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«Huérfanos del espacio» (1964), de Robert A. Heinlein

Nadie que se diga aficionado a la ciencia-ficción puede pasar por alto la figura y obra de Robert A. Heinlein, uno de los escritores más relevantes del género, que contribuyó a transformarlo y cuya influencia llega hasta la actualidad. Y aunque el final de su carrera estuvo marcado por novelas excesivamente infladas y repletas de interminables conversaciones, hubo un tiempo en el que cada una de sus historias abría todo un mundo nuevo de ideas que explorar para lectores y escritores. Una de ellas es esta novela que, aunque aparecida en 1964, está compuesta por dos relatos publicados originalmente en 1941 en la revista Astounding Science Fiction: “Universo” y “Sentido común”. Juntos forman, no la primera historia sobre Naves Generacionales, pero sin duda una de las mejores.

La idea de la Nave Generacional nació al mismo tiempo que los sueños de viajar al espacio. Dadas las distancias a recorrer en el universo, ya los primeros ingenieros y científicos que se ocuparon de la astronáutica mucho antes de que el primer cohete alcanzara los cielos, se dieron cuenta de que la única forma de llegar a otros mundos con la tecnología que previsiblemente podría desarrollarse en los siguientes siglos sería una nave autosuficiente y de gigantescas dimensiones en la que los viajeros no sólo pudieran vivir, sino también nacer, reproducirse y morir, generación tras generación, hasta que un día, sus descendientes pudieran arribar a su destino.

El primero en poner por escrito tales ideas fue el ingeniero americano y pionero en el diseño de cohetes Robert Goddard, que en 1918 escribió “La última emigración”. En ella se describía la muerte del Sol y la necesidad de construir una suerte de “arca interestelar”. Lo que él proponía, sin embargo, era que la tripulación se colocara en una suerte de animación suspendida y sólo despertara al llegar a otro sistema estelar. El concepto de nave generacional tal y como he apuntado fue descrito por otro pionero de la astronáutica, el ruso Konstantin Tsiolkovsky, quien en su ensayo El futuro de la tierra y la humanidad (1928) lanzaba la idea de una colonia espacial equipada con motores capaces de funcionar durante miles de años.

El polémico científico inglés John Desmond Bernal también se interesó por la evolución de la especie humana y su futuro en el espacio y en 1929 publicó un ensayo titulado The World, The Flesh, & The Devil, en el que describía la “Esfera de Bernal”, un hábitat permanente para 30.000 personas y los cambios fisiológicos que debería experimentar el hombre para adaptarse a su nuevo entorno.

Todas ellas eran ideas demasiado avanzadas para su época y nadie pareció prestarles demasiada atención… excepto los escritores de ciencia ficción, siempre atentos a cualquier inspiración proveniente de la ciencia, por muy alocada que pudiera parecer. La primera ficción en tratar el tema de la nave generacional apareció en 1940, en la historia El viaje que duró 600 años, de Don Wilcox, un maestro de escuela metido a escritor. Ya en este cuento, publicado en Amazing Stories, se exploraba el problema de la pérdida de identidad cultural y el olvido de las raíces y misión original por parte de las generaciones de viajeros. Heinlein retomó el mismo esquema argumental, lo amplió y mejoró para hacer las dos novelas cortas que componen Huérfanos del espacio, la historia arquetípica de nave generacional.

“Universo” nos presenta a los habitantes/viajeros de la nave, quienes en su mayor parte han olvidado que están dentro de un vehículo interestelar. Como no hay ventanas al espacio, para ellos, el interior de la nave es todo su mundo y no creen que exista nada más allá. Viven existencias sencillas como granjeros dentro de una sociedad estrictamente jerarquizada y sólo se preocupan de los ocasionales problemas generados por la radiación y los ataques de los mutantes que viven en las cubiertas inferiores. Su único recuerdo colectivo es el que procede de la tradición oral en forma de mitos sobre una antigua caída del paraíso, cuando la Nave “se movía”.

