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«Creepy» (1964-1983): entre el terror y la nostalgia

El sello Warren Publishing comenzó la publicación de Creepy a finales de 1964. La cabecera se mantuvo en activo hasta febrero de 1983, y por ella pasaron editores tan notables como Russ Jones, Archie Goodwin, Bill Parente, Billy Graham, Chris Adames, J. R. Cochran, Louise Jones, Timothy Moriarty o William Dubay.

En todo caso, el periodo legendario de la revista –me refiero al que recoge la edición que reeditó en nuestro país el sello Planeta DeAgostini– es el que prosperó bajo las directrices de Jones y Goodwin.

Con un poco de esfuerzo añadido al que le supuso el mantenimiento de Mad, Jim Warren ideó esta nueva franquicia editorial, centrada en lo sobrenatural y lo terrorífico.

Sin hacer caso al sello de la Comics Code Authority, culpable de la desaparición de los tebeos de horror de la EC, Warren planteó aquí una versión acelerada y puesta al día de los viejos cuentos de miedo y de las pesadillas de serie B. El cóctel, intenso y bien agitado, mezclaba espectros vengadores, vampiros, viajes a la quinta dimensión, asesinos en serie, maldiciones vudú, sueños paranoicos y monstruos de la era pulp.

Cada relato era presentado por un anfitrión de lengua afilada, el tío Creepy, cordialmente empeñado en conseguir que el miedo se apoderara de nuestros sueños.

El tío Creepy fue una ocurrencia de Russ Jones, y sus antecesores eran la Vieja Bruja y el Guardián de la Cripta de Tales from the Crypt y Vault of Horror.

Entre carcajadas guturales, este viejo desaliñado filtraba sus bromas en el torrente de alucinaciones que venía a ser la revista: un divertimento estremecedor y adictivo, hilvanado con la feliz premisa de que a casi todos nos encanta sentir escalofríos.

Uno de los ilustradores de Warren, el veterano de la EC Joe Orlando, se convirtió en el creador de algunos de los argumentos más recordados de la revista en su etapa de estreno. Con todo, si hay un artífice literario en Creepy ese fue Archie Goodwin, quien tomó el relevo de Jones y mantuvo el nivel de los guiones hasta que abandonó su puesto como editor en octubre de 1967.

Como dice el propio Goodwin, «Warren era el primer editor nuevo que entraba seriamente en el campo de los cómics desde los años cincuenta y el único, entre los que le siguieron, que alcanzó el éxito. Los cómics de Warren jamás representaron un serio desafío para las compañías de mayor importancia como la Marvel y la DC en lo que respecta a las ventas, pero supieron crearse su propio lugar especial en el mercado y en la historia de los cómics, proporcionando una vitrina singular tanto para los nuevos y prometedores talentos como para algunos de los nombres más famosos, así en los Estados Unidos como en Europa».

Herederos de la gran tradición de ilustradores norteamericanos, los dibujantes que dotaron a Creepy de una fuerza envidiable fueron Al Williamson, Alex Toth, Angelo Torres, Dan Adkins, Frank Frazetta, Gray Morrow, John Severin, Johnny Craig, Neal Adams, Reed Crandall, Steve Ditko y Wally Wood.

¿Cabe pedir más? El meteórico despegue de la revista tuvo su reflejo en otros países.

Así, los lectores de una cierta edad recordarán que en España se consumió el material Warren –¡y de qué manera!– en publicaciones que no podemos hojear sin nostalgia.

Por ejemplo, Vampus, Rufus, Vampirella o la edición española de Creepy lanzada por Josep Toutain en marzo de 1979. ¿Casualidad o simple contagio? En el fondo, era lógico que el producto hallase acomodo entre nosotros.

Hacia 1971, Warren descubrió el talento que se concentraba en el estudio Selecciones Ilustradas, y un batallón de autores españoles se incorporó a las revistas del editor americano, empezando por Creepy. Entre aquellos artistas, cabe mencionar a Enrich Torres, Esteban Maroto, Fernando Fernández, Isidro Monés, Jaime Brocal, José González, José Ortiz, Josep Mª Bea, Luis Bermejo, Luis García, Manuel Sanjulián, Martín Salvador y Rafael Aura León. Su presencia en Creepy coincidió con el periodo de apogeo de otro de los memorables creadores que contribuyeron a consolidar el imperio Warren. Me refiero, por supuesto, a Richard Corben.

