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Cine de barrio

Terminada la cena, papá decía: «Vamos al cine». Las mujeres de la casa retocaban sus peinados y todos enfilábamos hacia la calle. En mi recuerdo, siempre es una noche de primavera y caminamos bajo árboles recién rebrotados. Por entonces, en cualquier ciudad, a menos de un kilómetro se contaba con un cine de barrio.

Era, normalmente, una antigua sala de baile, angosta y larga. El techo corredizo, si hacía bueno y templado, estaba abierto y podíamos ver las estrellas. Llegábamos a la última de las tres películas del programa, la que coincidía con los estrenos en los cines del centro.

No era difícil encontrarse con vecinos y con parientes que veíamos de vez en cuando. Al salir, se improvisaban caminatas y tertulias, que permitían salirse de los temas cotidianos: la compra, la enfermedad, el colegio de los niños, el clima que siempre está loco de remate.

Si la orden provenía de mamá, era después de la comida. Se formaba una piña de chicos, guiados por una de las madres, bocadillo de jamón envuelto en papel de estraza, y entonces nos encerrábamos en el cine de barrio: tres pelis, informativos, documentales, dibujos animados, anuncios de futuros estrenos. Salíamos al anochecer, con esa suerte de alucinación que producían tantas imágenes, tantas historias, tantos paisajes y gentes igualmente lejanos. Nos parecía irreal el mundo callejero, la vida cotidiana.

¿Qué había sido del mundo mientras convivíamos con Drácula, el Príncipe Valiente y el Indio Jerónimo? ¿Y con la vecinita que declaraba estar de novia con el vecinito y hasta con la señora de enfrente que había sido invitada por el primo del pueblo o alguien así llamado para el caso?

Las pelis de relleno eran antiguas y, de tan accidental manera, aprendimos a ver modas, cosas, lenguajes de ese fabuloso universo que existió antes de nuestro nacimiento. Porque lo que llamamos realidad es la que vemos a cada momento. Si falta nuestra mirada, la más trivial escena se nos convierte en leyenda.

Hemos ganado comodidad y también información con los DVD baratos, las plataformas digitales y las reuniones de amigos ante la pantalla doméstica del televisor. Perdimos en sociabilidad. Es lo contable de la vida. Anoto las ganancias pero no olvido.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en ABC, y aparece publicado en Cualia con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")