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«La Patrulla X: Dios ama, el hombre mata» (1982), de Chris Claremont y Brent Anderson

En la década de los ochenta del pasado siglo, los comic-books empezaron su camino a la madurez. A menudo gran parte del mérito de esta evolución se le atribuye al guionista Alan Moore, que primero con La Cosa del Pantano (1983) y luego con la miniserie Watchmen (1986), probablemente uno de los cómics más famosos de la historia, dignificó un medio hasta entonces menospreciado por la cultura generalista. Frank Miller fue otro de los reconocidos impulsores de esta nueva tendencia adulta gracias a su trabajo con Daredevil primero y Batman después.

Pero antes de esos dos genios, la industria ya daba indicios de reconocer que la edad media de sus lectores había aumentado, que los comic-books, y específicamente los de superhéroes, ya no los compraban mayoritariamente los niños. Marvel, dirigida con mano firme por Jim Shooter, hizo un intento de penetración en ese mercado por una doble vía: por una parte, su línea Epic, en la que se publicaban tanto la revista del mismo nombre como colecciones de contenido y tono pretendidamente más adultos; por otra, la colección de novelas gráficas, una emulación del ya veterano álbum europeo, con mejor papel y más caro que los comic-books ordinarios y en la que se aspiraba a presentar material más sofisticado y maduro que el de las series regulares. La primera de esas novelas gráficas, La muerte del Capitán Marvel (1982), fue un acierto pleno, pero no pasó mucho tiempo hasta que las intenciones originales se diluyeran y la mayoría de las siguientes entregas no fueron sino historias bastante corrientes editadas en papel de lujo.

X-Men: Dios ama, el hombre mata fue la quinta entrega en esa colección de novelas gráficas y la tercera en estar protagonizada por superhéroes (lo cual ya dice mucho de la incapacidad o renuencia de los editores Marvel para salirse de su universo superheroico) tras La muerte del Capitán Marvel (nº 1) y Los Nuevos Mutantes (nº 4). Pero aunque luego vendrían volúmenes mucho más flojos (como Dazzler: The Movie, Spiderman: Hooky o Incredible Hulk and The Thing), en esta ocasión y a pesar de estar protagonizada por los superhéroes Marvel más famosos del momento, Dios ama, el hombre mata sí ofreció no sólo una historia con mayor solidez y ambición temática que las entregas mensuales de su colección, sino una que ha resistido el paso del tiempo mejor que sus contemporáneas. Fue una obra que se adelantó a las mentadas al principio en intentar desarrollar temas más adultos sobre el marco del género superheroico.

Chris Claremont era a comienzos de los ochenta uno de los guionistas más reputados del género. En relativamente poco tiempo había llevado a los X-Men a lo más alto de la editorial y su estancia al frente de la misma, que acabaría totalizando diecisiete años, sigue estando hoy considerada por muchos como la mejor de la larga trayectoria de los personajes, con sagas tan legendarias como la de Fénix Oscura o Días del Futuro Pasado. En la serie regular, entre la habitual mezcolanza de variopintos supervillanos con ínfulas de conquistador mundial, viajes en el tiempo y sagas espaciales, Claremont había sabido sacar un gran provecho de los personajes e incluso no había tenido problemas en matar a alguno de ellos o provocar graves traumas en otros. Uno de sus rasgos característicos era el de introducir subtramas que se alargaban meses hasta su resolución –o bien no se resolvían nunca‒. Esto permitía no sólo mantener el interés del lector sino prestar mayor atención a los protagonistas. Mientras que otros escritores se limitaban a narrar la batalla del mes contra el villano de turno, los X-Men ponían más énfasis en las vidas personales de sus miembros, como si de un culebrón sudamericano se tratara. Fue en buena medida esa dinámica la que cautivó a millones de lectores y convirtió a la franquicia mutante en la gallina de los huevos de oro de la editorial. Los X-Men eran como una familia. No todos estaban de acuerdo en todo ni se llevaban bien todo el tiempo, pero sí defendían los mismos ideales y, llegado el momento, darían la vida por sus compañeros –y por toda la humanidad– si fuera necesario.

