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«¿Quién puede matar a un niño?» (1976), de Narciso Ibáñez Serrador

El estreno de ¿Quién puede matar a un niño? el 21 de abril de 1976 fue una buena noticia para los aficionados al terror. Después de varios años, Ibáñez Serrador regresaba a la gran pantalla, y además lo hacía con una propuesta que contrastaba de forma poderosa con su anterior película, La residencia.

El inicio de la cinta, estremecedor, era una sucesión de imágenes reales con un denominador común: el sufrimiento de los niños a causa del hambre y las guerras. Acto seguido, la ficción nos presentaba a los protagonistas, Tom y su esposa Evelyn, embarazada de siete meses, dos turistas ingleses que llegan en autobús a una población mediterránea en fiestas, Benavís.

A falta de alojamiento, la pareja acaba navegando hasta la isla de Almanzora. El lugar es muy luminoso y les parece ideal para pasar unas vacaciones tranquilas. Sin embargo, la calma y el silencio preceden al horror. En las soleadas calles de Almanzora no hay adultos. Los niños, guiados por un impulso inexplicable, se han dedicado a un juego perverso: perseguir y asesinar a todos los mayores de edad.

Las apelaciones a esa fuerza extraña que convierte a los niños en criminales son muy sutiles, pero al final, importan menos que la propia atmósfera del film, insana y fatalista a partes iguales.

Más allá del potencial que ofrece en el terreno del suspense, la película es el reflejo de dos personalidades. En primer término, la del propio Chicho, y de forma secundaria, la de Juan José Plans (1943-2014), responsable de la idea en que se inspira este largometraje.

Si hablamos de amor por el fantástico, en el caso de Plans no hay duda de ello. Dejando aparte su carrera radiofónica y sus méritos como divulgador literario, sobresale como escritor gracias a títulos como Las langostas (AZ, 1967), Crónicas fantásticas (Azur, 1968), Relatos fantásticos (Prensa Española, 1970) o El cadáver (Miguel Castellote, 1973).

Por las mismas fechas en que publicó el ensayo La literatura de ciencia ficción (Prensa Española, 1975), salió a la venta su novela El juego de los niños (Organización Sala, 1976), que muchos autores mencionan como la fuente de la que surgió el guión de ¿Quién puede matar a un niño? Sin embargo, la historia de esta adaptación es un poco más compleja.

Situémonos en el año 1975. La casa de Ibáñez Serrador ‒que según recuerda José Luis Garci, primero estuvo en la calle Jericó, de Madrid, y más adelante en Apolonio Morales‒ es el centro de reunión adonde acuden los colaboradores del realizador, tanto para decidir y elaborar nuevos proyectos, como para preparar los que ya están en marcha.

Juan José Plans visita a Chicho (1), y en una de esas reuniones, comentan lo que será Historias para imaginar, una secuela radiofónica de Historias para no dormir. En un momento dado, Plans habla sobre un relato del que es autor, inspirado por una fotografía de la guerra del Vietnam en la que aparecen unos niños muertos. Según el propio Plans, dicho relato habría sido publicado en las páginas de Cosmópolis. Revista mensual de actualidad (1968-1973), con el título de «Pánico» (No he podido acceder a los dos ejemplares de Cosmópolis donde figuraría este cuento, así que lo menciono con cautela).

Plans explica a Chicho que su historia puede ser buen material para un guión televisivo. Entusiasmado, Ibáñez Serrador le propone su adaptación al cine, pero con una condición importante: el director escribirá ese guión en solitario.

Esto último explica las diferencias entre la película y el texto de Plans, quien trabaja en su novela (El juego de los niños) mientras Ibáñez Serrador hace lo propio con el libreto del film.

A la hora de buscar antecedentes, dudo que Plans hubiera leído Los cuclillos de Midwich, de John Wyndahm (Producciones Editoriales publicó el libro en 1976, dentro de su colección Infinitum), y me inclino a pensar en el influjo de la versión cinematográfica de ese mismo libro, El pueblo de los malditos (1960), de Wolf Rila.

Por supuesto, la coincidencia en la idea ‒niños capaces de asesinar‒ no implica necesariamente que la obra de Wyndham fuera imitada por Plans. Por otra parte, creo que son posibles otras fuentes de inspiración más próximas en la España de la época. Sin ir más lejos, el cuento «El pequeño asesino» («The Small Assassin», noviembre de 1946), de Ray Bradbury, que llegó hasta nosotros incluido en la antología El país de octubre (Minotauro, 1971). O de forma tangencial, la película A las nueve cada noche (Our Mother’s House, 1967), de Jack Clayton.

