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«Bouncer» (2001-2018), de Alejandro Jodorowsky y François Boucq

Por alguna inexplicable razón, el western es un género que continúa sobreviviendo en los cómics, aun cuando en el cine y la literatura lleva décadas moribundo. Quizá sea porque, en lo que al cómic se refiere, el mejor western se ha hecho siempre en Europa y eso los aficionados –al menos los del viejo continente– no lo olvidan. Series como Blueberry, Comanche, Buddy Longway, Jerry Spring, McCoy, Ken Parker, Lucky Luke o álbumes más puntuales como Perros de la pradera o El hombre de papel recogían la épica de la aventura del Oeste para elaborar historias trepidantes o intimistas, trágicas o humorísticas, pero siempre ofreciendo unos argumentos muy interesantes, poblados de personajes de gran humanidad.

Sin embargo, como sucede en cualquier ámbito de la cultura, hay excepciones y existen autores que o bien no saben tocar las teclas adecuadas o bien su estilo y temas preferidos nada tienen que ver con los que pueden encajar en un western. Precisamente eso es lo que vino a la mente de muchos aficionados cuando la editorial Humanoides Asociados anunció el lanzamiento de una colección del Oeste escrita por Alejandro Jodorowsky y dibujada por François Boucq.

Tengo que admitir que no me suelen convencer los guiones de Jodorowsky. Me parece un charlatán defensor del chamanismo y el tarot, que ha hipnotizado con sus nebulosos discursos no sólo a muchos intelectuales y lectores, sino también a algunos grandes dibujantes de cómic europeo. En lo que se refiere a este campo, le reconozco su creatividad, sí: sus cómics rebosan de personajes extraños y fascinantes e ideas con gran potencial. Pero lleva más de veinte años contando la misma historia una y otra vez, aun cuando la viste de forma diferente. Muchas de sus tramas me parecen dispersas. Los personajes suelen caer en el exceso y el histrionismo. Tiende a introducir una metafísica y/o esoterismo indigestos y pomposos. Y sus sagas se prolongan en exceso, concluyendo con frecuencia de forma apresurada y confusa. Por tanto, temía encontrarme en Bouncer con un western salpicado de viajes astrales, criaturas espirituales y dimensiones oníricas de oscuro significado.

Por otra parte, Boucq es un dibujante extraordinario en todos los sentidos, pero su universo gráfico hasta ese momento había discurrido por derroteros muy diferentes a los del western: historias humorísticas de carácter abiertamente grotesco (Los pioneros de la aventura humana), dramas psicológicos con toques fantásticos, de corte urbano y disfrazados de terror o espionaje (La mujer del mago, Boca de Diablo) o trepidantes aventuras fantacientíficas (Cara de Luna, también con Jodorowsky).

Pues bien, ambos autores consiguieron refrenar sus respectivos instintos y adecuar sus estilos a la hora de realizar un western de calidad, en el que no encontraremos nada realmente nuevo, pero cuyos ingredientes están mezclados con habilidad para construir historias de gran dramatismo, violencia y acción. Al menos en sus dos primeras sagas. Pero vayamos por partes.

El primer ciclo argumental abarca dos álbumes, Un diamante para el más allá (Un diamant pour l’au-delà, 2001) y La piedad de los verdugos (La Pitié des bourreaux, 2002). Ralton, Blake y Bouncer son tres hermanos, hijos de una prostituta que ejerció su oficio en los peores pueblos del Oeste hasta establecerse en Barro City, donde se convierte en propietaria de un saloon-burdel. Celosa de una actriz que estaba siendo cortejada por un acaudalado ciudadano, arrastra a sus por otra parte violentos hijos al robo de un diamante, el Ojo de Caín, que iba destinado a dicha artista. Tras el golpe se ven obligados a esconderse, y los tres hermanos y la madre comienzan a discutir por la joya hasta que aquélla resulta muerta y dos de sus hijos mutilados: Ralton pierde un ojo y Bouncer un brazo.

