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Crítica: «Ángeles y demonios» (Ron Howard, 2009)

Una secuela es un triunfo para quien la produce y un riesgo para el que la rueda. Cubriéndose las espaldas, Ron Howard nos presenta Ángeles y demonios (Angels & Demons) después de estrenar esa soberbia película que es El desafío.

Ya sé que este razonamiento es algo superficial, pero tengo la impresión de que el drama sobre Nixon amortigua los prejuicios –legítimos o no, poco importa– que empiezan a funcionar frente a la secuela de ese horror que es El Código Da Vinci. Al igual que aquella película se deslizó de su lugar puramente cinematográfico (si es que lo tuvo), y se trasladó al centro de la polémica, es evidente que Ángeles y demonios va a seguir la misma trayectoria. Ni siquiera sé con seguridad si lo que interesa es el talento de Howard o la verdad histórica (es broma) de lo que cuenta Dan Brown en Ángeles y demonios.

La película de Howard tiene a su favor una producción de primera categoría. El director artístico, el equipo de efectos digitales y, en general, todos técnicos empleados, saben dar empaque al producto. Sólo por eso, hay que reconocer la dignidad formal del espectáculo.

El reparto, encabezado por Tom Hanks y Ewan McGregor, es de los que podría rodar ésta o cualquier otra cinta con el piloto automático. Una vez más, aquí se reconoce la funcionalidad del engranaje hollywoodense, y sin embargo… Lo adivinaron: es el guión el punto donde se quiebra Ángeles y demonios. No ya por sus errores de bulto, inconsistencias o exageraciones (al fin y al cabo, se trata de un thriller de fantasía), sino por una evolución errática, entorpecida por constantes diálogos explicativos que intentan dar a la trama una trascendencia que ni merece ni necesita.

El guionista Akiva Goldsman, un tipo inteligentísimo, ha cometido el peor error posible a la hora de plantearse esta adaptación: se la ha tomado en serio, cuando en realidad hubiera debido convertirla en un folletín gótico, sin mayores pretensiones.

Esa trama, por cierto, no tiene desperdicio. Robert Langdon, profesor de simbología de la Universidad de Harvard, famoso gracias a El Código Da Vinci, combate en esta ocasión a una fraternidad secreta: los Illuminati o Iluminados de Baviera. ¿Y cuál es el propósito de esa sociedad oculta? Nada menos que destruir el Vaticano por medio de un dispositivo de antimateria (Ian Fleming debe de estar temblando en su tumba).

En todo caso, hablamos de un éxito literario, cuyos derechos de adaptación fueron adquiridos en 2003 por Sony Pictures. A nadie se le oculta que Ángeles y demonios (2000) es una novela menos conocida que El Código Da Vinci (2003). Goldsman decidió tomarse algunas libertades, empeñado en evitar los defectos que había en su anodina versión de El Código Da Vinci.

Goldsman es un idóneo escritor de películas de gran presupuesto. Sin embargo, antes de que Ron Howard filmase un solo plano, el guión pasó a manos de otro experto en taquillazos, David Koepp.

El resultado, pese a sus evidentes defectos, llenó de felicidad a los productores. En el mejor de los casos, debieron pensar, querrán verla los lectores del libro y ese público que busca películas de la categoría entretenida pero olvidable.

Para rematar la jugada, en el largometraje se corrigen las equivocaciones –lugares mal ubicados, traspiés idiomáticos– que afearon bastante la narración de Dan Brown. Aún se advierten bastantes, pero créanme: en este aspecto, la novela original lleva las de perder.

También se muestra mayor respeto por las pruebas sobre la antimateria que desarrolla la Organización Europea para la Investigación Nuclear, más conocida como CERN. Un asunto que en el libro era tratado con una falta de criterio alarmante (Ya, ya sé que esto último no es decisivo. Al fin y al cabo, hablamos de ficción y no de ensayo. Sin embargo, conviene pensar en la cantidad de incautos que creen lo que dice el escritor).

Nada define mejor el éxito de ventas que las novelas de Brown. No niego que un autor como él pueda probar la fama y quedar insatisfecho artísticamente, pero, seamos sinceros, ¿a alguien le importa la estética o el rigor a la hora de comprar un best-seller?

Novelista muy inferior a otros superventas como el gran Michael Crichton, Dan Brown comprendió que entre los placeres de nuestro tiempo figuran, por este orden, el misterio sobrenatural y la reinterpretación del pasado en clave conspirativa. Dos temas que, por si no lo saben, ya estuvieron de moda en la literatura popular de otras épocas.

En 1872, Joseph Sheridan Le Fanu creó al primer detective de lo oculto: el doctor Martin Hesselius. A su imagen, la novela de misterio fue congregando a nuevos observadores, empeñados en aplicar sus métodos de investigación en el mundo paranormal. Pienso, entre otros, en Abraham Van Helsing, aquel sabio cazavampiros creado por Bram Stoker; en Thomas Carnacki, el inolvidable investigador que ideó William Hope Hodgson; y en Jules De Grandin, otro sabueso debido a la imaginación de Seabury Quinn.

Todos ellos, sin ningún género de dudas, resultan más inteligentes que Robert Langdon, pero son afines a éste, y además pertenecen al mismo subgénero: el que mezcla el relato policiaco y la fantasía ocultista.

El rodaje de Ángeles y demonios transcurrió entre febrero y diciembre de 2008. Howard es un director eficaz y muy puntual, pero esta vez vio cómo su proyecto se retrasaba por culpa de la huelga de guionistas. Por empeño del propio cineasta, el CERN de Ginebra se convierte en eje central de la película. Por eso mismo, el equipo estrenó allí parte del metraje. Ocurrió el 12 de febrero de 2009. Los protagonistas, Tom Hanks y Ayelet Zurer posaron para la prensa junto a Ron Howard, y un buen puñado de reporteros inmortalizó las futuristas instalaciones del CERN con sus flashes.

Dos miembros del equipo que allí estudia la antimateria, los científicos Rolf Lanuda y Tara Serás, se sumaron al festejo. Sin duda, debieron de sentirse aliviados porque la película fuese un poco más rigurosa que el libro. Lo cual, dicho sea de paso, no era una hazaña difícil de conseguir.

Sinopsis

Cuando Robert Langdon, experto en religión de la Universidad de Harvard, descubre evidencias del resurgimiento de una antigua hermandad secreta conocida como Illuminati –la más poderosa organización clandestina de la historia– descubre también el peligro mortal en que se encuentra la existencia de la organización más odiada por las sociedades secretas: la Iglesia Católica.

Cuando Langdon comprende que el reloj de una imparable bomba de los Illuminati se ha puesto en marcha, vuela a Roma, donde une fuerzas con Vittoria Vetra, una bella y enigmática científica italiana.

Ambos se embarcan en una incansable búsqueda a través de criptas selladas, peligrosas catacumbas, catedrales desiertas e incluso el corazón de la tumba más secreta de la tierra.

Langdon y Vetra seguirán la pista de unos antiguos símbolos de hace 400 años, los cuales se convierten en la única esperanza de supervivencia del Vaticano.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Columbia Pictures, Imagine Entertainment y Sony Pictures. Fotos por Zade Rosenthal y Scott Garfield. Cortesía del Departamento de Prensa de Sony Pictures Releasing de España. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.