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«Flores para Algernon» («Flowers for Algernon», 1966), de Daniel Keyes

A finales de los cincuenta del pasado siglo, aquellos hombres del futuro larguiruchos y de grandes cabezas que en los años treinta aparecían en las portadas de los primeros números de, por ejemplo, Wonder Stories, dibujados por Frank R. Paul, habían desaparecido de la ciencia ficción. Anthony Piers, en el cuento “Orn”, publicado en julio de 1970 en Amazing Stories, decía: “El cerebro del hombre no ha evolucionado de forma apreciable desde que consiguió una comunicación verbal eficaz ya que no ha habido una ventaja competitiva en tener una inteligencia mayor”. Desde que descubrió la escritura, ese primate evolucionado que es el hombre pudo almacenar el conocimiento en papiros, pergaminos, papel, cintas magnéticas, discos duros o la nube y ya no requería de un cerebro mayor ni más sofisticado.

Pero, aparte de fantasear con hombres de grandes cabezas o con esos transplantes de cerebros tan queridos por muchos cuentos, cómics y películas de terror, podían concebirse otras cosas que hacer con la mente. Por ejemplo, aumentar la velocidad a la que funciona, tal y como imaginaron Poul Anderson en La onda cerebral (1954) o Thomas M. Disch en Campo de concentracion (1968); o bien incrementar su capacidad para absorber más conocimientos, como en el caso de Flores para Algernon, de Daniel Keyes, un ejemplo magnífico de ciencia ficción realista que se centra en las consecuencias psicológicas y emocionales de un experimento para aumentar la capacidad cerebral. Es más, a diferencia de lo que solía ser lo habitual en este tipo de historias, en las que se trataba el incremento de inteligencia como algo positivo, Flores para Algernon lo presenta como una auténtica tragedia, asociando conocimiento y dolor. Es, de hecho, una de las novelas más conmovedoras de la ciencia ficción.

Nacido en 1927, Daniel Keyes estudió en la Universidad de Nueva York antes de unirse, con 17 años, al Servicio Marítimo de los Estados Unidos. Terminó sus estudios en 1950, graduándose en Psicología en la Universidad de Brooklyn. Tan solo un mes después, lo contrataron en Magazine Management, la empresa editorial dirigida por Martin Goodman, pasando a ocuparse de editar la revista pulp Marvel Science Stories y escribir guiones para su línea de cómics, que aparecían bajo el sello Atlas. Cuando Goodman decidió abandonar el mercado de los pulps y concentrarse sobre todo en los libros y las revistas para público masculino, Keyes pasó a ser uno de los guionistas de plantilla que, bajo la supervisión de Stan Lee, se ocupaban de dotar de contenido a los cómics de la editorial con temática sobre todo de ciencia ficción y terror (y a partir de los que, unos años después, surgiría el vibrante Universo Marvel).

Ya en esa época, surgió en su mente la idea básica de lo que se convertiría en Flores para Algernon, pero decidió esperar hasta que pudiera expandirla y publicarla en un formato algo más serio que un cómic. Su oportunidad llegó en 1959, cuando apareció como cuento en la revista pulp The Magazine of Fantasy and Science Fiction, ganando el premio Hugo a la mejor historia corta en 1960. En 1966 apareció la versión ampliada y mejorada en forma de novela con el mismo título. Ganó en esta ocasión el Premio Nébula. Fue adaptada a la gran pantalla por Ralph Nelson (Charly, 1968) y a la televisión por Jeff Bleckner (Flores para Algernon, 2000), David Delrieux (Des fleurs pour Algernon, 2006) y Yoshida Ken, Sakai Masahiro, Matsuda Ayato (Algernon ni Hanataba wo, 2015). David Rogers y Charles Strouse la conviertieron en un musical de Broadway (Charlie and Algernon, 1978), e incluso obtuvo un poco sutil plagio en la mediocre El cortador de césped (1992).

Charlie Gordon tiene treinta y dos años y un coeficiente intelectual de 68. Trabaja duro en una panadería por un salario miserable, pero está contento de agradar a los demás siempre que puede y orgulloso de ser capaz de vivir independientemente, poder relacionarse y cuidar de sí mismo. Pero quiere más. Está decidido a aprender a leer y escribir para poder ser “normal”. Cree que ello le ayudará a ganarse el respeto y cariño de los demás.

