Cualia.es

«Babel-17» (1966), de Samuel R. Delany

En la década de los sesenta del siglo pasado, los autores de ciencia ficción empezaron a explorar con mayor osadía caminos antes cerrados u hollados sólo por unos pocos. Ese movimiento de vanguardia y ruptura con el pasado se consolidó y reforzó alrededor de la revista británica New Worlds y se la bautizó como Nueva Ola. No fue ésta una tendencia exclusiva de la ciencia ficción. En la literatura generalista, los postmodernistas dilataban en sus cuentos y novelas los mecanismos y posibilidades de la sintaxis y la semántica, jugando con las palabras y moviéndose más allá de las convenciones tradicionales de la estructura narrativa.

Pero en la literatura de no ficción, estos malabarismos conceptuales y gramaticales muchas veces no venían sustentados por historias de interés o, en otros casos, resultaban evidentes los problemas de reconciliar los deseos de experimentación formal con los requisitos de la ficción de género. Los autores de ciencia ficción, en cambio, sí fueron capaces de dinamizar sus experimentos con argumentos ambiciosos que exploraban temas sociológicos o religiosos, bebiendo de las tesis entonces vigentes sobre mitología y psicología.

También es cierto que no todos los escritores de ciencia ficción, aunque lo intentaron, pudieron dar ese paso. Eran capaces de imaginar complejas astronaves o máquinas del tiempo, pero sus textos traicionaban sus raíces pulp y más que un lenguaje depurado y selecto lo que salía de sus plumas eran frases recargadas y florituras con poca chispa. No fue el caso de Samuel R. Delany.

Nacido en Harlem y de raza negra, Delany fue un niño prodigio que empezó a escribir en su adolescencia. Antes de los veinte años vendió su primera novela, Las Joyas de Aptor (1962), y publicó otras seis antes de cumplir los veinticinco. Disfrutó de una buena educación, tuvo una vida rica y ajetreada, viajando por Europa y viviendo en Nueva York, San Francisco y Londres, relacionándose con los círculos bohemios, admitiendo desde su adolescencia su bisexualidad (estuvo casado y tuvo un hijo con la poetisa Marilyn Hacker) y picoteando en campos tan diversos como la enseñanza, los guiones de comic books, la novela erótica y pornográfica o la dirección de cine.

Delany tenía grandes aspiraciones para la ciencia ficción. No sólo aspiraba a ampliar los temas que tocaba el género sino a mejorar exponencialmente su estilo literario. Algunas veces, su prosa adoptaba una cualidad poética, otras se dejaba llevar por el “flujo de conciencia” (reproducir en palabras los mecanismos y caminos del pensamiento) o experimentaba con la presentación de las palabras en la página. No todas sus tentativas resultaron satisfactorias (su novela más famosa, Dhalgren, de 1975, es considerada por algunos como el gemelo perverso del Ulises de James Joyce), pero en sus mejores momentos, Delany fue uno de los grandes visionarios de la ciencia ficción, llevando al género a lugares donde nadie había estado antes.

Delany escribió Babel-17 cuando apenas tenía 23 años, demostrando que había llegado a su plena madurez como autor. Hoy sigue siendo uno de los ejemplos más exitosos a la hora de mezclar los juegos del lenguaje tan queridos por los postmodernistas con una trama inconfundiblemente propia de la ciencia ficción. Y lo hizo situando a la lingüística en el centro de la misma, una iniciativa poco usual para cualquier novelista, pero muy en la línea de la ciencia ficción de la época, ansiosa por absorber las disciplinas humanísticas e incorporarlas a un género tradicionalmente más interesado en las ciencias. Como resultado, las frases poco convencionales y la disposición de los textos en página que a menudo parecían gratuitos en otros libros de Delany, no sólo encajan perfectamente aquí sino que incluso son esenciales para la propia historia.

