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Dios y yo: una relación complicada

A la mayoría le incomoda hablar en público del Más Allá. Esto es una verdad como un piano y casi no necesita comentario. Si uno saca a relucir la fe o la religión, siempre corre el riesgo de que le acusen de mil defectos: ingenuidad, ignorancia, pereza intelectual, superstición, o simplemente, ganas de ponerle excusas a la vida.

Una regla no escrita del mundo actual es que el ateísmo ‒o como mal menor, el agnosticismo‒ es un requisito innegociable para considerarse moderno. El asunto empeora en el entorno intelectual, donde hablar en serio de Dios suscita carcajadas. Es lo que hay, para qué darle más vueltas.

Según el ateo promedio, el creyente es, por norma general, un biotipo arcaico y con pocas luces. Hablamos de un adepto ensimismado, fanático, inculto, antidemocrático, enemigo de la ciencia, reaccionario, hipócrita e incapaz de enteder la ironía.

Dentro de ese cliché, los pentecostales del Cinturón Bíblico, los judíos reformistas o los católicos que aún van a misa forman un bloque cohesivo. Y si hay un señuelo al que embestir, será precisamente este. Por un lado, tenemos a los defensores de la Ilustración, y por otro, a los integristas antimodernos. Fácil, ¿no es cierto?

Lo que nos lleva a otro tema, y es que la mitología contemporánea está trazada con tiralíneas. El héroe sigue el método científico y el villano se atasca de forma ridícula en el confesionario.

No me pregunten en qué acaba esto. La bipolaridad y el cainismo de nuestra época es algo que todos conocen.

Supongo que el materialismo capitalista proporciona diversión o bienestar, pero no da sentido a la existencia. ¿Y cómo situarse en el bando de los buenos? Pues eligiendo a un enemigo. Con eso, uno ya puede sentirse a gusto en el mundo.

Pero no me miren a mí. O al menos, guárdense los insultos y las etiquetas hasta que lean el último párrafo.

Voy a contarles dos o tres recuerdos, pero antes, cedo la palabra a Walter Kotschnig. En 1940, el bueno de Kotschnig les dijo a sus alumnos: «Tened la mente abierta, pero no tanto como para que se os caiga el cerebro». Tengan presente esta advertencia, porque a partir de aquí vienen curvas.

¿Empezamos?

Ahora mismo, el contador de nuestro DeLorean marca una fecha: 1983, o quizá 1984. Ahí me tienen. Un quinceañero del montón, estudiando en un colegio salesiano. Podría hablarles de tebeos de Richard Corben y de películas de Joe Dante, de mi walkman Sony o de otras nostalgias de aquel tiempo, pero se me iría el hilo, y aquí solo me interesan dos personajes.

Les presento al primero: don Eustaquio«Eusti»‒, un cura muy puesto al día. Su primer consejo… ¿cómo decirlo? Debíamos perder la «fe del carbonero». Ser ateos, o algo así, para luego emprender un trabajo de búsqueda.

Lo primero fue más o menos fácil, porque don Eustaquio te ofrecía una bibliografía diseñada para eso. Libros como Ser cristiano, del teólogo rebelde Hans Küng, Lo santo, de Rudolf Otto, Primitivas religiones ibéricas, de José María Blázquez, o los mamotretos de la Historia de las creencias y de las ideas religiosas, escritos por Mircea Eliade, nos permitieron ‒a mí, por lo menos‒ entender lo sagrado sin beatería. De hecho, sin fe de ningún tipo.

Aquel impacto que supusieron las clases de don Eustaquio tenía otro matiz, y es que, en lugar de un santoral de la vieja escuela, arcaico y milagrero, nos presentó a otro tipo de héroes. Por ejemplo, monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, defensor de los pobres, asesinado mientras celebraba la misa en la capilla del hospital Divina Providencia.

Ya se pueden imaginar el efecto que todo aquello que tuvo en nuestras mentes, así que no les extrañe que me siga emocionando ‒y de qué manera‒ cuando escucho la canción que mejor lo refleja: «El padre Antonio y el monaguillo Andrés», de Rubén Blades.

