Cualia.es

«El mundo perdido» (1912) y las aventuras del profesor Challenger, de Arthur Conan Doyle

Un lector novel de ciencia-ficción podría tener la impresión de que el género ha estado tan preocupado por la exploración de otros mundos, otras galaxias e incluso otros universos, que a menudo ha ignorado nuestro propio planeta. Pues bien, si este es el caso, significa que debería retroceder un poco más en el tiempo y revisar algunas excelentes obras incluidas en ese subgénero bastardo que se conoce como «Mundos perdidos».

Los relatos encuadrados bajo esa denominación están habitualmente protagonizados por aventureros que emprenden un largo viaje de exploración, viviendo intensas experiencias y corriendo todo tipo de peligros hasta llegar a territorios ignotos, ya sean valles olvidados, cavernas profundas, reinos submarinos o selvas impenetrables. Allí encontrarán criaturas fantásticas o razas de seres más o menos humanos agrupados en civilizaciones, avanzadas o no, de gran antigüedad.

A mitad de camino entre la aventura, la fantasía y la ciencia ficción, este subgénero ya contaba con una larga lista de títulos (SymzoniaViaje al centro de la TierraLa raza venidera…por nombrar solo algunos ejemplos revisados en esta revista) cuando apareció publicada la novela cuyo título pasó a denominar genéricamente a todos ellos: El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle. Los exploradores, sin embargo, iban cubriendo rápidamente los espacios en blanco de los mapas que lucían ese atractivo letrero de “aquí hay dragones”. No quedaban mundos secretos por descubrir y pronto se hizo demasiado inverosímil que alguien, por muy avezado que fuese y por muy lejos que viajase, se diese de bruces con un dinosaurio superviviente del Cretácico. El lógico paso siguiente fueron las estrellas.

Arthur Conan Doyle es mundialmente conocido por su detective amateur Sherlock Holmes. El resto de su bibliografía queda totalmente eclipsada por la sombra de ese mítico personaje, lo cual no dejó de ser una fuente de frustración para su creador, que en repetidas ocasiones trató de matar a su hijo literario. De hecho, su género preferido era la novela histórica, aunque también escribió ensayos histórico-políticos, mediocres relatos sobre la vida contemporánea y novelas de misterio y terror –de larga tradición en Gran Bretaña–. En honor a la verdad ,hay que decir que en ninguno de esos campos destacó demasiado y esas obras han pasado a un oscuro segundo plano. Pero hubo una excepción: el conjunto de historias protagonizado por el profesor Challenger , de las cuales este libro, primero de la serie, es una obra maestra del género.

La novela no puede ser más sencilla de resumirun grupo de hombres de temperamentos y motivaciones dispares viaja a Sudamérica con la misión de probar o desmentir la teoría sostenida por uno de ellos, el profesor Challenger , según la cual existe una meseta en las profundidades de la selva amazónica cuyo aislamiento ha propiciado la supervivencia de especies prehistóricas. Efectivamente, encuentran esa tierra olvidada por el tiempo, viviendo allí todo tipo de aventuras entre criaturas antediluvianas, hombres prehistóricos y violentos homínidos.

Se trata de un relato inteligente, dinámico y lleno de emoción, que combina con habilidad los diferentes elementos propios del género de la aventura con otros del fantástico –aunque justificados convincentemente por la ciencia en forma de teoría de la evolución–. En primer lugar, están los dos escenarios que sirven de marco a la acción y que componen un intenso contraste: por una parte la ciudad, Londres, entorno urbano y civilizado en el que comienza y termina la aventura; y, por otra, la jungla amazónica, grandiosa, aislada, misteriosa, hostil… un terreno abonado para la aventura.

En segundo lugar, tenemos los personajes, de entre los cuales destaca el profesor Challenger , nacido de la mente de Doyle quizá para aliviar el peso de Sherlock Holmes –al que había matado en 1895 pero que debería resucitar en 1903 ante la incesante demanda popular–. Conan Doyle estudió medicina en Edimburgo, actividad que durante años le sirvió para sustentar a su familia hasta que su creciente renombre como escritor le permitió dedicarse exclusivamente al oficio literario. No solamente conoció en la facultad a profesores que le inspiraron parcialmente sus más famosas criaturas de ficción, Sherlock Holmes y el propio Challenger , sino que la medicina apuntaló su inclinación científica en la forma de capacidad de observación y análisis deductivo, rasgos que encontramos en los personajes antedichos: Holmes resuelve sus casos aplicando la lógica a partir de sus meticulosas observaciones; Challenger es un naturalista moderno, apasionado defensor de la racionalidad científica.