En un futuro lejano en el que el hombre se ha diseminado por varias galaxias, se está librando una guerra que enfrenta a dos coaliciones de diferentes especies, la Alianza y los Invasores. En ese contexto bélico nunca bien descrito, la protagonista de la historia es Rydra Wong, no solamente una experta lingüista y desencriptadora sino una poetisa famosa cuyos libros son apreciados en todos los mundos habitados. Y también, para completar sus habilidades, es una notable capitana de nave espacial en su tiempo libre. Los personajes principales de las historias de Delany solían ser extensiones de sí mismo y, como su creador, Wong está obsesionada con la forma y relación entre lenguaje y significado. En virtud de su experiencia y talento, el servicio de inteligencia militar contacta con Wong y le solicitan su ayuda para descifrar un código llamado Babel-17, que ha sido captado en transmisiones de radio que coincidían con actos de sabotaje contra la Alianza en distintas partes de la galaxia.

Wong no tarda en percatarse de que Babel-17 no es un código sino un lenguaje y, además, uno muy peculiar, más compacto que ningún otro que ella haya conocido jamás. ¿Se trata quizá de algún tipo de vocabulario musical alienígena utilizado como medio de comunicación? ¿O puede que un marco lógico muy preciso que permite sintetizar conceptos de forma nunca antes conocida? ¿Un lenguaje de ordenador diseñado para humanos en vez de para máquinas? ¿Una herramienta de lavado de cerebro? ¿O un callejón evolutivo sin salida que destruye a quienes lo utilizan en exceso? Así, Delany tiene una razón legítima para integrar sus meditaciones sobre las palabras y su significado asi como su extravagante estilo en un thriller policiaco que se mezcla con los tópicos de la space opera clásica.

Rydra recluta a una tripulación variopinta, fleta una nave y parten hacia los límites de la Alianza para tratar de impedir el siguiente sabotaje, un viaje que resultará difícil debido a la presencia de un traidor a bordo que les pone repetidamente a todos en riesgo de muerte.

Con su Babel-17, Delany recoge la hipótesis Sapir-Whorf (ya abordada por Jack Vance en Los lenguajes de Pao, 1958), una versión dura del relativismo lingüístico entonces en boga, cuyas raíces se hunden en el siglo XIX y que básicamente postula que la lengua puede dar forma al pensamiento y que las estructuras gramaticales y el léxico de un idioma determinan la visión del mundo que tienen sus hablantes y condiciona sus capacidades cognitivas. El lenguaje, por tanto, determina nuestro marco psicológico hasta el punto de que ciertos pensamientos no serían posibles en el ámbito de ciertos lenguajes al no tener éstos palabras o conceptos que los describan.

Delany se pregunta en Babel-17 qué sucedería si nuestra conceptualización del lenguaje, conforme entrara en contacto con más y más formas de comunicación, continuara progresando y refinándose. Si el comprender todos los idiomas de la Tierra puede ofrecernos una iluminadora perspectiva global de la naturaleza y diversidad humanas y abrir la puerta a formas alternativas de pensamiento, ¿qué ocurriría si, además, pudiésemos integrar en nuestro repertorio no ya sólo idiomas alienígenas sino también de computación? ¿No nos permitiría un lenguaje que fuera síntesis de todos los demás alcanzar un grado de conciencia aumentado? Por el momento y en el punto en el que arranca la historia, Babel-17 es una lengua que se ha utilizado para negar a sus practicantes el pensamiento independiente, obligándoles a pensar en términos puramente lógicos. Es, en cierto modo, un arma con el que convertir a los individuos en ordenadores andantes.

Aunque la idea de que el lenguaje pueda influir en la forma en que interpretamos el mundo resulta sugerente, es más difícil de asumir que pueda controlar nuestros pensamientos hasta el punto que se describe en la novela. Al fin y al cabo, aunque no exista en un idioma una palabra para describir algo, sí compartimos la misma biología y, por tanto, la capacidad para sentir, experimentar o percibir aquello de que se trate; y solo porque una palabra tenga frecuentemente adscrito un subtexto emocional, no significa que utilizarla empuje a la gente a comportarse de esta o aquella manera. En este aspecto, por lo tanto, es necesario que el lector haga uso de la suspensión de incredulidad, particularmente en el clímax.

