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«Le Corbeau» o la condición humana

Supongamos que llegamos a un pueblo del que hasta entonces no habíamos tenido noticia y, tras atravesar el arco de la entrada con su muralla, nos encontramos frente a una casa. Se trata de un edificio que nos gusta, pero del que no tenemos ninguna información: nos atrae su color, los balcones, el portalón, las tejas.

Con el fin de querer saber más sobre esta construcción, nos adentramos en ella y conocemos a su habitante, quien nos cuenta la historia de su hogar, qué fue lo que le llevó a construirlo y por qué vive en ese pueblo. Una vez ha finalizado la charla, nos marchamos con unas conclusiones formadas en nuestra cabeza.

Pues bien, estas tres frases que acabo de describir podrían ser las tres formas de análisis esenciales: el análisis visual, el análisis de contenido y la opinión personal como consecuencia de la información “aprehendida” (agarrada para sí) anterior.

Cuando nos enfrentamos a una obra artística, podemos analizarla ‒y, de hecho lo haremos normalmente así‒ siguiendo ese orden. En el caso de un film, será tal vez lo más adecuado. Podemos invertir el orden e incluso repetir alguna de estas fases antes y después de otra. Las combinaciones son interminables. La cuestión es que cuanto más analicemos algo, mejor podremos extraer de ello todo lo que puede ofrecer e incluso algo más de propina, pues ya se sabe que las obras acaban escapando del dominio de quienes las conciben para seguir creciendo y enriqueciéndose con cada sujeto que la analice. La sensibilidad podrá desarrollarse cuanto más se la ejercite, mientras que aquello que analizamos será cada vez más disfrutable cuantas más revisiones se realicen por parte del sujeto “consumidor”.

En mi caso, con el paso de los años he conseguido valorar aquello sobre lo que había depositado mis prejuicios en primera instancia, de forma apresurada y, por tanto, errónea. Sin embargo, como espectador y viajero he conocido lugares y visitado su interior, superando la mera fachada, conociendo sus historias, quiénes los crearon y por qué. Cuando se es extranjero, el familiarizarse con el entorno lleva su proceso de adaptación.

El caso contrario del visitante-espectador que juzga sería el del huésped no invitado, aquel del que el pueblo desconfía, viéndole como un invasor. En algunos casos, los “villanos” (habitantes de la villa) adjudican al visitante el rol de villano novelesco (personificación del mal, algo que rehuir) y aciertan. Es el caso de Drácula, representación simbólica de ese enemigo “invisible” que invade la normalidad y contagia a toda aquella persona que se cruza en su camino. Pero ¿y si es el pueblo el que ya está contagiado y el peregrino se convierte en posible víctima?

He de confesar que este tipo de historias son las que más me fascinan. Por encima del suspense, lo que más valoro es la incertidumbre hacia el semejante, al desconocer lo que piensa, siendo imposible desentrañar su psicología.

En los relatos esto ha dado muy buenos resultados, de la misma forma que en teatro o el cine. Existen cineastas archiconocidos, cuyos nombres forman parte del abecedario de toda enciclopedia del séptimo arte. Y no sin razón.

No obstante, para cualquier visitante nuevo en este lugar, el peligro precisamente es el de tomar aquel libro y leerlo de la A a la Z, pensando que sólo lo que se encuentra entre esas letras existe. Como comienzo no está nada mal, es una síntesis. Pero conviene penetrar en la epidermis para llegar más adentro. Si la A es Hitchcock y la Z es Christopher Nolan, habría que inventar nuevas letras para aquellos que pueden quedar fuera del resto de asignaciones por letra.

Este sería el caso de Henri-Georges Clouzot, director francés a caballo entre el cine primitivo y el moderno. Sus películas pueden considerarse en cierto modo inquietantes por el tipo de asuntos que tratan y, por encima de ello, debido a los personajes que las habitan y les confieren su sentido. Porque sin personajes difícilmente se podrá componer una historia de estas características.