Su profesora en la escuela para deficientes mentales a la que acude todas las tardes, Alice, impresionada por su capacidad de aprendizaje –dentro de sus limitaciones, claro– y su motivación, lo propone para un experimento que se está llevando a cabo en la universidad local. Allí, los doctores Nemur y Strauss han estado trabajando en un procedimiento quirúrgico para ampliar la capacidad intelectual. El éxito obtenido con el primer sujeto del experimento, un ratón llamado Algernon, les ha llevado a seleccionar a Charlie como primer humano en someterse al proceso.

Y, efectivamente, tras la operación y en el curso de unas pocas semanas, la inteligencia de Charlie aumenta de forma prodigiosa. Lee a una velocidad extraordinaria y lo memoriza todo; su curiosidad unida a su nueva capacidad de almacenamiento lo convierten en un experto en todo tipo de temas, aprende multitud de lenguas, empieza a componer música y recupera recuerdos de su infancia que ahora es capaz de interpretar de forma correcta.

Pero esa inteligencia que le permite ver y entender el mundo con una nueva lucidez, tiene su precio en el plano emocional: la pérdida de la inocencia. Aprende que la gente no es tan amable como él siempre había pensado siempre, que quienes creía sus amigos de la panadería se estaban en realidad riendo a su costa, que su madre y su hermana lo maltrataron y repudiaron. Los océanos de conocimiento que adquiere y su nueva capacidad de razonamiento lógico, matemático, espacial, etc, no vienen acompasados por un avance emocional que le permita lidiar con las relaciones sociales. No tiene experiencia con las mujeres, con el amor, con los celos u otros estados emocionales complejos de los que ahora es consciente pero que no sabe cómo manejar.

Es más, si su escasa inteligencia lo había aislado siempre del mundo, ahora su gran cerebro tiene el mismo efecto dado que no encuentra quien pueda mantener una conversación a la misma altura que él. Incluso los académicos que diseñaron el procedimiento por el cual ha obtenido la inteligencia, son a su lado meros aficionados temerosos de que se sepa lo superespecializado que son sus conocimientos y lo poco que saben de todo lo demás. Y en cuanto a quienes le rodearon en su vieja vida como ayudante de panadería, ya no soportan que su indefensa y paciente víctima de todas sus crueldades se haya convertido en su superior intelectual. Charlie está y se siente más solo que nunca.

Harto de ser paseado por los foros científicos como una rareza y exhibido como un gran logro a mayor gloria de los doctores Nemur y Strauss, se escapa llevándose consigo a Algernon y se establece por su cuenta, iniciando una relación tóxica con una vecina bohemia, buscando a sus padres y prosiguiendo sus estudios. Y entonces, descubre un fallo en el experimento que cambió su vida: su gran inteligencia tiene fecha de caducidad y en un plazo corto de tiempo va a experimentar una regresión a su antiguo yo. Tras haber conocido ocho meses de lucidez, con todas sus glorias y miserias, debe ahora asumir su inevitable pérdida.

Flores para Algernon es un libro emotivo que ha de conmover a cualquier lector mínimamente sensible. Es un magnífico estudio de personalidad que nos expone lo complejos que somos los seres humanos en cuanto a la relación que existe entre inteligencia y emoción. No es de extrañar que en Estados Unidos siempre haya gozado de un gran prestigio y muchas escuelas lo incluyan en su lista de lecturas obligatorias para los alumnos adolescentes que se hallan inmersos en el turbulento camino a la madurez.

De hecho, es posible que Flores para Algernon sea el ganador de sendos premios Hugo (al cuento) y Nébula (a la novela) más leído de la historia del género. Y ello podría ser debido a que muchos nunca lo hayan considerado en el fondo una novela de ciencia ficción; como mucho, una obra realista con un toque fantástico. Cualquiera que entienda un poco las bases sobre las que se apoya la ciencia ficción entenderá que eso no es cierto y que tal interpretación obedece al prejuicio de muchos críticos y lectores contra la literatura no realista o fantacientífica. Ciertamente, esta es una obra eminentemente psicológica, un estudio de personaje sobre todo, y la ciencia juega poco papel más allá de servir de difusa chispa que pone en marcha el drama.

