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Crítica: «1917» (Sam Mendes, 2019)

En el lenguaje cinematográfico, el plano se define por su encuadre, por su intensidad y por su duración. En el curso de un plano secuencia ‒el más largo de todos‒, la ausencia aparente de cortes o elipsis nos hace participar del tiempo psicológico de los personajes. Lo mismo sucede con el espacio y con la atmósfera, cuya continuidad plástica despierta una emoción muy peculiar en el espectador.

Hay dos riesgos en el plano secuencia, sobre todo cuando se sostiene más allá de los cinco minutos. El más obvio es la teatralidad mal entendida. Es decir, la impresión de que los actores deambulan por un decorado con artificios de tramoya. El segundo es la exposición de los recursos técnicos. Esto último es tan grave como el descubrimiento de los trucos de un mago o del playback de un cantante. Así, cuando advertimos cómo se está desplazando la cámara para conseguir un largo travelling lateral, la ficción deja de emocionarnos y la rutina del rodaje ‒el esfuerzo del equipo, la tecnología y los límites del plató‒ nos distrae sin remedio.

En 1917, toda la trama se desarrolla en dos largos planos secuencia. Sin embargo, gracias al talento de Sam Mendes y al de su director de fotografía, el maestro Roger Deakins, la arquitectura visual de la película se alza con naturalidad. De hecho, hay una concentración rigurosa de la atención en los dos protagonistas, los cabos William Schofield (un espléndido George MacKay) y Tom Blake (Dean-Charles Chapman).

Ambos atraviesan el Frente Occidental de la Primera Guerra Mundial con una sola misión: avisar a un destacamento británico antes de que este caiga en la trampa que le han tendido los alemanes. Aislados en un escenario lunar, que se prolonga más allá de los límites de la pantalla, Schofield y Blake se deslizan bajo alambradas y sortean cráteres llenos de cadáveres, mientras nosotros vamos conociéndolos y empezamos a entender sus miedos, su estoicismo y su nobleza.

Mendes y Deakins logran que esta sea una experiencia inmersiva. Habrá quien la compare con un videojuego, pero la realidad es otra, mucho más sutil. El tono es intimista y el mensaje de la película es claramente antibélico. Sin embargo, también se trata de un espectáculo colosal, palpitante, lleno de acción, con una épica que surge de la lealtad y del instinto de supervivencia.

Aunque el peso dramático recae sobre MacKay y Chapman, la trama incluye a otros personajes importantes, encarnados en breves apariciones por Andrew Scott, Benedict Cumberbatch, Colin Firth, Mark Strong y Richard Madden. Por su intensidad, las intervenciones de todos ellos amplían el universo emocional de 1917. Es más: uno se puede imaginar una nueva película a partir de cada uno de estos imponentes secundarios.

El guión de Mendes y Krysty Wilson-Cairns tiene una rara virtud. Por un lado, refleja el suplicio de la Gran Guerra a partir de los testimonios disponibles. Quizá me equivoque, pero tengo la impresión de que cuatro de sus puntos de inspiración han sido libros escritos por veteranos: la autobiografía del novelista Alfred H. Mendes ‒abuelo del director‒,  Tempestades de acero, de Ernst Jünger, Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, y El Señor de los Anillos, la alegoría mitológica en la que Tolkien exorcizó sus experiencias en la batalla del Somme.

Por otro lado, 1917 es un relato de entrega, amistad y heroísmo. Frente al horror y la tragedia, la película subraya una profunda humanidad. Con una sobriedad conmovedora, esa grandeza de espíritu surge en un escenario apocalíptico, donde todo se reduce a lo esencial. De ahí que este sea un film sin color ideológico, que honra la memoria de los veteranos, y al mismo tiempo, abre los ventanales del infierno.

Las imágenes de 1917 fluyen de forma admirable, y gracias a un buen uso de los efectos digitales, toda la coreografía visual adquiere vida.

Créanme, nos hallamos ante una película poderosa y de gran calibre.

Sinopsis

Sam Mendes, el director ganador del Óscar de Skyfall, Spectre y American Beauty, aporta su singular visión a una nueva epopeya visceral inspirada por las experiencias de su abuelo y otros soldados que lucharon en la Primera Guerra Mundial.

