Cualia.es

«Los cronocrímenes» (2007), de Nacho Vigalondo

El viaje en el tiempo siempre ha sido un tema con gran potencial dramático cuando se aborda bien. Hay muchísimas historias en la literatura de ciencia ficción que tratan estas complejas narrativas con pericia, jugando con las diferentes posibilidades que se le abren al viajero: encontrarse consigo mismo más joven o más anciano, tratar de impedir acontecimientos del presente o el futuro o averiguar qué sucede cuando efectúa algún cambio en la corriente temporal. En el cine, el tratamiento del viaje en el tiempo ha sido más decepcionante, utilizándose a menudo como simple excusa para plantear una aventura en el pasado o en el futuro, una sátira sobre la alienación del viajero en una época que no es la suya o una historia de acción o thriller sobre alguien que trata de alterar la línea temporal establecida.

Son pocos los films que se han atrevido a poner todo el peso dramático en los problemas que generan las paradojas causales o las posibles líneas temporales alternativas derivadas de un cambio en una de ellas. Ahí están, por ejemplo, Regreso al futuro II (1989), Doce monos (1995), Retroactive (1997), La casa en el lago (2006) o algunos episodios del nuevo Doctor Who. Los bucles temporales en particular han sido el centro de historias como las de The Infinite Man (2014), Predestination (2014), Synchronicity (2015), Black Hollow Cage (2017) o esta que ahora comento, de producción española y debut de Nacho Vigalondo en el formato de largometraje a partir de un guión propio.

Hector (Karra Elejalde) está relajándose con su esposa Clara (Candela Fernández) en el jardín de su nueva y aún no del todo acondicionada casa en el campo cuando divisa a alguien escondiéndose en los árboles más allá de su propiedad. Con unos prismáticos, distingue a una chica que se está quitando la ropa entre la maleza y después de que su mujer se marche a comprar al pueblo cercano, se acerca para investigar, encontrándose a la muchacha (Barbara Goenega) en el suelo, desnuda e inconsciente. Al aproximársele, un hombre con la cabeza cubierta por vendajes lo apuñala en el brazo con unas tijeras.

Hector huye hacia la parcela vecina, que resulta ser un complejo de investigaciones científicas. Con el hombre vendado tras él, Hector encuentra en uno de los edificios desiertos un walkie talkie con el que contacta con uno de los científicos, que le urge a dirigirse a la seguridad del laboratorio que se asienta en la cima de una colina cercana. Allí, el científico (Nacho Vigalondo) le dice que Héctor ha viajado una hora y media hacia atrás en el tiempo utilizando la máquina que allí se encuentra y que le había dado instrucciones sobre lo que iba a suceder… o estaba sucediendo en ese mismo momento. Tras entrar y la máquina, salir de ella y utilizando unos binoculares desde la ladera de la colina, Hector confirma esa sorprendente revelación al verse a sí mismo en el jardín de su casa, con su mujer, exactamente tal y como recordaba haber vivido esa escena.

Incapaz de comprender lo sucedido, Hector conduce de vuelta a casa sólo para tener un accidente en el camino. Cuando una chica se le acerca para auxiliarlo y él se venda la cabeza herida, se da cuenta de que él mismo es el misterioso asaltante. Llevándose prisionera a la muchacha, la obliga a desnudarse y reproducir exactamente lo que su versión inicial, Hector 1, había visto desde el jardín. Pero conforme van desarrollándose los mismos acontecimientos que habíamos visto anteriormente, aunque contemplados desde una perspectiva diferente, todo se empieza a torcer hasta culminar en un asesinato. Hector se da cuenta de que debe retroceder en el tiempo una vez más para impedir que se repita el bucle en el que está atrapado.

La valentía conceptual de Los cronocrímenes es una rara avis dentro de las películas de viaje temporal porque maneja con destreza poco habitual tanto las ideas como los giros argumentales que conforman la trama. En primer lugar, se narra la historia de un hombre ordinario que se ve empujado a una cadena de acontecimientos desconcertantes y que culmina con su viaje hacia atrás en el tiempo, donde –o cuando– toma conciencia de que sus inocentes meteduras de pata han sido la causa de todos los eventos que le han conducido a ese punto. No contento con ello, el guion introduce una tercera versión del protagonista, Hector 3, que también retrocede en el tiempo para intentar rectificar el desastre que las dos encarnaciones previas de él mismo han provocado –o van a provocar– en su recorrido del bucle.

