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«Días extraños» (1995), de Kathryn Bigelow

Podría ser el caso, con la perspectiva que da el tiempo, que el ciberpunk termine por ser un caso ejemplar de lo que se ha venido en llamar “shock de futuro”, un término acuñado en 1970 en el libro del mismo nombre escrito por el filósofo y futurista Alvin Toffler.

Con él se hacía referencia a la incapacidad psicológica de asumir demasiados cambios sociales en un corto plazo de tiempo. En el ciberpunk hay dos ingredientes fundamentales: por una parte, un futuro cercano distópico e incierto construido como proyección del presente, un tiempo y un lugar en el que la sociedad –eminentemente urbana– se ha polarizado entre ricos y pobres y donde la tecnología de diseño elegante es utilizada por astutos cibercriminales. Y, en segundo lugar, el ciberpunk mantiene una posición ambigua respecto a la tecnología como catalizador de transformaciones y avances pero también herramienta de esclavitud. Incluso obras de espíritu tan ludita como El cortador de césped (1992) o El chip asesino (1993), acaban torpedeando su propio mensaje al presentar el ciberespacio como una realidad visualmente irresistible.

El ciberpunk es, en buena medida, un reflejo de los cambios que el mundo occidental experimentó a partir de comienzos de los ochenta. En esa década y la siguiente, el planeta atravesó más transformaciones económicas que en cualquier otro periodo de la Historia y, al mismo tiempo, se acercaba con rapidez a la revolución digital que introduciría cambios radicales en la forma en que nos comunicamos, la distribución de la información e incluso en nuestra forma de percibir la realidad. Tradicionalmente, la ciencia ficción distópica se ha basado en denunciar las tendencias sociales, económicas y/o políticas contemporáneas llevándolas al extremo. Por ello no puede sorprender que en los años noventa del siglo pasado, en un periodo de continuas y profundas transformaciones que tanto podían generar beneficios como perjuicios, la distopia quedara sustituid por el ciberpunk, un subgénero siempre vacilante acerca de si fascinar u horrorizar con el tipo de futuros que los autores imaginaban de acuerdo a los parámetros antedichos. Días extraños (Strange Days) es un buen ejemplo de ello.

Toda la acción de la película se desarrolla en Los Angeles en los dos días y noches que preceden al 31 de diciembre de 1999, las horas previas a la entrada del nuevo milenio. El antiguo policía Lenny Nero (Ralph Fiennes) es un traficante ilegal de cintas SQUID (Superconducting Quantum Interference Device): grabaciones de recuerdos humanos. Estas cintas se reproducen mediante una interfaz neural que permite, por ejemplo, revivir los momentos que uno mismo dejó atrás. El propio Lenny se atormenta con cintas grabadas de su antigua novia, Faith Justin (Juliette Lewis), ahora convertida en decadente estrella del rock bajo la influencia del manager Gant (Michael Wincott) y que no quiere saber nada más de él. Pero las cintas también se venden para que otros puedan experimentar lo que ven, oyen y sienten terceras personas. En cualquier caso, esa evasión de la realidad y el poder experimentar emociones ajenas se ha convertido en una auténtica droga para muchos. Y, por supuesto, esto es un campo abonado para todo tipo de perversiones, desde los que disfrutan con el sexo ajeno –consentido o no– a los que desean emociones aun más fuertes, como ver/participar en un crimen.

Jeriko One (Glenn Plummer), un músico de rap y activista político también representado por Gant, es asesinado por la policía, un crimen presenciado y grabado en su interfaz squid por Iris (Brigitte Bako), amiga de Faith, quien deja la cinta en el coche de Lenny antes de ser violada y asesinada. El criminal manda a Lenny una cinta con la grabación de la muerte de Iris y el traficante, que no carece totalmente de escrúpulos, empieza a investigar el asunto con ayuda de dos aliados: Mace (Angela Bassett), una guardaespaldas profesional que está enamorada de él; y Max (Tom Sizemore), un antiguo colega de la policía. Tras sufrir atentados contra sus vidas, Lenny y Mace se dan cuenta de que existe una conspiración en el departamento de policía relacionada con escuadrones de la muerte que se toman la justicia por su mano. Dado que Lenny tiene ahora la cinta que puede destaparlo todo, se convierte en un objetivo a abatir.

Días extraños supuso el regreso de la Kathryn Bigelow que había sorprendido a todos los aficionados del género fantástico con Los viajeros de la noche (1987), probablemente la más original reinvención del mito vampírico en los ochenta. Por desgracia, sus dos siguientes títulos (Acero azul y Le llaman Bodhi, así como otros que vendrían más adelante) la clasificaron más como una esteta con poco talento para elegir sus historias.

