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«Céline y Julie van en barco» (1974), de Jacques Rivette

En estos días en los que el verano riguroso se ha suavizado, en la película hacía la misma temperatura que en la calle. Fui a ver Céline y Julie van en barco, de Jacques Rivette, en el ciclo de «Cine de ilusionismo» de la Filmoteca.

En un parque Julie estaba leyendo un tratado práctico de magia al tiempo que traza un diagrama mágico en la arena. Céline pasa apresuradamente y deja un rastro de prendas que caen de su enorme bolso, Tiene la impaciencia y la urgencia angustiada del Conejo Blanco.

¿Acertijo o delirio? Céline provocará que Julie la persiga, acabe reuniéndose con ella y, como en el caso de la Alicia de Lewis Carroll, penetre en su mundo de fantasía regido por la lógica de los sueños. Porque Céline es una ilusionista profesional, capaz de imaginar otros mundos.

No cesa de inventar historias. Una de ellas hace referencia a una mansión misteriosa que Julie incorporará a sus propios recuerdos, convirtiéndola en la casa cuya fotografía guarda en el baúl donde conserva. Julie se aventurará en la imaginación de su amiga y visitará la mansión de sus fantasías. La pócima proustiana que origina el retorno en el tiempo no es la magdalena, sino unos caramelos de vivos colores, dosis de memoria que le permiten, junto a su amiga, irrumpir no sólo en la casa, sino también en los acontecimientos que encierra.

La mansión se inspira en la novela de Henry James La otra casa, una extraña historia de asesinato y encubrimiento. En su interior, dos mujeres se enfrentan por un hombre que había jurado a su esposa, en el lecho de muerte, que no se volvería a casar para no perjudicar a su hija.

Los personajes de Rivette inhalan en Carroll el alucinógeno que les traslada al otro lado del espejo. Saborean con Proust el caramelo que les permitirá, asistir al pasado como espectadores de una película, rebobinar el tiempo como en una moviola, introducirse en el como actores inesperados. James les proporciona los personajes del drama en el que van a irrumpir representando el papel de enfermera. Con la torpeza de actrices aficionadas, modificarán el transcurso hasta entonces invariable de función y alterarán el desenlace.

En su actuación Céline transforma un pañuelo en un bastón y hace aparecer un par de palomas. Pero la película es ilusionista porque hace posibles deseos imposibles. En las dos fantásticas actrices –Juliet Berto y Dominique Labourier‒ descubrimos el payaso que todos llevamos dentro y enarbola la bandera pirata de la espontaneidad, el placer y la libertad.

Durante el transcurso de la proyección hubo algún momento pantanoso en el que me hundí, escenas precisas que se desplomaron sobre mi encantamiento como una carga de profundidad. El ataque apenas prosiguió unos instantes. Cuando terminó la película, me pareció inverosímil descubrir que había durado tres horas y media. No lo había percibido.

Copyright del artículo © Ramón Mayrata. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Les Films du Losange. Reservados todos los derechos.

Ramón Mayrata

Ramón Mayrata

Poeta y novelista, ha ejercido también el periodismo escrito y ha trabajado como guionista de radio y de televisión. A los diecinueve años publicó su primer libro de poemas: "Estética de la serpiente" (1972). Un año antes aparecieron sus poemas iniciales en la antología "Espejo del amor y de la muerte", prologada por Vicente Aleixandre (1971). Trabajó como antropólogo en el antiguo Sahara español en pleno proceso de descolonización. Estas experiencias fueron la materia de su primera novela: "El imperio desierto" (Mondadori, 1992). Su amplia bibliografía incluye títulos como "Valle-Inclán y el insólito caso del hombre que tenía rayos x en los ojos", "El mago manco" y Fantasmagoría. Magia, terror. mito y ciencia".
Junto a Juan Tamariz fundó y dirigió la editorial Frackson especializada en libros técnicos de magia. Autor de innumerables artículos en periódicos y revistas, en la actualidad colabora en "El Norte de Castilla".