Claremont ya se había servido de sus personajes para explorar algunos temas de calado, presentes en la colección desde sus inicios, aunque a menudo manejados de una forma torpe y superficial. Sobre todo lo demás, el principal motor temático de las series de mutantes era el del prejuicio y el miedo y consiguiente odio hacia todo lo que es diferente. Los X-Men eran los representantes de una nueva especie humana, el Homo superior, temida y perseguida por el mayoritario Homo sapiens y, aún así, habían jurado proteger ese mundo que los odiaba en aras del sueño de su mentor, Charles Xavier: construir un mundo en el que todos pudieran convivir en paz. Ahora, aprovechando la propia orientación adulta que la editorial quería imprimir a esta todavía joven línea de comics; y exento de la censura del Comics Code Authority, cuyo sello de aprobación no figuraría en la portada, era el momento de dejarse de sutilezas y mostrar gráficamente lo que el odio y el miedo significaban realmente.

La historia comienza una noche, con dos niños en pijama huyendo de unos perseguidores armados. Son atrapados, asesinados a sangre fría y colgados de unos columpios con un letrero clavado en sus pequeños pechos: “Muties”. Semejante crimen y su posterior teatralización tenía un claro propósito: lanzar un mensaje tanto a los niños como a los adultos. Pero antes de que amanezca y la horrible escena sea descubierta, Magneto aparece en el lugar y libera los pequeños cuerpos de las cadenas de las que cuelgan. Anderson dibuja a Magneto como un hombre de edad moderadamente avanzada y cuyo rostro refleja las huellas de haber sobrevivido a los campos de concentración nazis, pero cuyo porte y figura sigue siendo imponente.

La siguiente escena presenta al reverendo William Stryker. Lo vemos citando algunos pasajes de la Biblia mientras prepara un sermón, y luego estudiando las habilidades y poderes de Cíclope, Lobezno, Ariel (el nombre de batalla de Kitty Pryde por entonces), Tormenta, Coloso y Rondador Nocturno. Stryker, un predicador multimedia inmensamente popular e influyente, dice confiar en que el equipo de héroes no perdure mucho tiempo, pero todavía no se dan pistas de lo malvado que es este individuo y de lo lejos que está dispuesto a llegar. De hecho, resultará ser uno de los peores enemigos de los X-Men en su cruzada contra los mutantes, una ofensiva que libra a dos niveles: escuadrones de la muerte que asesinan a mutantes; y un segundo frente, este mediático, con discursos multitudinarios en los que justifica su odio mediante la religión, asegurando que los mutantes son criaturas de Satán y que sólo los seres humanos ordinarios son hijos de Dios. Tras un debate televisivo con Stryker, Charles Xavier, Cíclope y Tormenta son secuestrados por secuaces del reverendo, quien planea lavarle el cerebro al primero y utilizar sus grandes poderes telepáticos para encontrar y asesinar a todos los mutantes de la Tierra. El resto de los X-Men deberá aliarse con su hasta entonces peor enemigo, Magneto, para liberar a su líder y convencer a la opinión pública de que las afirmaciones de Stryker son falsas y peligrosas.

A diferencia de muchos aficionados, no considero Dios ama, el hombre mata el mejor comic de mutantes escrito por Claremont, básicamente porque el formato de historia autoconclusiva no permite sacar todo el jugo posible a la historia. Una de las pegas que le veo a este cómic es su desconexión con la continuidad narrativa que unía los mejores trabajos de Claremont en la colección regular “Uncanny X-Men”. El atractivo de esa continuidad consistía en ver cómo los acontecimientos iban desarrollándose paulatinamente, las consecuencias que tenían y la evolución que los personajes experimentaban a tenor de aquéllos. Dado que estamos ante una historia autoconclusiva y ajena a la continuidad del Universo Marvel contemporáneo (aunque con ocasión del estreno de la película X-Men 2, la editorial decidió encajarla entre los números 168 y 169 de la serie regular e incluso lanzó una innecesaria secuela), y a pesar de que los personajes están bien caracterizados y tienen buenos momentos, es imposible encontrar una evolución o una consecuencia ulterior a los hechos aquí narrados.

Con todo lo dicho, como obra independiente, Dios ama, el hombre mata es una buena lectura y mantiene su vigencia como crítica social. Como dije más arriba, los mutantes fueron utilizados desde su origen en el Universo Marvel como alegoría de las minorías perseguidas por cualquier motivo: su fe, su raza o su orientación sexual. Fue Claremont el guionista que supo tratar este tema con mayor acierto. Y si hubo un episodio en concreto que cimentó en el imaginario de los fans el concepto de los X-Men como héroes que luchan defendiendo a un mundo que les teme y les odia, es Dios ama, el hombre mata. En ninguna otra historia mutante queda establecida tan claramente la línea divisoria entre el Profesor Xavier / Martin Luther King y Magneto / Malcolm X y fue explicitado de forma tan gráfica y agresiva el sentimiento antimutante. Y ello sin necesidad de utilizar supervillanos ni robots gigantes. Todo lo contrario.

