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«Alita: Ángel de combate» (2019), de Robert Rodríguez

Alita fue originalmente un manga titulado Gunnm (1990-1995), creado por Yukito Kishiro, publicado en la revista Business Jump y en el que se narran las aventuras futuristas de una joven ciborg amnésica que se convierte en cazadora de recompensas al descubrir que tiene habilidades de combate desaparecidas mucho tiempo atrás. El manga se renombró como Alita: Ángel de combate para su edición en español y tuvo una adaptación en dibujos animados en 1993 en la forma de dos OVA de treinta minutos de duración cada uno. James Cameron leyó el cómic y le gustó lo suficiente como para comprar los derechos y anunciar repetidamente a lo largo de los dos mil la puesta en marcha de la adaptación en imagen real. Sin embargo, su compromiso con Avatar (2009) le impidió sacar ese proyecto adelante y se lo cedió a Robert Rodríguez manteniendo, eso sí, su puesto de productor y guionista (en este último apartado, ayudado por Laeta Kalogridis, quien había firmado anteriormente los guiones de Shutter Island, 2010; y Terminator: Genesis, 2015).

En el año 2563, trescientos años después de que la Tierra quedara devastada por La Caída, el experto en robótica Dyson Ido (Christoph Waltz) encuentra en un basurero de Ciudad de Hierro los restos dañados de un ciborg femenino. Lo lleva a su casa y los une al cuerpo cibernético que fabricó para su difunta hija. El ciborg revive y Dyson lo bautiza como Alita (Rosa Salazar), aunque ella no tiene recuerdo alguno acerca de su pasado ni de su identidad. Pronto, Alita hace amistad con Hugo (Keean Johnson), un jugador adolescente del arriesgado deporte de moda, el Motorball, y cuyo campeonato aspira a ganar puesto que ello le abriría las puertas de Zalem, la ciudad flotante donde viven las élites.

Sospechando que Dyson podría ser el responsable de una serie de asesinatos cuyo fin parece ser el robo de implantes cibernéticos, Alita lo sigue en una de sus misteriosas salidas nocturnas, sólo para averiguar que trabaja clandestinamente como cazarrecompensas, atrapando o destruyendo a ciborgs criminales. La muchacha lo salva de una situación muy apurada, descubriendo en el proceso unas fabulosas capacidades de combate. Dyson se da cuenta entonces que en realidad ella es una Berserker, una letal máquina de matar fabricada mucho tiempo atrás, en una época de avanzada tecnología en la que la República de Marte declaró la guerra a la Tierra. Su sofisticado cuerpo, de hecho, no tiene ya igual en el planeta y cuando su existencia llega a conocimiento de otras partes interesadas, comienzan a tejerse intrigas para hacerse con su tecnología.

Alita: Angel de combate fue una película que muchos fans habían estado esperando con impaciencia durante años. Llegó incluso a anunciarse como proyecto personal de James Cameron. Teniendo en cuenta lo exclusivo que es este director con los trabajos con los que se compromete y en los que puede invertir más de una década de preparación, ello supuso un incremento automático de expectación. Ya he comentado más arriba que probablemente debido al tiempo que está empleando en producir quién sabe cuántas secuelas de Avatar (2009), decidió dejar Alita en manos de otro director, Robert Rodríguez.

Lo cual fue una decisión ciertamente peculiar porque el estilo y filmografía de ambos directores no puede ser más diferente. Cameron realiza atrevidas películas de acción abundantes en épica, tecnología y humanismo y siempre parece obsesionado por llevar los efectos visuales un paso más allá. Rodríguez también se ha especializado en films de acción, pero mucho más alocados y carnales. Mientras que Cameron es un perfeccionista que puede pasarse años buscando la imagen perfecta, Rodríguez es un obseso del trabajo que rueda películas a todo tren sin importarle que el resultado sea tosco y apresurado.