El joven Hugh Hoyland, uno de los habitantes de la Nave, es un campesino analfabeto pero inteligente que tras ascender a la casta sacerdotal se une a un grupo de hiperracionalistas que pretenden derrocar a los jerarcas más supersticiosos al mando y luego erradicar a los mutantes. Pero mientras explora algunas de las secciones más peligrosas de la nave, Hugh es secuestrado por un pequeño mutante, Bobo, que lo lleva a presencia del líder de esa raza, el bicéfalo Joe-Jim Gregory. Éste muestra a Hugh la Sala Principal de Control desde cuyos ventanales le enseña el espacio y las estrellas, revelándole así tanto la verdadera naturaleza del universo como del ahora pequeño mundo en el que se encuentran atrapados. Jordan, el dios creador al que adoran, es en realidad el nombre de la fundación que en 2119 creó el gigantesco vehículo; y su destino original era el sistema Alfa Centauri. Sin embargo, tras el motín que dividió a la tripulación e inició la degeneración intelectual y social en la que ahora viven, la nave viaja a la deriva.

Cuando regresa entre su gente para compartir sus recién adquiridos conocimientos y proclamar la falsedad de la religión que todos aceptan, Hugh es acusado de herejía, encarcelado y sentenciado a muerte. Pero Joe-Jim le rescata y le pone a salvo, raptando al mismo tiempo a uno de los principales científicos-sacerdotes, Ertz, con el fin de mostrarle también a él la impactante visión de las estrellas.

Una de las innovaciones más importantes que hizo Heinlein al subgénero de naves generacionales con estas dos historias fue la introducción de un fuerte sentimiento religioso. Como he dicho, los descendientes de los viajeros originales piensan que el interior de la nave constituye todo su mundo y han desarrollado una compleja religión alrededor de un dios al que denominan Jordan, el Creador de la Nave. Los “Científicos” son los sacerdotes que predican tomando como base los manuales técnicos de la nave, de los que extraen interpretaciones metafóricas. Las referencias a la singladura de la nave la interpretan como “el viaje” que todo el mundo emprende tras la muerte hasta llegar al lugar celestial de “Far Centauri”. El trabajo necesario para el mantenimiento de la nave se ha ritualizado en la forma de ceremonias religiosas.

“Sentido Común”, aunque entretenido, carece del ingenio y la fuerza de “Universo”. Los temas de la involución de la ciencia y la historia en mitología y ritualismo no están desarrollados con igual pericia, limitándose básicamente al enfrentamiento entre los científicos conservadores (fundamentalistas religiosos) y los progresistas, que han aprendido a aceptar la verdad sobre la nave. La historia sigue los pasos de Hugh y sus compañeros para liberar a los no-mutantes de la tiranía de la religión, detener la sangrienta guerra que se avecina entre aquéllos y los mutados y pilotar la nave hasta su destino original. La conclusión, tras una serie de improbables y demasiado convenientes acontecimientos, se antoja acelerada y poco verosímil.

Sí resulta destacable en cambio que Heinlein evitara retratar a ninguna de las sociedades que convivían en la nave, la tripulación y los mutantes, como “los buenos”. De hecho, ambas son terriblemente injustas y crueles. También el desarrollo de la política postrevolucionaria es interesante y, aunque no está a la altura de, por ejemplo, Rebelión en la granja, sí es más sutil y equilibrada que la mayoría de las parábolas sobre el comunismo que se escribieron algunos años después durante la Guerra Fría.

Con todo lo innovadora que la lectura resultó en su momento y seductoras las ideas que planteaba, hoy hay al menos un par de cosas que pueden chirriar al lector adulto. En primer lugar, su simplista representación de la religión como producto de la ignorancia y la mitologización de la ciencia. En el relato, las creencias religiosas son producto de la ignorancia, sus mitos fruto de una malinterpretación de la realidad y sus practicantes unos fanáticos más interesados en conservar su poder e influencia que en conocer la verdad. Que algunas o todas de estas interpretaciones puedan ser aplicadas a las religiones de todo el mundo no creo que se pueda negar. Que la vertiente espiritual del hombre, su búsqueda de trascendencia y el objetivo último de la religión se limite exclusivamente a eso es harina de otro costal.