1917 cuenta la historia de dos jóvenes soldados británicos en plena guerra, el cabo Schofield (George MacKay) y el cabo Blake (Dean-Charles Chapman) a los que se les encomienda una tarea aparentemente imposible. En una carrera contra el reloj, deberán atravesar el territorio enemigo para entregar un mensaje que podría salvar la vida de 1600 de sus compañeros soldados, entre ellos el propio hermano de Blake. En esta envolvente experiencia cinematográfica, Mendes sumerge a los espectadores en el peligro inmediato y la gran escala de la Primera Guerra Mundial, lo que les permite presenciar el conflicto de una manera apremiante y vertiginosa.

«La primera vez que entendí la idea de la guerra ‒dice Mendes‒fue cuando mi abuelo me habló de sus experiencias en la Primera Guerra Mundial. Esta película no es una historia sobre mi abuelo, sino más bien sobre su espíritu, sobre lo que estos hombres tuvieron que pasar, sus sacrificios, la sensación de creer en algo más grande que uno mismo. Nuestros dos protagonistas emprenden un peligroso viaje por territorio enemigo con la misión de entregar un mensaje vital para salvar a 1600 soldados y nuestra cámara nunca los abandona. Quería acompañarlos a cada paso que dieran y a cada aliento que tomaran, y el director de fotografía Roger Deakins y yo hablamos sobre cómo filmar 1917 de modo que el público se sintiera lo más inmerso posible. La diseñamos para acercar a los espectadores lo máximo posible a la experiencia de los protagonistas. Ha sido el trabajo más emocionante de mi carrera».

La idea de 1917 surgió a partir de las historias que el abuelo de Mendes, el difunto Alfred H. Mendes, le contó sobre sus experiencias como cabo en la Primera Guerra Mundial, así como los pintorescos personajes a los que conoció durante su servicio militar. En el año 1917, Alfred era un joven de 19 años que se alistó en el Ejército británico. Debido a su baja estatura, el soldado de 1,63 m fue elegido para hacer de mensajero en el Frente Occidental.

La neblina de la Tierra de Nadie -el territorio no reclamado entre las trincheras aliadas y enemigas en el frente que ninguno de los bandos se atrevía a atravesar por miedo a ser atacado- se alzaba aproximadamente hasta 1,68 m, por lo que el joven esprínter podía llevar mensajes lateralmente de un puesto a otro. Su altura suponía que no era visible para el enemigo, y corría literalmente por su vida. Durante la guerra, Alfred fue herido y gaseado, y recibió una medalla por su valor. En sus últimos años de vida, el novelista trinitense se retiró a su lugar de nacimiento en las Indias Occidentales, donde escribió sus memorias.

Mendes pasó tiempo documentándose sobre relatos de primera mano de esa época, muchos de los cuales se conservan en el Museo Imperial de la Guerra de Londres. A medida que tomaba notas, Mendes empezó a recopilar fragmentos de historias de valor frente al horror; con el tiempo, empezó a encajarlos en un único relato.

Durante esa labor de documentación, descubrió que la Primera Guerra Mundial estaba tan enteramente arraigada a una zona geográfica relativamente reducida que requirió muy pocos viajes largos. «Fue una guerra principalmente de parálisis», aporta Mendes, «en la que millones de personas perdieron la vida en un trecho de dos o trescientos metros de tierra. Se celebra justamente a personas en todas las partes del mundo por ganar minúsculos trozos de terreno en la Primera Guerra Mundial. En la Batalla de Vimy Ridge, por ejemplo, ganaron 450 metros, pero sigue siendo uno de los mayores actos de heroísmo de la guerra. Así que la pregunta que me hice fue cómo contar una historia sobre un único viaje épico, cuando en esencia nadie viajó muy lejos».

Con su labor de documentación momentáneamente estancada, Mendes no tardaría en encontrar lo que acabaría convirtiéndose en el telón de fondo de su historia. En 1917, los alemanes se retiraron a lo que se conoce como Siegfriedstellung, o la línea Hindenburg. Después de seis meses de planificación y excavación de una enorme red de trincheras defensivas, con artillería emplazada tras ellas, los alemanes situaron un gran número de tropas -otrora dispersas por el frente original, mucho más amplio- en una nueva línea de defensa enormemente fortificada y concentrada.

El cineasta habla sobre cómo encontró el motor de la trama del que se convertiría en su mayor reto hasta la fecha. «Hubo un breve período en el cual, durante varios días, los británicos no sabían si los alemanes se habían retirado, replegado o rendido», dice Mendes. «De pronto, los británicos se encontraron desorientados en un terreno por el que habían pasado años luchando… pero no habían visto nunca antes. Buena parte había sido arrasado por los alemanes, que no dejaron nada de valor duradero y destruyeron todo lo que pudiera sustentar al enemigo. Se llevaron o destruyeron cualquier cosa que pudiera considerarse bella; aldeas, pueblos, animales, comida. Talaron todos los árboles. Lo dejaron relativamente infranqueable. Los británicos se encontraron solos en esa tierra desolada llena de francotiradores, minas y cables trampa».