Tras la Guerra Civil, Ralton, convertido en un cruel oficial confederado desesperado por conseguir dinero y continuar su racista causa, visita a su hermano Blake, que ha renunciado a la violencia en favor de la religión, se ha casado y establecido como granjero, para exigirle la entrega del diamante. Blake asegura que no lo tiene y Ralton lo asesina junto a su mujer. Seth, el joven hijo del matrimonio, consigue huir y busca ayuda para vengarse en Barro-City, donde su tío Bouncer trabaja como matón en el Saloon Infierno. A pesar de contar con un solo brazo, Bouncer se ha convertido en un tirador de primera y accede a adiestrar a su sobrino. Éste, mientras tanto, se enamora de la nueva maestra del pueblo, Deborah, que resulta ser su prima, la hija de Ralton. ¿Está dispuesto a sacrificar su recién hallado amor en aras de la venganza?

Como decía al principio, reconozco el talento de Jodorowsky para imaginar historias con gancho, barrocas y poco ortodoxas. También opino que sus delirios pseudomísticos parasitan muchos de sus argumentos, pero cuando es capaz de ponerles freno, ofrece cómics efectivos que se benefician, además, del trabajo de grandes artistas. Este es uno de esos casos.

Las simpatías metafísicas del guionista quedan a un lado, pero no su querencia por los mundos marginales y los parias que habitan en ellos. Recordemos por ejemplo a su John Difool de El Incal, detective de baja estofa en un mundo futurista; Juan Solo, originario de un distrito pobre de una ciudad sudamericana; Cara de Luna, a quien nadie comprende y casi nadie acepta; o el Lama Blanco, un albino occidental abandonado en la opresiva atmósfera monacal del Tibet. Esos mundos marginales son el entorno ideal para Jodorowsky, puesto que en ellos encuentra justificación para desplegar toda la violencia de que es capaz el ser humano. El Lejano Oeste, donde la única ley que imperaba era la del revolver, fue uno de esos lugares y tiempos, refugio y criadero de individuos marginales y marginados.

Bouncer, por tanto, abunda en este tipo de personajes. Ya el primer álbum se abre con unos soldados confederados que, tras el término de la guerra y la victoria del Norte, deciden seguir luchando. Y a partir de ahí encontraremos a forajidos, prostitutas, indios y chinos despreciados por los blancos, … viviendo en una especie de barbarismo en el que la moralidad no tiene cabida y donde incluso los que tratan de hacer el bien –no siempre consiguiéndolo–, cargan con un pasado nada ejemplar.

Los personajes de Bouncer son o malvados o atormentados –o ambas cosas al tiempo– y nadie parece capaz de escapar de la inevitabilidad del pecado.

Obviamente, a Jodorowsky le gustan las parábolas y Bouncer, como de costumbre en su obra, constituye una grande sobre la condición humana. Y precisamente es ése el aspecto más siniestro de la serie: todos los actos y decisiones tomadas por los personajes conforman una especie de nebulosa teoría sobre la humanidad, una metáfora de nuestros instintos más ocultos. Así, no es casual que la madre del protagonista sea una prostituta cuyos psicópatas hijos acaben matándola. Nadie es aquí totalmente compasivo, ni siquiera humano. Tan obvia y omnipresente es esa crueldad que la historia se aleja del realismo psicológico para entrar en el terreno de la irrealidad. De hecho, Jodorowsky ni siquiera intenta poner en pie una trama realista, asemejándose más a una tragedia griega en la que el honor y el amor son desplazados por la venganza y la lujuria.

En realidad, Jodorowsky no se aleja tanto aquí de los temas y obsesiones que ya empezó a dar forma en El Incal y que pueden resumirse como “sexo, violencia, familia y mutilación”. En Bouncer, cada uno de los tres hermanos sufre una mutilación (recordemos otro personaje de Jodorowsky, Alef Thau): un ojo, un brazo y, el último, la cabeza –cuya amputación, claro está, resultará fatal–. Y, sin embargo, a pesar de volver a caer en un autoplagio, el primer arco argumental funciona perfectamente como una historia sobre venganzas familiares ambientada en el Oeste.

Además de los ámbitos marginales, el otro entorno que Jodorowsky gusta de incorporar en sus historias es el familiar, un ámbito perfecto para elaborar metáforas freudianas sobre lo mejor y lo peor del ser humano. En Bouncer hay una lucha fratricida entre los tres hermanos, hijos de una prostituta, a la cual, como he comentado, ellos mataron años atrás presa de su codicia por un diamante apropiadamente llamado “El Ojo de Caín”. Desde luego, no se puede decir que la sutileza sea el punto fuerte del guionista. Pero al mismo tiempo tiene la virtud de hacer que el lector pueda prescindir, si así lo desea, de las implicaciones psico-morales y limitarse a disfrutar de una buena historia del Oeste. A Jodorowsky no le falta talento como narrador y tampoco la capacidad de atraer a dibujantes de primera línea que saben hacer más digerible toda la cháchara metafísica de los guiones del chileno con una espectacular puesta en escena.