En la reedición española, nos encontramos con una evocadora introducción de Jon B. Cooke, experto en la historia de los cómics y las revistas de la editorial Warren.

En ese artículo introductorio, Cooke, editor de la revista Comic Book Artist, resume la historia de Creepy y la trayectoria de James Warren: «Ambicioso, intrigante y soñador, Warren siempre tuvo en mente el altísimo listón dejado por EC. Fan de los cómics desde su infancia en Filadelfia (The Spirit, de Will Eisner, era su favorito), este editor inconformista ya había provocado un notable impacto en la cultura americana con la presentación de la revista sobre películas de terror hechas en Hollywood Famous Monsters of Filmland en 1957, junto al editor Forrest J. Ackerman, publicación que en sus primeros años fue todo un éxito de ventas. Warren sentía repugnancia por la insipidez preadolescente y la simpleza que inundaba la industria del cómic de la época, y soñaba con crear un título de gran impacto, pero más allá de las agobiantes normas del Comics Code, lejos de los pasmosos adornos del género de los superhéroes. ¿Por qué no hacerlo, entonces, al indómito modo de Warren?».

«A principios de los años 60 –añade–, Warren ya había publicado Help!, una revista de humor editada por el mayor genio creativo de EC, Harvey Kurtzman, que incluía algunas páginas de cómic (incluyendo la incipiente obra de Robert Crumb y Gilbert Shelton, entre otros futuros dibujantes underground), y el primer número de Monster World, una efímera revista compañera de Famous Monsters of Filmland, que incluía cómics de Wallace Wood: adaptaciones de antiguas películas de monstruos de la Universal. Echando la vista atrás, un resurgir del estilo EC en blanco y negro parecía casi inevitable…»

«Aunque los precisos orígenes de Creepy en 1964 son un poco complejos, con el artista y escritor Larry Ivie a cargo de la conceptualización, el editor, artista y escritor Russ Jones favoreciendo una reunión de los antiguos artistas de EC (con la ayuda de Al Williamson) y el artista Joe Orlando haciendo al principio labores de edición, existen pocas dudas de que la mayor causa del impacto creativo de los primeros años (una verdadera edad de oro para las revistas de cómics de Warren) fue la administración del incombustible fan de EC Archie Goodwin, escritor magnífico (y también dibujante notable) cuyo trabajo durante los años iniciales de Creepy y su revista hermana Eerie le reafirmaría como uno de los mayores editores de la historia del cómic».

Del éxito a la decadencia

Creepy fascinó a dos generaciones de lectores desde que Warren Publishing publicó su primer número en 1964. Fue Russ Jones, portadista e ilustrador para Jim Warren, quien convenció al editor de que sería idónea una revista de estas características. Jones quería que la publicación fuese una cuidada edición de 64 páginas. Con sentido comercial, Warren decidió reducirlas a 48, pero dio vía libre al dibujante para que desarrollara el proyecto.

Lo que en principio se llamó Project D necesitaba un título con tirón popular. Una noche en la que Warren telefoneó a Jones, éste leía un viejo tebeo de la EC Comics. La viñeta en la que se fijó contenía la palabra que sirvió de rótulo a la nueva revista: Creepy (Lo llaman casualidad pero es más bien una causalidad.)

Otro ilustrador, Joe Orlando, trabajó como editor de guiones desde el primer número. Cuando Russ Jones abandonó su puesto, Archie Goodwin se convirtió en el nuevo editor de Creepy.

Corría el año 1956, y en el equipo creativo competían artistas del talento de Neal Adams, Reed Crandall, Johnny Craig, Steve Ditko y Frank Frazetta.

