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Luis Alberto de Cuenca: «Aquí la épica está casi proscrita»

Luis Alberto de Cuenca posee los recursos y el oficio de los que están muy habituados a ocuparse de los viejos mitos. Con tanto placer como provecho, aún recibe ese remoto contrabando en las salas de cine, en las tiendas de cómics y en las librerías de viejo.

A lo largo de los años, ha hecho de todo, en todas partes. Académico de número de la Real Academia de la Historia, este filólogo y poeta ha sido director de la Biblioteca Nacional de España y secretario de Estado de Cultura. Pero son, sobre todo, sus libros de poesía –La caja de plataPor fuertes y fronteras–, sus ensayos –El héroe y sus máscaras–, sus traducciones –los Epigramas de CalímacoLas Quimeras de Gérard de Nerval, el Cantar de Valtario, la Historia de los Reyes de Britania– y sus letras para canciones pop –»Caperucita feroz», «Tú eres la noche»– los que pasarán a la posteridad.

Además de un defensor a ultranza de las Humanidades Clásicas, Luis Alberto es un coleccionista impenitente de rarezas bibliográficas –suya es una primera edición de Drácula– y un cinéfilo incansable.

Le visito en su despacho. En ese estudio, con sus estanterías rebosantes de clásicos grecolatinos, uno siente la tentación de dar la razón a Álvaro Mutis, el maestro colombiano, cuando decía que el último hecho político que le preocupaba era la caída de Constantinopla en manos de los turcos en 1453.

Luis Alberto, una de las opiniones que te caracterizan es un respeto similar por la alta cultura y por la cultura popular…

Sin la menor duda. Esa es mi bandera.

Sin embargo, aunque ahora parecen aproximarse los defensores de estos dos mundos, aún existe un muro que se alza entre ambos. Los vigilantes de la ortodoxia literaria y artística desprecian la cultura de masas, y muchos seguidores del universo pop desconocen por completo a los clásicos.

La división sigue, y seguirá ahí durante toda la historia humana, pero en mi corazón y en mi mente no está. No existe. Incluso creo que es un error hacerla, porque te puede ayudar a entender mejor lo que llamamos alta cultura, y viceversa. Son dos elementos que se complementan y se interpenetran. Es absurdo renunciar a una en perjuicio de otra. No me interesa esa visión de la cultura popular que dan los frikis, a quienes lo único que les interesa es una determinada teleserie, o el tebeo que les falta para completar una colección de manga. Y tampoco me atrae esa pedantería universitaria según la cual Stevenson o Kipling, por ejemplo, son autores de segunda división, simplemente porque no son lo suficientemente herméticos.

En el mundo anglosajón, la épica, que es un género clave en la cultura popular, aún recibe mucha consideración.

Hombre, es que la épica es fundamental. Además, proyecta una luz de grandísima potencia. La épica participa de la gran cultura y al mismo tiempo de eso que los alemanes románticos llamaban Volksgeist, el espíritu popular. Ahí tienes la palabra Volk metida en una cosa tan seria como es el espíritu del pueblo, que se inventaron Fichte, Herder y los hermanos Friedrich y Wilhelm von Schlegel.

En el caso de España, parece que no muchos comparten ese aprecio.

Aquí la épica está casi proscrita. La consideran casi una emanación del fascismo, lo cual es ridículo completamente, porque la épica es transversal. No tiene nada que ver con las ideologías. Existe una épica estalinista, una épica nazi, una épica democrática… La épica es transversal a todo.

Supongo que es un prejuicio que viene de los años sesenta. Por aquel entonces, cualquier clásico del cine de aventuras era despreciado por la crítica, que arrinconaba todo lo que sonara a escapismo.

Pero al mismo tiempo, esos críticos europeos de los años sesenta y setenta –estoy pensando en Cahiers du Cinéma– también redescubrieron y pusieron en el candelero toda la cinematografía de FordHawks y compañía, antes tan mal considerada. Así que hay una doble vertiente. En Europa, por un lado, existe la suficiente pedantería como para que el escapismo se condene, y por otro lado, ¿quiénes han descubierto el cine y el cómic norteamericanos? Los europeos.

Los franceses, básicamente.

