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«Avisa a Curro Jiménez» (1978), de Rafael Romero Marchent

Cuando yo le sugerí aquello, don Florentino ladeó la cabeza y me dio su explicación:

‒Eso es cierto ‒confirmó‒ Todo fue más o menos como usted lo dice. De ese capítulo sacó aquel escritor…

Antonio Larreta.

‒Eso, Larreta. De ahí sacó la serie entera. Leyendo ese capítulo, él escribió la serie… ¿Se hace usted una idea?

Mientras decía esto, don Florentino garabateó una dedicatoria en el volumen que yo había puesto sobre la mesa. El primer tomo de Bandidos célebres españoles (1968). Un ensayo muy novelesco, donde narraba las vidas de bandoleros de nuestro país. Entre ellas, la de Andrés López, el Barquero de Cantillana, un salteador de cierta fama, que llegó a unirse a los carlistas, y que encontró la muerte a los treinta años, en 1849, durante un tiroteo con la Guardia Civil.

Aquel día, cuando concluyó mi visita, regresé intranquilo a casa. Mi anfitrión, Florentino Hernández Girbal, estaba muy lúcido, pero llegar a centenario siempre pasa factura. El caso es que lo vi más cansado de lo habitual. Por desgracia, nos dejó poco después, en 2002, con un siglo a cuestas, y experiencia suficiente como para abarcar ocho vidas.

Llegué a entrevistarle varias veces. Me encantaba su modo de recordar a viejos conocidos: Hemingway, los hermanos Machado, Miguel Hernández ‒con quien coincidió en el penal de Ocaña‒, y por supuesto, Edgar Neville y el resto de los escritores y artistas españoles que viajaron a Hollywood en los años treinta.

No obstante, pese a haberse codeado con tantas celebridades, para mí don Florentino siempre fue el «biógrafo oficial» de aquel oscuro Andrés López, inmortalizado con otro apelativo mucho más racial: Curro Jiménez.

Antonio Larreta, el escritor montevideano que ganó el Premio Planeta por su novela Volavérunt, fue el padre literario de aquella criatura. Aparte de novelista y dramaturgo, Larreta era un guionista de primera, y así queda de manifiesto en la teleserie que motiva estas líneas: Curro Jiménez, emitida por Televisión Española desde el 22 de diciembre de 1976 hasta el 26 de marzo de 1978.

​Han pasado décadas, y aún la seguimos recordando. ¿Quién lo diría, verdad? Antes de que empiecen a acusarme de nostálgico, repasemos sus virtudes, que eran muchas, por cierto.

Para empezar, el reparto, encabezado por tres personalidades complementarias, Curro Jiménez (Sancho Gracia), el Algarrobo (Álvaro de Luna) y el Estudiante (Pepe Sancho). A su lado, un par de bandoleros secundarios, el Fraile (Francisco Algora), muerto antes de lo debido, y el Gitano (Eduardo García). Y por supuesto, los actores invitados de cada capítulo, entre ellos bastantes figuras ilustres del cine y del teatro.

Ambientada durante la Guerra de la Independencia, Curro Jiménez trasladaba a la Serranía de Ronda, a Doñaña y al cabo de Gata las convenciones del western y del cine de capa y espada, adaptadas de forma impecable a la mitología española.

El equipo de directores incluía ‒ahí es nada‒ a Antonio Drove, Francisco Rovira Beleta, Pilar Miró, Mario Camus, Rafael Romero Marchent y Fernando Merino. Sin embargo, el principal artífice de Curro Jiménez fue Joaquín Luis Romero Marchent, responsable de la mayoría de sus capítulos. Aparte de un director eficacísimo y original, Romero Marchent fue ‒pocas bromas con esto‒ el pionero del western europeo, antes de que Leone y otros italianos acaparasen ese mercado.

En todo caso, no olvidemos que el verdadero inspirador de la serie fue Sancho Gracia, cuya presencia arrolladora se advierte en todos los ángulos de este proyecto. Ahora sabemos que fue él quien reunió al equipo, y que también fue él quien ideó muchas de las tramas.

No me digan que no es como para ponerse a aplaudir. Si a todo eso le añadimos la épica sintonía de Waldo de los Ríos, sobra explicar por qué Curro Jiménez fue uno de los mayores hitos de nuestra historia televisiva, y si me apuran, de la cultura popular de este país.

Como no hay éxito que se precie sin una secuela, poco después de emitirse el último episodio, Telecine e Ízaro Films distribuyeron en las salas comerciales un largometraje, Avisa a Curro Jiménez.

Su estreno, el 4 de septiembre de 1978, permitió a los espectadores seguir disfrutando de los bandoleros de Sierra Morena, esta vez con una espectacularidad suplementaria. En el equipo, se reunían veteranos de la serie: el guionista Antonio Larreta, el realizador Rafael Romero Marchent y el director de fotografía Hans Burmann. También nos reencontrábamos con el mítico cuarteto protagonista: Sancho Gracia, Pepe Sancho, Álvaro de Luna y el caballista Eduardo García, de nuevo en los papeles de Curro, el Estudiante, el Algarrobo y el Gitano.

Dentro de lo predecible, el argumento estaba diseñado para que nos lo pasáramos en grande. Un delegado del Museo Británico, Lord Killarney, adquiere un valioso libro de botánica en una subasta. Poco después, muere asesinado. Las autoridades creen que el culpable es un tímido anticuario, el Lince (Walter Vidarte, doblado por Simón Ramírez), que también pujó por el libro.

A través de su sobrino (el niño Enrique García), el Lince avisa a Curro Jiménez, para que este investigue quién fue el auténtico asesino. En realidad, el misterio que hay detrás de ese crimen no es otro que el propio libro. En él se oculta la mitad de un mapa que señala el paradero del tesoro de Almanzor, oculto en la Mezquita de Córdoba. Como era de esperar, el Lince no es el único interesado en dicho tesoro. Su destino también atrae a una encantadora francesa, la botánica Henriette (Ágata Lys), y a dos personajes bastante ominosos , don Fulgencio (Alfredo Mayo) y el Jándalo (Alberto de Mendoza). Sabiendo cómo se las gastan ambos, Curro necesitará la ayuda de una bella mujer que va a arriesgarlo todo por él, Araceli (Sara Lezana).

Como ven, Romero Marchent tenía combustible de sobra para llevar la película a buen puerto, incluyendo ese elemento entre legendario y detectivesco, que nos remite a los Cuentos de la Alhambra (1829), de Washington Irving, y a los tesoros fantásticos de los que hablaba Mario Roso de Luna en sus narraciones.

Avisa a Curro Jiménez es un producto comercial impecable, muy entretenido, que ignora las miradas condescendientes y se dirige con simpatía al público de sesión continua.

Este es el truco: divertir al auditorio sin desprenderse de la inocencia.

Toda la película está parcheada con cosas que nos agradaban. Los códigos y los escenarios nos resultaban familiares. A los personajes ya les habíamos tomado cariño por puro roce, y sus valores inspiradores seguían ahí.

Confiar en algo así era, por aquellos años, tan natural como bajar la guardia ante una melodía pop.

Desprovista de la carga de tragedia que a veces exhibía su precedente televisivo, Avisa a Curro Jiménez es un ejemplo prometedor de lo que hubiera podido ser nuestro cine de aventuras si no hubiera existido la Ley Miró. De ahí que la cinta esté limitada en un espacio-tiempo muy determinado: los primeros años de la Transición democrática. Es decir, antes de que el envaramiento ideológico y la pose intelectualoide fueran monedas de curso legal en nuestra industria.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.