Y es que, sin duda, el éxito de Bouncer se debe en no poca medida a la participación en él de Boucq, una leyenda del cómic francés que comenzó a ser verdaderamente popular a comienzos de los ochenta gracias a sus historias cortas de tono satírico y, en particular, a su pintoresco personaje Jerónimo Puchero.

Su dibujo de exuberante energía y su capacidad para crear entornos realistas con un toque fantástico se confirmó en sus dos colaboraciones con Jerome Charyn, La mujer del mago (La Femme du magicien, 1986) y Boca de Diablo (Bouche du diable, 1990). En cuanto a su participación en Bouncer fue en realidad una especie de premio de consolación. Lo que de verdad quería Boucq era dibujar el largo tiempo esperado álbum Blueberry 1900, que hubiera sido escrito por JeanMoebiusGiraud de no haber muerto antes. Despertado su interés por el western, unió entonces fuerzas con Jodorowsky, también gran amigo y colaborador de Moebius.

Su estilo en Bouncer mantiene la evolución hacia el realismo: Su línea es menos carnal, agresiva y ansiosa que en las historias de Los pioneros de la aventura humana o Jerónimo Puchero (Les Aventures de Jérôme Moucherot, 1994-2019), pero no por ello ha perdido fluidez o expresividad. Ciertamente, no encontraremos aquí ni las proporciones exageradas ni la aproximación humorística que dominaban sus historias cortas, pero las anatomías más naturalistas que utiliza en esta serie no pierden su capacidad para transmitir mediante los rostros y el lenguaje corporal un amplio catálogo de emociones y temperamentos. Además, no olvida del todo su gusto por lo “cartoon”, que puede identificarse en sus rostros feístas y sus personajes al tiempo realistas y grotescos.

Es como si Boucq no se hubiera dejado seducir totalmente por la intencionalidad didáctica de la parábola propuesta por Jodorowsky en este guión. Estableciendo un paralelismo con el mundo del arte pictórico, el realismo de Boucq es el de Brueghel: retorcido, burlesco, divertido y siniestro, todo al mismo tiempo.

A diferencia de otros dibujantes a los que les cuesta construir los entornos naturales de sus cómics, a Boucq se le nota su amor por los espacios abiertos del Oeste norteamericano, a donde viajó para contemplarlos y absorberlos de primera mano. El lector puede sentir en sus páginas la grandiosidad de cañones y praderas gracias a la utilización de viñetas apaisadas que ocupan toda la anchura de la página, y que evocan el efecto del Cinemascope de las antiguas películas del género.

El western es un género cuyas historias transcurren en buena medida en plena naturaleza y, por tanto, en ellas la luz y el color resultan de una importancia fundamental a la hora de crear ambientes, evocar climas y temperaturas, épocas del año o momentos del día. En Bouncer, Boucq utiliza tinta y colores para todo ello y, al mismo tiempo, subrayar el tono emocional de cada escena. Aumenta el peso de las sombras respecto a sus obras anteriores, mucho más limpias y luminosas; y utiliza unos colores algo apagados y con sutiles gradaciones, evocadores de los westerns de los setenta. Abundan los tonos sepia y las sombras otoñales de rojo y anaranjado que aportan una textura terrosa, que aleja sus páginas de ese aspecto algo estéril que da el actual coloreado por ordenador.

Boucq toma en este apartado los mismos referentes que grandes directores cinematográficos norteamericanos de la vertiente más épica del género como John Ford, Anthony Mann o Howard Hawks, esto es, los pintores americanos de la frontera: Frederic Remington, Thomas Cole, Frederic Church, Albert Bierstadt… Muchas viñetas de Bouncer –especialmente, claro está, las panorámicas del espectacular paisaje del Oeste–, se asemejan a composiciones pictóricas de esos artistas

El sentido de la grandeza natural, de las perspectivas infinitas, se equilibra con otros pasajes claustrofóbicos, tanto espacial como emocionalmente, en Barro-City, con su calles cubiertas de lodo, madera podrida y burdeles abarrotados de gente y humo. Los excesos americanos en contraposición con la sobriedad de la tragedia griega (aunque los autores preferían referirse a ello como “shakespeariana»), y los paisajes sublimes frente al grotesco reparto de personajes, para el cual el autor se documentó estudiando fotografías de la época.