La visión de Mendes de captar la historia en tiempo real de manera que se viera como un único plano secuencia precisa que los espectadores se unan a los personajes y se sumerjan en su turbulento viaje. Para que no quede duda: 1917 no se rodó en una sola toma, sino que se filmó en una serie de tomas largas sin cortes, que se pudieran conectar sin fisuras para que parezca tratarse de un único plano secuencia. Al no haber cortes dentro de cada escena, los espectadores, al igual que Schofield y Blake, no pueden distanciarse de la misión que tienen por delante. Aunque Mendes ya había rodado la escena inicial de Spectre en plano secuencia, filmar así una película entera fue una experiencia nueva para todos, incluido el propio Mendes.

Con la premisa del plano secuencia, se hacía imprescindible planificar minuciosamente cada escena durante los cuatro meses de ensayos de 1917 y estudiar la distribución de los sets hasta el más mínimo detalle. Una vez decidido cómo se moverían los actores dentro del espacio de cada escena, fue posible calcular exactamente dónde se situaría la cámara.

El director de fotografía ofrece más detalles sobre este proceso. «A veces, necesitas estar cerca, pero otras quieres alejarte y ver a los personajes dentro del espacio, dentro del paisaje», señala Roger Deakins. «Así que se trataba de conseguir un equilibrio entre ambas cosas. Buena parte de la planificación la hicimos mentalmente, luego Sam ensayaba las escenas, después trazábamos los esquemas y hacíamos que un dibujante de storyboards nos diera varias opciones dentro de esas ideas básicas. Fue evolucionando gradualmente, pero cuando nos pusimos a trabajar con los actores en las localizaciones, evolucionó aún más».

Deakins utiliza desde hace tiempo cámaras Arriflex en sus rodajes y, durante el verano de 2018, acompañado de James Ellis Deakins (Sicario) -su mujer y asesora de flujo de trabajo digital- fueron a Arri Munich para hablar sobre una versión pequeña de la cámara Alexa LF que pudiera ofrecer la intimidad y velocidad que Mendes precisaba para el rodaje. Arri les comunicó que se encontraba desarrollando una versión así, y la pareja pidió al fabricante si podría tenerla lista para el principio del rodaje de 1917: abril de 2019.

Una vez que los prototipos de Alexa Mini LF demostraron estar listos, desde febrero de 2019, Deakins y su equipo se dedicaron a hacer pruebas de cámara con la Alexa Mini LF. La probaron en una variedad de aparatos y sistemas que querían utilizar durante el rodaje, incluidos el Trinity, Steadicam, StabilEye, DragonFly y Wirecam.

Justo a tiempo, 1917 se pudo rodar con la nueva y flamante Alexa Mini LF con Signature Primes, en combinación con el Trinity Rig. La cámara tiene un sensor Alexa LF de gran formato en el chasis de una Alexa Mini.

El reto de unir los cortes de 1917 es que cada escena tenía que filmarse con una precisión increíble… de modo que dos cuadros pudieran unirse sin fisuras en la pantalla. Esa meticulosa atención al detalle añadía otra capa de continuidad, porque el ritmo tenía que encajar, así como otros elementos de la escena, como el tiempo, el reparto y los decorados.

Para llevar a los personajes de un corte al siguiente sin fisuras, Mendes se aseguró de contar con transiciones que se pudieran hacer de manera sutil. Eso podría significar atravesar el umbral de una puerta, unas cortinas, o cuando los personajes entran en un búnker, o con una silueta, o un movimiento del cuerpo, o un elemento de primer plano o de atrezo… o incluso con un plano en 360 grados.

Mendes ha podido disfrutar en este proyecto de todo un derroche de talento cinematográfico. «Tenemos a Roger Deakins«, señala Mendes, «que podría decirse que es uno de los dos o tres mejores directores de fotografía vivos, y que aún tiene reciente su Óscar por Blade Runner 2049, colaborando con Lee Smith, que acaba de ganar el Óscar por montar Dunkerque, y Dennis Gassner, con quien ya he trabajado en cinco ocasiones. Colaboramos por primera vez hace ya tiempo, en Camino a la perdición, y también ha diseñado Blade Runner, Skyfall y algunas de nuestras películas favoritas de los hermanos Coen«.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.