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«Sense8» (2015), de J. Michael Straczynski y las hermanas Wachowski

De acuerdo con las hermanas Wachowski, el origen de Sense8 se remonta a varios años antes del estreno de la serie, en una conversación a altas horas de la noche sobre las formas en que la tecnología nos une y nos separa simultáneamente. Cuando se decidieron por fin a convertir la idea en una serie para televisión, Lana eligió para desarrollarla a Joe Michael Straczynski en base a la amplia experiencia de éste como guionista para el medio. Lo invitaron a su casa en San Francisco y pasaron varios días discutiendo el tema y el enfoque que iba a adoptar la historia, optando por explorar la relación entre la empatía y la evolución. El título, Sense8 lo imaginó Lana en el segundo día de conversaciones, como un juego de palabras entre “sensate” (sensible) y el número de personajes principales.

En 2012, las Wachowski y Straczysnki habiendo escrito el guion de un piloto de tres horas y teniendo planificadas nada menos que cinco temporadas, empezaron a entrevistarse con posibles compradores para el proyecto. Su primera reunión fue con Netflix y a la cadena le convenció la idea de una serie novedosa que abordara temas como el género, la identidad, el secreto y la privacidad. En marzo de 2013, encargó una primera temporada de diez episodios que, ya durante la fase del rodaje, se ampliarían a doce. El presupuesto asignado fue de 4,5 millones por episodio.

La historia de Sense8 comienza con el suicidio de Angelica (Daryl Hannah) a punto de ser capturada por unos paramilitares liderados por un tal Whispers. Ella resulta ser la “madre” psíquica de un grupo de ocho individuos, desconocidos entre sí, repartidos por todo el mundo y cuya identidad ella quería mantener en secreto a toda costa. El eco mental traumático de la muerte de Angelica provoca pesadillas en todos ellos y activa el enlace mental, primero de dos en dos y más adelante grupal. A través de esa conexión, pueden “ponerse en el lugar del otro”, ver y sentir lo que sienten los demás, comunicarse y compartir sus conocimientos, emociones, recuerdos, idiomas y habilidades.

En la primera temporada, los ocho –Cafeus, Sun, Nomi, Kala, Riley, Wolfgang, Lito y Will– descubren desconcertados ese poder y tratan de compaginar sus vidas cotidianas con ese don al tiempo que mantener su cordura y tratar de comprender de dónde proviene, cómo funciona y por qué. Paulatinamente aprenden a ayudarse mutuamente en momentos de peligro. Mientras tanto, otro Sense8 llamado Jonas, que había estado sentimentalmente unido a Angelica, aparece en su ayuda; y una siniestra organización, la BPO (Biological Preservation Organization), trata de encontrarlos por medio de uno de sus principales ejecutivos, el mencionado Whispers.

El guion de la primera temporada lo realizaron a medias Straczynski y las Wachowski, repartiéndose los episodios y trabajando más o menos independientemente. Lilly Wachowski, tras completar su transición a mujer, decidió tomarse algún tiempo para sí misma y en la segunda temporada ya no intervino ni como guionista ni como directora. Fueron, por tanto, Lana y Straczynski quienes se encargaron de escribir los guiones, esta vez conjuntamente y con ayuda de David Mitchell y Aleksandar Hemon. El presupuesto por episodio pasó a ser el doble: 9 millones de dólares.