Ahora bien, dicha premisa inicial –una operación quirúrgica y un vago tratamiento hormonal nunca adecuadamente descritos pero que de algún modo mejora la capacidad intelectual a niveles sobrehumanos– está claramente más allá de las posibilidades tanto de la ciencia contemporánea como de la actual, más de medio siglo después. Por tanto, la novela entra claramente en el terreno de la ciencia ficción. Ésta, por otra parte, ha tenido desde su inicio una vertiente claramente humanista que se preocupa, más que de los avances científicos o tecnológicos del futuro, de los cambios sociológicos, económicos o políticos (ahí está, por ejemplo, Hijos de los hombres, 1992) o las consecuencias individuales o sociales de la existencia de individuos con algún tipo de capacidad mental extraordinaria (desde Juan Raro, 1935; a Muero por dentro, 1972).

Otra cuestión será que los editores hayan querido sacar a la novela del gueto de la ciencia ficción para alcanzar a un público mucho más mayoritario, no mencionando su clara adscripción a ese género (además, Keyes ya no volvió a transitar por la ciencia ficción, retirándose al círculo académico). Lo cual tampoco es que sea criticable dado que así más gente tendrá contacto –aunque no sean conscientes de ello– con este género tan a menudo ninguneado.

Al fin y al cabo, Flores para Algernon narra sobre todo una experiencia humana: el tránsito a la madurez mental, y una exploración filosófica sobre lo que significa estar vivo y cómo el grado de inteligencia condiciona la experiencia emocional y la visión que se tiene del mundo y de uno mismo. Y que nadie tuerza el gesto al leer aquí la palabra “filosofía”, porque la novela de Keyes no es en ningún momento aburrida, densa, pedante ni compleja. Todo lo contrario.

Los temas que expone Flores para Algernon son universales. Dudo que haya alguien que no haya experimentado alguna vez el deseo de mejorar, de ser más perfecto intelectual, física o emocionalmente. Ese intenso deseo es el que impulsa a Charlie y el que lo acerca tanto al lector. No quiere ser un superhombre, tan solo alguien normal, como aquellos con los que se relaciona todos los días. Más adelante, cuanto su inteligencia llega a su cúlmen, su motivación pasa a ser la de dejar su huella en el mundo ayudando con sus investigaciones a mejorar la sociedad, un objetivo con el que también resulta fácil identificarse.

Pero es que la búsqueda de la propia mejora y cómo su culminación puede crear una brecha con el resto de la sociedad es un tema más de actualidad de lo que pueda parecer. La Humanidad se halla inmersa en un proceso evolutivo en el curso del cual se va a plantear más de una vez lo que significa ser “humano”, si bien tal evolución no se apoya ahora en las mutaciones aleatorias producto de la naturaleza sino en la aplicación deliberada de la ciencia y la tecnología. En un futuro quizá no muy lejano, manipularemos nuestros cuerpos y mentes mediante la genética, los implantes cibernéticos o haciendo uso de realidades virtuales o inteligencias artificiales.

La ciencia ficción ya se ha adelantado a esos desarrollos en sus ficciones, a menudo imaginando cómo semejantes avances podrían ser usados de forma benéfica o perversa, a menudo en escenarios distópicos en los que se sojuzga a la sociedad o al individuo. Pero también ese escenario podría dar juego a explorar otros caminos. ¿Qué le ocurriría al primero de esa nueva generación de hombres del futuro? ¿Cómo se relacionaría con aquellos que carecen de mejoras cibernéticas o perfección genética teniendo en cuenta nuestro espíritu tribal y escaso de empatía hacia quien es diferente? ¿Cuáles serían los efectos de la soledad y el impulso de autopreservación? Pues bien, aunque no en un escenario ciberpunk o futurista, eso es precisamente lo que propone Flores para Algernon.

