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«La llegada» («Arrival», 2016), de Denis Villeneuve

El contacto con visitantes alienígenas ha sido uno de los géneros más tratados por el cine de ciencia ficción, abordándose el tema desde múltiples puntos de vista ya desde el comienzo de la era moderna del cine de género. Así, Ultimátum a la Tierra (1951) fue pionera en los contactos amistosos mientras que El enigma de otro mundo (1951) lo fue en las invasiones extraterrestres. Después, las pantallas registrarían la llegada de todo tipo de visitantes, desde los tiernos y bondadosos como E.T. (1982) a los ridículos como El hermano de otro planeta (1982), ALF (1986-1990), Mi Novia es una extraterrestre (1988) o Los Caraconos (1993).

Pero sea cual sea el propósito de la visita alienígena (amistoso, hostil o accidental), la enorme dificultad que supondría la comunicación es casi siempre cómodamente obviada por los guionistas. O bien los extraterrestres han aprendido a hablar el idioma que toque antes de llegar o inmediatamente después viendo programas de televisión; aún más absurdo, los astronautas que viajan a otro planeta se encuentran que los nativos hablan inglés (Flash Gordon, 1936; La Reina del Espacio Exterior, 1958). O bien, igualmente ridículo, los guionistas se sacan de la manga algún artilugio como el Traductor Universal de Star Trek.

Son relativamente escasos los films que se han atrevido a integrar en sus argumentos las dificultades que surgirían a la hora de comunicarse con unos seres alienígenas. Stargate (1994) solventaba el asunto incluyendo en el equipo protagonista a un lingüista, pero evitaba dar ninguna explicación acerca del proceso mediante el cual éste descifraba la lengua. Más original fue Encuentros en la tercera fase (1977), en el que los científicos utilizaban tonos musicales como base de entendimiento. Contacto (1997) se servía de las matemáticas como lenguaje común, si bien planteaba que el problema principal eran las inmensas distancias cósmicas que separan a las civilizaciones inteligentes. Esfera (1998) daba soluciones interesantes a la comunicación entre los humanos protagonistas y una nave alienígena, si bien al final se descubría que ésta provenía no de algún lejano mundo sino del futuro del nuestro.

En Ultimátum a la Tierra había un extraterrestre que hablaba inglés, pero el hincapié se ponía en que el verdadero problema, con o sin comunicación, era el miedo de los humanos a todo lo que es diferente a nosotros. Pero es que, además, podría haber otro problema, que se abordaba en el remake de la anterior del año 2008: quizá nuestras mentes no están preparadas para asumir conceptos demasiado vastos y ajenos. Solaris (1972) fue quizá el mejor ejemplo de esta aproximación. En ella, los ocupantes de una estación orbital en el planeta del título, se ven acosados por manifestaciones físicas de sus recuerdos más traumáticos, que parecen ser intentos de establecer comunicación por parte del propio planeta, que es una entidad viva. Quizá la obra más conceptualmente interesante sobre este tema sea no una película sino un documental dirigido y escrito por Michael Madsen en 2015: The Visit, en el que se consultaba a diversos expertos sobre las dificultades que se presentarían en el caso de la llegada de alienígenas.  Un año después y de la mano del director Denis Villeneuve, se estrena La llegada, cuyo argumento –adaptado del relato “La historia de tu vida” (1998), de Ted Chiang‒ se apoya completamente en el enigma del lenguaje alienígena y la imperiosa necesidad de descifrarlo.

Denis Villeneuve es un director canadiense francoparlante que en los últimos años ha ido ganando un peso considerable. Empezó a llamar la atención del público de festivales con films en francés como Un 32 de agosto en la Tierra (1998), Maelstrom (2000) o Politécnico (2009). El reconocimiento internacional vino con Incendios (2010), que fue nominado al Oscar al Mejor Film Extranjero. Su éxito popular le llegó con dos películas estrenadas el mismo año y rodadas ya en inglés: el psicothriller Prisioneros (2013) y el drama Enemy (2013), a los que siguió Sicario (2015), una cinta de acción policiaca. Su siguiente proyecto, La llegada, recibió excelentes críticas y enseguida fue incluida entre los mejores títulos de su año.

La llegada a la Tierra de doce naves alienígenas idénticas que quedan suspendidas sobre otras tantas partes del planeta, causa un profundo impacto en todo el mundo. La población entra en pánico y los gobiernos, al tiempo que tratan de mantener el orden, se ven forzados a colaborar para averiguar a qué obedece la visita. La lingüista Louise Banks (Amy Adams) es reclutada por el ejército norteamericano para integrarse en un equipo dirigido por el coronel Weber (Forest Whitaker) con el objetivo de descifrar el idioma de los extraterrestres. Junto al físico Ian Donnelly (Jeremy Renner) y otros científicos y militares, Louise es transportada al valle de Montana donde se halla una de las naves suspendida a varios metros del suelo.

