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Crítica: «Paul» (Greg Mottola, 2011)

Amigos y colaboradores habituales, los actores británicos Simon Pegg y Nick Frost se han carcajeado en muchas ocasiones de las convenciones y clichés de los géneros. Tal fue el caso de dos de sus películas más famosas, dirigidas por su colega y compatriota Edgar Wright: Arma fatal (Hot Fuzz, 2007), parodia del cine de acción de «polis» duros, y Zombies Party (Shaun of the Dead, 2004), hilarante reinterpretación del género de terror en su variante zombi.

En el caso de Paul (2011), le ha tocado la china a la ciencia-ficción. La película, una suerte de híbrido entre comedia gamberra y road-movie con alien –infográfico– incorporado, ha sido producida igualmente por Nira Park pero con una ausencia importante: la de Edgar Wright. El director encargado de llevar a la pantalla el guion, elaborado al alimón por Pegg y Frost, ha sido Greg Mottola, conocido sobre todo por Supersalidos (Superbad, 2007).

En esta ocasión Pegg y Frost encarnan respectivamente a Graeme Willy y Clive Collings, dos colegas británicos que comparten la misma pasión por la ciencia-ficción. Tras asistir a la Comic-Con de San Diego (California), esta excéntrica e inseparable pareja de amiguetes planea hacer una tour en caravana por los lugares más emblemáticos del «turismo OVNI» en los Estados Unidos. Lo que no se imaginan es que contarán con un compañero de viaje muy peculiar: un extraterrestre llamado Paul (Seth Rogen, doblado en España por Santi Millán), que acaba de fugarse de una base secreta donde estaba prisionero.

Hace unos años –concretamente, durante el rodaje de la descacharrante Zombies Party–, cansado de las incomodidades del clima de su país natal, Simon Pegg bromeó con la productora Nira Park acerca de su siguiente trabajo, que habría de rodarse «en un sitio donde nunca llueva, en el desierto, por ejemplo«. Partiendo de la premisa de que «en Estados Unidos, todos son alienígenas«, Pegg se imaginó una road-movie con un extraterrestre ambientada en el suroeste de los Estados Unidos. Esta idea (probablemente uno de tantos chascarrillos que pueden surgir en una conversación cualquiera) fascinó profundamente a la productora, que pasado un tiempo quiso llevarla a cabo.

Para darle realismo al tema, Pegg y Frost se embarcaron en un viaje real en autocaravana desde Los Ángeles (California) hasta Denver (Colorado). Muchas de las experiencias vividas en el viaje, en el que se lo debieron de pasar pipa, sirvieron para dar forma a un guion poblado de personajes a cada cual más marciano. Pues podría decirse que el hombrecillo verde, pese a su aspecto y a sus evidentes adicciones a la cerveza y a los porros, es casi el tipo menos raro de la dilatada fauna que aparece en Paul, empezando por los dos nerds protagonistas.

La dupla británica aprovecha el viaje de sus dos álter ego para chotearse de lo más retrógrado de la idiosincrasia USA a través de un muestrario de clichés y grotescos estereotipos. Y es que Paul no se deja casi nada en el tintero: el afán por la supremacía militar propugnado desde las altas instancias, representado por la emblemática actriz Sigourney Weaver –por otro lado tan poco aprovechada–, las insidiosas conspiraciones gubernamentales, el republicanismo rancio, la pasión irracional por las armas simbolizada en la pareja de furiosos rednecks con la que los protagonistas se topan a su pesar o el fundamentalismo cristiano, abanderado por los personajes del fanático religioso (John Carroll Lynch) y su hija (Kristen Wiig).

Sin embargo y pese a la mala baba reinante, la sucesión de gags que conforma la película resulta más obvia que atinada, con una clara propensión al humor grueso y escatológico.

Proyecto pensado por y para fans (aunque válido para todos los públicos), Paul se presenta como el sentido homenaje de unos niños grandes –tanto dentro como fuera de la pantalla– a la ciencia-ficción en general y a Spielberg en particular, un filme que rezuma cariño cinéfilo y comiquero por todos sus poros pero al que le falta un hervor que aplaque tanto entusiasmo gamberro por el chiste fácil.

Copyright del artículo © Lola Clemente Fernández. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Working Title Films, Relativity Media, Big Talk y Universal Pictures. Cortesía de Universal Pictures International Spain. Reservados todos los derechos.

Mª Dolores Clemente Fernández

Mª Dolores Clemente Fernández

Mª Dolores Clemente Fernández es licenciada en Bellas Artes y doctora en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid con la tesis “El héroe en el género del western. América vista por sí misma”, con la que obtuvo el premio extraordinario de doctorado. Ha publicado diversos artículos sobre cine en revistas académicas y divulgativas. Es autora del libro "El héroe del western. América vista por sí misma" (Prólogo de Eduardo Torres-Dulce. Editorial Complutense, 2009). También ha colaborado con el capítulo “James FenimoreCooper y los nativos de Norteamérica. Génesis y transformación de un estereotipo” en el libro "Entre textos e imágenes. Representaciones antropológicas de la América indígena" (CSIC, 2009), de Juan J. R. Villarías Robles, Fermín del Pino Díaz y Pascal Riviale (Eds.). Actualmente ejerce como profesora e investigadora en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).