Franceses, e italianos en el caso de cómic. ¿Quién descubre a Borges en el mundo? Los franceses. En especial, Cahiers de L’Herne, aquella revista que fue inaugural. Europa tiene todo lo malo y todo lo bueno. Yo me siento muy europeo, y muy feliz de serlo.

Por desgracia, España es un país patético en este aspecto. Un país dominado por la idea ridícula de que la cultura es y tiene que ser de izquierdas por definición, cuando la cultura no tiene color ni tiene ideología. Está al margen de todas esas cosas.

En una entrevista, Borges decía que a un escritor no hay que juzgarle por sus ideas, sino por las emociones que uno recibe al leer su obra.

Estoy absolutamente de acuerdo, hasta el punto de que, entre mis escritores favoritos, pueden figurar, a la vez, Bertolt Brecht, que era un estalinista convencido, o Ezra Pound, que convivió con las ideas mussolinianas. ¿Y qué más da eso? Lo importante es juzgar la obra.

En términos artísticos, ¿qué nos importa si Céline era xenófobo y antisemita? ¿O qué nos importa que Quevedo conviviera con denuncias inquisitoriales? Lo importante es su obra.

Esta postura tuya no es la más frecuente. Muchos defensores del pensamiento único siguen valorando a los artistas por motivos ideológicos. Estaba pensando ahora en quienes minusvaloran a Tolkien por su catolicismo.

La Inquisición sigue. Todos los que detestaban lo que supuso la Inquisición han formado una nueva. Han creado una especie de cofradía según la cual el catolicismo está vedado por definición, y Tolkien se ve afectado por ello. Lo cierto es que Tolkien tiene una lectura al margen de cualquier creencia. Puede fascinar al católico más recalcitrante y al ateo más militante. Tolkien es un genio de la escritura. Lo que hay en él es un utillaje retórico tan bello y sublime que nos hace olvidar todo lo demás.

También es cierto que en toda obra podemos reconocer ciertos ideales de su creador.

Las alegorías son cosas que se pueden utilizar en literatura, o puede prescindir uno de ellas. Uno puede leer la maravillosa saga de Narnia, de C.S. Lewis, sin tener en cuenta que el León es una imagen divina. O por el contrario, puede fascinarle que el León sea precisamente eso.

Recuerdo que Michael Moorcock cargó contra Tolkien, acusándole de haber escrito una obra infantil, conservadora y maniquea. Incluso comparaba El Señor de los Anillos con Winnie the Pooh. Es curioso que el propio Moorcock no haya despertado los mismos prejuicios que Tolkien o C.S. Lewis.

Porque Moorcock era progre. No sé si lo seguirá siendo. Y sin embargo, el mundo fantástico de Moorcock es perfectamente asimilable a los otros mundos fantásticos de los que estamos hablando. A mí me fascina. Quizá conozcas algunas de las cosas que he escrito sobre él. Me encanta ese Moorcock que también atiende al mundo del rock, por ejemplo, y que tanta importancia tuvo en el desarrollo de Jerry Cornelius, aquel personaje contracultural. Pero al mismo tiempo, creo que es perfectamente compatible con Tolkien. También debo decirte que, desde el punto de vista literario, Tolkien pertenece a otra división.

En eso estamos de acuerdo.

Tolkien está en la primera división de la literatura mundial. Moorcock es un gran escritor, pero no llega a su altura. A mi modo de ver, Tolkien está en la misma liga en la que juegan Scott FitzgeraldHemingwayJoyce o Proust.

Estamos hablando de las imposiciones del pensamiento único, y creo que eso afecta a un amigo tuyo, José Luis Garci, ganador de un Oscar, nominado cuatro veces, y sin embargo, discutido por razones políticas.

El caso de Garci es verdaderamente pavoroso. Yo creo que lo que no aguantan de Garci es que fuera un militante del Partido Comunista durante muchas décadas, y que luego no continúe en la misma trinchera. Garci no pertenece a esas dos Españas que cantó Machado. Por lo que le ningunean es precisamente porque pertenece a la tercera.

Te refieres a la tercera España: la de Ortega, Unamuno, Pérez de Ayala… La España que sufrió por culpa de las otras dos.