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En esta ocasión e independientemente de lo desastroso que pudiera ser su matrimonio, la directora tuvo el apoyo como productor y guionista de su antiguo marido, James Cameron, a quien no hace falta presentar. Cameron tiene la capacidad de crear películas épicas con acción a raudales y efectos especiales apabullantes, pero sin ahogar el factor humano. De hecho, fue él quien se ocupó de desarrollar la relación sentimental del argumento y Bigelow de dar sustancia al futuro ciberpunk. Ambos empezaron a desarrollar la idea en 1986, antes incluso de casarse. Cameron se puso a trabajar en serio en el guión en 1992 y luego le entregó todo el material que ambos habían ido creando a Jay Cocks, crítico y articulista de revistas como Time o Rolling Stones y guionista de películas como La edad de la inocencia y Gangs of New York para Martin Scorsese. Este último dio forma al guión definitivo.

El resultado de esta colaboración a tres bandas y especialmente la inventiva para desarrollar conceptos de Cameron y la de Bigelow para crear escenas de acción y extraer buenas interpretaciones de sus actores, es notable. Encontramos en la película rastros de algunas de las obsesiones que comparten Bigelow y Cameron, por ejemplo: los dos protagonistas de Le llaman Bodhi mantenían también una relación semierótica con continuos tiras y aflojas; por su parte, Acero azul está protagonizada por una heroína de acción eficaz y algo andrógina que tiene mucho en común con Mace.

Días extraños se arriesga mucho al abarcar lo que quizá son demasiados temas. La trama es una clásica investigación de un crimen y la búsqueda del asesino; pero también una reflexión sobre las tensiones raciales en los modernos Estados Unidos; una exploración sobre los dilemas morales planteados por las nuevas tecnologías virtuales; un reflejo de la ansiedad por el cambio de milenio y, por último y no menos importante, una historia de amor. Así que no puede sorprender ni que la película dure unas excesivas dos horas y media ni que adolezca de dispersión, aunque, eso sí, resulte siempre enfermizamente fascinante.

Días extraños es un thriller ciberpunk / technonoir que, aunque interesante, llegó demasiado tarde. El argumento y tono de la película (futuro cercano, tecnología digital, ambiente distópico, abundante imaginería de espejos que remite al tipo de gafas características del subgénero) beben mucho de las primeras novelas de este tipo publicadas en los ochenta, como Neuromante (1984) de William Gibson, Islas en la red (1988) de Bruce Sterlling o Synners (1991) de Pat Cadigan. Por su parte, la relación de Bigelow con el ciberpunk venía de por aquellos mismos años. Su primer trabajo cinematográfico fue como actriz secundaria en una distopia feminista, Born in Flames (1983); estuvo cerca de adaptar un relato del mismísimo William Gibson, The New Rose Hotel (1981), y que finalmente realizaría Abel Ferrara en 1998; y fue uno de los cuatro directores que colaboraron en la miniserie televisiva ciberpunk Wild Palms (1993).

Se cuentan y dicen en esta historia muchas cosas interesantes, sobre todo en lo que se refiere al cuestionamiento de la tecnología sobre la que se basa la trama. Y ello aun cuando la propia premisa de partida resulta difícil de creer, a saber: que una tecnología tan avanzada como la que se nos describe estuviera disponible a nivel doméstico en un futuro tan cercano como el cambio de milenio, sólo cinco años después del estreno del film. En este sentido, resulta también llamativa la total ausencia de internet y sus tecnologías asociadas y que, en cambio, sea una de las pocas cintas de la época en la que aparece un uso frecuente del teléfono móvil. Aunque cuando Cameron concibió la historia no pudo imaginar –pocos lo hicieron– la importancia que cobraría internet (que sólo empezó a crecer a comienzos de los noventa y que cuando la película entró en fase de producción, allá por 1993, todavía no había entrado al dominio público) sí es cierto que los autores ciberpunk ya habían creado en sus novelas los conceptos básicos de las redes virtuales de información.

Sin embargo, esta llamativa ausencia no tiene efecto sobre la sustancia del mensaje que se quiere articular porque muchos de los persuasivos argumentos que Lenny ofrece para convencer a sus clientes potenciales de cintas squid bien pueden aplicarse a Internet: son una forma de visitar los rincones más oscuros de la existencia sin responsabilizarse de las propias acciones ni correr riesgos. Lo que hace Días extraños es explorar la moralidad de ese argumento aplicado a las nuevas tecnologías. Hay también un comentario acerca de la preferencia del público por la tosquedad, dureza e inmediatez de lo amateur por encima de la sofisticación y elaboración de lo que se entiende como arte. Y también sobre la fascinación que ejercen sobre nosotros las imágenes violentas, ya sea en la ficción cinematográfica o en el mundo real. Al final y tratándose de Cameron, no es sorprendente que el protagonista escoja el amor de verdad por encima de los recuerdos virtuales. El triunfo de lo humano ha sido siempre un tema central en las películas de Cameron y Días extraños no es una excepción.