El nivel de detalle y precisión en la representación de los trajes, las armas, los edificios, los animales y los objetos cotidianos es, como de costumbre en este autor, sobresaliente, como también su capacidad narrativa y elección de los planos.

Bouncer es un western excesivo en muchos sentidos, más que el más violento spaghetti western, por lo que conviene dejar cierto tiempo entre la lectura de cada saga para no quedar saturado. También es el ejemplo de lo que es capaz Jodorowsky cuando contiene sus impulsos metafísicos y elige a un colaborador brillante. La alianza entre su calculado manierismo y la virtuosidad de Boucq dan como resultado un cómic sólido, rápido y sorprendente que merece una lectura.

El segundo arco argumental está compuesto por tres álbumes: La justicia de las serpientes (La Justice des serpents, 2003), La venganza del manco (La Vengeance du manchot, 2005) y La presa de los lobos (La Proie des louves, 2006). Incluye como ingredientes un trío de siniestros asesinos mexicanos, un fantasmal anciano indio, malvados terratenientes, un leal perro de tres patas y un surtido grupo de forajidos, chinos regentando fumaderos de opio, una verduga obsesionada por la venganza y el mutilado propietario del Saloon Infierno. De nuevo, es una historia de tintes épicos impregnada de violencia y deudora de los spaghetti western de Sergio Leone y de la serie B de los setenta.

Bouncer sigue trabajando como matón (o pacificador, según el punto de vista) en el Saloon Infierno, propiedad de un misterioso hombre desfigurado que nunca sale de su cama en una habitación del piso superior y al que se le conoce como Lord Diablo. Éste, enfermo y presintiendo su final, comunica a Bouncer que será él quien herede el salón. A la vista de sus nuevas perspectivas económicas, pide matrimonio a una de las prostitutas del local, Naomi, quien acepta.

Pero el día de la boda, aparece el primer y verdadero amor de Naomi: Tom, un esclavo liberto que sirvió en el ejército nordista durante la guerra civil y que acaba de descubrir una veta de oro en las cercanías de Barro-City. Ambos se van a vivir juntos dejando a Bouncer sumido en una depresión regada por alcohol, de la que la rescatará una joven china, Yin Li, hija de la dueña de un fumadero de opio.

Mientras tenía lugar todo esto, suceden dos cosas más: por una parte, presionado por los principales ciudadanos del pueblo –tan corruptos como respetados–, Bouncer se ve obligado a convertirse en el verdugo oficial, el trabajo más vilipendiado del lugar. Por otra, el hombre más rico del territorio, Clark Cooper, intenta comprar el local de Lord Diablo como parte de su plan para hacerse con todas las propiedades del pueblo, incluidas algunas granjas a cuyos propietarios amenaza o asesina para forzar la venta. Bouncer lo echa de malas maneras, humillándolo y encendiendo la chispa del odio que impulsará el resto de la trama.

Cooper contrata asesinos para acabar con Bouncer –sin éxito– y soborna al sheriff –con éxito– de tal forma que Bouncer acaba siendo la mano ejecutora, en su calidad de verdugo, de Naomi y Tom, acusados de matar a un hijo de Cooper. Convencido de que todo ha sido un complot, Bouncer inicia una investigación que devendrá venganza cuando impida que Cooper y sus hombres asesinen a una familia de granjeros que se negaban a venderle su propiedad. Tras una pelea brutal, seriamente herido, se refugia en los brazos de Yin Li, que le cuida al tiempo que se enamora de él. Mientras todas estas maniobras tienen lugar, un misterioso asesino bajo la protección de Lord Diablo está acabando uno a uno con los prebostes locales utilizando una serpiente venenosa; y un nuevo verdugo llega a Barro-City, una mujer cuyo verdadero propósito es conseguir venganza…

Para esta segunda saga, Jodorowsky aumenta la apuesta planteando una historia en tres volúmenes. Una ambición loable, aunque los ingredientes no cambien mucho aparte de ampliar aspectos del pasado y la personalidad del protagonista y meterle en un lío mucho mayor y más sórdido todavía que en la primera aventura –que ya es decir–.