Y esto a su vez conduce a un debate sobre la ética y la moralidad de la experimentación con humanos, algo tan viejo en la ciencia ficción como Frankenstein (1818). Charlie es tratado por los doctores que le seleccionaron como una cobaya de laboratorio. Antes del tratamiento, nunca le vieron como un auténtico ser humano, con emociones y necesidades propias; y después, lo exhiben como una rareza científica, un triunfo para sus carreras profesionales. Tan solo Alice siente responsabilidad e inquietud acerca de las consecuencias que ese rápido crecimiento mental van a tener sobre Charlie. El resto del equipo de la universidad que diseñó el experimento, nunca se preocupó por los efectos emocionales que aquél iba a tener sobre el sujeto, sólo de si era posible hacerlo. Esa es la razón por la que Charlie se siente tan unido con Algernon, enfureciéndose porque le hagan utilizar su inteligencia para estúpidos juegos de laberinto sólo para poder alimentarse, y que no muestren la menor empatía por un ser que, aunque pequeño y no humano, ha alcanzado la autoconciencia. Esa es también la causa de que Charlie lo lleve consigo al huir y sienta tan profundamente su muerte.

El ratón Algernon cumple otro papel en la narración: el de heraldo del futuro que espera a Charlie, quien, al fin y al cabo, está siguiendo los mismos pasos que el animalito con tan solo unos meses de diferencia. En momentos clave de la novela, el porvenir de Charlie es sugerido por los cambios que experimenta Algernon, que de simple animal de laboratorio que completa laberintos para obtener recompensas, pasa a mostrar señales de oponerse a los deseos de sus amos. Este paralelismo se tornará ominoso cuando el comportamiento de Algernon se torne errático e iracundo, anunciando el fatal destino de su sucesor humano.

El tema potencialmente polémico de la deficiencia mental que al comienzo aqueja a Charlie está tratado con mucho respeto. De hecho, la novela tiene la forma de un diario escrito en primera persona por el propio protagonista. Se trata del diario que los científicos le instan a escribir, un desafío nada sencillo para el escritor, dado que a es través de su prosa (su estilo, la elección de palabras, las faltas de ortografía y gramática, la sencillez de los conceptos evocados) como nos asomamos al interior de su mente y la evolución que ésta experimenta hacia la lucidez y los dramáticos cambios que provoca sobre su personalidad.

Al comenzar la novela, Charlie apenas puede deletrear, no sabe lo que es la puntuación y deja constancia de hechos sin ser capaz de comprenderlos. Su mente es en muchos aspectos infantil. Quiere desesperadamente encajar y para ello se esfuerza en agradar a los demás. No comprende por qué la gente se enfada tan a menudo con él ni qué es lo que hace mal. En este punto, hubiera sido fácil caer en la burla inintencionada, la condescendencia o el sentimentalismo, pero Keyes se desenvuelve con talento para que el lector enseguida sienta simpatía con Charlie gracias a las vívidas descripciones que sobre sí mismo y su vida vierte en las entradas de su diario.

A medida que avanza la narración, pasa el tiempo y la inteligencia de Charlie mejora, la prosa se transforma paulatina, sutil y coherentemente hasta alcanzar la propia de alguien culto aunque nunca pedante ni innecesariamente retórico. La gramática y la puntuación van puliéndose pero también la forma en que expresa emociones más sutiles y se da cuenta del plano de la realidad que hasta ese momento le había estado vedada.

Más destacable aún que el uso del lenguaje es la descripción del viaje emocional que recorre el protagonista. Siendo la que experimenta una situación completamente extraordinaria, única e irreal en nuestro mundo, Keyes se las arregla para que parezca absolutamente verosímil. Como le sucede a mucha gente –inteligente o no– inmersa y aislada en el mundo académico, Charlie ha de enfrentarse a un mundo emocional de una complejidad para él inaudita. Más que los misterios de la ciencia, las emociones y las relaciones humanas son mucho más complicadas de abordar y entender habida cuenta de su aleatoriedad, variedad y mutabilidad. Intelectualmente y a grandes rasgos, pueden fijarse ciertas pautas pero el mundo real, la vida cotidiana, son impredecibles. Aun cuando su coeficiente intelectual sea el de un genio, no es capaz de procesar problemas que la mayoría de la gente soluciona a diario con cierta soltura.