Como muchas otras distopías (Blade Runner, 2013: Rescate en L.A.), Días extraños ofrece una visión invertida de la imagen arquetípica de la ciudad de Los Angeles: en vez de un paraíso californiano de sol y gente guapa y feliz, Bigelow no es que imagine una urbe totalmente nueva sino que la muestra bajo una luz muy diferente: nocturna, con abundantes neones, tonos azules y grises y poblada por una fauna humana extravagante y peligrosa. Esta ciudad es una parte que representa un todo, la sociedad americana al borde del colapso: anarquía en las calles, revueltas raciales y corrupción y violencia policial.

En una secuencia del comienzo, rodada desde el interior del coche que conduce Lenny, se ven vehículos ardiendo, tanquetas blindadas de la policía y violencia aleatoria e injustificada, como la paliza que unos matones le propinan a un Santa Claus. El cine puede hacernos pensar que estamos ante un escenario claramente futurista y hay quien ha acusado a Bigelow de cargar las tintas al retratar un auténtico infierno urbano en el que prácticamente en cada plano aparece algo ardiendo. Algo de razón hay en ello, pero también conviene recordar que en 1992 y a raíz del veredicto exculpatorio del juicio sobre el caso de Rodney King (cuyo apaleamiento por parte de cuatro policías fue grabado por un videoaficionado), se desataron unos disturbios en Los Angeles cuyas imágenes no estaban tan alejadas de lo que vemos en la película. Y también puede apuntarse que Días extraños se estrenó el mismo día en que se dio el veredicto del juicio a O.J. Simpson, cuya defensa había basado su estrategia en presentar al acusado como víctima del racismo de la policía de la ciudad, algo muy en la línea de lo que plantea la historia.

Hay otros aspectos que han hecho envejecer mal a la película. Es el caso de la música, una mezcla de rap, grunge y trash sin trazas del pop facilón con el que triunfarían en el cambio de milenio los grupos juveniles (Backstreet Boys, Westlife…). El film toma su título de un álbum de los Doors (una de cuyas canciones, “Strange Days”, suena dos veces) y la apocalíptica música que interpreta Faith bebe mucho del sonido de Morrison.

Por otro lado, el clímax de la película tiene algo de forzado (Atención: Espóiler): los policías corruptos son arrestados y el héroe cambia la realidad virtual de las cintas squid por una relación auténtica que desde hacía tiempo tenía delante de sus narices. Sin embargo, nada cambia para mejor en el mundo y la brecha racial continúa intacta. Quizá sea culpa de Bigelow al crear un futuro tan siniestro y abrumador que semejante final se antoje trillado e insatisfactorio. (Fin del espóiler)

La realizadora hace un uso inteligente de la cámara en mano a lo largo de todo el metraje. A diferencia de la mayoría de películas sobre realidades virtuales, toma la lógica decisión de mostrar las cintas de memoria desde un punto de vista subjetivo, lo que le da a la violencia un grado adicional de intensidad. La larga escena que narra el asesinato de Jeriko en primera persona es escalofriante. También destaca el largo plano secuencia de apertura, la reproducción de una cinta squid de un robo en el que hay un espectacular salto entre edificios, también con visión subjetiva, con un ritmo y una ejecución sobresaliente.

En lo que se refiere a la interpretación, Ralph Fiennes está convincente en su papel de antihéroe torturado por la lujuria que siente por su idealizada exnovia, un sentimiento enfermizo y malsano reflejado con la debida intensidad. Angela Bassett encarna a la eficiente aunque predecible Lornetta Mace, la experta en seguridad que ayuda a Lenny llevada por el amor que siente por él. En cambio, Juliette Lewis resulta demasiado aniñada e inmadura como interés romántico de Lenny.

Días extraños es una película técnicamente impecable, con conceptos intrigantes y un buen ritmo, pero en el fondo no ofrece nada realmente nuevo. Los sórdidos bajos fondos que trafican con tecnología virtual ya se habían visto por entonces en muchas novelas y cuentos y aunque ciertamente su representación visual es de lo más fiel que se ha visto en el cine al espíritu del ciberpunk, llegó cuando este subgénero ya se había diversificado y reinventado en algo nuevo y más fresco.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".