La segunda temporada se hizo esperar dos años (con excepción de un episodio de dos horas ofrecido en diciembre de 2016) pero cuando se estrenó seguía manteniendo el mismo ritmo y lenguaje visual. En ella, los ocho se han acostumbrado ya a su enlace y se ayudan frecuentemente con sus respectivos problemas. Averiguan más sobre el Homo sensorium (el nombre científico de la nueva especie que ellos encarnan, los Sense8), la historia y objetivos de la BPO, el papel que desempeñó Angelica en todo el plan, cómo funcionan sus poderes y cómo neutralizarlos. También contactan con otros Sense8, adscritos a otros clanes, no todos amistosos. Al mismo tiempo, Jonas intenta al ayudarlos y protegerse a sí mismo tras ser capturado por Whispers, el cual se halla inmerso en un juego de caza y captura con Will, tratando el uno de flanquear al otro y acabar con él. La situación se complica sobremanera dado que resulta difícil detectar quién es el villano, de qué parte están muchos de los personajes y la intervención de unos gobiernos preocupados por la existencia de seres con poderes que podrían afectar a la seguridad nacional. Una segunda temporada, por tanto, que amplía las fronteras del universo ficticio que solo se había apuntado en la primera y mantiene y amplía todo lo que había funcionado bien en aquélla.

La serie se apoya en una idea muy interesante: ¿Cómo podría experimentarse un enlace telepático grupal? Así, la historia explora, imagina y refleja muy bien las posibilidades que podrían derivarse de semejante poder, los peligros y ventajas que conlleva, la disrupción que causa en las muy diferentes vidas y entornos de todos los miembros del clan… Aunque los orígenes, géneros, orientaciones e identidades sexuales, ambiciones y temperamentos de los personajes son muy diferentes, ese nexo mental les permite eliminar las barreras levantadas por la geografía, la cultura y la educación y abrazar una unión profunda a todos los niveles: cada uno de ellos puede sentir las emociones de los demás; incluso la experiencia sexual se amplía para eliminar las distinciones de género o los prejuicios.

Lo que en el fondo postula Sense8 es que nuestros problemas derivan de la incomunicación. Cuanto mayor sea ésta, más profunda es la ignorancia de la circunstancia ajena y más fácil caer en tópicos, prejuicios y, consecuentemente, intolerancia y odio. Si pudiéramos ponernos en el lugar del otro, comprender qué experimenta física y mentalmente y por qué, nos sentiríamos más próximos a él y, por tanto, reduciríamos los conflictos.

Y precisamente eso es lo que hace el enlace telepático de los Sense8: brindar la comunión total, aquella que permite trascender los prejuicios, las desconfianzas y los egoísmos, ayudar y ser ayudado, compartirlo todo y desprenderse de la carga de los secretos y las dobles vidas. Es esa fusión lo que permite a los protagonistas sobrevivir frente a inmensos peligros, utilizar de la forma más eficiente posible los respectivos talentos, experiencias y particularidades tanto en aras de la misión común con la que se comprometen como en los desafíos individuales que cada uno de ellos debe afrontar. Y, sobre todo, trascender la condición humana tal y como se había concebido hasta ese momento. Es por ello que el Homo sensorium es una especie más evolucionada que el sapiens, mejor preparada para sobrevivir.

Narrativamente, esa cesión temporal de habilidades se materializa en su forma más visible en las habilidades de Sun (Doona Bae) en las artes marciales, que “presta” a otros personajes cuando se ven en apuros y que aporta algunas de las escenas de acción más rotundas; y también en el sexo: ¿qué pasa cuando un miembro del clan está practicando el sexo y a medio mundo de distancia otros están tratando de hacer algo cotidiano como tomar un café con un amigo y pueden sentir la misma pasión y placer? (la serie hace trampas, claro, porque todos los personajes son físicamente atractivos y ese sexo compartido nunca resulta desagradable ni incómodo).

Conforme avanza la intriga, todos aprenden a enlazarse simultáneamente y ceder de forma instantánea sus habilidades a otros, conformando un equipo formidable. Will (Brian J.Smith) aporta sus recursos y experiencia policiales; Riley (Tuppence Middleton) su empatía y conocimiento del submundo criminal; Cafeus (Aml Ameen) su habilidad como conductor; Kala (Tina Desai) sus conocimientos en química y biología; Wolfgang (Max Riemelt) contribuye con la fuerza bruta, valentía e inclinación a la violencia de la que sus compañeros carecen; Nomi (Jamie Clayton) es la experta en informática –con ayuda de su novia Amanita–; y Lito (Miguel Ángel Silvestre) es el actor, el hombre que puede mentir y convencer de cualquier cosa.

