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«Los perros de la guerra» («The Dogs of War», 1980), de John Irvin

La agonía de África, trasladada de lo individual a lo colectivo, es la que condiciona el argumento de películas como Último tren a Katanga (1968), de Jack Cardiff, Patos salvajes (1978), de Andrew V. McLaglen, o Los perros de la guerra (1980), de John Irvin.

Casi no hace falta repetirlo. La triste evidencia de una descolonización mal ejecutada fue algo cotidiano en los tiempos de la guerra fría. Como dice el historiador hispano-británico Felipe Fernández-Armesto en su ensayo Millennium (1995), «la creación de Estados sin historia, improvisados por razones de conveniencia, carentes de elites tradicionales o de colonos que mantuvieran la paz, divididos precariamente o federados de forma caprichosa, fue la maldición de la descolonización».

En muchos de estos países, independizados en los sesenta, todo, absolutamente todo empezó a funcionar peor en que en la década anterior. Lo que ya es decir.

Como era lógico, el mundo de la ficción no tardó en reflejar esa etapa de guerras civiles, conflictos fronterizos y dictaduras que dependían de Washington o de Moscú. La antigua Guinea española no fue una excepción. Como apunta Fernández-Armesto, esta fue «la tierra del cacao donde transcurre la acción del best-seller de Frederick Forsyth, Los perros de la guerra, cuyo tema era los destrozos causados por los mercenarios».

Forsyth, al igual que los guionistas que adaptaron su novela, tuvo muy presente el modo en que este país se despeñó por el precipicio. «En 1968 ‒nos dice Fernández-Armesto‒, los españoles se escabulleron de Guinea Ecuatorial, dejando una bonita capital colonial, las mayores exportaciones per cápita del África occidental y una producción de cacao de 30.000 toneladas al año. (…) Diez años más tarde, la producción de cacao representaba una sexta parte y la de café y madera, una décima parte de los niveles anteriores a la independencia: los extranjeros habían sido expulsados y una cuarta parte de la población nativa ‒según cálculos plausibles‒ se había exiliado. Un dictador loco, Francisco Macías Nguema, que había impresionado a los electores por haber mantenido las carreteras en buen estado cuando era ministro de Obras Públicas, fue el que causó estos estragos. (…) Su campaña fue subsidiada por antifranquistas de España, relacionados con el comercio internacional susceptible de ser explotado. Una vez electo, se volvió contra quienes lo apoyaron, llamó a ‘asesores’ rusos y empezó a matar a sus enemigos políticos en un país que se estaba muriendo desangrado».

La novela de Forsyth, publicada en 1974, transcurre en un país ficticio, Zangaro. El novelista ya había relatado en The Biafra Story (1969) la tragedia que vivió en persona cuando fue corresponsal de la BBC. Me refiero a la Guerra de Biafra (1967-1970) que siguió al intento de secesión del pueblo igbo en Nigeria.

Los perros de la guerra es el retrato perfecto de lo que sucedió en muchos rincones de África. Todo comienza cuando la empresa británica Manson Consolidated descubre que hay un depósito de platino en Zangaro. El presidente del país, Jean Kimba, es un tirano psicópata, controlado por el Kremlin. Para evitar que sean los soviéticos quienes se aprovechen del platino, Sir James Manson, propietario de la empresa, planea un golpe de estado. Para ello contrata al mercenario anglo-irlandés Carlo Alfred Thomas «Cat» Shannon. Este último se hace pasar por turista, y tras organizar el plan, reúne a su equipo y se lanza a esta durísima aventura.

Aparte de relatar minuciosamente la logística y la estrategia de un golpe de estado, Forsyth hace un retrato de los mercenarios, inspirándose en personajes reales como Mike Hoare (el protagonista indirecto de Los perros de la guerra) o Bob Denard.

Gary DeVore, George Malko y Michael Cimino se ocuparon de escribir la adaptación cinematográfica de la novela. El encargado de dirigirla, John Irvin, ya tenía experiencia como documentalista y realizador de teleseries, pero además contó con un director de fotografía excepcional: Jack Cardiff, responsable de Último tren a Katanga (1968).

De forma inevitable, la película condensa y modifica la trama de la novela, pero sigue ofreciendo un relato serio y consistente. Christopher Walken encarna al mercenario protagonista, James Shannon, Tom Berenger interpreta a otro soldado de fortuna, Drew Blakeley, y Colin Blakely es Alan Norte, un reportero de guerra sincero y desesperanzado.

En un principio, Los perros de la guerra iba a ser un film de Don Siegel, pero pronto pasó a otras manos. Norman Jewison cedió el proyecto a Michael Cimino, quien quería verlo interpretado por Clint Eastwood y Nick Nolte. Cuando Cimino se comprometió con el catastrófico rodaje de La puerta del cielo, Irvin se hizo cargo de la película y lideró al equipo en el destino elegido para el rodaje: Belice.

Los perros de la guerra hurga en la realidad y consigue transmitir una constante sensación de verosimilitud. Hay algo áspero y también trágico en esta cinta, que rehúye la tradicional épica de Hollywood y cuenta, con pelos y señales, el quehacer de los mercenarios y la mecánica de un golpe de estado. Muy bien interpretada, la cinta identifica el perfil de cada personaje y logra atrapar esa desesperación que acompaña a los países con los que se identifica la imaginaria República de Zangaro.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Colaborador de "La Lectura", revista cultural de "El Mundo". Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Álbum Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.