de la saga, ha recibido elogios más exagerados de los que realmente merece, y sospecho que ello ha sido debido, más que a sus propios méritos, a su secuela, mucho más exitosa e influyente a todos los niveles, que a sus propios méritos. Se trata, en resumen, de una película más recomendable por su estilo directo, vigoroso y descarnado que por su escaso contenido, demostrando que no son necesarios unos costosos efectos especiales para retratar con sobria eficacia un mundo futuro al borde del abismo.

Imagen superior: El éxito de la saga Mad Max generó multitud de pésimas imitaciones, en su mayoría italianas. Entre ellas, cabe citar «1990: Los guerreros del Bronx» («1990: I guerrieri del Bronx», 1982), de Enzo G. Castellari, «Destructor» (1982), de Harley Cokeliss, «2019, tras la caída de Nueva York» («2019 – Dopo la caduta di New York», 1983), de Sergio Martino, «2020 Los Rangers de Texas» («Anno 2020 – I gladiatori del futuro», 1983), de Joe D’Amato, «Bronx, Lucha final» («Endgame – Bronx lotta finale», 1983), de Joe D’Amato, «El exterminador de la carretera» («Il giustiziere della strada», 1983), de Giuliano Carnimeo, «El guerrero del mundo perdido» («Warrior of the lost world», 1983), de David Worth, «Final executor» («L’ultimo guerriero», 1984), de Romolo Guerrieri, «Fuego cruzado» («Rage – Fuoco incrociato», 1984), de Tonino Ricci, «Roma Año 2072 D.C. Los gladiadores» («I guerrieri dell’anno 2072», 1984), de Lucio Fulci, «Destroyer (Brazo de acero)» («Vendetta dal futuro», 1986), de Sergio Martino, «Guerreros de la ciudad» («Urban Warriors», 1987), de Giuseppe Vari, «Mundo salvaje» («World Gone Wild», 1987), de Lee H. Katzin, «El imperio de Ash» («Empire of Ash», 1988), de Michael Mazo y Lloyd A. Simandl, «Phoenix the Warrior» (1988), de Robert Hayes, «Interzone» (1989), de Deran Sarafian, «The Roller Blade Seven» (1991), de Donald G. Jackson, y «Los caballeros de la muerte» («Steel Frontier», 1995), de Joe Hart.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".