Alita es una película técnicamente notable pero decepcionante en la historia que cuenta. Sea lo que fuera lo que de fascinante viera Cameron en aquel manga, no parece haber encontrado su transposición al celuloide porque el guion difícilmente puede ser más simple: adolescente resucitada por una figura paternal que se encuentra con el chico malo pero atractivo y aprende las felicidades y sinsabores de la vida en los márgenes más conflictivos de la ciudad; la persiguen los malos y llega a la conclusión de que la única forma de reafirmarse y triunfar es hacerlo en la arena de los gladiadores. Esta fórmula tan tópica resulta especialmente decepcionante teniendo en cuenta que en el pasado Cameron fue un director que cambió el cine de acción con películas seminales como Terminator (1984), Aliens (1986) o Terminator 2 (1991), mientras que en esta ocasión se conforma con pergeñar una fantasía juvenil del montón en la línea de Guerreros del Sol (1986) o La ley de los Rollerboys (1991).

Da la impresión de que el único interés de Cameron en esta película residía en crear y animar a la protagonista mediante la técnica de captura de movimientos que ya había utilizado y perfeccionado mucho en Avatar. Incluso, se diría que se ha forzado este efecto en el sentido de que Alita podría perfectamente haber sido interpretada por una actriz de carne y hueso con prótesis y maquillaje. Al fin y al cabo, en la mayoría de las escenas aparece vestida con un top y lo único que denota su naturaleza artificial son sus brazos. Ciertamente, hay escenas en las que el personaje lleva a cabo proezas imposibles para las que se necesita tecnología digital, pero nada hubiera impedido que Rosa Salazar hubiera prestado su auténtico físico, insertando su cabeza digitalmente en una figura rodada con captura de movimiento cuando ello fuera necesario; recurso este que sí se utiliza para los personajes de Zapan (Ed Skrein) o McTeague (Jeff Fahey).

El resultado es una película cuya protagonista es normal en apariencia pero que en su mayoría resulta ser una creación digital. Al tener unos ojos más grandes de lo habitual –inspirados innecesariamente en la estética del manga y el anime–, su aspecto bascula hacia lo grotesco. Aun peor, es imposible saber si Rosa Salazar hace o no un buen papel dado que su interpretación queda sofocada por el espeso trabajo de los artistas digitales en posproducción. Cuando el personaje sonríe, su expresión resulta antinatural y al experimentar fuertes emociones, lo que vemos en pantalla es como un Emoji humanoide. De haberse tratado de una película de animación, no habría estado fuera de lugar, pero interactuando con humanos ordinarios, es un efecto que chirría y distrae demasiado. Y eso es un problema cuando resulta que la protagonista atraviesa en las dos horas que dura la película un auténtico carrusel emocional, evolucionando de inocente y encantadora adolescente a la más invencible arma de combate de ese mundo.

Por desgracia, el resto de la película no mejora ese bache y o bien incluye demasiado o se queda demasiado corta, congestionando la trama con innecesarias escenas que no aportan nada interesante a la caracterización de los personajes. Tratando de dar forma y consistencia al mundo y sociedad del futuro y conciliar dos tramas diferentes (Alita uniéndose a los cazarrecompensas y Alita convirtiéndose en estrella del Motorball), el guion invierte demasiado tiempo en explicar detalles y transmitir información por boca de los personajes en lugar de definir a éstos; y a costa, sobre todo, de profundizar en la relación entre Alita y Dyson. Se supone que el ciberdoctor cumple el papel de padre sustituto de la muchacha, una función que es especialmente subrayada por el propio pasado trágico del personaje. Sin embargo, en lugar de ofrecernos momentos de intimidad emocional entre ambos, lo que hace Dyson principalmente es servir de guía e instructor, informándola de todo lo que necesita saber para su siguiente misión y recordándole que no haga lo que evidentemente va a acabar haciendo ni se relacione con quien acabará siendo su interés romántico.

Se nos acaba revelando que Ido creó un cuerpo ciborg para su hija porque ésta tenía algún tipo de enfermedad que la había confinado a una silla de ruedas. La niña, incapaz de moverse con rapidez, murió aplastada por un jugador de Motorball al que Ido había reparado y que estaba huyendo. Ello arruinó su matrimonio y le impulsó a trabajar como cazador de ciborgs delincuentes –aunque él lo justifique diciendo que así gana el dinero necesario para mantener su clínica abierta–. Es una historia barata y sensiblera sobre la que Christoph Waltz tiene poco espacio para demostrar su talento. El doctor tiene una enfermera (Idara Victor) que está siempre a su lado ayudándole pero a la que el guion sólo concede dos o tres líneas dejándola confinada al rol de simple adorno doméstico.

