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Encierros

Con cierta frecuencia, nuestro confinamiento es comparado con el encierro que practicaron o practican algunos artistas para producir sus obras. Los ejemplos son, seguramente, abundantes, entre encierros obligatorios y voluntarios. Entre los primeros, el de Boccaccio y su Decameron es ya un lugar común, ese lugar señorial donde unos italianos cachondos y medievales se confinan para eludir la peste y se cuentan historias de tono verdoso. Entre los segundos, el Cuarteto para el fin de los tiempos y los Cuadernos para una moral que, respectivamente, compusieron Olivier Messiaen y Jean-Paul Sartre en sendos campos para prisioneros de guerra.

Por cierto, es sugestivo el encierro o apartamiento que algunos deciden para producir. Marcel Proust se “anidó” en una habitación insonorizada durante quince años para escribir En busca del tiempo perdido. Manuel Mujica Lainez, hombre mundano y afecto a corrillos y fiestas, se aisló en las afueras de un pueblo de la provincia argentina de Córdoba, donde pasó la mayor parte de sus últimos décadas. Emily Dickinson vivía encerrada en su cuarto, bajaba muy poco a reuniones de familia donde guardaba un constante mutismo y si se atrevía a salir al jardín, volvía enseguida bajo techo en un gesto fóbico. Algo similar hizo Nathaniel Hawthorne, metido en una alcoba pueblerina a la cual le pasaban la comida y que abandonaba a medianoche para pasearse por las calles y rutas desiertas del entorno. William Faulkner, munido con una botella de coñac, solía enclaustrarse en su cuarto para redactar sus novelas. Etcétera.

Desde luego, un encierro voluntario difiere de otro compulsivo en cuanto al afuera. El primero cuenta con ella; el segundo, no. Le está prohibida, como a nosotros en estos tiempos pandémicos. Por otra parte, la mayoría de los sitios sociables del exterior están clausurados, o sea que son, en tal sentido, muy poco exteriores. Todo es privación y cabe preguntarse si no servirá de estímulo a nuestra capacidad de inventar.

Escribir un relato no requiere la presencia del cuerpo ajeno como el teatro, el cine y la televisión. En estos días, los guionistas se esfuerzan por trazar escenas que no requieran contacto físico o que, en su caso, se puedan trucar adecuadamente. Se me ocurre lo contrario, es decir que se tejan historias con personajes confinados y alejados por la mal llamada distancia social que es, estrictamente, distancia sanitaria y respeto social al prójimo. Tal vez estemos ante una narrativa localizada, justamente, en la ausencia de localización que nos impuso la pandemia de 2020. Nos espera un nuevo Decameron, centrado en uno de los problemas cruciales de la condición humana: experimentar cuán lejos o cerca tenemos a los demás, que nos tienen igualmente cercanos o lejanos a nosotros.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")