Vamos con el segundo personaje de esta historia: el orensano don Inocencio Rodríguez, un cura que llegó a centenario y que nos daba clase de Ciencias Naturales. Don “Ino” había sobrevivido a un pelotón de fusilamiento en la Guerra Civil ‒los milicianos lo dejaron marchar‒, y como profesor imponía el orden con una simple mirada.

Aguileño, áspero y vibrante, aquel cura se encargó de introducir a Darwin en nuestra mollera. Otro encontronazo más: el evolucionismo y el método científico.

Aunque don Inocencio era capaz de dar consejos admirables ‒»Cuando te asalte el pesimismo, apártalo de un manotazo, como si fuera una mosca»‒, lo cierto es que, si hablamos de mi fe, ya muy maltrecha, aquellas lecciones de biología me acompañaron, poco a poco, hacia la rampa de salida.

Por vías inesperadas, y aunque jamás lo pretendieron, esos dos maestros fueron empujándome hacia una postura que yo consideraba adulta: la ausencia de motivación religiosa y la confianza en que la ciencia es mucho más útil que un padrenuestro.

A falta de inquietudes católicas, y siguiendo la moda de aquel tiempo, me aficioné a otro tipo de «misterios», a medio camino entre el chamanismo de Carlos Castaneda, la mitología celta, Erich Von Däniken y las religiones orientales.

A lo largo de unos cuantos años, no sé decirles cuántos, seguí considerando la fe como uno de esos fenómenos que los psicólogos llaman «ilusión de verdad». Ya saben: creemos que los conceptos más cercanos y repetidos son verosímiles, al margen de si son ciertos o no.

Lo más cerca que estuve de recuperar viejas creencias queda bien expresado en el comienzo de un libro de Julian Barnes, Nada que temer: «No creo en Dios ‒escribe‒, pero le echo de menos. Es lo que digo cuando se aborda el asunto. Pregunté a mi hermano, que ha enseñado filosofía en Oxford, Ginebra y la Sorbona, qué le parecía esta declaración, sin revelarle que era mía. Contestó con una sola palabra: Sensiblera«.

En una de sus cartas al cardenal Carlo Maria Martini, Umberto Eco lo explica con menos sarcasmo: «Creo poder decir sobre qué fundamentos se basa hoy mi ‘religiosidad laica’, porque retengo con firmeza que se dan formas de religiosidad, y por lo tanto, un sentido de lo sagrado, del límite, de la interrogación y de la esperanza, de la comunión con algo que nos supera, incluso en ausencia de la fe en una divinidad personal y providencial».

El caso es que, con una dieta de libros y documentales de divulgación científica, deslumbrado por Carl Sagan, aparqué cualquier interés por la Iglesia. Mi fe infantil y adolescente fue sustituida por las certezas que ofrecían lecturas como Sobre la naturaleza humana, donde Edward O. Wilson describía la herencia biológica que justifica nuestra conducta y nuestros valores.

El descubrimiento de Wilson me llevaría, tiempo después, hasta El espejismo de Dios, de Richard Dawkins. Este biólogo, como saben, es el capitán de los «Nuevos Ateos», ese grupo en el que también militan el filósofo de la ciencia Daniel Dennett y el escritor Christopher Hitchens.

Aparte de este trío, también me encandilaron los representantes del movimiento escéptico, sobre todo Michael Shermer. Y eso que este último nunca ha alcanzado el nivel del verdadero pionero de esta corriente, Martin Gardner.

Por lo menos entre los de mi quinta, la mayoría de las personas cultas que comparaban a Dios con Papá Noel y con el Ratoncito Pérez citaban a Gardner como la gran autoridad del pensamiento escéptico. Con una amenidad fabulosa, este ensayista persiguió la superstición y la charlatanería seudocientífica en libros tan inolvidables como La nueva era o La ciencia. Lo bueno, lo malo y lo falso.

No es exagerado decir que este tipo de lecturas te hacían sentir más listo e interesante. La razón la teníamos nosotros. En compañía de tipos como Gardner, uno podía estar seguro de algo: todo lo que no es comprobable en el laboratorio, es una alucinación. Y ante un buen experimento, no hay filosofía que valga.

