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«La Codorniz: De la revista a la pantalla (y viceversa)», de Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo

¿Depende el humor de las modas? Por supuesto. Basta asomarse al que se practicaba hace más de medio siglo ‒cuando los cines y los teatros aún estaban llenos, y leer libros y tebeos era una costumbre‒, y compararlo luego con el que se consolidó gracias al apogeo de la televisión, a partir de los años setenta. ¿Y qué decir de la actualidad? La carcajada de los memes y de los youtubers deja fuera de onda a los humoristas de la vieja escuela, y además cierra la puerta a casi todo lo que se aleje del stand-up y la comedia de situación estadounidense.

Lo cierto es que desde Twitter y desde otras plataformas, esta subcultura comunal, cacofónica e impredecible de las redes sociales ‒un espacio con ligeras variantes locales‒ ha impuesto un concepto globalista del humor que tiene un defecto esencial: la desmemoria.

Sin embargo, esta última puede ser una frontera a conquistar. ¿De qué modo? Pues recordando, obviamente. Recordemos, para empezar, a los cómicos y humoristas de otro tiempo, con todas las declinaciones que la historia nos permite recuperar.

En España, por ejemplo, fenómenos tan deslumbrantes como la «otra» generación del 27 hoy sólo le suenan al público más cultivado, y esa explosión de genio que fue La Codorniz hace mucho que se perdió de vista. A no ser, claro, que uno sea un nostálgico que acumula los libros en doble fila, o un visitante habital de librerías de viejo y mercadillos domingueros.

Estas dos últimas condiciones se dan, creo yo, en Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo, cinéfilos y lectores empedernidos.

El primero es un veterano de la Filmoteca Española, codirector de tres largometrajes junto a Luis Guridi ‒el mejor, Justino, un asesino de la tercera edad (1994)‒ y autor de monografías como Edgar Neville, tres sainetes criminales (2003) y Rafael Azcona en el diario «Pueblo» 1954-1956 (2014). Su directo cómplice, Cabrerizo, es historiador cinematográfico, y ambos son autores de una serie de libros que gira en torno a la generación citada en el párrafo anterior: la de López Rubio, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, Edgar Neville o Tono.

La serie empezó en 2008 con La Codorniz en cinta: del humorismo al cine y vuelta (1928-1978) ‒que finalmente ha llegado a los lectores en esta versión definitiva, La Codorniz. De la revista a la pantalla (y viceversa)‒. A partir de ahí, su labor se prolongó con Un bigote para dos. El eslabón perdido de la comedia cinematográfica española (2015), Mauricio o una víctima del vicio y otros «celuloides rancios» de Enrique Jardiel Poncela (2016), Conchita Montes. Una mujer ante el espejo (2018) y Tono, un humorista de la vanguardia (2019) escrito en colaboración con Gema Fernández-Hoya.

La Codorniz. De la revista a la pantalla (y viceversa) es indispensable para cualquier admirador del mítico semanario. Incluso diría que para cualquiera que desee valorar el calibre de la comedia cinematográfica española en el siglo XX. Como su título indica, la obra oscila entre el cine, la viñeta humorística y la literatura, y estudia de forma intensiva todo lo que supuso aquella revista: vanguardia, ingenio, cosmopolitismo y audacia intelectual.

La aventura humana del grupo codornicesco también es emocionante, e incluye episodios tan singulares como el viaje de varios de ellos a Hollywood. Allá rodaron versiones en español de distintas producciones norteamericanas. También llegaron a filmar en la Fox Angelina o el honor de un brigadier (Louis King y Miguel de Zárraga, 1935), basada en la obra teatral de Jardiel Poncela.

Más ejemplos de su talento: los «celuloides rancios», es decir, películas mudas, con subtítulos inventados, como Un bigote para dos (1940), de Mihura y Tono. Eso por no hablar de un cineasta fundamental como Neville, y de tantos otros realizadores y guionistas que ‒entre el surrealismo y la retranca castiza‒ cultivaron el humor codornicesco. O por lo menos, lo intentaron, porque lo cierto es que la esencia de la revista nunca llegó a cuajar en el celuloide, salvo en aproximaciones más indirectas, como las de Berlanga y Azcona.

En todo caso, en este trayecto que va desde Angelina o el honor de un brigadier hasta La niña de luto (Manuel Summers, 1964), Aguilar y Cabrerizo nos acompañan con un entusiasmo admirable. Por el camino, ambos tratan con afecto a grandes figuras de nuestra cultura popular: desde Mingote a Chumy Chúmez, sin olvidar a Enrique Herreros, Álvaro de Laiglesia, la familia Ozores o Tip y Coll, entre otros muchos.

Este libro, extraordinario en muchos sentidos, es uno de esos títulos que abren un territorio nuevo a investigadores y cinéfilos. De paso, provoca la sonrisa al lector no especializado.

Sinopsis

Edgar Neville, los hermanos Miguel y Jerónimo Mihura, Tono, José López Rubio y Enrique Jardiel Poncela (la «otra» generación del 27 al completo, vamos) crearon en junio de 1941 la llamada a ser «revista más audaz para el lector más inteligente», La Codorniz. Junto a ellos, dos mujeres, Conchita Montes y la Baronesa Alberta, en unos tiempos en los que los nombres femeninos parecían condenados a un segundo plano, y sus padres putativos, Wenceslao Fernández Flórez y Ramón Gómez de la Serna. La aparición del semanario tuvo el efecto de un auténtico «big bang», pero las raíces de su humor llevaban fraguándose largo tiempo. Exactamente desde la década de los veinte, cuando sus integrantes se conocieron en las redacciones de las revistas de humor del momento. Juntos emprendieron un camino en el que periodismo, literatura, teatro y viñetas se mezclaban sin ningún tipo de complejo y que no tardaría en dar el salto al cine. Muchos en los estudios madrileños. Otros en los de un Hollywood dorado que por aquellos años echaba a hablar gracias al invento del sonoro. La Codorniz pervivió hasta 1978 y su redacción sirvió de escuela de humorismo y semillero de cineastas. En sus páginas se formarían muchos otros con el paso de los años: Rafael Azcona, Miguel Gila, Antonio Mingote, Chumy Chúmez, Álvaro de Laiglesia, Francisco Regueiro, Manuel Summers y hasta los mismísimos hermanos Ozores. Todos ellos personajes clave para la revista pero también para un cine español donde se tomaron a guasa unos tiempos que no siempre daban para ello. Este volumen se adentra con machete y salacot en las selvas de una revista destinada a marcar los años del franquismo y en las no menos frondosas de sus fecundas relaciones con el cine.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.