Una de las herramientas que tradicionalmente ha utilizado la ciencia ficción ha sido la de exagerar algún rasgo o tendencia de nuestra sociedad o nuestra naturaleza para que podamos examinarlo mejor. En este caso, se trata de la inteligencia del protagonista, cuyo C.I. de 68 pasa en unas semanas a más de 180. Ahora bien, los problemas a los que se enfrenta son similares a los que encuentran los individuos muy inteligentes en nuestra propia sociedad. Y es que demostrar que uno tiene una mente privilegiada constituye un tabú en nuestra cultura, a diferencia de la exhibición de facultades artísticas o deportivas, que suelen ser causa de admiración general.

Así, como en el caso de Charlie, el tener una gran inteligencia en nuestro mundo puede resultar alienante. A la gente no le gusta sentirse inferior ante alguien más inteligente y suele reaccionar ante estos invididuos acusándolos de arrogantes, pedantes o egocéntricos (a veces, admitámoslo y como le pasa a Charlie en un periodo de su desarrollo, justificadamente). El intelecto de Charlie es percibido como una amenaza precisamente por los mismos científicos que se lo otorgaron, especialmente por el director del equipo, ya que en cierta medida alcanzó su puesto gracias al nepotismo y por ello arrastra no poca inseguridad. Como he apuntado antes, la inteligencia de Charlie también le aliena de sus antiguos compañeros. Pierde el trabajo en la panadería después de tomar la decisión de detener las sisas que uno de sus compañeros le hacía al propietario. Y aunque no lo denuncia compadeciéndose de su situación familiar –no tiene otro sitio a donde ir a causa de una vieja lesión–, éste le guarda rencor por haberlo arrinconado y se las arregla para volver a todo el personal en su contra hasta que el jefe se ve obligado a despedirlo.

Cuando Charlie asume su superioridad, le sobreviene la frustración, especialmente cuando descubre que esos cultos profesores universitarios no dominan tantas lenguas como él y, por lo tanto, pasan por alto un estudio que refuta sus resultados experimentales y que solo ha sido publicado en hindi. Se siente decepcionado con esos hombres, a los que había visto casi como dioses, que tanto control habían tenido sobre su destino y a los que ahora considera meros mortales; inteligentes, sí, pero bastante corrientes.

Esto es algo que también le ocurre a gente inteligente “normal” –es decir, no al nivel de supergenio de Charlie–: se aburren en las reuniones sociales cuando se ven obligados a charlar sobre asuntos de trabajo, deportes o mascotas; quieren discutir sobre política, cultura, literatura, los nuevos avances en la ciencia y sus consecuencias…y no encuentran a gente con sus intereses o a su altura intelectual.

Así, la inteligencia de Charlie es tanto una bendición como una maldición debido a la comprensión que aquélla le proporciona sobre la naturaleza de quienes le rodean. Es un hecho comprobado que la gente con un nivel de inteligencia inusualmente alto tiene dificultades a la hora de hacer nuevas amistades y suelen ser gente solitaria. Algunas de las razones ya las he apuntado: impaciencia con las conversaciones ordinarias, un cierto sentimiento de superioridad que repele a los demás… y su facilidad a la hora de detectar los defectos en el prójimo.

Como he indicado, el libro contiene también una subtrama romántica que enfatiza la disparidad entre los desarrollos cognitivo y emocional de Charlie. Son esos pasajes los que hacen del final de la novela algo tan trágico, ya que Charlie lucha por compatibilizar su recién hallada inteligencia con su atracción por su antigua profesora, Alice. A ello ha de añadirse el bloqueo emocional que le impide culminar satisfactoriamente una relación romántico-sexual debido al trauma inducido en él por su madre. Ésta, temerosa de que los impulsos sexuales de su cada vez más adulto hijo provocaran un episodio no deseado con su hermana o cualquier otra mujer, le castigó y presionó cada vez que daba muestras no ya de excitación sino de mera curiosidad sexual.