Es la España Chaves Nogales y la de tantos otros que hoy analizan la realidad sin tener apriorismos. Por lo visto, en este país tienes que pertenecer a una cofradía o a una secta. Usando el símil de la Semana Santa, te tienes que poner un determinado capirote. Y si no lo haces, pues no te comes una rosca.

Es terrible que haya periódicos en España –y no quiero citarlos– que silencien la obra de un individuo como Garci. Incluso en el momento en el que ganó el Oscar por Volver a empezar, no se pusieron de su lado

Recuerdo que algunos críticos se limitaron a decir que la película era escapista y sentimental.

Era también un análisis del tema del exilio no suficientemente comprometido… En fin, sigue siendo lamentable… Garci sabe que me tiene a su lado siempre. Quizá yo sea un conservador más recalcitrante que él, porque nunca he militado en ningún partido de izquierdas. Siempre he sido conservador a fuer de escéptico, por poner términos borgianos. No obstante, sí que simpatizo extraordinariamente con esa tercera España

Borges es una presencia constante en esta conversación.

Borges estará siempre en cualquier conversación que mantengamos tú y yo.

Pues sigamos con él. Contaba Borges que, cuando vio las primeras películas de gangsters de Sternberg, y encontraba algo épico en ellas, sus ojos se llenaban de lágrimas.

Lo mismo que yo. Incluso antes de leer a Borges.

¿Te pasaba eso?

Me pasaba desde los once o doce años. Exactamente lo mismo. Si yo veía una película de presuntos malvados –por ejemplo Scarface, de Hawks, que es una de mis favoritas–, me parecía que el concepto de héroe no se limitaba solo al héroe de los valores morales convencionales. En realidad, el héroe es un tipo que transgrede el orden de la normalidad, y eso se puede hacer desde el hampa o desde la ley. No caigo tampoco en la tontería progre de pensar que el forajido es el único héroe. También lo son los buenos.

El antihéroe ha tenido buena prensa, pero creo que muchos de sus defensores no comprenden muy bien lo que significa.

Lo citan sin entenderlo. No se han dado cuenta de que decir «antihéroe» es una manera de hablar. Solo hay héroes.

Exacto. En realidad, la novela negra está llena de héroes.

Absolutamente. Philip Marlowe o Sam Spade son héroes. Y cambiando de género: el Capitán Garfio, en la saga de Peter Pan, también es un héroe.

Últimamente, los defensores de lo políticamente correcto imponen una relectura crítica y deprimente de los clásicos del cine y la novela popular. ¿Crees que conseguirán su objetivo?

Creo que el influjo que tuvieron estos intelectuales de los que antes hablábamos, con su reivindicación del cine americano, ya es permanente. Tengo amigos que comulgan con la corrección política hasta límites insospechados, y sin embargo, no se meten con Ford, con Hawks o con Walsh. Son cineastas que les fascinan. Por supuesto, siempre aparece la idea condescendiente de que eran fascistas irredentos, pero que de algún modo hacían buen cine.

En cualquier caso, desde la aparición de estos rescatadores de la cultura americana, eso ya es irreversible. Date cuenta de que, en los años sesenta, tener una plancha original del Príncipe Valiente o de Flash Gordon no costaba nada. Los propios americanos no las valoraban. Los estadounidenses han empezado a apreciar su pasado –y ahora hacen maravillosas ediciones de los cómics de época, y también resucitan su cine clásico– gracias a que los europeos se empezaron a fijar en ello. A veces, tiene que venir alguien de fuera para que uno valore lo propio.

Por otro lado, ese trabajo de recuperación aún continúa, ¿no es cierto?

Todavía no han recuperado del todo a un autor como Lovecraft. En mis viajes a América, siempre he visto que Ray Bradbury sí que es un autor considerado. Incluso ha pasado ya como autoridad al Webster Dictionary. Sin embargo, si tú vas a Providence, verás que Lovecraft no es un hijo predilecto de esta ciudad. No tiene una presencia como la que puede tener Joyce en Dublín.

Para el canon estadounidense, basta con citar a Edgar Allan Poe para abarcar todo el género de misterio y terror.

Poe es un genio irrepetible. Hay un antes y después de Poe en la literatura universal. En eso estoy de acuerdo. Pero, ojo, Lovecraft es muy importante también.