A fin de cuentas y a pesar de que los expertos hace tiempo que han descartado la hipótesis Sapir-Whorf en favor de otras como la Teoría de la Gramática Generativa de Noam Chomsky (un conjunto de reglas o principios que predicen las combinaciones que aparecen en oraciones gramaticalmente correctas para una determinada lengua), hay que admitir que Delany consigue entretener con su artificio sin resultar incoherente. Y en este sentido, Babel-17 es una novela que satisface los objetivos de la buena ciencia ficción: suscitar debate y reflexiones sobre teorías científicas integradas en una buena historia. No es sorprendente que el libro causara impacto en el momento de su publicación original y puede decirse que ha envejecido mejor que no pocas de sus contemporáneas. De hecho, Babel-17 sigue siendo uno de los hitos de la ciencia ficción lingüística junto a obras como La naranja mecánica (1962) de Anthony Burgess, La voz de su amo (1968), de Stanislaw Lem, La Estrella de Rattner (1976), de Don DeLillo, Embassytown: La ciudad embajada (2011), de China Mieville, o el cuento “Comprende” (1991), de Ted Chiang.

A lo largo de toda la novela, encontramos interesantes reflexiones sobre el lenguaje, su expresión y el pensamiento que los sustenta. Por ejemplo: “La mayoría de los textos dicen que el lenguaje es un mecanismo para expresar las ideas. Pero el lenguaje es idea. La idea es una información a la que se le da forma. La forma es el lenguaje”. Habida cuenta de los problemas que solemos tener los humanos para poner nuestros pensamientos en palabras, probablemente la relación entre unos y otras no es 1:1. El nexo entre lenguaje y pensamiento es mucho más impreciso que lo que afirma Wong en ese pasaje y, de hecho, ella misma lo reconoce en su propia poesía: “Tengo que elaborar cuidadosamente las cosas en mi mente y ponerlas en mis poemas, para que la gente comprenda. Pero eso no es lo que he estado haciendo durante los últimos diez años. ¿Sabes qué es lo que hago? Escucho a la gente, a los tropezones con sus ideas y frases a medio hacer, y con todos sus torpes sentimientos que no saben expresar, y eso me duele. Así que me voy a casa y pulo y fundo y lo acoplo a un encuadre rítmico, hago relucir los colores opacos, y enmudezco la ostentosa artificialidad convirtiéndola en suaves colores pastel para que no sea tan hiriente: ése es mi poema. Sé qué es lo que quieren decir, y lo digo por ellos”.

Wong le da muchas vueltas a los conceptos a los que cada lengua asigna palabras y cómo ello afecta al pensamiento. El mejor ejemplo en la novela es su interacción con el personaje conocido como El Carnicero. Éste habla en una especie de forma básica de inglés, pero lo auténticamente extraño es que en su vocabulario no consta la palabra “Yo”. Ni siquiera entiende su significado. Y es una carencia que se extiende también a otros pronombres personales y posesivos. Aunque se descubre que esto es producto no de una formación natural del lenguaje sino de la manipulación externa, es una “deformidad” que afecta profundamente al Carnicero y, a la postre, explica su comportamiento. Científicamente, tengo serias reservas sobre la forma en que Delany conecta los actos del Carnicero con su peculiar forma de pensar modelada por el lenguaje que utiliza; así como con las omisiones tan específicas de éste en conceptos muy básicos para nuestra psicología. Pero literariamente, Delany consigue hacer funcionar el mecanismo y hacer que el lector simpatice con un personaje digno de compasión y cuyo deseo más profundo es encontrar a alguien que hable su misma lengua.

Puede que a priori el lector se sienta algo reacio a la hora de abordar una novela que gira alrededor de la lingüística, aunque sea de ciencia ficción, pero lo cierto es que Delany consigue integrar sus reflexiones en una aventura espacial de ritmo rápido y en la que pasan muchas cosas. Y es que para profundizar en el misterio de Babel-17, Wong y sus extravagantes tripulantes no tardan en verse involucrados en la guerra que libran la Alianza y los Invasores. Conforme avanza la novela, Delany encadena toda una serie de pasajes rebosantes de acción y que van desde las peleas cuerpo a cuerpo a las batallas en el espacio entre grandes naves nodriza.