No mucho mejor que ella lo tienen Jennifer Connelly (Chiren, ex mujer de Dyson), cuyo absurdo vestuario trata de servir de metáfora tan poco sutil como absurda del tono de cada escena en la que participa. Mahershala Ali parece estar pasándolo bien dando vida al manipulador Vector, gobernador de Ciudad de Hierro; pero, como sucede con Chiren, el suyo es un personaje soso al que el guion recoge y descarta continuamente conforme los necesita sin nunca llegar a cuajar lo suficiente. Ed Skrein se limita a servir de asesino egocéntrico sin matices ni demasiado carisma.

Dado lo larga que es la película y la mucha información que, como he dicho, se va encajando en la trama, resulta sorprendente la cantidad de cosas que se dejan sin contar y que constituyen huecos importantes cuando se ve la historia en conjunto. Por ejemplo, nunca se llega a saber por qué Alita –una guerrera nacida siglos atrás– tiene un cerebro adolescente; no sabemos por qué su tejido orgánico cerebral pudo sobrevivir en un basurero durante cientos de años; no se nos cuenta prácticamente nada de la ciudad flotante de Zalem y cómo se vive allí, lo que hace difícil entender por qué tantos personajes están dispuestos a arriesgarlo todo por conseguir acceso a ese lugar. Es cierto que la moda actual dicta que este tipo de superproducciones han de planificarse en torno a trilogías y que podría pensarse que muchas de estas preguntas se acabarán contestando en las secuelas. El problema –dejando aparte que el film no obtenga el resultado económico esperado y jamás llegue a producirse una segunda parte– es que estos cabos sueltos impiden –entre otras cosas– que la película pueda disfrutarse como una obra individual y autocontenida.

De todas formas y en mi opinión, lo peor del film en lo que a historia se refiere se concentra en la subtrama romántica, sosa y en absoluto intensa. Justo después de despertar en su nuevo cuerpo, Alita se topa con Hugo, adolescente como ella que esconde un siniestro secreto. Aunque comienza siendo solo un compañero de correrías con el que se comparte cierta tensión sexual, el guion decide hacia la mitad del metraje convertirle en lo más importante de la vida para Alita. Ésta ya no se preocupa por averiguar su propia identidad o crecer como persona, sino que pasa a concentrar toda su atención en ayudar a Hugo a alcanzar su sueño de emigrar a Zalem, llegando incluso a arriesgar su vida por ello. Todo este asunto resulte predecible y aburrido. Puede que las raíces se encuentren efectivamente en el manga original, pero su traslación cinematográfica tiene un sabor a reliquia añeja recalentada de películas anteriores de Cameron como Titanic (1997) o Avatar.

Pero es que, además y a estas alturas, ya hemos visto bastantes películas en las que la protagonista femenina no necesita verse inmersa en una relación sentimental para hacer lo que debe o encontrar motivaciones para llevar a cabo su misión. Este enfoque de Alita se antoja sexista e innecesario dado que podía haberse concentrado la carga emocional en su relación con Dyson. Al final, ni la historia sobre padre e hija ni la de romance adolescente funcionan como sería deseable. Tampoco ayuda lo mediocre que es Keean Johnson como actor; sus escenas con Salazar tienen una química nula y lo único que transmiten es aburrimiento.

Parece haber una difusa idea enterrada en el guion acerca de que las intensas emociones de las chicas adolescentes constituyen en sí mismas un gran poder, que los sentimientos de Alita son parte de lo que la hace formidable. Pero esa idea jamás llega a germinar porque la propia historia deja claro que lo que la hace especial son sus asombrosas habilidades de combate. Narrativamente, sus emociones sólo sirven para que tome malas decisiones cuando la trama lo requiere llegando siempre al mismo resultado: pelearse con alguien.