No te lo niego, pero como escritor me parece menos afortunado que como creador de argumentos y de mitologías.

Sí, como escritor es un poco aburrido, porque se pasa con los adjetivos. A diferencia de Poe, que es un genio absoluto. Ocurre un poco como con Moorcock y TolkienPoe está en el Olimpo y el otro está en un escalón inferior.

Hay un detalle interesante de Lovecraft, y es que a su alrededor se reunieron estupendos narradores, como Robert Bloch, Clark Ashton Smith, Frank Belknap Long…

Y no nos olvidemos de Robert E. Howard, el creador de Conan, que también pertenece a ese grupo. Está muy bien visto por tu parte que Lovecraft, más que un gran escritor, es un inventor de plots fabuloso, y sobre todo, un referente. Es un tipo que vivió 47 años, y que, sin embargo, se convirtió en maestro de toda una pléyade de escritores que lo rodeaban. Eso es algo que se advierte en las numerosas cartas que escribió. De hecho, su correspondencia ocupa varios volúmenes. La verdad es que fue fundamental como faro para un determinado tipo de literatura.

Es el creador de un subgénero: el horror cósmico o lovecraftiano.

De qué pocos autores podemos decir que han creado un adjetivo, ¿verdad? Por ejemplo, se puede decir de Berlangaberlanguiano. También pasa con Kafkakafkiano, y con Dantedantesco. No se dice bradburiano, y sin embargo Bradbury probablemente sea mejor escritor que Lovecraft.

Eso sin duda.

Lovecraftiano es una palabra que incluso he empleado varias veces en mis poemas. Ha habido alguna antología mía solo de tema gótico. La verdad es que me interesa mucho todo lo que signifique Fantasy o terror. Y me gusta mucho algo que la gente confunde con la Fantasy, que es la literatura fantástica stricto sensu.

Esa literatura, desde el realismo más tremendo, siembra la duda al ubicarse entre lo posible y lo imposible. Es la que se crea a partir de la industrialización, en el siglo XVIII. No existe literatura fantástica hasta que no existe revolución industrial.

Toda la literatura fantástica debe ser también realista.

Absolutamente.

Puestos a catalogar, ahí tenemos varios subgéneros, por así llamarlos: el fantastique, la Fantasy, el realismo mágico…

El fantastique es un término francés. Se emplea, sobre todo, a partir de Tzvetan Todorov, Marcel Schneider y Roger Caillois. Esos son los que crean un poco el fantastique.

En la Fantasy inglesa, a la pertenecen Tolkien o Lord Dunsay, tú tienes que aceptar a priori, en el caso de Tolkien, que existan hobbits y otros seres imaginarios. La Fantasy se identificaría con los cuentos fantásticos y maravillosos, como los de Grimm o Perrault. En cambio, en la literatura fantástica que cultivan MaupassantGautierMérimée o Villiers de l’Isle-Adam, tú siempre estás en el filo de lo que puede ser real o imaginario.

Si hablamos de cine, un ejemplo de fantástico propiamente dicho sería Mulholland Drive, de David Lynch. En esa película, no sabes en qué mundo estás: puede que la realidad sean dos minutos del metraje, y que todo lo demás sea onírico.

Has mencionado los cuentos de hadas. Últimamente proliferan las versiones ligeras, muy suavizadas.

Exactamente. Pero eso significa hasta qué punto tiene vitalidad ese mundo. Pueden convertirlos en materia políticamente correcta, o incluso hacer de ellos una crítica de eso mismo, como aquellos Cuentos infantiles políticamente correctos, de James Finn Garner, que publicó Circe hace unos años. Se trata de un libro divertidísimo. Por ejemplo, al hablar de Caperucita decía que no le asustaba el bosque, porque confiaba lo suficiente «en su incipiente sexualidad» como para asustarse con «una imaginería tan obviamente freudiana». Era una cosa increíble. Garner escribió otros dos volúmenes, Más cuentos infantiles políticamente incorrectos y Cuentos navideños políticamente incorrectos.

Roald Dahl sigue esa misma corriente.

Desde luego que sí

Y el ilustrador de Dahl, Quentin Blake, cuyos libros como escritor me parecen encantadores.

