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Arturo Barea y Manuel Chaves Nogales, testigos de tiempos difíciles

Hay dos libros que me han ayudado a comprender lo que estaba ocurriendo en la convulsa España del primer tercio del siglo XX. Uno de ellos es una obra autobiográfíca y el otro una crónica periodística novelada. El primero es de Arturo Barea y el segundo lleva la firma de Manuel Chaves Nogales.

A Arturo Barea (1897-1957) le debemos la trilogía La forja de un rebelde, compuesta por tres volúmenes inolvidables, La forja (1941), La ruta (1943) y La llama (1946). En este último, Barea narra su experiencia de la Guerra Civil, sobre todo a lo largo de la llamada batalla de Madrid. Como veremos, el protagonista, que trabaja de enlace en las instalaciones republicanas en la Telefónica, acaba exiliándose a Inglaterra en el año 1938.

Barea nació en Badajoz. Huérfano de padre, se trasladó con su madre y sus hermanos a Madrid. Ella trabajó de lavandera en el río Manzanares y él estudió con los Escolapios, gracias al mecenazgo de su tío. En La forja nos relata la miseria en los barrios populares madrileños a principios de siglo. Lo describe con crudeza, y al tiempo, con una tremenda emotividad.

Durante los años veinte, Barea participó en la guerra de Marruecos. En La ruta refiere las masacres de las que fue testigo en aquella contienda, y también la terrible corrupción reinante en el ejército. Durante la guerra civil, tal y como cuenta en La llama, participó en el asalto al Cuartel de la Montaña. Gracias a un contacto en el PCE, pasó a formar parte de la Oficina de Censura de Prensa Extranjera del Ministerio de Estado, ubicada en el edificio de Telefónica, en la Gran Vía madrileña.

A partir de 1937, Barea emprendió su trayectoria como locutor, bajo el seudónimo «La voz incógnita de Madrid». Tras su despido como jefe de la censura, abandonó la emisora y emprendió el camino del exilio: de Alicante pasó a Barcelona, y de ahí salió junto a su mujer, la vienesa Ilse Kulcsar, rumbo a París.

En marzo de 1939, llegaron a Inglaterra, su país de acogida. Fue allí donde él alcanzó cierta popularidad gracias a sus charlas radiofónicas para la sección de América Latina del Servicio Mundial de la BBC.

La forja de un rebelde es, sin duda, su obra maestra. Según su prologuista, Luis Antonio de Villena (Biblioteca El Mundo, nº 23, 24 y 25, 2001), la novela, inicialmente traducida al inglés por Ilse, triunfó en Inglaterra y Estados Unidos. Incluso se pensó en Barea para el premio Nobel.

Pese a que supera las mil páginas de extensión, La forja de un rebelde se lee sin descanso. Confieso que me quedé sobrecogido por su intensidad. Al leerla, uno comprende la ferocidad de los enfrentamientos políticos y sociales que culminaron en nuestra Guerra Civil.

En palabras de Antonio Muñoz Molina, «Barea es, junto a Miguel Hernández, el único gran escritor español de la primera mitad del siglo que no viene de un origen burgués. Era republicano y socialista convencido, y militó sindicalmente en la UGT, pero no parece que sintiera la atracción por el comunismo que aquejó a tantos socialistas de su generación, y que tuvo tanto que ver con el desmoronamiento interno del PSOE. Con el estallido de la Guerra Civil Barea se comprometió activamente con la defensa de la República, pero eso no le hizo cerrar los ojos a los crímenes, los atropellos, los calamitosos enfrentamientos internos que tanto debilitaron y desprestigiaron internacionalmente al bando leal. (…)  En los capítulos de La forja que cuentan el verano delirante y atroz de 1936 en Madrid, la dignidad de la resistencia popular no oculta a los ojos de Arturo Barea el horror y el sinsentido de los asesinatos, la náusea moral y física ante la transformación de personas normales que de la noche a la mañana, al tener en las manos un fusil y una garantía de impunidad, se entregan al crimen sin remordimiento, con una especie de euforia sádica. En una época de utopías destructivas y de grandes confrontaciones ideológicas, Barea perteneció a la minoría exigua de los que se negaron a cerrar los ojos, a justificar ningún crimen cometido en nombre de una causa justa, a dimitir de la propia conciencia personal. En ese club tan restringido se encuentra en la exigente compañía de Hannah Arendt, de George Orwell, de Simone Weil. En España muy pocos testigos se le pueden comparar en lucidez y coraje: Manuel Azaña en La velada en Benicarló, Julián Zugazagoitia en Guerra y vicisitudes de los españoles, Elena Fortún en Celia en la revolución, Manuel Chaves Nogales en A sangre y fuego» («La vocación de Arturo Barea», Centro Virtual Cervantes, s.f.).

Entre esos testigos citados por Muñoz Molina, destaca Chaves Nogales (Sevilla 1897- Londres 1944), un periodista excepcional, observador lúcido de las dos Españas, cuya mejor obra es Juan Belmonte, matador de toros (1935). Leyéndola con perspectiva, recuerda al “nuevo periodismo” norteamericano.

Se trata de una biografía novelada que escribió por entregas para la revista Estampa. Como dice el prologuista de la edición de Libros del Asteroide, Felipe Benítez Reyes, Juan Belmonte es un “folletín-reportaje”. Chaves se basó en las anécdotas que el propio Belmonte le fue contando en una secuencia de entrevistas. Gracias a ese recurso, monta un retrato vibrante de lo que fue Sevilla a principios del siglo XX.

Belmonte (1892-1962), apodado “El Pasmo de Triana”, era un tipo complejo. Fue un torero famoso, y en su época, eso implicaba jerarquía mitológica. También fue un hombre ilustrado, capaz, como dice Benítez Reyes, de elogiar a Guy de Maupassant. La lectura de su peripecia, contada por Chaves Nogales, resulta muy emocionante. En su adolescencia, toreaba de forma clandestina, en el campo, desnudo para no manchar la ropa, a la luz de la luna y de unos focos de acetileno robados.

Chaves Nogales, un demócrata no sectario, se exilió en 1937 a París. Cuando entraron  los nazis en 1940, marchó a Londres, donde murió en 1944, víctima de un cáncer de estómago. Escribió en 1937 un libro imprescindible sobre la Guerra Civil: el ya citado A sangre y fuego.

Leemos en sus páginas esta escalofriante declaración: «Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo”.

Curiosamente, he podido encontrar el mismo ambiente retratado por Barea y Chaves Nogales en un libro del subgénero steampunk, Danza de tinieblas (2005), de Eduardo Vaquerizo. Esta novela es una ucronía en la que el Imperio Español se ha convertido en un imperio mundial. En 1927 se enfrenta en una guerra interminable al Imperio Turco en los campos de batalla de Flandes. El protagonista es un funcionario policial que investiga un crimen con ramificaciones en el poder político. La descripción de las miserias en los bajos fondos de Madrid coincide con el aura, entre decrépita y esperpéntica, de la España negra de los cuadros de Gutiérrez Solana. El mismo escenario, en definitiva, que les tocó en suerte a los dos escritores a quienes dedico estas líneas.

Borges, en Otras Inquisiciones, hablando sobre su tío abuelo, el poeta y filósofo Juan Crisóstomo Lafinur (1797-1824), escribió algo que también resume el triste destino de Barea y de Chaves Nogales: “Murió en el destierro; le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir”.

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Joaquín Sanz Gavín

Contable y licenciado en Derecho.