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«Tuno negro» (2001), de Pedro Luis Barbero y Vicente J. Martín

El slasher, o por decirlo en nuestro idioma, el cine de psicópatas, con mucha sangre de propina, es uno de los subgéneros con una aureola menos respetable. Incluso cuando se plantea con una estructura más ambiciosa ‒pienso en Scream (Wes Craven, 1996)‒, el resultado seguirá siendo sota, caballo y rey.

Poco más o menos, aquí todo consiste en un juego del escondite. El villano va de acá para allá, entre las sombras, eligiendo a sus víctimas. Los espectadores imaginamos quién vive, quién se oculta y quien palma. Hay gritos, sustos, carreras… Y bueno, ya se imaginan el final: el asesino enmascarado, mejilla contra mejilla, le susurra algo a la heroína. Su corazón se desboca. El cuchillo hace otra vez su aparición. Y la música, con intensidad y mucho nervio, anticipa un desenlace sangriento.

¿Qué puede hacer un cineasta para dignificar un slasher? De entrada, ha de empaquetar estéticamente el producto. La fotografía ha de estar cuidada, la banda sonora debe ser digna y el fetichismo del asesino ha de resultar original. Y poco más.

En realidad, el resto depende de la puesta en escena, y cuanto más hábil sea el realizador, mejor será el producto final.

Pero ojo: un slasher no es un trabajo de tesis. Hemos entrado a un bar de barrio, donde sirven pinchos de tortilla y cañas, no a un restaurante de alta cocina. Con tal de que nos diviertan y pasemos un buen rato, ya es más que suficiente.

Pedro Luis Barbero, que es un realizador inteligente y con mucha cultura cinematográfica, afrontó en 2001 el reto de trasladar al entorno español las convenciones de este subgénero. En lugar del típico campus yanqui, tenemos aquí una ciudad universitaria, y sustituyendo a la habitual cuadrilla de chavales gringos, nos encontramos a una tuna cantando «Clavelitos» y a los típicos ocupantes de una españolísima residencia de estudiantes.

El argumento es bullicioso y proletario, nada introspectivo, y por eso acepta referencias muy variadas, sin filtro alguno. Por ejemplo, hay ecos de El nombre de la rosa ‒con esos crímenes vinculados a una sociedad secreta, eliminada por la Inquisición en el siglo XVI‒, y también hay alusiones a las leyendas urbanas ‒en este caso, un asesino inmortal, el Tuno negro, que mata a los peores estudiantes de cada curso‒. En lo formal, Barbero aplica la plantilla de los slashers norteamericanos ‒el comienzo, con Maribel Verdú, es un eco de Scream‒, pero trayendo a colación nuestra faceta más cañí.

La frase que repite el deán y profesor interpretado por Eusebio PoncelaNescencia necat, «La ignorancia mata»‒ viene a ser la clave del misterio que propone la película. Los crímenes del Tuno negro serán investigados, con desigual interés, por dos policías, Víctor y Teo (Fele Martínez y Enrique Villén). Pero para conocer su verdadero alcance, tendremos que seguir la trayectoria de varios estudiantes: Eduardo (un entrañable Jorge Sanz), Trucha (Patxi Freytez), y por supuesto, la misteriosa Álex Alonso (Silke). Todos ellos son alumnos de una profesora de Criminología (Paca Gabaldón) que resalta lo inverosímil que sería tener entre nosotros a un psicópata tan sobrenatural.

En su momento, esta propuesta desacomplejada y castiza no fue bien aceptada por los críticos, pero vista hoy, décadas después de su estreno, despierta mucha simpatía. Es más: incluso me agrada el diseño del Tuno negro, un matarife que va ataviado como si saliera de un concierto de glam rock, y que encima habla por internet con la fabulosa voz de Camilo García (el doblador de Harrison Ford y Anthony Hopkins).

Como sucede con el noventa por ciento de los slashers, Tuno negro nos invita a reírnos del miedo y del dolor, y por eso se toma ciertas bromas y excesos al pie de la letra, incluso a lo loco.

No hay necesidad de que la aventura parezca trascendente. Todo lo contrario: Barbero maneja con honestidad los resortes de una cinta juvenil y comercial, sabiendo que el espectador que pagaba su entrada en 2001 solo iba en busca de un entretenimiento empapado en sangre.

La taquilla le dio la razón al director, pero los comentarios en la prensa fueron más ingratos. Hay géneros que no están hechos para el análisis, y el cine de psicópatas es uno de ellos, incluso en esos casos excepcionales ‒poquísimos‒ en los que nos encontramos con una obra maestra.

Filmada en una Salamanca nocturna y siniestra, bien fotografiada por Carlos Suárez, Tuno negro cuenta con la participación de otros técnicos de alto nivel, como el director artístico Wolfgang Burmann, o el maquillador José Quetglás. Lo mismo cabe decir sobre la banda sonora, obra de Roque Baños y Álex Martínez.

La propuesta de Barbero nos llegó en una época en la que la crítica no entendía los subgéneros. Supongo que hoy esta película se rodaría con alguna ventaja. El público actual reclamaría un reparto más joven, y por consiguiente, más creíble para dar vida a universitarios. Los efectos digitales de hoy también mejorarían la apariencia de algunos planos. Y en estos tiempos, quizá una actriz más rotunda y turbia que Silke le iría mejor ‒creo yo‒ al personaje principal. Sin embargo, dudo que un remake actual fuera tan festivo en su desarrollo y tan explícito en sus escenas gore. En este sentido, Tuno negro es fruto de su tiempo y resume a la perfección los gustos de aquella época.

Quedémonos con lo importante. Pedro Luis Barbero demostró que era posible rodar un slasher a la española, sangriento, autoconsciente y juguetón, y además alcanzó un éxito de taquilla por el que hubiera merecido mayor reconocimiento profesional.

Por desgracia, la comercialidad no era algo que la industria de la época valorase. Puedo equivocarme, pero creo que si en lugar de transmitir ese entusiasmo gore y ese espíritu de videoclub, Barbero hubiera rodado una tragedia rural, ambientada en los años treinta, su fortuna en el cine hubiera sido distinta.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.