Goodwin dimitió cuando ya estaba listo el número 17 (octubre de 1967). Y ese es justamente el periodo que marca la decadencia de la revista, previa a su primera liquidación en abril de 1970. Bill Parente, Billy Graham y Nicola Cuti son los editores que protagonizan este tramo, bastante más irregular que los anteriores.

En el apartado gráfico, figuran en esta etapa de Creepy artistas correctos aunque de limitada personalidad, como Bill Stillwell, Syd Shores, Rich Buckle o Ken Barr.

Mucho más originales, Ernie Colon y Gary Kaufman vienen a representar un grafismo psicodélico muy propio de su tiempo. Siguen en la escudería de la revista algunos creadores de talento superlativo, como Pat Boyette, Wallace Wood, Bruce Jones y Richard Corben.

Por desgracia, sus historietas se alternan con otras de dibujantes decididamente mediocres o simplemente malos, como Mike Royer, Don Brown, Tony Williamsune y Richard Bassford.

La herencia española

Los años 60 y 70 fueron una época de gran inspiración e innovación en la forma de narrar de los cómics, y pocos títulos mostraron aquella asombrosa evolución como la revista Creepy. Reinventaron las historias cortas de terror ilustradas e hicieron que algunas sensibilidades del mundo de la edición underground llegaran a la industria editorial establecida, dejando los inolvidables legados de Toth Frazetta o Neal Adams.

«A principios de los setenta –escribe Jordi Mas–, diversas publicaciones de terror empezaron a inundar los quioscos, la Hammer inglesa aún partía la pana con sus Dráculas, Frankensteins, etc. encarnados por los incombustibles Christopher Lee y el gran Peter Cushing. (…) Primero fue Dossier Negro, que también cambió del formato libro a revista en su número 11, y a partir de esa entrega varió considerablemente de contenido para así llegar a confeccionar la que para mí ha sido la mejor revista de terror jamás publicada en España (sobre todo en sus primeros 100 números), a la que Warren facilitó material haciéndose la competencia con las revistas que vendrían luego que bebían de la misma fuente. Una de ellas fue Vampus (versión española de la revista Creepy), luego vendría Rufus (Eerie) y mas tarde Vampirella que se mudaba de las páginas centrales de la revista de humor Mata Ratos a la suya propia.

Todas se nutrían del material de la editorial Warren que en aquel tiempo tenía en nomina gran cantidad de autores españoles (Esteban Maroto, José Ortiz, Rafael Auraleón, Luis García y muchos más) La mayoría de ellos realizaron sus mejores trabajos para esta editorial y caerían en el olvido al cierre de ésta».

Como bien dice el director John Landis. «Yo fui un lector esporádico de Creepy cuando apareció –escribe–. Incluso con 14 años me echaba para atrás el evidente plagio de los clásicos de EC Comics que publicaba Jim Warren. (…) He descubierto que les tengo mucho más aprecio ahora que cuando era adolescente y esas páginas eran nuevas».

Comparto esa impresión. Creepy, en los ochenta, era un entretenimiento adictivo, casi tanto como el cine gore o las novelas baratas que comprábamos –o intercambiábamos– en los mercadillos de nuestras ciudades. Era una forma se saciar nuestra sed de misterio, escalofríos y erotismo. Sin embargo, ahora que ya tenemos muchas lecturas en la mochila, descubrimos que el afecto por Creepy no era un asunto adolescente, sino un criterio que aún perdura, fundado en razones muy sólidas. Por ejemplo, en la evidente entrega de los artistas implicados en aquella entrañable publicación.

Es más: el hecho de encontrar a algún dibujante mediocre junto a monstruos de la talla de SanjuliánFrazetta o Esteban Maroto realza ese perfil heterogéneo, como de cajón de sastre, que siempre caracterizó a la revista. Las variopintas iconografías del horror, desde el clasicismo a la deslucida modernez de los setenta, se adueñan de esta colección, reeditada lujosamente, con una pulcritud y un brillo que jamás tuvieron aquellos Creepy de Toutain que comprábamos –ay– en el quiosco de la esquina.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Dark Horse. Cortesía de Planeta DeAgostini. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.