Incluso en mitad de esas escenas de acción, Delany encuentra la forma de utilizar su experimental estilo narrativo. La descripción del ataque terrorista que se produce durante una cena oficial es uno de los pasajes de combate más extraños de la ciencia ficción, ya que pone más atención en la comida que en el suspense de la pelea: “Con la consola destrozada, las fuentes de fruta que estaban encima de la mesa eran desplazadas por pavos asados y decorados, con cabezas azucaradas y oscilantes plumas en la cola. No funcionaba ningún mecanismo de limpieza y ordenamiento. Soperas de caldo verde aparecieron junto a las fuentes del vino hasta que ambos recipientes se volcaron, inundando la mesa. La fruta rodaba hacia el piso”.

La misma mezcla peculiar de acción y lenguaje inusual destaca en la gran escena de combate en el espacio, porque por motivos nunca explicados, el comandante militar utiliza una jerga psicoanalítica en los mensajes que manda a sus naves para organizar el orden de batalla: “Escuchen: la estrategia es Manicomio. Manicomio. Repito por tercera vez: Manicomio. Residentes reunirse frente a César. Psicóticos listos en la puerta K. Neuróticos reunirse ante la puerta R. Locos criminales listos para la descarga en puerta T. Bien, quítense la camisa de fuerza (…) Neuróticos, adelante con los delirios de grandeza. Napoleón Bonaparte adelante. Jesucristo en retaguardia (…) Simular severa depresión, no comunicativa, con hostilidad reprimida (…) Comiencen el primer episodio psicótico”.

Por si todavía fuera necesario subrayarlo, estos pasajes dejan claro que los lectores deberán tener cierta flexibilidad y apertura de mente con las excentricidades de Delany. Y de esto hay mucho. Si alguien espera que el autor explique por qué hace hablar a un militar como Sigmund Freud o por qué se preocupa más de la comida que de las víctimas de una matanza, lo estará haciendo en vano. Delany desafía al lector a que utilice sus delirantes pinceladas poéticas para construir su propia interpretación de ese futuro galáctico.

El estilo de Delany, fluido, poético, novedoso en su momento dentro del género, también puede para algunos lectores pecar de emocionalmente distante. Ejemplos cogidos al azar pueden ser: “La puerta estaba abierta, y la noche le restregó los ojos con sus dedos azules”; o “La ambición, como un líquido rubí, tiñe tu mente, parida en el ya alumbrado deseo de matar”. En cierto momento, compara la vista posterior de una nave saltando al hiperespacio como “caer una gema en aceite denso. El brillo se amarillea lentamente, después se vuelve ámbar, luego enrojece”. Tampoco es que la prosa de Delany lastre el ritmo de narración porque esos pasajes de elegante fraseología y tono lírico están intercalados con otros más directos y de acción pura.

Sus toques de psicodelia se anticipan al flujo de conciencia que adoptarían algunos escritores de ciberpunk, aunque sin llegar a su grado de opacidad y permaneciendo a un nivel accesible para cualquier lector medianamente veterano. Otros detalles que luego adoptaría el ciberpunk son el tono “negro” de algunos pasajes (como esa incursión a los bajos fondos de la zona portunaria), el reparto de personajes extraídos de la marginalidad, los implantes cibernéticos, las interfaces de cristal y las luces láser. La sensación de extrañeza que impregna casi toda la narración no expulsa al lector sumiéndole en la perplejidad, sino que más bien estimula su sentido de lo maravilloso.

A menudo se ha dicho que la ciencia ficción es una literatura de ideas y que, por tanto, no cuenta con demasiados personajes memorables. No estoy muy de acuerdo con esa apreciación, pero aun admitiéndola, Rydra Wong casi sería la excepción que confirma la regla. Y digo casi por que Babel-17 es un libro relativamente corto pero que contiene muchísimos personajes, quizá demasiados. Dado que Delany prefiere centrarse en la trama y las ideas, la caracterización y las relaciones entre los personajes no están tan bien perfilados como hubiera sido deseable.