Repito, el cine de suspense lo es gracias a la psicología de los individuos que lo pueblan. Aparentemente pueden parecer normales pero tras su armadura primera se esconden otro tipo de intenciones. En los filmes de Clouzot, raramente los personajes muestran una humanidad que les permita ser modelados. Al contrario, poseen una dureza que impide todo modelaje, parecen estar hechos para defenderse de los demás. Cada uno armado de sus razones, con las que se puede llegar incluso a empatizar. Sus historias nos hablan de biografías ásperas que les hacen enarbolar una hostilidad con la que sobrevivir.

En el caso de El salario del miedo (Le Salaire de la peur, 1953), los protagonistas son carne de cañón, curtidos para enfrentarse a todo tipo de riesgos, apostando su vida por un puñado de monedas que les permitan subsistir. En Las diabólicas (Les Diaboliques, 1955), las protagonistas buscan el crimen esgrimiendo sus buenos motivos, aquellos que el público entiende ‒convirtiéndoles automáticamente en cómplices, como diría Fritz Lang‒. En el caso de Los espías (Les Espions, 1957), cada personaje que invade la escena puede resultar una amenaza, incluso para sí mismos y entre ellos. En El cuervo (Le Corbeau, 1943), su obra maestra, el pueblo es el monstruo, porque nosotros somos esa sociedad.

Existe la vieja creencia de que toda persona que se dedica a crear ficciones siempre pone algo de su biografía como condimento. Parece imposible no hablar de uno mismo cuando se está creando.

En algunos casos, hay quien lo niega por activa y por pasiva, y puede que tenga razón. Pero cuando se mezclan el arte y la vida de una forma tan visceral, es la propia personalidad de quien crea la que habla a través de sus criaturas, de sus ambientes, de sus diálogos, de su música (incluso, como sucede en la mayoría de los casos, sin haberla compuesto, aunque sí sugerido al encargado de componerla).

Ese enemigo invisible que plaga el pequeño pueblo de mensajes anónimos, delatando los trapos sucios de cada uno de los habitantes, es al final lo que menos importa en El cuervo. Lo verdaderamente básico en todo ello es cómo un pequeño cortocircuito puede desestabilizar toda una civilización construida a base de hipocresía, mentiras, traiciones y envidias. La apariencia de los falsos vecinos civilizados se resquebraja mostrando sus grietas y aquella pequeña villa emprende su propia revolución jacobina a base e guillotinas simbólicas. No queda títere con cabeza, unos a otros se destruyen al quedar en evidencia sus miserias. Porque unos ven las de otros, pero no las de sí mismos. Y he aquí lo interesante, ese descenso hacia la locura autoinfligido por quienes dicen formar parte de la ciudadanía moderna y progresista.

Clouzot nos brinda todo un abanico de escenas y planos inolvidables, por cuanto se graban en el recuerdo a base de sonoros martillazos. Y, ambientándolos en todo momento, sus diálogos densos por inteligentes, siempre preñados de simbología, como en la que a mi juicio es su mejor escena: aquella en la que se habla de la verdad humana, mientras la luz oscila mostrando las luces y las sombras de los personajes que dialogan.

Estoy seguro que de haber contribuido con sus engranajes a la maquinaria de Hollywood, Clouzot habría alcanzado de forma masiva el reconocimiento que se merece. O, tal vez, no habría pasado de su primera película, pues tal vez el público no habría estado preparado para verse en el espejo y asumir, con una amarga carcajada, su condición humana.

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Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo (1988) es doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid (2019). Su tesis doctoral "El fragmento como referencia de la modernidad en los procesos de creación de la vanguardia artística española (1906-1936)" propone el estudio de las obras de la vanguardia artística española como un todo fragmentado cuyos elementos refieren al nuevo arte que estaba desarrollándose en el resto de Europa. Ha publicado diversos artículos en revistas académicas como "Aniav", "Asri", "Re-visiones" o "Síneris", siendo en esta última pionero en el estudio de la considerada como primera cineasta española, Helena Cortesina. Del mismo modo, ha participado como ponente es diferentes congresos, organizados por el Instituto Cervantes, la UCM, la UAM o las universidades de Valencia y Huelva. Como creador multidisciplinar, ha participado en diversas exposiciones, recibido diversos premios y participado como jurado en festivales. Por su libro de poemas "El mar vertical" obtuvo el accésit del XI Certamen Literario “Leopoldo de Luis” de poesía y relato corto (2019). En la actualidad, se dedica a la investigación, la creación y la enseñanza.