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«Touch» (2012): las matemáticas y el sentido de la vida

Vivo permanentemente en el caos. Es mi estado natural. Y en él me siento a gusto. Supongo que nací sin ese gen que te ayuda a mirar más allá. A encontrar trascendencia en mis actos. A creer que todo forma parte de un plan preconcebido. Jamás encontré mi camino porque no creo que exista.

La vida es una timba de póquer. Así caemos en ella: rodeados de tahúres y tramposos. Te reparten unas cartas y con ellas has de jugar. Magníficas cartas en manos de botarates se echan a perder aunque sus cabezas estén coronadas. Y una mano pésima, jugada con maestría, te conduce a la cima del mundo.

Hay gente que planifica su vida como un guión de cine y le sale como una mala miniserie de televisión. Otros, con apenas tres líneas, escriben un poema épico. Es el toque del que yo carezco.

Todas estas cavilaciones me sirven para explicar por qué un gripazo monumental puede dejarme en la nada más absoluta a la hora de entregar mi artículo semanal… Porque sigo sin saber sobre lo que escribir. Es la fiebre. A mi lado, Karen. Ella, sin decir nada, siempre tiene todas las respuestas…

Play al reproductor de nuestro disco duro.

Comienza Touch. Una teleserie que la Fox emitió desde enero de 2012 hasta mayo de 2013, y que fue creada por Tim Kring y protagonizada por Kiefer Sutherland.

Quien nos introduce en el relato es la voz de un niño:

“Las cosas que la mayoría de las personas ven como caos sólo siguen sutiles leyes de conducta. Galaxias, plantas, conchas de mar… Los patrones nunca mienten. Pero sólo algunos podemos ver como las piezas encajan.  Siete mil ochenta millones trescientas sesenta mil personas viven en este pequeño planeta. Esta es la historia de algunas de esas personas. Hay una antigua leyenda china sobre el hilo rojo del destino. Dice que los dioses han atado un hilo alrededor de nuestros tobillos y lo han unido a las personas cuya vida estamos destinados a tocar. Puede que este hilo se alargue o se enrede… pero nunca se romperá. Todo ha sido predeterminado por probabilidades matemáticas”.

Así comienza el episodio piloto de una de las mejores series que he visto en los últimos años. Quien así habla es un niño autista de once años, Jake (David Mazouz), que no dice una sola palabra y que no permite que nadie le toque.

Su padre es un antiguo reportero, Martin Bohm (Kiefer Sutherland). Su esposa murió en los atentados terroristas del World Trade Center del 11–S, y desde entonces, trata de críar a Jake como buenamente puede. Su esperanza se enciende cuando conoce al profesor Arthur Teller (Danny Glover), quien encuentra un sentido a los patrones matemáticos que maneja el niño. Teller comparte un despacho con Avram Hadar (Bodhi Elfman), un judío jasídico que estudia la Cábala y que descubre una vertiente mística en el don que pose Jake.

Touch alberga distintas historias, distintos personajes unidos por el destino, distintos caminos que van entrechocando para producir unos efectos que lejos de estar escritos, se van escribiendo según leyes matemáticas.

Jake es capaz de adivinar el futuro porque el futuro, realmente, no existe. Es sólo algo que llegará obligatoriamente a la luz de fórmulas matemáticas, como tras un dos, un signo más, otro dos y un igual, indefectiblemente, aparece el número cuatro… Y es que Jake no es un vidente, sino un genio matemático.

La suerte es sólo una fórmula matemática, y las relaciones humanas, nada más que química orgánica. Nuestro destino, simples leyes físicas. Así de simple. Así de grande. Así de magnífica es la reflexión que provoca Touch.

Tras ver esta teleserie, me fastidia y me fascina saber que, en el fondo, sólo somos cifras bailando alrededor de signos aritméticos. Es ficción pero me lo creo. Soy ateo pero mientas estoy enganchado a la historia, quiero creer que las cosas no pasan porque sí. Que todo forma parte de un plan, tan carente de maldad o bondad como el teorema de Pitágoras o la teoría de la relatividad.

Quiero creer que ese fino e invisible hilo que nos une a cada una de las personas que tienen influencia en nuestras vidas no se romperá jamás, que nos irá trayendo hacia quienes serán parte del armazón de nuestras pequeñas historias vitales.

Touch es visualmente muy atractiva. Como un reality. Como un documental. Como pedazos de vida de un puzzle cuyas piezas, por separado no tienen sentido y que, juntas y bien encajadas, nos muestran una fotografía de infinitos colores.

La suma de individualidades que pasan por sus secuencias es inquietante en muchos momentos. Tiene algo que me recuerda a la magnífica Crash de Paul Haggis. Me refiero a ese ambiente dañino y solitario que ocupa cada uno de los personajes: un escenario de incomunicación que sólo puede ser decodificado por un niño, ese chaval que, curiosamente, no puede comunicarse con el mundo que le rodea más que por números.

Hay algo de paradójico, de poéticamente maravilloso en que quizá sean los que menos hablan los que más saben y comprenden cuanto nos rodea.

Acaso todas las historias forman parte de la misma historia. Somos pinceladas de un cuadro que, visto a distancia, adquiere sentido y belleza.

Copyright del artículo © Pedro Luis Barbero. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © 20th Century Fox Television, Chernin Entertainment, Tailwind Productions. Reservados todos los derechos.

Pedro Luis Barbero

Pedro Luis Barbero es guionista y director de cine y televisión. "Tuno negro" (2001), su primera película, se convirtió en el debut más taquillero de ese año en el nuestro país. Para la pequeña pantalla destaca por haber escrito y dirigido el programa Inocente Inocente con el que consiguió el Premio Ondas, así como diversas series como "Impares" (2008) o "¡Viva Luisa!" (2008). En 2016 rodó el largometraje "El futuro ya no es lo que era".