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Origen de la radio en Argentina

Uno de los rasgos característicos del siglo XX es la proliferación de las comunicaciones inalámbricas, en especial la radio y la televisión. No sólo redefinieron la relación entre individuos y sociedades sino que influyeron en la intimidad de las familias, al llevar sonido e imagen al interior de las casas.

Hace un tiempo, pudimos recordar el centenario de la primera transmisión orgánica de radio en Argentina, un hecho no sólo memorable sino más que curioso. Sucedió en Buenos Aires, el 20 de agosto de 1920, a las ocho y media de la noche. Lo protagonizó un equipo que enseguida fue conocido como los Locos de la Azotea: Enrique Telémaco Susini, César Guerrico y Luis Romero Carranza, con Miguel Mugica, futuro director de cine y sobrino del primero, en carácter de aprendiz.

Susini es un peculiar personaje del mundo cultural argentino. Descendiente de italianos, se doctoró en medicina por la universidad de Viena y estuvo en la Francia bélica del Catorce estudiando los efectos de la contienda en las vías respiratorias. De vuelta en su país se concentró en las artes del espectáculo. Fue director de escena, en especial de óperas y operetas, autor de programas radiofónicos y director de películas. Seguramente fue suya la iniciativa de cumplir aquella primera transmisión, hoy centenaria.

En la Francia combatiente, Susini había tenido ocasión de oír una radiación experimental, muy cercana a sus intereses artísticos: un concierto a cargo de la soprano australiana Nelly Melba. No lo convenció –hoy, la Melba en sus grabaciones ya no convence a nadie–, pero movió su imaginación para perfeccionar el invento. Y así lo hizo, cinco años más tarde. Instaló un equipo de válvulas METAL, de origen francés, en la terraza del teatro Coliseum de Buenos Aires. La transmisión era, nada menos, que del festival sagrado Parsifal de Richard Wagner, con la orquesta conducida por uno de los directores más importantes del mundo, Félix Weingartner. Del tenor protagonista, cuyo apellido es Maestri, las crónicas apenas registran huellas pero en el papel de Kundry, la tentadora y redimida sierva de los caballeros del Gral, actuó la soprano argentina Sara César, voz dramática que circuló por su tierra y, en especial, por Italia, con papeles wagnerianos y de ópera italiana y alemana, tanto en el registro de soprano como de mezzo.

La puesta en escena, invisible para los auditores, estuvo a cargo del mismo Susini, quien se había probado para tal oficio en la Ópera de Roma, el famoso teatro Costanzi. Debió ser lucida porque la historia abunda en momentos de magia y prestidigitación: un bosque se transforma en templo, un jardín de verde y florido follaje se vuelve de ceniza, baja una paloma celestial sobre el cáliz caballeresco y todo lo envuelve una luz milagrosa. Los cambios suceden a vista del público y, en la ocasión, para aumentar el efecto, Susini había mandado forrar la cúpula de la sala con papel metálico, lo que multiplicaba con sus reflejos el alcance de la representación.

¿Cuántos auditores habrán podido captar el sacro festival de Wagner, cantado en italiano? La obra es densa y larga. Puede durar varias horas, con intervalos que debieron ser cubiertos por comentarios hablados que explicaran la compleja trama. En fi: no deja de ser curiosísima esta transmisión fundacional, una ópera alemana cantada en italiano desde una capital sudamericana. Sin mayor solemnidad, aquellos muchachos porteños estaban abriendo un espacio en la intimidad hogareña del mundo. Las casas empezaban a poblarse de sonidos, tanto musicales como verbales, de lenguas comprensibles o incomprensibles, cercanas o remotas, propiciando la inventiva que convertía la vibración sonora en rostros, cuerpos, paisajes, cielos, mares, montañas y selvas del planeta, todo en miniatura y a disposición del insaciable imaginario humano.

Imagen superior: “Los Locos de la Azotea”: Luis Romero Carranza, César Guerrico, Miguel Mugica y Enrique Telémaco Susini.

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Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")