Uno de los defectos del Jodorowsky guionista es que no sabe dónde detener la historia, y Bouncer adolece de ello. Si en el primer arco argumental había tratado de plantear una tragedia griega con el trasfondo de los tópicos del western, en el segundo su ambición por aumentar la carga trágica del personaje le lleva a estirar la situación hasta el extremo de que todo resulte aún más inverosímil que en el primero. El esfuerzo por crear algo original mezclando clichés del género y personajes pintorescos relacionados de las formas más extrañas da como resultado un lío indigesto que se desarrolla con cierto desorden y del que Jodorowsky, como de costumbre en sus guiones, no sabe cómo salir ni cuándo cortar.

Por ejemplo, la verdugo femenina que sustituye a Bouncer en el cargo no solamente resulta poco creíble, sino que se presenta en un punto demasiado tardío de la trama; el catalizador del derrumbe espiritual de Bouncer –la aparición del amante de Naomi largo tiempo perdido– además de cogido por los pelos resulta trivial y escasamente emotivo. La revelación de la verdadera identidad de Lord Diablo es inverosímil, una solución digna del culebrón más torpe. Y el personaje de Yin Li es patético, una caricatura étnica a la que se le dota de un lenguaje ridículo a base de metáforas sentimentalonas (al menos, el dibujo de Boucq la redime parcialmente dotándola de una delicada elegancia)…

Hay dos flashbacks en esta saga que nos aportan información muy importante acerca del pasado del protagonista. Por un lado, aquél que narra la recuperación de un alcoholizado y todavía joven Bouncer y su posterior transformación en un guerrero infalible gracias a un sabio mentor. Este ciclo de descenso a los infiernos, redención, venganza y serenidad espiritual resulta un tópico usado hasta la saciedad. Por otro, el que cuenta la inmersión del Bouncer niño en la cultura india –retratada como un pastiche pseudo-New Age– mediante un padre del que sólo ahora y repentinamente oímos hablar, y del cual él no guardaba recuerdo alguno. Esto resulta forzado, por no decir increíble. Podría haber resultado un subargumento que sirviera para redimir al personaje, pero tal y como está introducido no sirve para nada más que para apuntar a un desenlace que, pretendiendo sorprender, resulta risible.

Si no fuera porque la reputación de Jodorowsky parece convertirle en intocable por parte de la “élite” intelectual –tan corrosiva con otros guionistas menos pretenciosos pero más efectivos–, hubiera sido conveniente, incluso necesaria, la intervención de un editor que le obligara a recortar, centrar y encauzar un argumento innecesariamente retorcido y alargado y que sin duda podría haberse despachado en sólo dos álbumes.

Ahora bien, después de haber mencionado todos sus defectos, tengo que decir que si se consiguen pasar por alto, la segunda saga de Bouncer no resulta una mala lectura. Tiene ritmo y momentos bastante impactantes además de, claro está, el dibujo de Boucq, excelente una vez más en la representación de los paisajes, tanto los cañones coronados por afiladas rocas como las áridas planicies o el propio pueblo de Barro-City, que parece haberse expandido respecto a los álbumes anteriores con nuevos barrios y edificios minuciosamente dibujados. Igual pericia despliega en las escenas de acción, violentas, trepidantes y bien coreografiadas.

En resumen, este segundo ciclo argumental exige del lector que excuse los excesos y torpezas de Jodorowsky, pero a cambio puede obtener una lectura entretenida, con algunas escenas memorables y, sobre todo, un dibujo de primera línea.

Existe una tercera saga que creo permanece inédita en España, compuesta por dos álbumes, La viuda negra (La Veuve noire, 2008) y Doble corazón (Cœur double, 2009). La masacre de un grupo de indios pertenecientes a la misma tribu que el padre de Bouncer marca el inicio de una nueva y arriesgada aventura para el antiguo matón del Saloon Infierno. En el corazón de la intriga se encuentra la rivalidad entre las gemelas Harten: Evelyn, la nueva maestra del pueblo, y Carolyn, apodada “la viuda negra”.

La causa del derramamiento de sangre es la fuente de agua que riega toda la región y por la que una banda liderada por el mercenario loco, Cabeza de Hacha, y un antiguo oficial yanqui, Gallagher, están dispuestos a todo. Bouncer, sabiendo que su sobrino Seth va a ser víctima de la contienda, accede a intervenir en parte gracias a Evelyn.

En este nuevo ciclo de la serie, Alejandro Jodorowsky retoma el formato de historia en dos partes y, para alivio de muchos, prescinde de sus desvaríos pseudomísticos a favor de una explosiva mezcla de melodrama, investigación policiaca y western.

