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“Blackthorn” (2011): Gringo reviejo

De  veinteañero, solía regalar a mis novietas un ejemplar de Crónicas de Motel, de Sam Shepard. En aquellos tiempos, ser cowboy letrado era el mejor tipo de escritor que yo imaginaba se podía ser, mejor que letratirado (un Bukowski, por ejemplo, que se estilaba más como ideal romántico entre mis colegas de vocación). Hace poco leí un libro de cuentos reciente de Shepard, y me pareció ciertamente sobrevalorado. Se le ve un poco el pijerío. Lo mismo ocurre con el único plano que me repelió de Blackthorn: la cámara muestra su rostro curtido ante la barra de un hotel, luego baja a sus manos y te das cuenta de que ese hombre no ha pegado palo al agua en su vida. Tiene manos como las mías: de escritor. Una mierda de manos, vamos.

Pero eso les pasa a casi todos los actores, incluso los duros: convencen con la cara, las manos casi siempre son finas. Debería ya dejar de fijarme en las manos de los actores de pelis viriles. Es como fijarse en las tetas operadas de las actrices en los filmes de época.

El espectador de los 10 es mucho más afortunado que el de los 80 con respecto a los westerns, me parece a mí. Los westerns actuales ya no pagan exceso de equipaje por culpa del clasicismo, empiezan a perderle el respeto al homenaje, lo cual significa que pronto se reinventará el género. En los 80 veíamos cosas horrorosas: Silverado (nunca entendí a qué venía tanto tiro para homenajear un género donde los tiros son siempre guindas); Arma Joven (supongo que ésta yo debería ponerla bien, pero no tengo cojones…), parecían pelis hechas por un niño jugando a los Airgam Boys… Con un poco de suerte te podías encontrar con El jinete pálido y poco más… Casi todo el western de entonces se hacía en plan homenaje a Ford y demás tuertos. En esa senda Kevin Costner lo hacía bien también, pero hasta la cojonuda Open Range, en plenos 00, peca igualmente de tributo de vasallaje (aunque contiene el mejor duelo postleonino que yo he visto). Y luego llegó, claro, Sin perdón, y cualquiera se atrevía a rodar una del Oeste en los 90. Como para no salir baldado con las comparaciones…

Sin embargo, en sólo un lustro, el espectador de hoy tiene Appaloosa (que reinventa, tanto, que tengo que volver a verla para terminar de averiguar qué coño reinventa), Valor de Ley (que sí, que paga megatributo, pero con fuste propio) y ahora este Blackthorn de Mateo Gil que da gusto mirar.

La película es magnífica y un regalo para Bolivia (y Bolivia un regalo para la película, pero había que saber verlo: de momento, habemus nuevo mito… Gil ya ha tipificado para el imaginario cinéfilo que la chicha es la peor bebida concebible en cualquier universo fronterizo que se precie). Lo que más me gusta de Blackthorn es que su director es valiente y sus referencias no están tanto en el western clásico de los años 40 y 50, sino en el crepuscular setentero. Por así decirlo, hay más de Pollack y de Jeremiah Johnson que de Ford y Centauros del desierto. Lo cual se agradece, para variar.

La historia ofrece un discurso claro (la amistad y su traición), secuencias de antología (la persecución en el desierto de sal) y un par de golpes magistrales de guión (los referidos a las balas del revólver en tu enemigo y a la manera de dar sepultura a tus muertitos cuando no tienes una pala a mano). ¡Si hasta hay un par de tímidos zooms! Lástima que no sean sobre caras sonrientes y sinvergonzonas…

Shepard está excelente como un Butch Cassidy hasta la polla y Eduardo Noriega mola como pícaro español (pero a mí Noriega, al contrario que a tantos cinéfilos, siempre me ha molado, por puro sentido empático): su zascandil lo veo casi a la altura del Cuchillo de Tomás Milian. Gil es tan inteligente además que deja a todos en el lugar que les corresponde: queda fenomenal con los indígenas, bien con su gringo y fatal con los españoles (como debe ser). No paga tributo a su nacionalidad y eso se agradece.

No todo me ha gustado en Blackthorn: echo a faltar alguna secuencia de introversión psicológica –¡y un zoom!– en Eduardo (el personaje de Noriega); me hubiera agradado ver a una boliviana haciendo de boliviana (purismo idiota y reaccionario el mío, pero es que jode que haga de amante de Butch la única andina famosa del cine actual, la peruana Magaly Solier, eso sí, estupenda: deliciosos su cariacontecida carita y sus hombros hombrunos); asimismo, los flashbacks me dejaron un poco frío… y me interesan mucho más los perseguidores bolivianos que el cargante personaje de Stephen Rea.

No implica tanto peaje: el filme está rodado con mimo (maravilloso ese plano a ras de suelo de Shepard cabalgando, siguiendo su estela hasta llegar a él), resulta respetuoso para con la tradición pero sin miedo a emprender su vuelo y no peca de “peliculero”, como les pasa a tantos directores españoles de su generación distraídos con el cómo sin un qué con que trufarlo. O sea, es una película madura.

Y no está obsesionada con NO parecer española, lo cual también se agradece.

Salí muy contento del cine, como en otros tiempos.

Copyright del artículo © Hernán Migoya. Previamente publicado en Comicsario, un blog para la fenecida editorial Glénat España. Reservados todos los derechos.

Hernán Migoya

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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