Esta parte de la novela aborda el complejo asunto de la sexualidad en aquellas personas con deficiencias mentales. Debido a que no comprenden bien los impulsos que experimentan y no saben cómo canalizarlos, pueden expresar su sexualidad de formas socialmente inapropiadas o incluso agresivas. Keyes escoge plantear ese conflicto como un estado mental disociado que permite al lector examinar más de cerca el frágil estado en el que se encuentra la personalidad de Charlie durante ese periodo de rápidos cambios. El último tercio de su peripecia, en el que mentalmente ve a su antiguo yo espiándole mientras trata de cortejar a Alice, es un recordatorio de lo que le aguarda al final del camino.

La parte final de la novela narra el deterioro intelectual de Charlie y el horror que causa la experiencia de la pérdida de inteligencia, memoria y, con ellas, de la propia identidad, algo que no es difícil asociar con lo que ocurre en el caso de los enfermos de demencia o Alzheimer: la conciencia de que se está perdiendo la cabeza y el sentimiento de indefensión ante la incapacidad de detener el proceso. Charlie pasa sus últimas semanas de lucidez sumergiéndose completamente y mientras le es posible en el estudio del experimento al que él mismo se sometió, en la esperanza de corregir sus fallos y que otros puedan en el futuro beneficiarse de él.

Lo que la mayoría recuerda de Flores para Algernon años después de haberla leído es la brillante forma en la que el escritor narra la radical transformación de Charlie de alma ingenua, inocente y confiada a genio arrogante, cínico y temeroso de que su antiguo yo aún anide en su interior. Todo esto es nuclear en la historia, claro, pero no ofrece un cuadro completo de la misma. Porque una de las cosas que Keyes explora a través de su protagonista es cómo nos relacionamos con aquellos diferentes a lo que estimamos normal. Escrito antes de que las reformas educativas que se hicieron en Estados Unidos en los años setenta y en virtud de las cuales los niños y adultos con deficiencias mentales eran internados en centros especiales en lugar de dejarles que trataran de integrarse en la sociedad como bien pudieran, Flores para Algernon nos ofrece una ácida crítica a la forma en que la gente “normal” trataba a los “deficientes”, aprovechándose y riéndose de ellos. Keyes critica esas crueldades y abusos no de forma directa como un discurso didáctico o moral sino dejando caer en los diarios de Charlie menciones y pequeños comentarios que dejan claro el tipo de trato que ha recibido toda su vida.

Flores para Algernon es, en definitiva, el diario de un personaje en conflicto consigo mismo y con el mundo, una crítica social sobre el trato que reciben aquellos cuya mente no les permite integrarse con normalidad en la sociedad, un ensayo psicológico sobre la relación entre intelecto y emoción y una trágica historia de amor. El talento de Keyes para describir los cambios que experimenta Charlie a través de sus diarios y su capacidad para plantear temas de enorme profundidad bajo la fachada de una prosa engañosamente fácil de digerir, hace de la lectura de esta obra una experiencia cautivadora y muy humana.

Fue este, además, un libro que supuso un paso de gigante en el reconocimiento de la ciencia ficción como una forma tan válida como la literatura realista a la hora de abordar asuntos de gran calado. Por todo lo expuesto puede calificarse de obra seminal en el subgénero de la Transcendencia, pero también un clásico de la literatura generalista norteamericana de mediados del siglo pasado.

Es una obra de fácil lectura, pero que difícilmente se olvidará con los años y que puede recomendarse sin ningún problema a quien no esté familiarizado con la ciencia ficción y especialmente a adolescentes en tránsito a la madurez, y que quizá en una revisitación años más tarde podrán identificar en el periplo de Charlie el suyo propio: la pérdida de la inocencia al adquirir conocimiento y experiencia en el mundo, el descubrimiento del amor y sus decepciones, la rebeldía contra quienes le guiaron en la infancia y adolescencia o las dificultades de abrirse camino en la vida sin el paraguas de la protección familiar.

Con un poco de suerte, quizá les ayude también a considerar de otra forma a aquellos que a menudo marginamos de nuestra vida diaria en las escuelas, en las calles o en los trabajos, afligiéndolos con nuestra crueldad, prejuicios y superioridad intelectual (que no humana).

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".