Sabiendo eso, imagínense cómo me sentí cuando llegó a mis manos la obra en la que Gardner ‒el matemático, el escéptico, mi admirado bulldog de la ciencia‒ resumía su forma de entender la vida.

Atención, porque resulta que en ese libro, Los porqués de un escriba filósofo, nuestro ídolo intelectual explicaba por qué NO era ateo y por qué NO consideraba imposible la inmortalidad: «Creo por la fe, y sólo por la fe, que seguiré viviendo después de la muerte en un estado que ahora está totalmente más allá de mi capacidad de entendimiento».

Madre del amor hermoso, Martin, ¿qué me estás contando?

Uno podía darse contra la pared con la cabeza. Pero tras recuperar la calma, párrafos como ese abrían otra posibilidad. Una posibilidad abrumadora.

¿Y si, después de todo…?

Con un amable empujón, Gardner me llevó de vuelta a su admirado Unamuno. En concreto, a las páginas de un libro descomunal, Mi religión, con párrafos tan potentes como este: «Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios ‒escribe don Miguel en 1907‒, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futilezas mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón. (…) No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura ‒y cultura no es lo mismo que civilización‒ de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco para el enriquecimiento del tesoro espiritual del género humano de aquellos hombres o de aquellos pueblos que, por pereza mental, por superficialidad, por cientifismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón».

Dicho y hecho… Con fervor unamuniano, desempolvé viejas lecturas, las mismas que me había recomendado don Eustaquio: desde Eliade a Carl Gustav Jung. Mis preguntas se acumulaban, retorciéndole el brazo a mis prejuicios. ¿De verdad la ciencia había matado a la religión? ¿Era imposible conciliar la espiritualidad con la sensatez del científico?

Como soy así de novelero, me imaginé al principio de una investigación. Y como yo era un investigador en precario, seguí los consejos que da Sherlock Holmes en El sabueso de los Baskerville: «Uno no siempre obtiene el éxito que espera obtener. Un investigador necesita hechos, no leyendas o rumores». «Sólo suposiciones y conjeturas. Se reirían de nosotros si acudiésemos a un tribunal con tal historia y tales pruebas». «Hemos de hacernos a la idea de que en estos momentos carecemos de una base y que merece la pena que corramos algún riesgo a fin de hallar una».

Algún riesgo… Por ejemplo, desafiar el criterio y las visiones restrictivas de mi entorno.

¿Tenía sentido pensar en la ciencia como una verdad absoluta? ¿No era más cierto que la ciencia sólo habla de verdades provisionales, que van cambiando con el tiempo? ¿En qué medida el cientificismo y el positivismo son una trampa mental?

También cuestioné ciertos clichés sociales, e incluso históricos, que deslegitiman a unos frente a otros. Porque, a ver, ¿acaso no hay tiranos ateos, oscurantistas incrédulos y sectarios sin una confesión religiosa?

Un nuevo mundo se abría ante mis ojos. Libro a libro, fui acostumbrándome a pensar de forma contraituitiva. No me negarán que es difícil llevar la contraria a titanes del ateísmo como Bertrand Russell, y luego embarcar rumbo a un punto desconocido, para el que no hay mapas.

A lo largo de la historia de la filosofía, numerosos autores han argumentado pruebas de la existencia de Dios bastante sofisticadas, de gran sutileza argumentativa. Pero yo necesitaba otras fuentes.

No me bastaba con leer a cristianos tan brillantes como C.S. Lewis o Chesterton. Pronto comprendí que lo que yo necesitaba era entender las razones de los científicos, en concreto las de aquellos que habían decidido creer, fueran deístas o miembros de una religión organizada. Tipos racionales, fríos, acostumbrados a la matemática, a la química o a la física, y que a la vez, fueran capaces de acceder al misterio en estado puro.

Uno de ellos, y quizá el más importante para mí, fue Francis Collins, genetista, miembro de la National Academy of Sciences, pionero del tratamiento con células madre, director del National Human Genome Research Institute (NIH) y director del Proyecto Genoma Humano.