Menos original es la idea de la despiadada organización secreta, privada o gubernamental, que los persigue para esclavizarlos o destruirlos, un concepto que ha sido abundantemente explorado desde los tiempos de la ciencia ficción más clásica y en diferentes formatos: la literatura (Juan Raro, 1935; Slan, 1940), el cómic (X-Men, 1963), el cine (La furia, 1978; Scanners, 1981; Push, 2009) o la televisión (Héroes, 2006-2010; Alphas, 2011-2012).

Uno de los aspectos más destacables de Sense8 es la forma en que está estructurada y narrada: ocho tramas diferentes que van siguiendo a otros tantos personajes y sus circunstancias, pertenecientes a culturas y países muy diversos. Nomi es una hacker y activista transexual de San Francisco; Will trabaja como policía en Boston; Kala es una bióloga y ferviente hindú a punto de contraer matrimonio con el hijo del propietario de la empresa para la que trabaja; Wolfgang es un ladrón de cajas fuertes vinculado a las mafias rusas de Berlín; Cafeus es un conductor de autobús keniata que mantiene una actitud valiente y optimista hacia la vida a pesar de la escasez material en la que vive; Riley es una DJ islandesa residente en Londres que trata de escapar de un pasado trágico; Sun Bak es una alta ejecutiva coreana, hija del dueño de una poderosa corporación, con excepcionales habilidades en kick boxing; y Lito es un popular actor mexicano que no ha hecho pública su condición gay. Todos ellos (la mayoría interpretados por actores de las mismas nacionalidades que los personajes que interpretan) viven sus propias vidas y cargan con los fantasmas de sus respectivos pasados; pero, al mismo tiempo, intervienen en las de los demás, a veces tan solo hablando mentalmente con otro miembro del clan, otras veces ocupando su cuerpo para ayudarlo en momentos de crisis aportando habilidades que aquél no tiene.

Todos los personajes van reuniéndose –telepáticamente pero también, poco a poco, físicamente– para combatir la amenaza que los persigue a todos; pero también han de continuar sus respectivas vidas y los problemas que les acarrean. Así, Kala, a punto de casarse con un rico hombre de negocios indio al que no está segura de amar, se sume en la indecisión cuando contacta telepáticamente con Wolfgang y se siente atraída por él; por si fuera poco, se ve envuelta en las violentas luchas entre el laicismo de la familia rica de su marido y la religiosidad del estrato social al que ella pertenece. Riley tiene que lidiar con las drogas, los mafiosos relacionados con ellas y el sentimiento de culpa por la muerte de su madre; Will tiene un padre alcohólico.

Lito es homosexual con pareja estable, pero se ve presionado para tener una novia falsa con la que mantener su fachada ante su público, mayoritariamente tradicional; Wolfgang tiene sus propios esqueletos en el armario y su deseo de autoafirmación le lleva a enfrentarse con la familia de gangsters a la que pertenece; Cafeus se ve involucrado en un incidente con las mafias locales que lo convierte tanto en una celebridad como en diana de aquéllas; la denuncia de Sun de las corrupciones en las que se ven inmersos su padre y su hermano, se volverá contra ella y, traicionada, acabará injustamente en prisión; y Noomi, expulsada de su acaudalada familia por su cambio de sexo, tiene sus propios problemas con la ley a cuenta de sus actividades de hacker.

En vez de diluir la intriga principal y desviarse de la misma (la conspiración contra los Sense8), todas estas subtramas aportan un sólido contexto emocional para todos los personajes y son las que en realidad van haciendo que los unos se aproximen a los otros. Todos ellos evolucionan y cambian de forma coherente y progresiva conforme avanza la serie, hasta tal punto que puede decirse que ninguno sigue siendo el mismo que empezó la aventura. Cada uno de los principales, además, está apoyado por su propio grupo de secundarios, por lo que el reparto de la serie es amplísimo y variado.