También me fascina Blake.

¿Compartes con Harold Bloom la inquietud por el modo en que la corrección política de la que hablamos está imponiéndose en los medios y en los departamentos universitarios? Empieza a notarse, por ejemplo, en cierto uso del lenguaje.

Por ejemplo, cuando decimos «Padre / Madre nuestro / nuestra que estás en los cielos». Es un disparate monumental. Y eso ha venido de los Estados Unidos. Es curioso. De los Estados Unidos ha venido la gran cultura del siglo XX, y sin embargo, también ha venido de allí el horror del pensamiento único.

En el XIX, con autores como JamesMelville o Hawthorne, Estados Unidos ya se pone al nivel de las grandes potencias culturales, como Alemania, Inglaterra, Italia, España o Francia. En ese momento, los Estados Unidos alumbran una generación de escritores portentosos, y eso se prolonga en el siglo siguiente. Pero también es cierto que de las universidades americanas salen la política de cuotas, y el feminismo mal entendido.

Por supuesto, partimos de la base de que somos igualitarios en cuanto a sexos, pero en este ámbito de las cuotas, se han pasado varios pueblos. A mí me lo ha contado una persona que se ha tenido que venir de Estados Unidos. Cuando le ampliaban el número de profesores de su departamento, le decían: «Sí, te vamos a dar tres nuevos profesores, pero uno tiene que ser negro y minusválido, la segunda asiática y lesbiana…». No tenemos nada contra ninguna persona de esos grupos, pero por el amor de Dios, que no los elijan por cuotas. Hay que elegir al mejor. Si hay cuatro lesbianas que son las mejores, contratémoslas.

Revel, cuando analiza esta tendencia al pensamiento único, habla de la voluntad de no saber. La ceguera selectiva es consoladora. A eso hay que sumar, por supuesto, la ignorancia.

Conocí a Revel en Murcia. Un tipo espléndido… Es cierto esto que dices. Y eso conduce a que aún haya quien sostenga que la épica es inhumana. En realidad, es el recurso del viejo realismo socialista. También es curioso que, incluso en la Unión Soviética, salieran escritores estupendos que vulneraron esa norma.

También cineastas. Eisenstein por ejemplo.

Fíjate, estamos hablando de un genio portentoso. Por no hablar de Tarkovsky y de tantos otros.

Antes, cuando hacías la broma sobre el Padre Nuestro femenino he recordado un libro de Robert Graves, La diosa blanca. Dice Graves que las palabras de un poema ya están en la conciencia. Solo hay que escarbar y desenterrarlo.

Eso es junguiano, en cierto modo. Son arquetipos. Yo creo que la experiencia no es decisiva a la hora de la construcción del poema. Nos da un ejemplo de ello un autor que a mí me interesa mucho, Joseph Campbell, el mitólogo que influyó tanto en George Lucas. En su Psicoanálisis del mito. El héroe de las mil caras, habla de un mitema: el del Puente de la Espada, que yo traté en mis traducciones artúricas. Es el puente que tiene que atravesar Lanzarote para llegar donde está Ginebra, el Castillo del Rey de la Muerte. Como el puente es filoso, Lanzarote llega a su amada llagado, destrozado, magullado… Campbell cita un caso del psicoanalista Wilhelm Steckel: una joven de dieciséis años, en su consulta, le contó el mito del Puente de la Espada porque lo había soñado la noche anterior.

Luego existen los arquetipos. Está todo en nosotros. En este sentido, la experiencia es interesante, por supuesto, pero no es decisiva a la hora de plasmar un hecho artístico. El poiema, que no es más que un hecho en griego, obedece a una consigna de la especie que ya tiene grabados los arquetipos en su interior.

El placer literario proviene del reconocimiento, ¿no te parece?

Ahora sí que nos volvemos a Platón. Sí, es reminiscencia, por supuesto. Todos hemos vivido esa especie de pase cinematográfico desde la caverna, en el que se nos plasmaban todas las ideas y todas las posibilidades creativas que había en nosotros, desde el lenguaje hasta su quintaesencia, que puede ser la literatura, o la quintaesencia de la obra manual, que son las artes plásticas.