Louise, Ian y algunos militares entran en la nave y toman contacto con sus tripulantes, unas grandes criaturas con tentáculos que flotan en una densa atmósfera al otro lado de una pared de cristal y a los que bautizan como heptápodos. Louise trata de establecer las bases de una comunicación y descubre que los visitantes se expresan creando con tinta en la atmósfera en la que viven unos complejos y cambiantes símbolos.

Presionada por unos militares y políticos cada vez más nerviosos y paranoides, Louise regresa todos los días a la cámara de la nave y va dando forma a un catálogo de símbolos que sirven para ir creando un terreno común de comunicación entre ambas especies. Pero no es el americano el único equipo que está tratando de averiguar quiénes son estos alienígenas, de dónde vienen y, sobre todo, qué pretenden. Cuando uno de ellos interpreta que el mensaje es el de “ofrecer arma”, la colaboración internacional se rompe y los chinos declaran la guerra a los heptápodos. De nada sirve que Louise trate de razonar argumentando que la palabra “arma”, dado el desconocimiento de la cultura alienígena, bien podría traducirse como “herramienta”. La situación se deteriora rápidamente y Louise, que ha venido sufriendo extrañas ensoñaciones desde que empezó a descifrar el lenguaje extraterrestre, se embarca en una carrera contra reloj para averiguar el auténtico propósito de los visitantes.

Quien sólo haya leído por encima la sinopsis de la película, probablemente asumirá lo peor: otra cinta de invasiones extraterrestres en la línea de Independence Day (1996) o La Guerra de los Mundos (2005). Nada más lejos de ello. La llegada se distancia de la mayoría de las películas de ese subgénero desde la primera escena. En ella, mientras vemos emotivas escenas familiares de Louise con su hija (su nacimiento, fragmentos de su vida juntas, el descubrimiento de la enfermedad terminal de ésta siendo adolescente y su muerte), escuchamos su voz en off de ella, cuestionando  la validez e importancia de lo que consideramos lo más precioso de nuestras vidas. Parece un arranque en exceso meditativo y superfluo, pero conforme el misterio de la llegada de los alíenígenas va saliendo a la luz, este pasaje cobra toda su importancia. De hecho, encapsula la esencia principal del mensaje que la historia quiere transmitir: la celebración de la vida y el disfrute de cada uno de sus pequeños instantes.

En lugar de evitar la dificultad de tratar el tema de la comunicación con seres que no sólo no son humanoides, sino que piensan de forma completamente diferente, La llegada se lanza con valentía a esa difícil misión, mostrándonos la necesidad de hallar un terreno común y los riesgos de malinterpretación al tener visiones de la realidad –y del Tiempo– completamente diferentes.

La película se apoya explícitamente en la hipótesis Sapir-Whorf (que ya imbricaron en sus argumentos novelas clásicas del género como Los lenguajes de Pao, 1958; o Empotrados, 1973), la cual postula que la lengua puede dar forma al pensamiento y que las estructuras gramaticales y el léxico de un idioma determinan la visión del mundo que tienen sus hablantes y condicionan sus capacidades cognitivas.

La historia lleva esta hipótesis lingüística (hoy rechazada por la mayor parte de la comunidad científica, pero que proporciona, como aquí vemos, una buena base para el drama y el suspense) todavía más allá: la adquisición de un lenguaje completamente nuevo y extraño a nuestra especie, no sólo cambia nuestros esquemas mentales sino la misma percepción del Tiempo.

Para darle verosimilitud a ese intrigante concepto, la producción de la película contrató los servicios de un grupo de lingüistas y artistas que pudieran crear el lenguaje alienígena. La llegada bien podría ser el primer film que aborda esta idea tan de altos vuelos.

Cuando se estrenó la película, hubo bastante expectación y debate entre la comunidad científica. Por ejemplo, cuando Neil deGrasse Tyson comentó que deberían haber elegido a un criptógrafo y un astrobiólogo en vez de a un lingüista para comunicarse con los alienígenas, la página especializada Language Log publicó una carta abierta firmada por diversos especialistas refutándolo con argumentos.

Una habitual malinterpretación de la especialidad lingüística es la de asumir que un experto en esa área conoce múltiples idiomas. Eso no es necesariamente así. La Lingüística trata sobre cómo se engarzan los mecanismos del lenguaje. Así, puede haber especialistas que sepan muchísimo de un solo idioma, mientras que otros puedan hablar veinte o sólo leer una o varias lenguas muertas, como el hitita, el sánscrito o el armenio clásico.