Ahí va otro dato significativo: en septiembre de 1974, el número 36 de la revista Vampirella incluyó la historieta «En una mañana maravillosa» («A Wonderful Morning!”, páginas 19-26), de Fernando Fernandez, coloreada por Richard Corben. Fernández imaginó aquí un mundo en el que solo sobrevive un adulto. Al igual que sucede en el relato de Plans, los niños se han dedicado a asesinar a sus mayores, y ese único superviviente no va a ser una una excepción.

Este cómic, públicado en nuestro país en 1977, nos demuestra un par de cosas: que todo está inventado y que las acusaciones de plagio son el pan nuestro de cada día. Cuando Fernández denunció públicamente el asunto, Plans trató de zanjar la polémica con un dato crucial: las similitudes entre «En una mañana maravillosa» y ¿Quién puede matar a un niño? se deben a que Plans ya había usado la misma trama años antes, en el guión de “La isla”, uno de los episodios del radiodrama Escalofrío. ¿Escuchó Fernando Fernández ese programa? ¿Leyó Plans ese ejemplar de Vampirella antes de escribir el cuento? ¿O fue todo una simple coincidencia?

Para no perdernos en ese litigio, volvamos a la película. En los fondos de la Biblioteca Nacional hay un texto de 137 folios con la firma de Luis Peñafiel (seudónimo de Chicho), registrado en 1975 por la productora Penta Films. Su título: La noche que empezaron a jugar. Esa copia del guión es la base de un proyecto que el realizador aprovechó para asumir un reto imponente: generar miedo en espacios abiertos y a plena luz del día, como sucedía en Los pájaros (1963), de Hitchcock.

En la película, encontramos sólidas interpretaciones, como las de Antonio Iranzo o Prunella Randsome (Evelyn). Sin embargo, creo que al resultado final le perjudica que el papel de Tom fuese encarnado por el tibio actor australiano Lewis Fiander, por mucho que este ya hubiese intervenido en otras películas de género, como I Start Counting (1970), Dr. Jekyll y su hermana Hyde (Dr. Jekyll and Sister Hyde, 1971) o El retorno del Doctor Phibes (Dr. Phibes Rises Again, 1972).

Un detalle bien conocido es el descontento de Chicho con el doblaje al español de una película que originalmente estaba rodada en dos idiomas. Se supone que los protagonistas hablan en inglés entre sí, y que solo Tom entiende nuestra lengua. El efecto angustioso que ello provoca en su esposa es fácil de imaginar. Sin embargo, para evitar los subtítulos, los productores recurrieron a dos espléndidos actores de doblaje, Jesús Nieto y Elsa Fábregas, que convierten a Tom y Evelyn en perfectos hispanohablantes.

No faltan otras virtudes, como la fotografía de José Luis Alcaine y la música de Waldo de los Ríos, pero ¿Quién puede matar a un niño? resalta, sobre todo, por su dirección artística, mérito del decorador Ramiro Gómez. Esto último es algo que pasa desapercibido si uno ignora el siguiente detalle: salvo algunas escenas rodadas en Almuñécar, Menorca y Sitges, la mayor parte de la película se filmó en Ciruelos (Toledo), un pueblo del interior de la península que en la película ‒he aquí la magia del cine‒ aparenta ser una isla mediterránea.

Aparte del potencial de sobresaltos que aprovecha Ibáñez Serrador, aquí nos encontramos con una trama donde chocan el instinto de supervivencia y la moral. Esto es algo que sigue resultando incómodo, y que explica los problemas que tuvo la película en el exterior (La censura y los sistemas de clasificación, con todas sus variantes administrativas, aún estaban activos en diversos países, incluidas varias democracias europeas).

Las buenas críticas que recibió en su momento ¿Quién puede matar a un niño? coinciden con el entusiasmo que sigue despertando hoy. Décadas después, al comprobar una vez más las cualidades de Chicho como narrador, uno siente que el cine español perdió la oportunidad de haberlas aprovechado a fondo, en lugar de permitir que su enorme talento fuera secuestrado por la televisión.

(1) Algunas fuentes sitúan este encuentro en Ibiza.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.