Poco antes de morir por culpa de un cáncer de esófago, Christopher Hitchens, ese ateo genial, dijo de Collins: «es uno de los mejores estadounidenses vivos. Es el hombre que llevó el Proyecto Genoma Humano a su terminación, en menos tiempo y con un gasto menor del previsto (…) Este gran humanista es además un apasionado de la obra de C.S. Lewis y en su libro ¿Cómo habla Dios? ha tratado de hacer la ciencia compatible con la fe (…) Conozco a Francis por varias discusiones públicas y privadas sobre la religión. Ha tenido la gentileza de visitarme en su tiempo libre y de discutir todo tipo de tratamientos novedosos, que hace poco eran inimaginables, y se podrían aplicar a mi caso. Y, por decirlo así, no ha sugerido la oración, y yo no le he hecho bromas acerca de [la obra de Lewis] Cartas del diablo a su sobrino«.

Tras leer con calma ¿Cómo habla Dios? y dejarme convencer por Collins, tomé confianza para escuchar a Paul Davies, profesor de matemáticas aplicadas en el King’s College de Londres y catedrático de física teórica en la Universidad de Newcastle (Dios y la nueva física), a John Lennox, profesor de matemáticas en la Universidad de Oxford y catedrático de Matemáticas y Filosofía de la Ciencia en el Green Templeton College (Disparando contra Dios. Por qué los nuevos ateos no dan en el blanco), o a Alister McGrath, biofísico de Oxford y profesor de Ciencia y Religión en la misma universidad (La ciencia desde la fe).

Pronto comprobé que, como explica Collins, el ateísmo no es una regla entre los científicos, y por tanto, no debería generar una espiral de silencio en el mundo intelectual: «En 1961 ‒escribe‒ se preguntó a biólogos, físicos y matemáticos, en una investigación, si ellos creían en un Dios que se comunicara activamente con la humanidad y a quien uno pudiera rezar con la expectativa de recibir una respuesta. Cerca del 40 por ciento respondió afirmativamente. En 1997, el mismo estudio se repitió exactamente, y para sorpresa de los investigadores, el porcentaje permaneció casi idéntico».

Sumen a ello otras formas de creer ‒por ejemplo, el deísmo‒ y ya verán en qué lugar quedan esos youtubers que defienden el desprecio de la fe como la única divisa de la racionalidad.

En busca de más argumentaciones, me encontré con que muchos investigadores, aun saliendo de los protocolos que exige el método científico, recurrían a evidencias científicas para apuntalar la posibilidad de un Dios creador. Evidencias que me fueron llevando a un estado de ánimo bastante incómodo. Por un lado, el sentido común me invitaba a dejar todo aquello. Pero por otro, sin perder la racionalidad, encontré que volvía a manejar una posibilidad plausible, que no surgía de la ignorancia o del autoengaño.

Además, qué demonios, ya no estaba solo. Había encontrado a muchos otros pioneros, más inteligentes y profundos, que ya habían abierto esa puerta.

A los más relevantes los descubrí leyendo a Antonio Fernández-Rañada, catedrático en el Departamento de Física Teórica de la Universidad Complutense de Madrid, autor de un libro que vale su peso en oro, Los científicos y Dios.

Con el mismo entusiasmo, comprobé que alguno de los pensadores españoles a quienes más admiraba habían ido en la misma dirección. Así, constaté que uno de esos disidentes era nada menos que Salvador de Madariaga, ingeniero, catedrático de literatura española en la Universidad de Oxford, y ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes y de Justicia de la Segunda República.