Abundando en la diversidad que constituye el núcleo de la serie, otro acierto fue escoger a actores de diferentes nacionalidades que, aunque no son caras muy conocidas en Hollywood, sí encajan a la perfección en sus respectivos papeles y resultan absolutamente verosímiles. Tuppence Middleton (Riley) y Doona Bae (Sun) ya habían participado en otras producciones de las Wachowski (El ascenso de Júpiter, El atlas de las nubes). Destaca también Miguel Ángel Silvestre como Lito, el actor con baja autoestima e inseguro que decide “salir del armario” solo para ver hundirse su carrera.

El esfuerzo de producción es notable. Se rodaron escenas en San Francisco, Chicago, Londres, Reykjavik, Seúl, Mumbai, Nairobi, Berlín y Ciudad de México; y no sólo planos generales para marcar la localización de las escenas sino con los propios protagonistas evolucionando en ese entorno. Y, por si fuera poco, se funden esas escenas para representar la forma en que se comunican los personajes. Técnicamente, gracias al montaje y a los efectos digitales, se consiguen momentos sobresalientes que rompen las reglas narrativas convencionales. Por ejemplo, podemos ver charlar a Wolfgang, sentado en un bar del invernal Berlín, y a Kala en la soleada Mumbai. Cuando se unen telepáticamente, los personajes aparecen por los límites del plano, intercambian lugares o mezclan la percepción de sus entornos físicos. Es una forma de narrar tan compleja como original que se utiliza tanto para los momentos íntimos como para aquellos dominados por la acción.

Evidentemente, la dirección de la serie, dada la gran cantidad de actores y localizaciones, hubo de repartirse y coordinarse con mucha precisión. Además de en las Wachowski, la tarea recayó en profesionales de cierto recorrido y discípulos de las hermanas: Tom Tykwer, que había codirigido El atlas de las nubes, se encargó de las escenas de Berlín y Nairobi; y James McTeigue (V de Vendetta y Ninja Assasin) de las que transcurren en Mumbai y Ciudad de México. Otros nombres ya conocidos en la industria y colaboradores en pasados proyectos de las Wachowski fueron el director de fotografía John Toll (El ascenso de Júpiter, El atlas de las nubes), el diseñador de producción Hugh Bateup (saga de Matrix) o los compositores Ethan Stoller y Johnny Kilmek.

Sense8 es claramente un receptáculo para muchas de las filias de las Wachowski. Es ambiciosa en su escala y en su estándar de producción; tiene un pretencioso subtexto filosófico; hay una sobreabundancia innecesaria de sexo y se insertan largos y redundantes pasajes musicales en los que se muestran a los personajes bailando desaforadamente en fiestas, discotecas, bodas…, una mezcla entre Bollywood y video musical de VH1. La serie es una propuesta interesante desde el punto de vista conceptual, pero también muy marcada por los gustos y obsesiones de las creadoras, por lo que no resulta apta para todos los paladares (algo que quedó demostrado cuando Netflix, ya lo veremos, decidió no renovar la serie para una tercera temporada). Por otra parte, la conspiración principal va desenvolviéndose con cierta lentitud y múltiples desvíos que pueden acabar con la paciencia de no pocos espectadores.

