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El juego en el mundo

Caixafórum ofrece actualmente en Madrid su exposición Homo Ludens, título que evoca el ya clásico libro de Johannes Huizinga acerca del juego, sin olvidar las aportaciones de Roger Caillois Los juegos y los hombres y Juegos y deportes. En la muestra se propone a los visitantes una suerte de encuesta acerca de este fenómeno que acompaña –añado: que define– a la humanidad desde que el mundo es mundo, pues se trata, precisamente, de eso: el mundo.

Una de las piezas expuestas es, desde luego, una playstation. Se trata de un juego a medio camino entre lo lúdico y lo estético, una suerte de interacción por la cual el jugador, sin violentar las reglas, urde una historia. Resulta ser una especie de director de escena privado que evoca espectáculos en vivo. La diferencia reside en que, sentados en una platea o en un salón, los espectadores del cine o el teatro o el televisor, nada pueden hacer con lo que ocurre en el espacio de la ficción. En cambio, manipulando la pantalla virtual, quien mira es quien actúa, es el público del evento y el evento mismo.

Llegamos a este punto donde el juego, que solemos rápidamente asociar con la diversión, con las convenciones festivas y la levedad de eso “que no pasa de ser un juego”, muestra su cara más serie. Si se prefiere: la seriedad con que juegan los niños y que resurge, más acá o más allá de la conciencia, en el adulto que cree jugar ¿justamente? como un adulto. Se reparten los naipes y las pintorescas figuras del rey, la reina y el infante diseñan una jerarquía social. Ordenamos las piezas del ajedrez y nos echamos a montar una guerra de utilería, estrategia, ingenio y táctica. Gira el platillo de la ruleta y, acaso, el rico se arruina y el pobre se enriquece. Nada digo de lo obvio, los tortazos que suelen prodigarse boxeadores y futbolistas. Bah, total no son más que juegos.

Al mezclar los naipes, echar a andar una bolilla en un plato con números o ir detrás de una pelota tratando de meterla bajo un larguero es ‒¡nada menos!– poner en orden una propuesta del azar, traducir la casualidad en necesidad, en fin: construir un solo mundo a partir de un desordenado cúmulo de piezas que, tal vez, oculten un orden por descifrar. En efecto, al formular su filosofía de la causalidad, donde no hay efecto sin causa, Laplace forjó un determinismo que, aparentando una superficie de arbitrio, enmascara la ley de los grandes números. Cabe insistir: lo casual es la máscara del orden.

Al jugar, el hombre o la mujer, efectúa un acto de confianza en la ley, esa legalidad oculta pero insistente que Pitágoras asoció a los números y la música. El jugador o la jugadora racionaliza y razona, pone o advierte razón allí donde parecía no haberla. Imágenes que se visualizan y sonidos que se escuchan. Órdenes de cifras, escalas y acordes. Un niño cabalga en una silla y se convierte en jinete. Un rectángulo de cartulina es un rey, puede que imperial. Una pieza de marfil es un soldado de infantería. Jugamos a construir un mundo pasando del desorden aparente al orden de lo oculto. Después, ese mundo nos incluye, se nos impone, entendemos que no hay otro. Por eso decidimos seguir jugando, divirtiéndonos con esa seriedad que aprendimos en nuestra infancia.

Imagen  superior: Pixabay.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")