En La llegada, cuando el coronel Weber se presenta en el despacho de Louise para ofrecerle colaborar en la traducción de la lengua alienígena, le reproduce una grabación y le pregunta qué significa, si ha sido capaz de distinguir alguna palabra o frase. Ella responde que es imposible traducir a partir de un archivo de sonido. El militar se sorprende, porque sabe que ella colaboró con el gobierno anteriormente y pudo traducir del farsi a partir de grabaciones, así que, ¿por qué esta vez no es posible? Ella replica que conoce el farsi, pero no el idioma aligenígena. Parece la respuesta obvia, pero lo que hace esta escena es refutar la percepción común de que sólo por ser lingüista alguien ha de conocer multitud de idiomas.

Cuando Louise por fin llega al lugar donde se encuentra la nave, tiene la oportunidad de empezar con el trabajo de campo, utilizando métodos que resultan verosímiles. Tras un par de sesiones sin registrar progresos (porque los heptápodos utilizan una especie de sonidos parecidos a los de las ballenas y nosotros ni podemos traducirlos ni imitarlos), Louise tiene la idea de recurrir a los símbolos gráficos con la esperanza de que los alienígenas tengan algún sistema de escritura. Y, efectivamente, los heptápodos, responden con un logograma (un sistema de escritura que por sí sola representa una palabra, es decir, una unidad con significado, en contraste con sistemas de representación como los pictogramas o ideogramas, o con sistemas fonográficos como los alfabetos, donde cada símbolo representa un sonido.

Ese descubrimiento supone un gran avance y pronto empieza a formarse un vocabulario. Un equipo de analistas se dedica a descifrar esos logogramas –utilizando, parece ser, geometría– y traducirlos para elaborar un programa informático que pueda realizar la traslación inversa de nuestro idioma al suyo. Esta parte del proceso es la que el film decide pasar por alto, entre otras cosas, imagino, porque resulta poco verosímil –sobre todo en cuanto a lo rápido que llegan a la solución-. Pero, al fin y al cabo, se trata de ciencia ficción y, encima, con un idioma alienígena involucrado, así que no hay que darle demasiadas vueltas. Y en cuanto a la hipótesis Sapir-Whorf, la cual constituye la piedra angular de la película, aunque ya he comentado que fue descartada hace tiempo, en el contexto de la historia no rompe la suspensión de incredulidad al respetar la consistencia interna de toda la narración.

Pero La llegada, además de lo fascinante de su concepto básico, admite otras interpretaciones y lecturas de escala más humana que técnica y más complejas que la fácil moraleja de que aprender a comunicarnos con otras culturas ajenas a la propia es una panacea contra los prejuicios, el odio y la violencia y una palanca para el desarrollo mutuo. Y es que la película tiene otro subtexto, más peliagudo y agridulce, que se articula exclusivamente a través de la protagonista y que trata sobre cómo encontrar una forma de sobreponerse a la desesperanza. El heroísmo de Banks, tal y como descubrimos solo al final, consiste en afrontar un punto de inflexión en su vida a partir del cual va a tener que soportar una inmensa carga y por partida doble. Por una parte y para ahorrar sufrimiento a sus seres queridos, ocultarles su conocimiento cierto de la desgracia que en el futuro se abatirá sobre ellos; y por otra, aprender a extraer lo máximo de cada uno de los minutos que la separan de esa desgracia. La llegada no tiene un final abiertamente feliz. Sí, de su pérdida en el ámbito personal se derivará un bien mayor para toda la Humanidad, pero éste queda tan ambiguamente definido que no queda claro que tal sacrificio sea necesario.

La llegada consigue mantener asombrado al espectador desde poco después de su comienzo. No se trata solamente de que sea una película inteligente y bien escrita comparada con el erial que aquel año ofrecía la ciencia ficción cinematográfica en lo que se refiere al contacto extraterrestre (con ejemplos como La quinta ola o Independence Day: Contraataque), sino que Denis Villeneuve, apoyándose en el guion de Eric Heisserer –tras escribir Pesadilla en Elm Street: El Origen o La Cosa–, la inquietante pero agradable y evocadora música de Jóhann Jóhannsson y una fotografía etérea de Bradford Young, suscita la emoción de hallarnos ante algo increíblemente vasto y más allá de nuestra comprensión. Y eso no es poca cosa en un género que, como Independence Day, tiende a confundir el sentido de lo maravilloso con el despliegue de sofisticados efectos especiales. Las escenas en las que los protagonistas entran por primera vez en la nave, los extraños fenómenos gravitatorios en el interior, el encuentro con los alienígenas a través del muro de cristal y sus intentos de comunicación mantienen al espectador cautivado. Este es un film donde nada puede ser fácilmente tachado de cliché y cuya inteligencia conceptual se mantiene desde el principio hasta la conclusión.