En este sentido, la memoria es fundamental en el hombre. La memoria es la que nos distingue de los animales. Porque los animales parece que recuerdan, no cabe duda, pero es el instinto lo que les guía. Por lo menos, hasta donde sabemos en este momento.

La memoria nos devuelve al tema central de esta conversación. En buena medida, la tarea del historiador consiste en gestionar la memoria colectiva, analizando los hechos del pasado en el contexto de su época. Sin embargo, en la actualidad, se tiende a interpretar el pasado de acuerdo con el discurso de valores actual.

Lo cual es terrorífico. Marx fue el primero que intentó estudiar la historia desde el punto de vista de su mecanicismo materialista del XIX. Aplicó la lucha de clases a todas sus interpretaciones. Desde ese punto de vista, Espartaco era el único señor que valía la pena en Roma.

Marx consideraba a Espartaco un genuino representante del antiguo proletariado.

Ya, pero no se daba cuenta de que el contexto era completamente diferente. Ahí la revolución político-economico-social está mal enfocada, al igual que la revolución más íntima, la psicológico-sexual. No podemos juzgar los hechos del pasado según los baremos actuales.

Soy un paladín de la libertad. Creo que la palabra más sagrada que se pueda mencionar en este mundo es libertad, y desde luego, daría mi vida por defenderla. Pero, en cualquier caso, lo que me molesta es que se desvirtúe la historia porque no se ponga uno en la tesitura en la que se produjeron los hechos. Tú no puedes analizar la sociedad británica del XIX con criterios de la sociedad británica del XXI. Y no digamos nada de la Britania de Arturo, o de la Inglaterra del Rey Juan, en el siglo XIII. Son cosas diferentes. La mentalidad historicista es precisamente ubicar las cosas en su contexto.

Un caso muy significativo en este aspecto es el de la Inquisición española. Los decimonónicos como Poe, o como Villiers de l’Isle-Adam en La torture par l’espérance, la leyeron en una clave excesivamente esquemática y localista, cuando en realidad, la Inquisición es un fenómeno europeo.

Ahí Poe y Villiers de l’Isle-Adam se dejan llevar por la leyenda negra, y por otro lado, también perpetúan el supuesto exotismo español, ¿no crees?

Claro, era la visión del viajero francés o inglés por la España del XVIII y el XIX. Por cierto, para conocer todo esto, hay un libro precioso, Buscando a Carmen, de Serafín Fanjul, compañero mío en la Academia de la Historia.

La Inquisición es un fenómeno mundial, y se ha aplicado a España de una manera muy pintoresca. Es el Papado el que crea la Inquisición en el bajo medievo. En todos los países ha habido grados de Inquisición.

Es muy significativo que el estereotipo de la Inquisición sea exclusivamente español, cuando en realidad, las víctimas del Santo Oficio en España son muy inferiores en número a las de otros países europeos.

Es cierto, hay otros países que están muy por delante de España en cuanto a ejecuciones, relapsos, hogueras, etcétera. En España fueron comparativamente pocos los condenados a muerte por la Inquisición a lo largo de los siglos.

Hay otro asunto que te interesa especialmente. Me refiero a la educación. Sueles referirte a la decadencia de la formación académica, pero hay otra educación, la sentimental, que también habría que cuidar. Cuando se habla, por ejemplo, de que a los jóvenes no les interesa el cine clásico, nadie se para a pensar que eso ocurre porque los padres ya no comparten esas películas con sus hijos.

Tienes razón. Yo tengo un hijo de 36 años y una hija de 23, y pertenecen a dos generaciones. A ambos les fascina el cine en blanco y negro. Es algo que depende de la educación familiar, que es más importante que la escuela. Dejando a un lado la genética, si a ti te gustan la literatura, el arte o la música, es difícil que a tu hijo le repateen.

Lo mismo pasa con los clásicos literarios. Un adolescente puede disfrutar mucho más de un narrador pulp, como Robert E. Howard, si antes ha leído a sus antecedentes.

Lo lees de otra manera. El que solo lee a Howard o solo lee Harry Potter, para mí es muy digno, igual que quien no lee nada o lee muchísimo. No hago en eso una diferenciación moral. Pero al mismo tiempo, creo que es muy distinto leer solo a Howard, que leer a Howard después de haber leído a Shakespeare. O a su maestro Lovecraft.

