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El hechizo de Carmilla

Carmilla, publicado por la revista The Dark Blue en 1872, se ha mencionado en diversas ocasiones como el cuento de vampiros más famoso de todos los tiempos. Tras aparecer en The Dark Blue, el relato se incluyó en la colección In a Glass Darkly junto a los otros cuentos pertenecientes al ciclo del doctor Hesselius.

Ilustrado por dos dibujantes románticos, David Henry Friston y Michael Fitzgerald, aquel relato fue escrito por Le Fanu recurriendo a múltiples referencias: Dom Augustin Calmet (Traité sur les apparitions des esprits et sur les vampires ou les revenans de Hongrie, de Moravie et de Silésie, 1751), Sabine Baring-Gould (The Book of Were-wolves, 1863), Coleridge(Christabel), el capitán Basil Hall (Schloss Hainfeld; or a Winter in Lower Styria, 1836), y por supuesto, los relatos en torno a Erszebet Bathory, conocida como la Condesa Sangrienta.

Pocos recuerdan hoy que fue Hall la principal influencia de Le Fanu. Basta comparar las figuras de Carmilla y Laura con la de Jane Anne Cranstoun, la Condesa Purgstall.

Imagen superior: Yutte Stensgaard en «Lust For A Vampire» (1971).

No hay duda de que éste es uno de los relatos que más producción de literatura crítica ha generado, en especial a la generación de críticos postmodernos, debido a las connotaciones lésbicas de la relación de Carmilla con sus víctimas. Sin embargo, se tiende a analizar desde la ignorancia –voluntaria o no– de su pertenencia al ciclo del doctor Hesselius, el citado personaje de Le Fanu, que tampoco aparece en este relato.

«Dado que en este volumen –nos dice el narrador– publico el caso tan sólo para interesar a los legos, no voy a anticiparme en nada a la inteligente dama que lo relata; y, tras debida reflexión, me he decidido, consecuentemente, a abstenerme de presentar ningún précis del razonamiento del sabio doctor, o extracto alguno de su exposición sobre un tema que, según él describe, no es improbable que tenga que ver con algunos de los más profundos secretos de nuestra existencia dual y sus intervenciones».

Le Fanu se apoya en la mitología clásica del vampirismo, prescindiendo en la narración de las teorías metafísicas del médico alemán. En mi opinión, la vertiente sexual del relato se ha magnificado por ciertos estudiosos, a la par que era explotada por el cine.

Imagen superior: Ingrid Pitt, Pippa Steel, Kate O’Mara, Madeline Smith y Kirsten Betts en «Las amantes vampiro» («The Vampire Lovers», 1970), de Roy Ward Baker.

La más interesada en sacar partido de ese estereotipo fue la productora Hammer, sobre todo en las películas inspiradas en el personaje, con profusión de desnudos y de atrevidas escenas sexuales, aún escandalosas a principios de los años setenta del pasado siglo XX. Hablamos de cintas como Las amantes vampiro (1970), Lust for a vampire (1970) y Drácula y las mellizas (1971).

Me permito formular una teoría, acorde con las de Hesselius, con tintes de incorrección política. Si el doctor hablaba de ciertos cuadros que podrían hacer vulnerable a un paciente a los ataques de criaturas de origen “espiritual”, ¿no deberíamos tomar en consideración la juventud y la ingenuidad de una jovencita solitaria, recién salida de la adolescencia, que vive en un rincón apartado de Estiria y ha sido criada en solitario por su padre? ¿No sería ese perfil lo que la haría especialmente atractiva para la vampira?

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Imagen de la cabecera: «The Vampire Lovers» (1970)

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José Luis González Martín

José Luis González Martín

Experto en literatura, articulista y conferenciante. Estudioso del cine popular y la narrativa de género fantástico, ha colaborado con el Museo Romántico y con el Instituto Cervantes. Es autor de ensayos sobre el vampirismo y su reflejo en la novela del XIX.