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Antonio Mingote: «La Codorniz fue como una ventana abierta al optimismo»

Si el adjetivo «novato» puede aplicarse con acierto a un entrevistador, el primer candidato sería quien esto escribe durante aquella mañana en la que me reuní con el maestro Antonio Mingote (1919-2012).

Corría el año 1988. Acudí a la casa de Mingote junto a una compañera cuyo nombre –ay– no consigo recordar. Llevaba preparadas muchas preguntas, y la mayoría se quedó en el tintero.

Se me olvidó preguntarle sobre su experiencia militar –era comandante de infantería–, y tampoco hablamos sobre sus pintores predilectos –Picasso, Goya y Velázquez–. Ni siquiera le pregunté sobre su devoción por los tres ramones: don Ramon María del Valle Inclán, Juan Ramón Jiménez y Ramón Gómez de la Serna.

En cualquier caso, de aquella entrevista ‒que se prolongó gracias a un par de brevísimos encuentros en la COPE y en un homenaje a Arturo Fernández‒ me llevé como botín un precioso dibujo dedicado, y sobre todo, un puñado de recuerdos de este artista que nos dejó en 2012. «Un dibujante que a veces escribe», como a él le gustaba definirse. El Picasso de los periódicos, como le llamó Francisco Umbral.

¿Es posible definir lo que es el humor?

Bueno, eso es algo muy complicado, que ha intentado hacer gente con muchísima inteligencia… Es una manera de ser. Una forma de comprender las cosas que suceden en la vida. Cuando una persona sonríe, siempre está mejor dispuesta para verlo todo con mayor claridad. En realidad, tiene humor todo aquel que no se deja llevar por el fanatismo o por las ideas más dogmáticas… Cuando las cosas se ven como realmente son, casi siempre acaban dando risa.

Usted tenía vocación de músico…

Sí, mi padre era músico y yo estudié música, hasta que llegó la guerra. Me quedé en el cuarto curso de piano. Después de la guerra ya no puede continuar con aquellos estudios.

Sus admiradores pensarán que es una suerte que cambiara de actividad.

Bueno, ahora soy dibujante y me las apaño. Es mi trabajo, claro, y también la mayor afición que tengo. Dibujo a todas horas… Me divierto dibujando. Es un verdadero privilegio que mi oficio sea también lo que más me divierte. Siempre he hecho lo mismo, unas veces mejor y otras veces peor. Un día empecé a dibujar y ahí sigo.

En realidad, los que nos dedicamos al humor en los periódicos, hacemos un trabajo periodístico. Lo que yo siempre he hecho ha sido periodismo.

Hábleme de cómo llegó usted a La Codorniz en 1946.

Aunque siempre me gustó dibujar, dedicarme al dibujo de humor no se me había pasado por la cabeza. Fue una casualidad. Tenía un compañero en la pensión donde vivía en aquellos años. Él sabía que yo dibujaba. Me dijo «¿Por qué no te acercas a ver a Álvaro de Laiglesia y le enseñas estos dibujos, a ver qué le parecen?». Yo le dije: «Hombre, no sé». Cuando le llevó los dibujos, Álvaro dijo que le parecían bien y así empezó a publicarme. Eso me marcó para siempre. De ahí en adelante, continué en este oficio, con lo que ya me identifiqué con el humor.

¿Qué supuso la publicación de La Codorniz en aquella España de la posguerra?

Fue una revista llena de inventiva y de imaginación, que transmitía unas enormes de ganas de vivir. Hay que imaginarse la pobreza que había en aquel Madrid de 1941. No había nada. Acabábamos de salir de una guerra, y La Codorniz fue como una ventana abierta al optimismo, que además sirvió para reírse de los tópicos y poner en solfa la pacatería y la cortedad de miras de aquel tiempo tan triste y tan lleno de hostilidad.

Hay dos etapas en la revista. Está La Codorniz de Mihura, que fue un prodigio de inteligencia, de gracia, de frescura, de surrealismo y de poesía, y después tenemos La Codorniz de Álvaro de la Iglesia, en la que yo comencé a colaborar.

La primera Codorniz fue un verdadero deslumbramiento. Recuerdo aquel primer chiste de Tono, en la que una señora le dice a un hombre: «¡Caramba, don Jerónimo! Está usted muy cambiado». «Es que yo no soy don Jerónimo». «¡Pues más a mi favor!»