Y es que, a diferencia de, por ejemplo, A.I. Inteligencia Artificial (2001), en la que las voces individuales de Stanley Kubrick y Steven Spielberg se complementaban bien para crear una obra consistente con las sensibilidades de ambos directores, en Alita las visiones de Cameron y Rodríguez se anulan mutuamente. Con Terminator 2 y Avatar, Cameron había demostrado estar a la vanguardia de la revolución digital –de hecho, su Abyss (1989) fue uno de los primeros films en utilizar CGI integrado con imagen real–. Por su parte, Robert Rodriguez ha asumido también la función de supervisor de efectos visuales en varios de sus films e incluso fundó su propia compañía especializada, Troublemaker Studios, pero los resultados han tendido a exhibir una apariencia barata y poco sofisticada.

En pantalla, estos atajos propios de Rodríguez chocan de frente con la meticulosidad de Cameron. Dejando aparte a Alita, que con las salvedades expuestas antes parece casi humana, el resto de los efectos se halla a un nivel claramente inferior. Podemos ver algunos planos generales muy espectaculares de Ciudad de Hierro y Zalem, con sus calles rebosantes de extraños personajes y tecnología futurista, pero todo tiene un evidente origen digital; es un cromo bonito que atrapa la vista pero que carece de autenticidad, de la textura propia de lo vivo y real. La fusión de las caras de actores de carne y hueso en cuerpos ciborg digitales chirría en demasiadas ocasiones y la competición final en el estadio de Motorball parece una versión corregida y aumentada de las secuencias de videojuego que el propio Rodríguez había dirigido en Spy Kids 3D: Game Over (2003).

Además, al permitir que la mayor parte de la acción de la película se apoye en la captura de movimientos y el CGI, Rodríguez renuncia a uno de sus puntos fuertes: la potencia y fisicidad de sus secuencias de peleas y persecuciones. La trifulca en el bar de cazarrecompensas tiene mucha menor energía e impacto que lo que habíamos visto, por ejemplo, en su Desperado (1995). El combate en el callejón es solo regular, destacando eso sí, el enfrentamiento de Alita con la mujer con el brillante cuerpo metálico de araña. Merece la pena resaltar por dramática y espectacular la pelea de la heroína y Grewishka (Jackie Earle Haley) en las alcantarillas, cuando las cadenas rematadas en cuchillas de él van seccionando extremidades de ella hasta dejarla reducida a un torso y un brazo y, aún así, consigue salir victoriosa.

Llama asimismo la atención en las escenas de combate, individual o colectivo, la crueldad con la que se trata a los personajes y que recuerda a la liberalidad con la que se mostraba la sangre y la violencia en las películas de acción de los ochenta del siglo pasado. No quiero decir con ello que Alita sea una sucesora de, por ejemplo, Desafío total (1991) o Robocop (1987), pero sí que exhibe un nivel similar de brutalidad física. Aunque esto no es del todo una sorpresa tratándose de un director como Robert Rodríguez, también es cierto que la violencia en sus anteriores films era una opción estética mientras que en esta ocasión parece más buscada para epatar al espectador de una forma en ocasiones tan burda que roza la comedia negra, como cuando Alita utiliza la sangre de un perro muerto por uno de sus enemigos como pintura de guerra.

Aunque la película aporta un final al arco planteado, el desenlace deja claramente abierta la puerta a una secuela. El resultado económico fue satisfactorio –se dobló la cantidad invertida– pero está por ver si Cameron y Rodríguez estarían dispuestos a seguir colaborando. Y aunque así fuera, sería recomendable contratar a nuevos guionistas que se centraran más en la historia de la heroína y menos en atiborrar al espectador de información entre escena y escena de acción.

Alita fue un proyecto ambicioso cuya gestación duró años pero que, al final, no cumplió las expectativas. Como drama carece de la intensidad esperada, la exposición y desarrollo de la trama es irregular, la mayoría de los personajes o bien no terminan de estar bien definidos o bien caen en el tópico y los efectos especiales, con una presencia excesiva en pantalla, probablemente no van a envejecer bien. Una película, a la postre, que se concentra en la acción a costa de la sustancia y se limita a copiar los peores impulsos de Cameron.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".