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La trascendencia de lo inmanente: Adelaida García Morales a través de su literatura

Una de las virtudes más complicadas de alcanzar en la creación literaria radica en conseguir una coherencia en la voz narrativa. Esto, que debería venir dado por la propia personalidad de quien escribe, no siempre se encuentra presente, por lo que quien lo posee adquiere automáticamente un estilo propio e inconfundible. Un cosmos compuesto de distintos elementos perfectamente hilvanados entre sí, y no deshilachados y confusos, difícilmente conectables.

Una de las autoras españolas recientes más coherentes en este sentido es Adelaida García Morales, cuyo trabajo debería revisarse y destacarse en mayor medida.

Son distintas vetas las que caracterizan su obra, pero todas ellas forman parte del mismo tronco. Aunque breves y aparentemente sencillas, sus creaciones se encuentran plagadas de encrucijadas que conforman laberintos donde es fácil querer perderse. De forma voluntaria, el sujeto lector penetra en su boscaje, se deja llevar a voluntad por la voz de la narradora, y entrega parte de sí en el relato, para luego llevarse a cambio un recuerdo que marcará un antes y un después en sus lecturas.

Hay algo hipnótico en sus historias, una especie de ritual con el que deja en trance a quien las lee. Esas vetas anteriormente referidas hablan del misterio, los ambientes íntimos y cerrados, las relaciones personales y la soledad, o lo prodigioso en lo cotidiano. No obstante, es su savia la que fluye por las venas de un mismo sistema circulatorio; son vasos comunicantes de un mismo subsuelo, que late en los textos de la autora.

Como ha quedado dicho, adentrarse en el mundo de Adelaida García Morales supone dejarse en el intento algo en él. Cuando uno lee El silencio de las sirenas, El sur o Bene, va conociendo las facetas de un universo personalísimo, al punto de no poder evitar un sentimiento de identificación con los personajes protagónicos de sus historias.

Como ellos, sentimos curiosidad por el misterio que va desarrollándose ante nuestros ojos. Algo inexplicable que parece dar el propio lugar mágico que se habita en la ficción. Querremos desentrañar los extraños sueños de Elsa, conocer el pasado sevillano de Agustín o comprender la personalidad oscura de Bene.

No es extraño que su literatura haya dado uno de los mejores filmes del cine español. Víctor Erice, quien fue su pareja durante veinte años, nos ha dejado como legado la adaptación de El sur, la película inacabada más perfecta de la historia. De ello tuvo la culpa, para bien o para mal, el productor de productores español, Elías Querejeta, que obligó al cineasta a dar por concluido el rodaje por motivos económicos, considerando que había suficiente material como para montar una historia. ¡Y vaya si lo había!

No obstante, quedaba por contar la segunda parte de la historia, en la que la protagonista viaja a Andalucía buscando sus raíces, a la misteriosa mujer con la que se carteaba el padre. Erice completa la historia con otros momentos que no figuran en el libro, pero que sin duda se convirtieron en emblemáticos, como aquel del baile en la comunión de Estrella, o el de la conversación de padre e hija en el café; o ese otro en el que ella se cuela en la sala de cine. Imágenes que de algún modo forman ya parte indivisible del relato, recordándose en el mejor sentido etimológico de la palabra, es decir: “volviendo a pasar por el corazón”. Algo que tiene que ver indudablemente con el sentimiento, con la forma de percibir lo narrado no tanto con el cerebro sino con la emotividad. Porque si a algo aluden los relatos de Adelaida García Morales es al mundo interior o, lo que es lo mismo, a lo inmanente. Esto sería el eje central de todo, el tronco por el que discurren las vetas y fluye la savia. Su propia definición describe la palabra “inmanente” como lo que “es interno a un ser o a un conjunto de seres, y no es el resultado de una acción exterior a ellos”.

En el caso de las historias de García Morales, son esas sensaciones íntimas, esa descripción interna lo que las va edificando. De ahí parte también su misterio, aquello que no se dice pero se intuye. Los personajes encerrados en sí mismos cuya acción exterior afecta a los personajes que les rodean. En este sentido, sí se rompería la definición de “inmanente”, pues sus percepciones internas trascienden, acaban manifestándose externamente, aun a pesar de estos mismos personajes, que tratan de guardar celosamente sus secretos. Como en una narración detectivesca, alguien les descubre y trata de exorcizar sus demonios. Pero, sin quererlo, acaban contagiados de su veneno, son vampirizados, al igual que sucede con quien lee las historias, que acaba atrapado por ellas y por sus extraños protagonistas.

En cierto modo, la propia autora también fue un personaje esquivo durante su vida, haciendo gala de una invisibilidad que no hizo sino acrecentar su leyenda; invisibilidad ésta que no era sino rasgo de un carácter exento de cualquier notoriedad, digno de una vida sencilla aunque constante en su oficio como escritora.

Sus últimos años fueron ciertamente difíciles, donde tuvo que subsistir a dificultades de tipo económico. La autora, ganadora del premio Herralde de novela por su novela El silencio de las sirenas, continuaba siendo una desconocida para el “gran” público, que desde las últimas cuatro décadas viene ensalzando a autoras españolas de la segunda mitad del siglo XX no menos merecedoras de reconocimiento: Carmen Martín Gaite, Ana María Matute o Carmen Laforet son sólo algunos de estos nombres, que apenas han dejado un hueco en el pódium de las letras a García Morales. Tras su fallecimiento en el año 2014, los medios no dejaron el hueco merecido para recordar su figura, cuyo último episodio conocido fue el de su visita a la Delegación de Igualdad del Ayuntamiento de Dos Hermanas para pedir cincuenta euros con los que poder viajar a Madrid y visitar a su hijo. Este hecho fue utilizado dos años después por la escritora Elvira Navarro para concebir su libro Los últimos días de Adelaida García Morales, que suscitó gran polémica en su momento, al tratarse de una “narración cercana al falso documental”.

El propio Erice escribió un artículo criticando duramente a la autora y a la obra, en defensa de la propia García Morales, que ya no podía defenderse como personaje de novela ni como escritora o, simplemente, persona real. Un triste e injusto final para una autora que, si el tiempo ‒como popularmente se dice‒ actúa con justicia con las cosas y las coloca en el sitio que merecen, volverá a brillar en una posición privilegiada, la que verdaderamente le corresponde, como una de las autoras más originales de nuestro tiempo.

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Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo (1988) es doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid (2019). Su tesis doctoral "El fragmento como referencia de la modernidad en los procesos de creación de la vanguardia artística española (1906-1936)" propone el estudio de las obras de la vanguardia artística española como un todo fragmentado cuyos elementos refieren al nuevo arte que estaba desarrollándose en el resto de Europa. Ha publicado diversos artículos en revistas académicas como "Aniav", "Asri", "Re-visiones" o "Síneris", siendo en esta última pionero en el estudio de la considerada como primera cineasta española, Helena Cortesina. Del mismo modo, ha participado como ponente es diferentes congresos, organizados por el Instituto Cervantes, la UCM, la UAM o las universidades de Valencia y Huelva. Como creador multidisciplinar, ha participado en diversas exposiciones, recibido diversos premios y participado como jurado en festivales. Por su libro de poemas "El mar vertical" obtuvo el accésit del XI Certamen Literario “Leopoldo de Luis” de poesía y relato corto (2019). En la actualidad, se dedica a la investigación, la creación y la enseñanza.