Rydra es, en muchos aspectos, el típico personaje de la Edad de Oro del género: inteligente hasta la genialidad, emprendedora, hábil en múltiples disciplinas, segura de sí misma, dinámica… y, siendo mujer, arrebatadoramente bella. Su singularidad radica no sólo en su género (las mujeres, en este punto, no solían ser la primera elección de los escritores como protagonistas, no digamos ya heroínas especiales) sino en su complejidad, porque no sólo es un dechado de virtudes, sino que también es vulnerable; es inteligente, sí, pero también se siente confusa y su mismo nivel intelectual le causó traumas en su infancia que requirieron ayuda psicológica y le dejaron cicatrices en su vida adulta; disfruta secretamente de un cierto grado de telepatía, pero no del suficiente como que le sea de ayuda en la comunicación con quienes le rodean. Lucha contra su propia ignorancia respecto a Babel-17 para salvar a quienes son aún más ignorantes que ella, pero también por sus propios motivos. Se embarca en un viaje con el fin de solucionar una situación peligrosa e injusta en más de un frente: detener la guerra que azota a la Alianza, unir las mentes de todos los que hablan lenguas diferentes, conocer la identidad y auténtica naturaleza del Carnicero y, en fin, encontrar una voz personal más allá de servir de portavoz de las de quienes están a su alrededor. Y es que aunque ella domine las lenguas de casi todos aquellos con los que se cruza y pueda expresar los pensamientos de los demás más clara y armoniosamente que ellos mismos, aún no ha encontrado un idioma que pueda transmitir sus propios sentimientos en toda su complejidad.

Otro acierto de Delany es el no sucumbir a la visión machista de la heroína. Es atractiva, sí. Sensual incluso. A los hombres les fascina y ella suele estar rodeada por ellos, pero su caracterización no es la de una mujer objeto. Sabemos que es bella no por la descripción de sus rasgos y curvas, sino por la forma en que la gente reacciona ante ella. Y, sobre todo, su confianza, su inteligencia y su valentía eclipsan su sexualidad. Es una lástima que la subtrama romántica en la que se ve inmersa en el último tercio sea en exceso abrupta y poco verosímil.

A Rydra Wong la acompañan como parte de su tripulación toda una serie de personajes a cual más estrafalario, incluyendo espíritus de suicidas devueltos a una vida etérea, un trío mental–sexual, un grupo de niños y un gladiador con dientes de sable e implantes cibernéticos como piloto. Delany despliega una generosa dosis de imaginación no sólo en la elección de estos pintorescos seres sino en la forma en que se comunican. Por ejemplo, los tripulantes descorporeizados interpretan la información necesaria para viajar por el espacio a través de impresiones sinestésicas; y el capitán tiene que tener en cuenta a la hora de comandar la nave una solución para el problema de que cualquier mente olvidará casi inmediatamente los mensajes que le transmitan estos antiguos humanos ahora convertidos en una suerte de espíritus. Lo extraño que son todos estos seres y cómo se comunican entre sí dan lugar a algunas interesantes escenas.

En el momento de su publicación, la novela fue acogida con éxito de crítica y público. J.G. Ballard dijo de ella: “Juegos lingüísticos y pistolas de rayos se fusionan en lo que podría ser la última variante posible de los temas de la vieja ciencia ficción espacial”. Ganó el Premio Nébula en 1966 y fue nominada para el Hugo a la Mejor Novela (perdió ante La luna es una cruel amante, de Robert A. Heinlein).

Incluso hoy en día muchos dudan de que las convenciones del género puedan coexistir con la experimentación literaria. Babel-17 es un ejemplo de lo contrario, una space opera hija de la Edad de Oro pero al tiempo vanguardista en su forma y planteamiento, que juega con sus propias reglas, breve en extensión pero compleja en sus ideas y que jugó un papel importante en la renovación de la ciencia ficcón durante un periodo de transición y transgresión. Más de medio siglo después, han cambiado las tornas y muchos “Autores” de “Prestigio” en la literatura generalista tratan de asimilar ciertos aspectos de la ciencia ficción. Y en ello tuvo mucho que ver Delany, un autor muy personal y que, por tanto, no será del gusto de todos, pero al que merece la pena darle al menos una oportunidad.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".