Los que sólo conozcan la saga de películas de los X-Men estarán familiarizados con el personaje de Stryker. Pues bien, éste nació aquí, en esta novela gráfica, pero no como un militar con influencias en Washington sino como un telepredicador. La década de los ochenta fue un periodo de expansión de este tipo de showmans que en su mayor parte embaucaban a gente de buena voluntad y les animaban a ver el mundo exclusivamente desde su limitado y excluyente punto de vista. De hecho, para crear y desarrollar el personaje, Claremont se pasó seis meses viajando por Estados Unidos, asistiendo a reuniones y convenciones religiosas y viendo programas evangélicos por televisión. Puede asegurarse, por tanto, que Claremont algo sabía de ese fenómeno y que lo trasladó al cómic aunque, claro está, siendo esta una historia Marvel, el objeto de su odio no son los musulmanes, los extranjeros, los judíos o los homosexuales, sino los mutantes.

La mencionada segunda película de los X-Men fue una adaptación muy libre del fondo temático de Dios ama, el hombre mata. Libre y también descafeinada porque eliminaba el principal comentario social del comic, a saber, el conflicto entre los cristianos ultraconservadores y los mutantes. En un mundo en el que los predicadores mediáticos discuten la existencia de la evolución, ¿cómo se enfrentarían, de ser real, al fenómeno mutante? Probablemente no con demasiada tolerancia. Uno de los puntos fuertes de este comic es la valentía con la que Claremont lanza su crítica hacia aquellas personas que utilizan la religión para justificar sus propios prejuicios, su deseo de fama y reconocimiento o su ansia de poder e influencia. Sí, Stryker pertenece al mundo del cómic de superhéroes. Después de todo, en el mundo real no parece que los telepredicadores utilicen escuadrones de asesinos actuando en su nombre, pero en el contexto de un tebeo de este género, tal premisa es coherente. Podría apostarse a que la Fox, no deseando molestar al poderoso lobby de los cristianos ultraconservadores de Estados Unidos, decidió trasladar el foco del odio de los púlpitos a los despachos de los militares.

Probablemente, la versión que mejor funciona de los X-Men es la de luchadores por el Futuro. Puede que se les tema y persiga, pero luchan no sólo por su supervivencia sino para promover la tolerancia y la convivencia; hacer, en definitiva, un mundo mejor .En el paradigma tradicional de los X-Men éstos son unos superhéroes y, por tanto, la orientación pacifista no tiene demasiado sentido. Dedicándose continuamente a combatir amenazas, muchas de las cuales además sólo van dirigidas a matarles a ellos por su condición de mutantes, es difícil insertar en sus historias de forma verosímil un mensaje de no violencia a lo Gandhi. Sin embargo, esta aventura en concreto deja claro por qué la aspiración de los X-Men, por muy utópica que pueda sonar, es preferible a la de Magneto. No quieren remodelar el mundo por la fuerza y convertir a los humanos en una mayoría oprimida, sino construir un futuro en el que todos puedan aceptarse mutualmente. No quieren destruir a su enemigo, quieren salvarlo de sí mismo.

Pero la alegoría empieza a mostrar sus flaquezas cuando se tiene en cuenta que los mutantes no son solo individuos con un aspecto físico inusual, sino que cuentan con poderes muchas veces inmensos y letales. Más allá del mensaje de concordia y entendimiento, resulta más interesante, por ejemplo, el caso de un adolescente que descubre sus poderes y no los usa de forma responsable sino para su propio beneficio. ¿Están entonces los miedos de la sociedad justificados? ¿Cómo se pueden controlar casos semejantes? En este sentido, las historias de los X-Men peleando contra supervillanos no son tan interesantes como verlos enfrentándose a problemas sociales, no necesariamente violentos, generados por mutantes irresponsables.