Tono siempre inventó cosas admirables.

Los primeros personajes que usted populariza en La Codorniz son la Pareja siniestra.

Primero hice un chiste de la pareja siniestra, y fue Álvaro quien me animó a seguir con ello. Con aquellos chistes quería que los lectores se rieran de la España más negra, fúnebre y sombría.

Cuando usted entra en la revista, coincide con Gila, Chumy Chúmez, Serafín, Perdiguero, Evaristo AcevedoSon los años en los que comienza su amistad con Rafael Azcona. Sin embargo, me imagino que lo que realmente debió de impresionarle fue conocer a la «otra generación del 27», de Miguel Mihura, Edgard Neville, Jardiel, Tono, Herreros y López Rubio.

Eran gente fantástica, divertidísima, con una imaginación maravillosa. Todos ellos eran listísimos pero no estaban preocupados por demostrarlo. Los quise mucho a todos, y me cuesta hablar de ellos sin emocionarme.

En 1948 publicó una novela, Las palmeras de cartón.

Hice Las palmeras de cartón a una edad en la que ningún escritor debería publicar una novela, pero me divertí mucho escribiéndola.

La novela también va en contra de ciertas de ciertas convenciones sociales. A usted le ha molestado siempre ese pensamiento que se basa en prejuicios o en estereotipos.

Lo peor que uno puede hacer es dejarse llevar por las ideas preconcebidas. Eso es algo que ninguna persona inteligente o educada debería hacer. La gente se aferra a tópicos tontos.

Empieza a colaborar en el periódico ABC en 1953. Cuando acabó la guerra, los periódicos no publicaban chistes, y usted retoma una tradición, la del chiste gráfico, que los diarios parecían haber olvidado.

En el ABC de antes de la guerra publicaba sus chistes Xaudaró, y los míos empezaron a publicarse en el mismo lugar.

¿Cómo recuerda su llegada al periódico?

A través de un amigo, fui a ver a Torcuato Luca de Tena, que por aquel entonces era director de ABC. Le enseñé mis dibujos y empezó a publicarme. Desde el primer momento, me hicieron en el periódico un regalo extraordinario: una libertad prácticamente absoluta. En ningún momento me han indicado lo que tenía que hacer ni me han impuesto una idea. Todos los directores han sido mis amigos. Siempre he publicado lo que yo he querido.

¿Siente nostalgia de aquel viejo Madrid de los bulevares que fue desapareciendo a partir de los años sesenta?

Claro, imagínate. Era una ciudad maravillosa, que ya no existe, y que ha sido sustituida por una ciudad diferente. Siento mucha nostalgia de todo eso. He vivido en Madrid más tiempo que en ningún otro sitio. Soy más madrileño que otra cosa.

¿Qué recuerdos le traen aquellos cafés de tertulias legendarias?

He ido a muchísimas tertulias a lo largo de mi vida. Las había en el Gijón, en el Varela, en el Comercial…  En aquel tiempo, te pasabas el día entero en el café. Podías leer una novela, charlar con los amigos, dibujar, escribir cartas… Yo iba mucho al Cafe Varela, donde hacían veladas poéticas los viernes. También iba a la tertulia del Comercial. Ahora es muy diferente y el tiempo pasa mucho más rápido.

¿En qué medida es complicado enfrentarse cada día a la hoja en blanco para publicar un chiste diario?

Es lo normal en cualquiera que trabaja con la imaginación. El oficio se adquiere con la experiencia y la rutina. Madrugo mucho. Me levanto a eso de las seis y media o las siete. En esto no hay inspiración. El chiste siempre nace de la reflexión sobre la realidad. Compro los periódicos, y después de conocer las noticias del día, ya tengo alguna idea para sacarle punta a lo que pasa. Puede ser una broma, una sátira, una crítica o un simple comentario. No todas las caricaturas tienen por qué ser graciosas.

Suelo apuntar cosas en el bloc. Hay veces en las que se me ocurre enseguida alguna idea, y otras veces no hay manera…

Entonces me acuerdo de lo que decía Jardiel sobre el fulano que se pone a escribir, no se le ocurre nada… y sigue.

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Imagen superior: Portada del diario ABC.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.