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El efecto Dunning-Kruger: por qué los tontos se creen inteligentes

La inteligencia es una virtud, pero creerse inteligente es más fácil que serlo. ¿Y en qué consiste una cosa y otra? Vayamos por partes. Para empezar, no todo es consenso en el ámbito de la psicología. Por minucioso que sea el test que acaban de hacerle, y por alto que sea su cociente de inteligencia, siempre habrá quien le diga que la inteligencia ‒vaya por Dios‒ es un hecho multidimensional. Es decir, algo imposible de calibrar como quien maneja una báscula.

Si entramos en este fenómeno por la puerta de atrás, podremos definirlo poco más o menos así: la inteligencia es la capacidad de razonar y de aprender, pero también es nuestra disposición para darle sentido a la vida. Es decir, una mezcla de lucidez, lógica, autocontrol, pensamiento analítico, curiosidad y empatía.

La belleza puede fingirse con maquillaje, pero la inteligencia es algo más complicado de aparentar. A no ser, claro, que nos sentemos frente al teclado, con internet a nuestra disposición, y lancemos datos a las redes sociales como si hubiéramos hecho horas extraordinarias en la universidad.

«Inteligencia expandida» le llaman a esto.

En su atículo The brain in your pocket: Evidence that Smartphones are used to supplant thinking, Nathaniel Barr, Gordon Pennycook, Jennifer A. Stolz y Jonathan A. Fugelsang nos recuerdan que esa inteligencia postiza no es un buen camino, porque sustituimos la experiencia de pensar por lo que el móvil quiere contarnos.

Y quien dice el móvil, dice la pantalla del ordenador. Así, cuando las redes sociales se convierten en una costumbre ‒o en una compulsión‒, y cuando la pereza nos impide profundizar o leer de forma reflexiva, nuestros hábitos cognitivos van modificándose.

Sin el celular o lejos de la tableta, cada vez aspiramos a menos a la hora de reflexionar sobre cualquier cosa.

Circula por ahí algún otro estudio que desvela otra paradoja. Cuando tenemos Google a mano, sentimos que nuestra cultura y nuestra sagacidad crecen exponencialmente. Pensémoslo bien: es como si creyéramos que todo lo que circula por la red forma parte de nuestras sinapsis neuronales.

Está claro que la tecnología nos permite acceder a una biblioteca universal e inabarcable. Pero la triste realidad es que, en una mayoría de casos, nos encierra en cámaras de eco y filtros burbuja, donde escuchamos solo aquello que queremos escuchar, y donde vetamos una alta gama de emociones y de ideas.

Según Tom Stafford, psicólogo de la Universidad de Sheffield, esto se relaciona con un problema que ya describió Bertrand Russell: “Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se debe a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas”.

A estas alturas, todos tenemos claro que creerse en posesión de una mente privilegiada es una decisión personal. Hasta el ser humano más bruto y obtuso puede presumir de sutileza intelectual en el contexto adecuado. ¿Se trata de simple vanidad? ¿O ese orgullo inexplicable tiene una razón psicológica?

Para entenderlo, conviene tener en cuenta lo que se conoce como el efecto Dunning-Kruger. Es decir: puede que usted o yo nos consideremos ingeniosos y profundos…, aun no siéndolo.

Esto se debe a una tendencia natural que, en bastantes ocasiones, nos lleva a arrinconar nuestros defectos. «Dicho fenómeno ‒señala Stafford‒ explicaría por qué algunas personas incompetentes son tan irritantes».

Fue en 1999 cuando dos investigadores, Justin Kruger y David Dunning, de la Universidad de Cornell, en Nueva York, estudiaron si aquellos que no tienen habilidades en un área determinada suelen ignorar esa carencia en comparación con alguien más diestro en esa misma labor. «En su investigación ‒escribe Stafford‒, mencionan como ejemplo a un ladrón de bancos de Pittsburgh, McArthur Wheeler, que fue arrestado en 1995, poco después de realizar dos asaltos en plena luz del día y sin usar máscara ni emplear un disfraz para ocultarse. Cuando la policía le mostró las imágenes captadas por la cámara de seguridad de uno de los bancos, el delincuente protestó: ‘¡Pero si yo estaba usando zumo!’ Y es que el desafortunado criminal creía que si uno se restriega la cara con el zumo de un limón, se vuelve invisible para las cámaras».

«Kruger y Dunning ‒continúa Stafford‒ estaban interesados en comprobar otro asunto igual de divertido. Pidieron a varios cómicos profesionales que puntuaran la gracia de treinta chistes. Luego pidieron a 65 estudiantes que hicieran la misma evaluación, y después les indicaron que calculasen en qué medida se había acercado su criterio al de los cómicos. También se les preguntó a los estudiantes cómo creían que habían cumplido ese objetivo en comparación con una persona de nivel medio. El caso es que la mayoría de ellos pensó que su habilidad para juzgar lo que es gracioso estaba por encima de la media. Los resultados, sin embargo, se hicieron más interesantes cuando se evaluó la actuación de los participantes en la prueba. Aquellos que tenían una habilidad ligeramente superior para juzgar los chistes eran asimismo los más exactos en su autoevaluación. En cambio, los participantes menos hábiles para detectar los chistes graciosos (al menos, de acuerdo con lo dicho por los cómicos profesionales) eran menos capaces de evaluar su propia habilidad en este campo».

¿Y qué significa esto? ¿Todo se reduce a que el sentido del humor es algo subjetivo? Ahora veremos que no. Kruger y Dunning repitieron el experimento con tests de gramática y razonamiento lógico. El patrón volvió a verificarse: las personas con peores resultados fueron también las peores a la hora de juzgar su rendimiento.

El efecto Dunning-Kruger va aún más allá. No solo sobrestimamos nuestras habilidades, creyéndonos por encima de la media. Además ‒nos dice Stafford‒ «los más incompetentes sufren un doble déficit. No sólo tienen menos destreza, sino que encima carecen de las herramientas mentales para juzgar su propia incompetencia».

Kruger y Dunning continuaron investigando, hasta definir ese efecto según el cual «uno es incompetente y a la vez inconsciente de serlo».

Fíjense en lo que esto implica. Puede que te cueste contar con los dedos, pero eso no te impedirá defender una estadística macroeconómica en Twitter. Quizá no hayas leído un libro de historia en tu vida, pero nadie va a quitarte la oportunidad de resumir el siglo XX con cuatro tópicos mal hilados. Qué sabrán los demás, ¿verdad?

«Los cazadores que peor dominan las armas de fuego ‒continúa Tom Stafford‒ son los que menos advierten esa incapacidad; y los médicos con menos pericia a la hora de comunicarse con el paciente son los más incapaces de reconocer este defecto. Lo que se ha dado en llamar efecto Dunning-Kruger es un ejemplo de lo que los psicólogos llaman metacognición: el pensamiento sobre el pensamiento. Es algo sobre lo que deberíamos reflexionar con calma».

O sea, traducido a nuestra experiencia cotidiana: cultiven la humildad. La inteligencia no es algo que se mida mediante el voto popular, y menos aún a partir de nuestro propio orgullo.

A ser más profundo y más despierto se aprende, hasta cierto punto. Pero no es algo que podamos valorar sin caer en el autoengaño o incluso en el ridículo. Por eso la inteligencia ‒ya lo dijimos antes‒ es el más complejo y prodidioso de los dones que recibió nuestra especie.

Si hay un mensaje en los hallazgos de Kruger y Dunning, quizá sea este.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Imagen superior: John Cleese en el spot «Questions», dirigido por Tom Kuntz © DirecTV. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.