«La onda casi universal de ateísmo que se observa hoy en todo el mundo ‒escribe Madariaga en Dios y los españoles‒ surge del determinismo y del absolutismo intelectual de casi todos los científicos; y de ellos ha ido a cubrir con su opacidad a casi todo el mundo consciente. (…) Las cosas de la vida no son jamás sencillas, sino muy envueltas y sutiles; de modo que no basta matar a Dios (o creer que se le ha dado muerte) para reducir el primer mandamiento al paro forzoso. (…) Así, pues, poco importa, por ahora, que neguemos, descreamos, desconfiemos o condenemos cuando de Dios se trata: el caso es que anhelamos a Dios y nos agobia el vacío que se abre en Su lugar si Lo rechazamos; tanto que pudiera muy bien resultar que, en el fondo, cumplen el primer mandamiento los que lo niegan tanto como los que lo afirman»

Otra figura que me marcó en mi etapa de estudiante, el historiador británico Paul Johnson, tiene entre sus obras un ensayo que también fue providencial para mí, La búsqueda de Dios. Un peregrinaje personal.

«¿Por qué escribo este libro? ‒nos dice‒ La respuesta es: en parte para ayudarme a mí mismo, y en parte para ayudar a otros. La existencia o la inexistencia de Dios es la pregunta más importante que a los seres humanos se nos puede plantear. Si Dios existe, y por lo tanto hay otra vida después de esta, se derivan una serie de consecuencias trascendentales que deberían afectar a cada día, incluso a cada momento de nuestra presencia sobre la tierra».

Si el lector ha llegado hasta aquí, quizá crea que lidiar con todo esto es algo que dejé atrás. Pero no hay atajos. En realidad, la búsqueda continúa. Ordenando ideas, descartando opciones que pierden rigor, teniendo la mente abierta. No obstante, mi brújula espiritual siguen siendo, por mucho que les sorprenda, los científicos creyentes.

¿Quieren saber dónde me encuentro ahora?

En el libro El científico rebelde, se incluye un artículo que el físico y matemático Freeman Dyson dedicó a analizar dos obras, escritas respectivamente por Richard Feynman, pionero de la mecánica cuántica, y John Polkinghorne, sacerdote anglicano, presidente de Queens’ College, de la Universidad de Cambridge y profesor de Física Matemática en Cambridge. Creo que en ese texto, Dyson describe a la perfección ese punto donde la ciencia y la fe se aproximan sin necesidad de chocar.

«Polkinghorne ‒escribe Dyson‒ termina su libro con una sencilla afirmación de la fe que comparten el teólogo y el científico, la fe en que el conocimiento de Dios o de la naturaleza que alcanzamos a través de la razón es fiable. Feynman termina el suyo con una sonora declaración de apoyo a la encíclica Pacem in Terris promulgada por el papa Juan XXIII en 1963, en la que hacía un llamamiento a la paz entre las naciones basada en la verdad, la justicia, la caridad y la libertad, y a la correcta organización de la sociedad para el logro de este objetivo. Ciertamente Polkinghorne estaría de acuerdo con esta declaración. Pero podría ser que Feynman no admitiera en su integridad la de Polkinghorne. Feynman creía que todo conocimiento humano es susceptible de ser puesto en cuestión. Incluso las personas que basan su conocimiento en la razón se equivocan a veces».

Séneca decía que ningún viento es favorable para quien no sabe dónde va. ¿Qué es, para mí, esta ruta espiritual? A estas alturas, creo que ya dejó de ser una simple incertidumbre, que me hacía saltar del panteísmo al deísmo, y de ahí, de vuelta a mis raíces cristianas.

Además, creo haber descubierto un marco adecuado para avanzar, cultivando ‒no siempre con éxito‒ esas virtudes que la tradición considera atributos de Dios.

Es lo máximo a lo que podré aspirar, en resumen. Pero solo por eso, ya merece la pena.

«Al final ‒nos recuerda Johnson‒, eso es lo que el amor y el culto a Dios significan: trasladar nuestro pensamiento y, si cabe, nuestro cuerpo de la terrenalidad a la perfección, de la duda a la certeza, del yo al bien y de la carne al espíritu. Este acto de traslación es lo que deberíamos hacer todos los días de nuestra vida, y tan a menudo como podamos en un solo día, de forma que al final se convierta en un acto natural y dejemos de necesitar de ese acto de traslación porque ya habite en nuestro interior el único espíritu capaz de proporcionarnos la paz y guiar nuestro destino».

Dedico este artículo a Mario Vega, que pasó por el mismo aprendizaje.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.