Uno podría estar tentado de justificar a Heinlein, o al menos explicar su aproximación a la materia, argumentando que al fin y al cabo estos eran relatos destinados a un público juvenil y que no se trataba de elaborar complejas reflexiones sobre el tema. Pero lo cierto es que el autor siempre mantuvo –y así lo reflejó en muchas de sus obras‒ una actitud profundamente despectiva hacia la religión y todo lo que ello significaba. En una ocasión afirmó: “El concepto más ridículo jamás perpetrado por el Homo sapiens es que el Señor Dios de la Creación, Creador y Soberano de los Universos, desee la adoración empalagosa de sus creaciones, que puede ser persuadido por sus oraciones, y que se vuelve petulante si no recibe dicha adulación. Sin embargo, esta noción ridícula, sin pizca de evidencia que la apoye, ha fundado una de las industrias más grandes, más antiguas y menos productivas de la Historia”. Y, bastante más conciso pero también más contundente: “Las putas realizan la misma función que los sacerdotes, pero mucho más a fondo”.

El segundo de los aspectos de la novela que no ha envejecido bien es el tratamiento que Heinlein da a los personajes femeninos. Aquellos que tacharon al escritor de misógino (cuando no directamente “cerdo sexista”) encontrarán aquí buenos argumentos. No solamente no hay ningún personaje femenino de importancia –algo que era esperable tratándose de un relato, como he dicho, destinado a una revista leída principalmente por chicos-, sino que los que aparecen son maltratados sin contemplaciones. Hugh toma dos esposas, una joven y atractiva para el sexo y otra más madura para las tareas domésticas. Hacia el final de la historia, cuando aquél tiene que alimentar con materia el motor de su lanzadera, está tentado de trocear y utilizar como combustible a una de sus mujeres, aunque finalmente su amigo le convenza para que utilice sus libros.

Esas relaciones de género propias del neolítico tienen una explicación, según Heinlein: la tripulación vive en una sociedad sacerdotal altamente jerarquizada y la fuerte opresión de las mujeres forma parte de esa estructura de poder. Pero ni siquiera cuando Hugh y sus aliados toman conciencia de sus verdaderos orígenes, le dedican un mínimo pensamiento a las mujeres. Incluso en el territorio mutante, cuyos habitantes viven como un pueblo libre de dictatoriales sacerdotes, sólo aparece una mujer y es una anciana. Independientemente de que puedan encontrarse paralelismos históricos a la situación de sexismo que se vive en la nave, la ausencia de personajes femeninos mínimamente relevantes es uno de los aspectos de esta historia que peor ha envejecido.

No es este el lugar más adecuado para hablar sobre las contradictorias ideas que Heinlein tenía sobre el sexo femenino. Por ejemplo, criticaba que las universidades no admitieran a más mujeres que quisieran ser ingenieros, pero al mismo tiempo prohibía a su mujer que trabajase, por muy mal que les fueran las cosas financieramente. En sus obras podemos encontrar mujeres fuertes e inteligentes, mucho más que sus contrapartidas masculinas; pero a las que les gustaba quedar embarazadas, ser tratadas con condescendencia por sus colegas varones y meterse ansiosas en sus camas. Como sucedía con sus ideas políticas, Heinlein fue un autor que desafiaba al análisis simplista, lo que lo hace aún más interesante.

Aquellos que hayan comenzado a leer ciencia ficción en los últimos veinte años se sorprenderán probablemente de la concisión, incluso minimalismo, con que Heinlein desarrolla la historia: no desperdicia ni una sola palabra en las poco más de 150 páginas que necesita para construir ese claustrofóbico mundo y narrar lo que en él sucede. Y ese mundo, las ideas que plantea y la aventura que cuenta son tan ricas que desde el momento de su aparición no han dejado de influir a autores de la talla de Brian Aldiss (“La nave estelar”), Gene Wolfe (“Book of the Short Sun”) o John Brunner (“Lungfish”), quienes exploraron más profundamente las ramificaciones sociales y mentales del concepto de Nave Generacional.

Si uno puede situar a la obra en su contexto y pasar por alto o racionalizar sus aspectos más “políticamente incorrectos”, Huérfanos del espacio es una novela de aventuras entretenida, narrada con buen pulso por uno de los autores que dieron forma a la ciencia-ficción moderna, y que resulta particularmente recomendable para un lector adolescente que todavía no esté muy familiarizado con el género. Con total seguridad, nunca la olvidará.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".