Y ello aun cuando, si lo reducimos a su esquema más básico, lo que tenemos es algo no tan alejado de Ultimátum a la Tierra: la llegada de los alienígenas, los militares con gatillo fácil, los científicos como única esperanza de encontrar una forma de entendimiento, el descubrimiento del propósito amistoso… En cierto modo, La llegada es Ultimátum a la Tierra con sus tensiones políticas propias de la Guerra Fría del pasado siglo sustituidas por las propias de los tiempos modernos.

El ambiente paranoico que preside la película, con los gobiernos de la Tierra cada vez más preocupados primero por la potencial amenaza para la especie humana que podrían suponer los alienígenas y luego por la posibilidad de que suministren tecnología armamentística a una potencia rival, no está presente en la historia original de Ted Chiang. Puede que narrativamente le aporte a la película un mayor suspense y sensación de desastre inminente, pero también es el elemento más convencional de la misma. A favor del guionista, hay que decir que evita caer en ciertos clichés. Por ejemplo, el coronel Weber es el aliado de Banks y Donnelly, mientras que en un film que optara por lo fácil, se le habría presentado como el principal antagonista, el típico militar desconfiado dispuesto a iniciar hostilidades a la menor provocación imaginaria.

En el debe también hay que apuntar la forma en que se resuelve la tensión, evitando en el último momento un ataque nuclear. Es una solución que, justificadamente, puede hacer rechinar los dientes a más de uno porque abre un considerable agujero de guion que agrieta la consistencia de las reglas del juego que se han puesto sobre la mesa. Por no hablar del evidente deseo de –aunque sea al final- presentar bajo una luz favorable a los chinos y que sin duda obedece a una maniobra comercial con vistas a la taquilla de ese país.

Y esto nos lleva al desenlace de la historia, que toma la forma de un giro sorprendente pero inteligente y coherente con el resto de la misma, aunque su originalidad pueda ponerse en duda para aquellos familiarizados con Kurt Vonnegut y Matadero Cinco (1969). Un desenlace, es cierto, que decepcionó a aquellos que esperaban algo visualmente más llamativo en lugar de un giro conceptual, sin entender que La llegada es una película de ideas y no de imágenes epatantes.

Uno de los triunfos de la película reside en la sutileza con la que desarrolla las ideas relacionadas con el lenguaje y el tiempo. Resulta que la historia de la vida de Louise no era tan lineal como habían dejado suponer los primeros quince minutos de metraje y tal verdad se revela con gran habilidad y delicadeza. Heisserer, con cierta ironía, declaró que su adaptación había sido calificada por los ejecutivos del estudio como execution-dependent, es decir, que no confiaban demasiado en el guion y que evitar el fracaso dependía enteramente de la capacidad del director. Por suerte, Villeneuve demostró no sólo estar a la altura de las circunstancias sino comprender bien cómo funciona la ciencia ficción conceptual. Su trabajo es impecable tanto en el apartado técnico como de dirección de actores (Amy Adams y Jeremy Renner encarnan perfectamente a sus respectivos personajes, gente corriente arrojada a una situación extraordinaria y con los que resulta fácil empatizar) y de dosificación de la información necesaria para ir completando el mosaico final de forma coherente y no a base de giros gratuitos.

De hecho, La llegada es un film cuyo ritmo y desarrollo pueden incluso aburrir a quien se acerque a él esperando algo más tradicional. A falta de mejores definiciones, podría calificarse como una mezcla de drama introspectivo e intriga detectivesca. Los pasajes más “animados” son el atentado orquestado por los militares rebeldes y la deconstrucción que Banks consigue hacer de una frase alienígena. La trama contiene abundante información dispersa e intervalos aparentemente oníricos o delirantes que, si se tiene paciencia, resultan ser piezas clave para entender el conjunto pero que pueden alienar al espectador más ansioso. De cualquier forma, recomiendo un poco de persistencia porque el destino merece la pena. Una vez que se descubre la gran revelación, las ideas e imágenes que han ido sembrándose a lo largo de la película germinan y florecen, dándole a todo lo visto un nuevo sentido. Lo que parecía una historia lineal de invasiones alienígenas o primer contacto resulta ser no sólo un homenaje al poder de nuestra inteligencia sino al poder del cine –y del arte de contar historias– para sorprendernos y maravillarnos.

La llegada es, en definitiva, el tipo de película de ciencia ficción que puede desear un aficionado exigente: tiene un reparto sólido, un concepto básico muy atractivo y, conforme avanza la trama, demanda cada vez más atención del espectador. El ritmo es adecuado, la fotografía sugerente y la historia absorbente, poco predecible y difícil de olvidar.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".