Y, sin embargo, mientras Holmes es frío, calculador y comedido en su trato con el prójimo, Challenger (basado en el físico Ernest Rutherford [y en el explorador Percy Fawcett, amigo de Conan Doyle]) hace gala de un carácter explosivo y un orgullo que sobrepasa su desconcertante capacidad mental. Desprecia a todos aquellos que considera menos brillantes que él –esto es, casi todo el mundo–, estalla a la menor provocación y profesa un odio especial hacia los periodistas. Es más, como si fuera una broma de la Naturaleza a la que él tanto respeta, su insigne cerebro se encuentra encerrado en un impresionante cuerpo de aspecto simiesco: enorme, poderoso, grotesco y peludo.

Como contrapartida física e intelectual del pintoresco Challenger, el profesor Summerlee es enjuto, apagado y flemático, opuesto por principio a todo lo que defiende Challenger a menos que la evidencia no le deje otra escapatoria que retractarse. Las discusiones y diatribas entre los dos sabios constituyen uno de los contrapuntos humorísticos a las escenas plenas de suspense y acción.

Ajenos a las controversias científicas, otros dos aventureros completan el grupo: Lord John Roxton, aristócrata, deportista, cazador, dandy, experimentado explorador… más interesado en la adrenalina y el riesgo de adentrarse en lo desconocido que en la ciencia; y Edward Malone, un joven e inexperto periodista que cae en gracia a Challenger y que se apunta a la expedición para acumular méritos ante su frívola amada. Es este último el que asume el papel de narrador de la aventura.

La novela de aventuras ha evolucionado mucho desde los tiempos de Conan Doyle, y los personajes que hoy la protagonizan han ganado complejidad, matices y humanidad, alejándolos de los superhombres o arquetipos que se estilaban hace cien años. Con todo, Conan Doyle supera en caracterización la mayor parte de las novelas de Julio Verne que aquí hemos tratado (aunque no se escapa al tratamiento racista, por otra parte generalizado en la época, de todo aquel que no es blanco y sajón: negros, indios, criollos…siempre subordinados a sus patrones y con un comportamiento que oscila entre lo traicionero y lo estúpidamente servil).

Ya hemos comentado que El mundo perdido no fue la primera ni la única novela de su género. Pero, desde luego, sí fue la más influyente además de hacer más hincapié en la verosimilitud científica que otros escritores que cultivaron con igual éxito pero con más superficialidad el género de ”tierras perdidas”, como Edgar Rice Burroughs (La tierra que el tiempo olvidó) o Henry Rider Haggard (EllaAyesha). La novela de Doyle sigue siendo la más recordada, imitada y adaptada. Michael Crichton escribió Parque Jurásico (1990) tomando la idea de Doyle e incluso tituló la segunda parte como el libro de aquél, El mundo perdido (1995). Greg Bear escribió una secuela del relato original, Dinosaur Summer (1998), basada en la suposición de que los dinosaurios de la tierra perdida eran capturados y exhibidos por todo el mundo.

En otros medios, este el relato ha sido llevado al cine en numerosas ocasiones (la primera en 1925) con un grado diverso de fidelidad al original. También ha disfrutado de versiones radiofónicas y televisivas. Otras películas, como King Kong (Merian C.Cooper y Edgar Wallace, 1933) optaban por una narración muy similar

El mundo perdido fue la primera novela de una serie de narraciones protagonizadas por el profesor Challenger . Entre estas hay cuentos (Cuando la Tierra lanzó alaridos (1928), La máquina desintegradora (1929) y novelas, la segunda de las cuales fue La zona envenenada (1913).

Las visiones apocalípticas disfrutaron de un momento dorado a comienzos del siglo XIX. La más notable de ellas fue El último hombre (1826), de Mary Shelley, en la que toda la humanidad sucumbe a una misteriosa plaga; o el cuento de Edgar Allan Poe “La conversación de Eiros y Charmión” (1839), en la que se sentaban las bases de la catástrofe de origen cósmico cuando un cometa que atraviesa la atmósfera terrestre altera la composición de ésta y convierte en inhabitable nuestro planeta. Pero no fue hasta finales de aquel siglo cuando los desastres se convirtieron en uno de los temas clásicos de ficción popular. Las colisiones de cometas popularizadas por el escritor francés Camille Flammarion se pusieron de moda, aunque los escritores solían preferir acontecimientos menos apocalípticos.

Conan Doyle se apoyó en esa moda para escribir La zona envenenada: el profesor Challenger descubre que la Tierra va a atravesar una extraña zona gaseosa («éter») del espacio exterior que afectará a su atmósfera, transformándola en un gas letal para la vida. El pánico se extiende por todo el planeta y el profesor Challenger y sus compañeros deben actuar rápido. El sabio piensa que él y sus amigos podrán sobrevivir en el interior de una habitación de su casa en las afueras de Londres, una estancia sellada cuyo oxígeno provenga de depósitos instalados para tal fin. Pero, ¿por cuánto tiempo? Y, más importante aún, ¿merecerá la pena vivir en un mundo donde todos han muerto? ¿Cómo se podrá sobrevivir cuando toda actividad económica vital para el mantenimiento de una sociedad humana ha cesado?