No me entiendan mal. Me gusta el enfoque de Claremont, pero también creo que cumplió su función y se agotó al prolongarse demasiado en el tiempo. Tras él, nuevos y más jóvenes autores, con ideas diferentes acerca de lo que significa el post-humanismo, como Grant Morrison, aportarían historias novedosas y darían un giro a la larga trayectoria de Claremont. Dios ama, el hombre mata, no obstante, fue el primer paso adulto hacia ello, probablemente la historia más realista y menos superheroica de los X-Men de Claremont. Y, para bien y para mal, marcaría el tono de la serie durante muchos años: el odio contra los mutantes ya no provendría de algún individuo o colectivo concretos ni el principal peligro serían los Centinelas, robots caza mutantes. No, aquí es donde verdaderamente comienza la “histeria antimutante”, algo mucho más extendido y difuso pero todavía más peligroso.

Por supuesto y tratándose de Claremont, la caracterización de los personajes es uno de los puntos fuertes de este cómic. El guionista llevaba nada menos que siete años narrando sus vidas en la colección regular así que los conocía mejor que nadie y sabía cómo presentarlos rápida y eficazmente. Kitty Pryde es una adolescente impulsiva a la que enfurecen aquellos que hacen gala de su intolerancia. Cíclope es el custodio de los valores que han sostenido a los X-Men desde su fundación, más aún que el propio Charles Xavier, a quien aquí vemos flaquear en su determinación y más vulnerable, física y espiritualmente que nunca. Lobezno no era aún la superestrella en la que pronto se iba a convertir, pero ya era un personaje muy popular que apuntaba maneras. Aquí tiene un par de escenas que dejan bien claro ese carácter gruñón y propenso a la violencia por el que ya había cautivado a los lectores.

De forma especial destaca Magneto, un personaje que empezó siendo el primer enemigo de los X-Men allá por su número 1 (septiembre 1963), la némesis recurrente del grupo al estilo del Doctor Muerte de los Cuatro Fantásticos. Pero Claremont supo darle una motivación muy clara y una explicación a su antagonismo contra los humanos. En su infancia, sobrevivió a los horrores de los campos de concentración nazis pero jamás pudo sobreponerse a tal experiencia. Su pasado no le permite disfrutar del lujo de la ingenuidad ni de la esperanza en ese mundo mejor con el que sueñan los X-Men. Ninguno de esos mutantes de generaciones posteriores a la suya han vivido lo que él y, por tanto, todavía pueden creer en la convivencia pacífica. Puede que me equivoque, pero esta quizá sea la primera vez que los X-Men y Magneto unen fuerzas para luchar contra un enemigo común. Claremont le recorta el histrionismo de otros tiempos y le aporta solemnidad, sobre todo mientras explica racionalmente su punto de vista: está decidido a gobernar el planeta para que así los mutantes puedan vivir sin miedo a ser perseguidos e incluso tiene decidido quién deberá sucederle en el trono.

Otro acierto de este comic es Stryker. Claremont no se limita a encajar sin más a Stryker en la historia sino que con una breve pero precisa pincelada le da un pasado que explica el origen de su odio: la pérdida de sus seres queridos –él mismo asesinó a su hijo recién nacido al ver que era un mutante‒, la depresión profunda en la que le sumen los remordimientos y su posterior recuperación aferrándose ciegamente a una Biblia a la que da la interpretación que mejor se ajusta a su profundo resentimiento interior. En cierta forma, William Stryker es el tercer vértice del triángulo que completan Xavier y Magneto, todos ellos hombres maduros, con un pasado atormentado y una convicción profunda en sus respectivas visiones de cómo debe ser el mundo. William Stryker busca la “salvación” de los humanos, Magneto la de los mutantes y Xavier la coexistencia pacífica de ambas especies.

Como dije antes, Stryker es uno de los más peligrosos enemigos que han tenido los X-Men. No tiene superpoderes ni constituye una amenaza porque pueda destruir el mundo con algún tipo de capacidad sobrenatural. No, su peligrosidad deriva de la combinación de un fundamentalismo religioso que anula la tolerancia y cualquier tipo de escrúpulos, un aspecto de hombre honesto y respetable y una elocuencia con la que puede convencer a millones de personas para que vean el mundo, y concretamente el fenómeno mutante, a través de sus enfermos ojos. Es un adversario contra el que los X-Men no pueden combatir en un plano físico y, efectivamente, el choque final no es el típico en el que el héroe disfrazado se impone con su ingenio y poderes a un arrogante supervillano. La tensión va aumentando conforme la historia avanza y no falta acción, pero el clímax es eminentemente emocional, una batalla de convicción, de discursos, de psicología y de moral, que concluye de forma incierta y agridulce. La batalla contra la cruzada personal de Stryker se ha ganado, pero las perspectivas respecto a la guerra contra el odio que ha arraigado en la sociedad son mucho menos esperanzadoras.

