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«Superman: El hombre de acero», de John Byrne

Cosecha de 1987, con John Byrne en la etiqueta. Ya me dirán quién puede resistirse a un cómic como éste, sobre todo si el lector aprecia el sabor de los tebeos clásicos.

El equipo artístico es sensacional. Byrne se ocupa de casi todos los guiones, con las garantías que ello supone, y también demuestra de lo que es capaz con los lápices, en este caso ayudado por Dan Jurgens –algo más seco en su trazo–, Arthur Adams –magnífica su labor en Skeeter– y Ron Frenz.

La alternancia de dibujantes queda justificada por la naturaleza de las historietas aquí reunidas, procedentes de las dos series protagonizadas en aquella fecha por el Hombre de Acero, Superman y Action Comics.

Por lo demás, el repertorio de argumentos es todo lo imaginativo y dinámico que uno puede esperar en un cómic de los ochenta. Superman pasa de medir sus fuerzas con el rubio Booster Gold a recordar el profundo amor que sintió por la sirena Lori Lemaris. Luego emprende una lucha trágica con Titano, el chimpancé gigante, y en la siguiente historia se alía con el Hombre Murciélago para enfrentarse a un caso de vampirismo sureño.

Sirve de colofón a este compendio un prometedor aunque irregular relato, centrado en la figura de Silver Banshee. Entre los personajes secundarios, volvemos encontrar a Batman, pero quien se lleva el mérito de la historia es el Detective Marciano.

Hace mucho, mucho tiempo, no sé cuánto –dejémoslo en que han pasado casi treinta años–, los héroes de cómic dejaron claro que su vida tenía dos destinos posibles: el de la aventura luminosa y desprejuiciada y el del tormento psicológico. Alan Moore y Frank Miller se ocuparon de que los enmascarados comenzasen a pensar como adultos en el umbral de un abismo existencial. A diferencia de ellos, Byrne prefirió que figuras como Superman se enfrentasen a retos animados e ilusionantes, por el único placer de volver a probar su heroísmo y su poderío.

Simplificando mucho, el neo-noir, el cinismo y el psicoanálisis se impusieron como alternativas a la inocencia del pulp.

En esa dicotomía, está claro que han salido ganando los herederos de Moore o Miller. Sin embargo, pese a que esa mirada crepuscular y descreída nos impide –ay– recuperar la inocencia de otra época, uno siente que los tebeos de Byrne encierran un espíritu más noble, más ligero. Un espíritu que a muchos, todo hay que decirlo, nos ayudó a mantener a raya las neurosis adolescentes.

Suelen los críticos de hoy conceder mucha importancia a la complejidad de los argumentos o a la debacle interior de los personajes. Pero a estas alturas –qué quieren que les diga–, uno vuelve a Byrne con la impresión de que no hay otro que se haya dedicado con más fortuna a ese negocio feliz de las aventuras sobrehumanas.

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Sinopsis

En esta quinta entrega de las mejores aventuras de Superman de la década de los ochenta, el aclamado guionista y dibujante John Byrne continúa demostrando por qué fue él el hombre perfecto para el trabajo de reinventar y revitalizar al personaje para la era moderna y un nuevo público más exigente.

Historias sobrenaturales de vampiros y enemigos mágicos de ultratumba, cruces con otros héroes de la editorial, acción, diversión y personajes fantásticamente construidos, hacen que esta colección siga demostrando en cada nuevo tomo el porqué de su nombre:

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © DC Comics. Cortesía de ECC. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.