Como astronautas atrapados en una nave, los aventureros se sientan y esperan, hablando sobre los temas más diversos, desde las posibilidades del universo o «la mente científica ideal» a los «abismos que se extienden a ambos lados de nuestra existencia material». La nube de gas, al final, no tiene efectos duraderos: era un mero artificio narrativo para enseñar a los lectores una lección de humildad: deberíamos aprovechar al máximo el corto tiempo de vida de que disponemos, ser más socialistas, menos fanáticos y políticamente más razonables. La percepción generalizada de que el mundo necesitaba urgentemente tal lección dio a muchas historias de desastres una cualidad ambivalente que añadió cierto significado al simple placer que encontraban los escritores por la destrucción a gran escala.

En general, sin embargo, este libro –más corto que El mundo perdido– tuvo menos éxito que su predecesor. La razón es evidente. El tema es atractivo y en las décadas venideras y hasta la actualidad ha sido tratado hasta el cansancio en la ciencia-ficción; en particular, la atractiva analogía de un jardinero cósmico limpiando la superficie terrestre de un bacilo nocivo –la vida– sumergiendo al planeta en veneno tuvo sus ecos en muchos escritores posteriores. Sin embargo, y a diferencia de las ficciones apocalípticas en las que prima la acción heroica, La zona envenenada prefiere profundizar en el comportamiento y la actitud mental y, por ello, la acción (que transcurre casi íntegramente en el interior de una habitación cerrada) carece de la emoción y el ritmo que caracterizaban normalmente la prosa de Doyle.

Por desgracia, el profesor Challenger siguió en su siguiente y última aventura larga, The Land of Mist (La tierra de las brumas, 1926) el mismo camino esotérico que su autor, un enfoque que entraba en clara contradicción con el racionalismo pragmático de que tan ostentosamente había hecho gala en las novelas precedentes. En su vejez (murió en 1930), Conan Doyle se convirtió en un entusiasta del espiritismo, quizá como reacción a la muerte de su hijo, hermano y dos sobrinos en la Primera Guerra Mundial o tal vez buscando una respuesta ante la incógnita que se abre al final de la vida. Desde 1918, dedicó no pocos esfuerzos a la labor de difundir sus nuevas ideas en ensayos tan embarazosos como hilarantes: «El caso de la fotografía de espíritus» o «Historia del Espiritismo», desvaríos parapsicológicos que han sido piadosamente olvidados por los aficionados a Sherlock Holmes. El colmo de su credulidad lo alcanzó en el panfleto La venida de las hadas (1922), donde se aseguraba que estos seres todavía habitaban en un rincón de Yorkshire.

En La tierra de las brumas el profesor Challenger , como Doyle, ha envejecido. Su esposa Jessie y su colega Summerlee han muerto. La nueva sangre está encarnada en su hija Enid, quien se interesa por el ocultismo. Su racional padre solicita la ayuda de sus antiguos compañeros de aventuras, Edward Malone y Lord John Roxton, para que se infiltren en las asociaciones espiritistas y desenmascaren los fraudes de los que se autodenominan mediums. Sin embargo, las evidencias que apoyan la existencia de vida tras la muerte convencen a Malone y Roxton e incluso la propia Enid manifiesta poderes sobrenaturales, captando del más allá un mensaje para su padre con información que nadie vivo podría conocer. El amargado y escéptico profesor admite por fin la verdad.

Es el más flojo de los libros de Doyle integrados en la saga de Challenger, con un tono abiertamente proselitista que alaba a sus correligionarios y critica a los descreídos. Entre sus cuentos, de calidad inferior a las novelas, podríamos todavía destacar Cuando la Tierra lanzó alaridos (1928), en la que el profesor Challenger trata de demostrar la insólita idea de que nuestro planeta es un ser gigantesco que no tiene conciencia de la existencia de los humanos, diminutos seres que habitan sobre la capa más exterior de su piel. ¿Que ocurrirá cuando Challenger comience a perforar hacia el interior de la Tierra?

Arthur Conan Doyle revolucionó la ficción policiaca con su inmortal detective. Pero también hizo mucho por la ciencia-ficción, aportando temas e iconos que serían revisitados una y otra vez. Sus primeros romances científicos, además, procuraron incluir en su narración cierta credibilidad intelectual. El mundo perdido sigue manteniendo su validez no sólo como clásico de nuestro género preferido, sino como homenaje al espíritu aventurero en todas sus formas.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".