La estructura de la historia hace que la tensión vaya siempre en aumento y no se resuelva hasta el mismísimo final. Y es que conforme Hector va “solucionando” problemas, siempre queda en el aire la gran cuestión: ¿cómo va a conseguir regresar intacto al punto de partida con su esposa? ¿O quizá no lo logrará? Una tensión que Vigalondo construye con el uso de herramientas como la puesta en escena, el montaje y el uso o la ausencia de música. Ésta sólo se escucha cuando llega un pico de suspense y, para ser preciso, no es una melodía sino un sonido agudo que causa todavía más incomodidad. Y cuando la tensión se relaja, no hay acompañamiento sonoro que apoye el momento sino sólo sonido ambiental. Así, el director recorta intencionadamente el intervalo de alivio para el espectador y lo mantiene alerta. Hay también detalles que desde el principio dan a entender que hay algo que no está bien, como el pequeño accidente en el que las cosas que ha comprado Héctor en el pueblo se le caen del coche a la carretera; o la misteriosa llamada telefónica durante su siesta. Son toques de atención que indican que el personaje va a tener pronto que afrontar un problema.

Normalmente, las películas de ciencia ficción mediocres tienen una trama llena de agujeros y con un desenlace predecible al poco de empezar la historia, confiando en la indulgencia y la capacidad de suspensión de la incredulidad del espectador. No es el caso de Los cronocrímenes. El descubrimiento de cada una de las capas de la historia se produce como si se estuvieran abriendo una serie de cajas chinas sutilmente diferentes. Uno puede imaginarse los quebraderos de cabeza que debió dar este guion a Errejalde en términos de continuidad, ya que no es nada fácil seguir la pista de todo lo que ocurre en cada punto del bucle conforme se van añadiendo al mismo más versiones de Héctor.

También Errejalde hace un trabajo encomiable habida cuenta de lo difícil que debió ser identificar qué Hector era el que debía interpretar en cada momento, ya que el personaje va atravesando un carrusel emocional que lo lleva de inocente y pacífico ciudadano a asesino desesperado. Hector 1 se asusta de la extraña situación en la que se ve metido y huye de su perseguidor; el sentimiento principal de Hector 2 es la confusión, pero sus actos son los que permiten al espectador comprender el núcleo de la historia, a saber, que todo por lo que pasó Hector 1 fue consecuencia de lo que hace luego (o antes, según se vea) Hector 2. Hector 3 ha evolucionado hasta convertirse en un personaje fuerte, decidido y siniestro que recurre a la violencia para solucionar el problema y que, simbólicamente, viste de negro.

A diferencia de la saga de Regreso al futuro o lo habitual en los guiones de Doctor Who, Los cronocrímenes abraza la tesis de que la línea temporal es fija e inmutable: cuando el protagonista retrocede en el tiempo está destinado no a revivir, pero sí a disponer más o menos involuntariamente todos los elementos para que lo ya vivido por él se repita. Probablemente hubiera sido más interesante verlo desafiar al destino y tratar de romper el bucle; por ejemplo, ¿que hubiera pasado si Hugo 2 o 3 hubieran conseguido impedir que Hugo 1 se acercara a los bosques o subiera al laboratorio de la colina?

Con todo, la película funciona como una pieza de relojería sustentada e impulsada por su propia lógica. Hay una curiosa belleza en la predecibilidad con la que cada pieza del rompecabezas encaja en su lugar. La coherencia interna de la historia es perfecta y, a diferencia de lo habitual en las producciones norteamericanas, no hay aquí juicios morales sobre los actos del protagonista, muchas veces censurables pero provocados por una angustia difícil de imaginar: secuestra a una mujer, la obliga a desnudarse a punta de cuchillo y permite un accidente que viene a ser un asesinato.

Mezcla de thriller criminal y ciencia ficción de viajes temporales, Los cronocrímenes es lo que podríamos calificar como película de autor, ya que Vigalondo la escribe, dirige e interpreta. Con poco dinero, sin efectos especiales de ningún tipo y un reparto minúsculo, Vigalondo consigue tejer una historia sólida a partir de una premisa muy sencilla pero abordada de forma directa y descarnada, desarrollada con imaginación y que mantiene al espectador no sólo entretenido sino en vilo, tratando de encontrar la siguiente pista que hará avanzar la trama hasta el siguiente escalón. En definitiva, una recomendable y nada ortodoxa aportación al tan transitado subgénero de los viajes temporales.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".