Siendo ella misma una transexual, Lana Wachowski escribió el personaje de Nomi Marks (interpretada por una auténtica actriz transexual, Jamie Clayton) a partir de experiencias personales (como la escena en la que la joven Nomi es agredida por chicos en las duchas de un gimnasio) y la novia del personaje, Amanita (Freema Agyeman) está basada en su propia esposa, Karin Winslow. Es a Nomi y a Lito, por su condición gay, a quienes se dedica probablemente más tiempo de metraje y a cuyas espaldas se carga uno de los principales mensajes de la serie en favor de las minorías sexuales y, de forma más global, la aceptación de las diferencias ajenas. Es este un aspecto que, siendo honestos, está sobrerrepresentado en la serie y abordado de una forma poco sutil. Lo cual no quiere decir que no tenga sentido en una historia que trata acerca de la comprensión mutua en aras de mejorar como individuos, como sociedad y como especie.

En 2017, Netflix anunció la cancelación de la serie argumentando que la audiencia no había sido suficiente como para justificar el elevado coste de la misma. Una explicación que, en esta ocasión, sí parece tener sentido habida cuenta, como he indicado más arriba, de las abultadas cifras que manejaban los presupuestos, el amplio reparto y las complicaciones –no solo financieras– que suponía rodar en diferentes países (contratación de personal local, permisos oficiales, peculiaridades climáticas, organización de los servicios y apoyo a los equipos de rodaje…).

Pero tras la cancelación pueden ocultarse otros factores dignos de análisis. Los programas de ciencia ficción con conceptos originales han sido históricamente difíciles de vender porque no pueden resumirse en una sola frase que colocar junto a una foto. La presunción general es que, si tienes la intención de construir un universo amplio y complejo, tienes que empezar con el núcleo más simple e ir construyendo y elaborando a partir del mismo. No es el caso de Sense8, que empuja al espectador a un remolino de personajes y situaciones sin explicarle demasiado. Además, describir eficientemente de qué va la serie –por ejemplo: un grupo de ocho personas de todo el mundo descubre repentinamente que están psíquicamente unidos y empiezan a ser perseguidos por una siniestra corporación que quiere destruirlos– sólo refleja aquellos aspectos más llamativos pero no los que en último término acaban seduciendo al espectador. Porque de lo que realmente trata la serie es del poder de la empatía, un concepto imposible de explicar y transmitir claramente. Es por ello por lo que el trailer de noventa segundos solo da la impresión de presentar una serie de acción, un tanto confusa, con personajes guapetones y bonitos escenarios.

Como no consiguió llamar lo suficiente la atención, Sense8 tuvo pocas críticas y análisis en los medios y los que hubo se limitaron a comentarios positivos pero tibios. Así que a pesar del peso que tiene el nombre de las Wachowski –que fue por lo que Netflix accedió a financiarla–, la serie quedó fuera del radar de la mayor parte de su público potencial.

Ahora bien, estos eran problemas relativamente fáciles de solucionar. Antes del nacimiento de las plataformas de streaming, los programas de ciencia ficción que arrancaban con menos fuerza en las cifras de audiencia o aquellos en los que la cadena tenía menos confianza, acababan exiliados a alguna franja horaria de emisión por la que los anunciantes no tenían interés alguno y que, consecuentemente, las condenaba a una muerte más rápida que lenta. Es conocido el ejemplo de Firefly, que además de sufrir una campaña de marketing que sugería lo que no era en realidad la serie, fue emitida los viernes por la noche y, encima, en desorden. Ahora bien, en una plataforma de streaming, no hay horarios ni franjas más o menos buenas para la publicidad.

Esta liberación de las cadenas de programación tradicional también ha proporcionado a los fans mayor poder que los departamentos de marketing de las empresas. Es más probable que los potenciales espectadores se enteren de la existencia de una serie de su interés vía las redes sociales o los análisis de youtubers o podcasters que por las campañas articuladas por la productora o la cadena. Y así es como rescataron los fans a Sense8. Como si fueran los personajes de la serie, utilizaron internet y sus herramientas para establecer un vínculo y actuar colectivamente presionando a Netflix para renovarla.