El problema es que, como decía más arriba, Jodorowsky no sabe dónde detenerse, y este es un buen ejemplo. La galería de personajes grotescos física y moralmente (como un forajido que se pasea con un pedazo de hacha clavado en la cabeza, un excirujano terriblemente desfigurado o dos hermanas que se suben las faldas a la primera de cambio para manipular a los hombres) es excesiva y, peor aún, su caracterización es burda.

Se intenta apuntalar la trama con un simbolismo grotesco y tosco (como darle a la topografía las formas del cuerpo femenino), diálogos infumables (una vez más, el estúpidamente rebuscado lenguaje de Yin Li). Si los primeros álbumes tenían ritmo y mostraban un Jodorowsky más contenido en cuanto a sus tics habituales, los de este ciclo sufren de todo lo contrario, demostrando que su guionista dista muchísimo del genial Charlier y su legendario Blueberry, capaz de condensar multitud de acontecimientos en un solo álbum, manejar múltiples tramas al mismo tiempo y construir personajes que, encarnando los tópicos del género, tuvieran además su propia identidad. La galería de monstruos de Jodorowsky podría ser original si no estuviera introducida en la trama con una insana autocomplacencia, un deseo infantil de provocar que sólo se queda en el ridículo.

¿Compensa todo esto el dibujo de Boucq? Es cuestión de gustos. Cada lector le otorga su propio valor al guión, al dibujo y a la combinación de ambos. En mi opinión, no. Ciertamente, su talento sigue ahí, especialmente en la reconstrucción de los paisajes del Oeste. Pero en esta ocasión no pude sino soñar lo que hubiera dado de sí su arte de haber contado con una historia realmente sólida.

Hay que decir, no obstante, que Boucq no es totalmente inocente en lo que se refiere al deslizamiento hacia lo grotesco de la serie. Jodorowsky conocía de antemano las tensiones que habían dominado la colaboración del novelista norteamericano Jerome Charyn y Boucq y que, con todo, habían dado lugar a dos obras de gran interés como son La mujer del mago y Boca de Diablo.

Los desencuentros entre ambos autores tenían su origen en su opuesto enfoque a la hora de narrar las historias: el deseo de realismo de Charyn chocaba de frente con el gusto de Boucq por la fantasía. Así que Jodorowsky, en aras de suavizar su asociación con el dibujante, hizo todo lo posible por introducir en los argumentos elementos que satisficieran sus inclinaciones, aceptando incluso su intervención en el desarrollo de los guiones.

Así que Bouncer ha acabado siendo víctima de la anteposición del placer del artista a la conveniencia de construir una historia verosímil y sólida. El guión debería ser más importante que la imagen, pero sin olvidar nunca que uno y otro están íntimamente relacionados: una historia puede fracasar tanto por un guión aburrido aunque tenga bellas ilustraciones como por uno interesante mal planteado gráficamente.

Boucq probablemente se divirtió mucho dando vida a esta auténtica corte de los milagros de este western, pero ¿reflexionó lo suficiente acerca del argumento en el que esos freaks se estaban moviendo? Yo diría que no, y el resultado es que, aunque su dibujo sigue siendo sobresaliente, en Bouncer ya no cumple más papel que el de un artesano al servicio de sus propios caprichos.

A la vista de la deriva de la colección, ya no me he molestado en investigar si los demás álbumes publicados hasta la fecha han conseguido levantar el nivel.

En resumen, de Bouncer recomendarían su primer ciclo argumental (álbumes 1 y 2), cuyos mejores momentos conforman un homenaje a los westerns de Ford (grandes panorámicas, aliento épico) pasado por el sangriento filtro de Sergio Leone (forajidos, moralidad ambigua y codicia). La serie sigue siendo entretenida a pesar de sus excesos en el segundo (álbumes 3 al 5) y ya sólo para verdaderos fans de Jodorowsky y/o Boucq en el tercero (6 y 7).

(Presumiblemente debido a las dificultades financieras de Humanoides Asociados, en 2012 los autores se llevaron su personaje a Glénat, que publicó nuevos álbumes a los que no he tenido acceso: To Hell (2012), And back (2013), L’Or maudit (2018) y L’Échine du dragon (2018). Los dos últimos ya no cuentan con el guionista chileno y están escritos por Boucq).

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".