Howard es un escritor interesantísimo por los niveles de invención que tiene, pero es también un escritor pedestre. No obstante, se aprecia muchísimo más si lo ubica uno en un contexto. Y para ubicar a un determinado autor en un contexto ha habido que leer. Tú te habrás encontrado también con muchos escritores que te dicen: «Yo no leo nada, lo único que hago es escribir». Fíjate qué cosas les saldrán.

Eso también sucede en el cine. Hay directores jóvenes que ignoran a los clásicos del cine, o que cuando van a hacer la versión de una determinada historia, renuncian a ver las anteriores adaptaciones.

Es tremendo, porque además lo dicen en serio. En broma lo decía Oscar Wilde, autor de una frase maravillosa: «Voy a hablar de este libro. Pretendo no leerlo, porque si lo leo, puede llegar a influirme».

Graves decía que un secreto para poder pensar consiste en hallarse rodeado de la menor cantidad posible de cosas no hechas a mano. Hay poetas que necesitan el contacto con un determinado ambiente. Por ejemplo, quieren estar cerca de la naturaleza. ¿Te ocurre algo de esto?

Como sabes, Graves vivió en Deià. He estado en su casa y he conocido mucho a su encantadora hija, Lucía.

Robert Graves tenía un espíritu bucólico del que yo carezco. No quiero saber nada de lo que no esté asfaltado. Mi mujer y yo tenemos un primo que es dueño de una finca fabulosa en Sudáfrica. Pasa el río Orange por medio de ella. Pues bien, todavía no la conozco, y eso que mi mujer va dos veces al año. Tengo cierto rechazo a la naturaleza. Es algo psicológico. La naturaleza me parece tan terrible, tan indomable… Me gusta la huella del hombre en la tierra. En lugar de un acantilado, prefiero una iglesia en el desfiladero de La Hermida, en Cantabria.

Parece que no te hace falta una escenografía para escribir.

No. Yo soy muy acomodaticio.

Hay autores muy maniáticos en este sentido. Stephen King cuenta que, después del éxito de Carrie, pudo salir de la pobreza y comprar una casa. Sin embargo, aunque ya disponía de un estudio más espacioso, con un enorme escritorio, se sentía incómodo. Había pasado demasiados años escribiendo en rincones miserables. Al final, compró una mesa más pequeña, y la colocó al fondo del despacho, en el lugar más discreto de la habitación.

Todos somos animales de costumbres. Tenemos nuestros ámbitos. Yo, por ejemplo, escribo poemas sobre todo en verano. Sin embargo, puedo estar de veraneo en un sitio distinto al del año anterior, y sigo creando poesías.

Me siento muy a gusto en mi casa porque está llena de libros, pero si éstos estuvieran en otro sitio, me encontraría igual. No soy especialmente histérico para eso. Lo soy para otras cosas, pero no para eso.

¿Prefieres la tarde o la mañana para escribir?

Juan Manuel de Prada tiene un horario de mañana. Las mañanas son muy productivas. Otros prefieren la noche. Yo no tengo horario para escribir. Tengo el que me marca mi biorritmo. Por la noche, lo que me gusta es dormir, y que me pille la oscuridad en la cama.

Creo en la inspiración, pero precisamente porque es imprevista, te puede pillar en cualquier lugar y en cualquier momento. No necesariamente a una hora determinada y rodeado de tus fetiches favoritos.

Hablamos del encuentro con las musas, y resulta que son hijas de Mnemósine, la personificación de la memoria. Ya ves que todo acaba teniendo relación.

Exactamente, las nueve musas son hijas de la memoria. Fíjate: toda la creación artística, literaria, musical… toda viene de la memoria. Lo sabían los griegos. Es algo sobre lo que ha escrito mi maestro Francisco Rodríguez Adrados en un libro portentoso, El reloj de la historia.

Entrevisté a Adrados a propósito de ese libro. Es una obra magnífica.

Ese libro es un hito en la historiografía española. Rodríguez Adrados dice que hay un antes y un después de los griegos en todo. Él es helenista, pero al margen de eso, tiene razón. No lo dice a fuer de helenista, sino como persona informada, capaz de llegar a conclusiones auténticas.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.