Su victoria fue solo parcial. Netflix accedió en 2018 a emitir un emocionante especial de dos horas y media que, esta vez sí, se promocionó como el final de la serie y en el que, al menos, se cerraron las tramas y se ofreció un cierre satisfactorio. Con todo y al final, seguían sin ser suficientes fans como para convencer a Netflix de embarcarse en una tercera temporada de una serie que costaba más dinero aún que la mayoría de los ya por sí caros programas de ciencia ficción. El mismo presupuesto que le había dado a Sense8 un estilo visual distintivo, fue la causa de su cancelación.

Existe un problema adicional que tiene más que ver con el fandom que con la propia ciencia ficción o el medio televisivo. Las visiones del futuro y los universos alternativos son inherentemente políticos porque los cambios son producto, en buena medida, de la política. Muy a menudo, los aficionados pertenecen a uno de dos bandos: quienes quieren imaginar un futuro en el que habremos solucionado nuestros graves problemas endémicos del presente; y quienes lo que desean es ver al fortachón varonil de turno pegando tiros y rescatando a una neumática princesa. Esa dicotomía, sin embargo, no es real. Como suele suceder en todos los ámbitos de la vida y el arte, son los situados en los extremos quienes hacen más ruido. El problema es que para este tipo de programas son esas voces polarizadas las que pueden inclinar la balanza en uno u otro sentido. Las propuestas más valientes, extrañas y menos vendibles son las primeras en ser rechazadas o canceladas porque no satisfacen las demandas de lo que las cadenas perciben es la mayoría de los fans.

Las cadenas han tendido históricamente a forzar a los creadores de series hacia el campo de lo políticamente seguro y lo fácilmente vendible. Star Trek tuvo que eliminar a su primera oficial femenina para obtener la luz verde y William Shatner pelear para asegurarse de que el primer beso interracial de la televisión no sufriera el mismo destino. Fox amenazó con no comprar Firefly no porque su reparto incluyera una prostituta sino porque la primera oficial no se enamoraba del capitán. Piénsese ahora en el caso de Sense8, que aboga abiertamente por la inclusión de colectivos que todavía sufren un alto grado de marginación y rechazo por parte de la población, fans de ciencia ficción incluidos; y que trata y muestra el sexo de una forma abierta, natural y lúdica.

Aun sin las ataduras y condicionantes que suponen los anunciantes –siempre dispuestos a retirar su publicidad de productos que consideran polémicos– y el mérito de haber apostado por un producto arriesgado, Netflix no pudo escapar a los prejuicios de sus propios suscriptores y su renuencia a darle una oportunidad a un producto algo más sofisticado de lo habitual que no resulta totalmente nítido desde su primer episodio. Al menos, debemos felicitarnos porque este tipo de series rebeldes lleguen a ver la luz, aunque sea efímeramente.

Sense8, más que como una serie de 24 episodios, se disfruta como una larga película. Es un producto que sólo tiene sentido en un formato como este, alojado en una plataforma como Netflix. La historia que cuenta es tan amplia, extensa y con tantos personajes que hubiera resultado imposible articularla como película de dos horas o como serie de episodios de cuarenta minutos para una gran cadena nacional, inflexible tanto con la duración como con el contenido potencialmente polémico. Su historia se apoya tanto en la caracterización y desarrollo de los personajes (para lo que sin duda fue imprescindible la aportación de Straczynski) como en el misterio y la acción (especialidad de las Wachowski). Si se aceptan los tics propios de las hermanas responsables de la serie, ésta puede disfrutarse a varios niveles: por su mensaje globalizador y de aceptación jubilosa de las diferencias que constituyen nuestra riqueza; por su atrevida propuesta temática, visual y narrativa; o, más básico aún, por su trama repleta de misterio, suspense y acción articulada a través de una amplia variedad de personajes.

Un thriller de ciencia ficción, en resumen, que explora los lazos que unen a los seres humanos y la flexibilidad de nuestra identidad, género, sexo y amor, apelando tanto a las más profundas esperanzas de nuestra especie como a nuestros peores miedos.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".