Cualia.es

Crítica: «La cabaña en el bosque» («The Cabin in the Woods», 2012)

No comparto para nada el gusto por el cine de terror actual. Salvo excepciones, encuentro aburridísimo el recurso del found footage, no me asusto lo más mínimo con los falsos documentales de tema satánico, y detesto con toda mi alma el torture porn y la serie Z que se enorgullece de serlo y que nos vende escoria con nuestra aparente complicidad, insultando la memoria de los viejos maestros que hacían arte con cuatro dólares.

The Cabin in the Woods, viene a ser la respuesta a esta decadencia del género. Para empezar, el guión de Joss Whedon es sólido y la dirige un verdadero profesional, Drew Goddard.

Por medio de trucos muy ingeniosos, Whedon inventa la que tal vez sea una de las revisiones más interesantes sobre el cine de horror de los años setenta y ochenta.

No me sorprende el magnífico resultado. Si repasas la obra de Whedon, desde Buffy Cazavampiros y Firefly hasta Los Vengadores, descubres coherencia y un profundo conocimiento de la cultura pop. El amigo Joss es muy bueno narrando melodramas, comedias, historias de iniciación y aventuras a la antigua, pero se empeña en envolverlo todo con el papel de regalo de la fantasía. Y lo hace como pocos.

En apariencia, la película que hoy os recomiendo tiene un planteamiento sencillo. Cinco amigos se las prometen muy felices cuando viajan hasta una cabaña en el bosque para pasar sus vacaciones. Las risas y los intentos de seducción van abriendo camino a los enigmas inquietantes. Entonces empiezan a pasar cosas horribles. Es el momento del «Sálvese quien pueda». Pero nada es lo que parece.

Desde luego, resulta difícil escribir una crítica: la película sin desvelar alguna de las sorpresas que animan el metraje. Para no descubrir algo que no aparezca en el tráiler, me limitaré a decir que los cinco jóvenes están siendo observados desde una base ultrasecreta, dotada de formidables adelantos tecnológicos.

En The Cabin in the Woods el tono, el ritmo y la concepción de los personajes remiten a los slasher de los ochenta. Al principio, me asaltan las mismas sensaciones que cuando vi por primera vez películas como Viernes 13Posesión infernal Pesadilla en Elm Street. Sin embargo, como diría el detective John Luther, hay algo que no cuadra. Así, el fastuoso despliegue de citas y homenajes –los zombis de Romero, el J-Horror, la paranoia al estilo de Stephen King, los juegos macabros de Raimi, las pesadillas de Clive Barker sobre la Nueva Carne– va encajando en un Tetris que promete algo distinto para cuando acabe la partida.

En cualquier caso, al margen de esas brillantes revelaciones, lo más atractivo de The Cabin in the Woods es que su geografía de los mitos del terror no descarta referencias aún más nobles. Por ejemplo, H.P. Lovecraft.
El reparto tiene carisma suficiente como para sostener la película. Los cinco jóvenes protagonistas responden a sus respectivos estereotipos: Kristen Connolly (la joven formal e inteligente), Chris Hemsworth (el muchachote noble y protector), Anna Hutchison (la guapa de calendario), Fran Kranz (el raro que se cree gracioso) y Jesse Williams (el tipo reconcentrado).

Completan el elenco dos estupendos actores que dan vida a los mirones que observan la cabaña desde esa base que parece diseñada por el Gran Hermano de Orwell: el gran Richard Jenkins y Bradley Whitford, a quien muchos recordarán por su papel en El ala oeste de la Casa Blanca.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de sinopsis e imágenes © Lionsgate, Studio Mutant Enemy Productions. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Colaborador de "La Lectura", revista cultural de "El Mundo". Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Álbum Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.