Originalmente, Jim Shooter quería que este proyecto fuera dibujado por Neal Adams, ya para entonces una leyenda de los comics y autor, a finales de los sesenta, de una de las etapas más recordadas del grupo mutante. Adams se puso manos la obra y completó cinco páginas antes de leer el contrato que le había enviado Shooter y en el que se determinaba que su función sería exclusivamente, como era lo habitual en la época, dibujar lo que el guionista indicara. A esas alturas de su carrera, sin embargo, Adams no se conformaba con el papel de artesano obediente al servicio del guión escrito por un tercero sino que quería participar de lleno en el mismo, incluida la historia. Shooter ni se lo planteó, probablemente porque para entonces Claremont era un guionista de tanto peso en su especialidad como Adams en la suya, un guionista que había llevado a los X-Men a ser el título más vendido de la casa y que llevaba tres años trabajando en este guión, por lo que difícilmente hubiera admitido intrusiones de Adams. Un choque de egos –y no hubiera sido la primera vez que Adams hubiera provocado uno‒ no entraba en sus planes, así que el editor dijo no y el artista se retiró del proyecto.

A la vista de esas páginas de Adams podemos especular con que la novela gráfica hubiera sido sin duda espectacular, pero también muy distinta a lo que hoy conocemos. El trabajo pasó entonces a manos de Brent Anderson, un recién llegado a la editorial (su primer encargo regular había sido Ka-Zar, The Savage tan sólo un año antes). Había realizado también el dibujo de dos números de los X-Men, el 144 (abril 81) y el 160 (agosto 82) y su estilo había gustado tanto a los lectores como a Claremont, hasta el punto de que se le ofreció convertirse en dibujante regular de la colección. Sin embargo, Anderson no se sintió cualificado ni para soportar las presiones asociadas a un título de tanta importancia ni para poder cumplir las siempre ajustadas fechas de entrega. Sin embargo, una novela gráfica, como proyecto unitario y sin fecha rígida de lanzamiento, era una opción mucho más atractiva.

Una de las principales y reconocidas influencias gráficas de Brent Anderson fue Neal Adams, referente que se trasluce claramente en muchos de sus rostros, figuras, planos y composiciones. Sin embargo, el estilo de Anderson tiene un sesgo más sucio, menos estilizado y, por tanto, más “realista” que el de Adams. Aunque a Anderson aún le quedaba mucho por mejorar y distaba de la solidez con la que abordaría años más tarde Astro City, a la postre, su aproximación estética resulta más adecuada al tipo de historia que Claremont tenía en mente, con mayor peso del drama social y humano y menos escenas de batallas superheroicas. También el acertado color de Oliff contribuye a resaltar la atmósfera sombría y eminentemente nocturna de la historia.

Dios ama, el hombre mata no es, repito, mi historia preferida de los X-Men pero sí creo que quizá sea el mejor comic de mutantes que pueda ofrecérsele a alguien que nunca haya leído uno. Y ello porque no viene lastrado por los tópicos fantasiosos, diálogos acartonados y personajes torpemente caracterizados que tanto abundaban en el género. Es un comic de superhéroes, sí, pero uno que aspira y consigue transmitir madurez y temas dignos de debate. Además, no ha perdido vigencia. Los comics, por su propia naturaleza de producto de la cultura popular, tienden a reflejar el momento en el que fueron hechos. Dios ama, el hombre mata, por desgracia, es una excepción porque hoy seguimos viviendo en un mundo tanto o más fracturado que el de entonces y en el que y la Guerra Fría se reconvirtió en “Guerra contra el Terror”. En el mundo occidental, el miedo y el odio hacia el comunismo se han transformado en miedo y odio hacia los musulmanes o los inmigrantes. Y creyentes fundamentalistas de una u otra fe siguen enarbolando la religión como justificación de su actitud intolerante, discriminatoria o, aún peor, sus actos violentos (todo lo cual está contenido en el título del comic). Semejante brecha es aún más acusada y reprobable en Estados Unidos, un país levantado generación tras generación de inmigrantes que trajeron consigo una gran diversidad.

En resumen, uno de los principales hitos en la extensa trayectoria de los mutantes Marvel. Es un cómic oscuro y moderno que mantiene la esencia de los personajes y, siendo autoconclusivo, no requiere conocimiento profundo de la mitología de la franquicia ni de su compleja continuidad.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".