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«Cardenio», la obra perdida de Shakespeare

Las circunstancias han permitido en raras ocasiones reunir a dos grandes escritores o a dos grandes filósofos. Platón y AristótelesDescartes y Pascal, más recientemente García Márquez y Vargas Llosa y aquella célebre historia del puñetazo.

Leibniz no conoció a Newton, pero al menos polemizó con él a través de la persona interpuesta de Clarke. El resultado es una polémica que todavía tiene interés acerca del determinismo y la naturaleza de Dios.

En otras ocasiones, el encuentro de diferentes artistas ha dado origen a una generación, como la del 98, o la del 27. Pero pocas veces esa cercanía se ha traducido en verdadera colaboración. Una excepción podría ser la conjunción de un pintor y un director de cine, Buñuel y Dalí, que dio como resultado Un perro andaluz.

El encuentro de dos grandes escritores casi siempre les ha servido para descubrir que no tenían nada que decirse, o que no querían decirse nada. Esa es la sensación que a uno le queda al leer las memorias de Elias Canetti y descubrir que Robert Musil era muy poco comunicativo con sus colegas y que los escritores vieneses que compartían mesas y cafés apenas se ayudaban en sus trabajos literarios.

Los escritores se comunican casi siempre mejor desde la distancia, como dos de los más interesantes autores de ciencia-ficción, Stanislaw Lem y Philip K.Dick, de los que sería muy interesante ver publicada su correspondencia.

La apresurada conclusión podría ser que la mayoría de los escritores se entienden mejor con otros escritores si ya están muertos. Hablar con los muertos es fácil y poco fatigoso, porque nunca discuten nuestras opiniones. Todos estamos de acuerdo con Montaigne, pero Montaigne estaría de acuerdo con pocos de nosotros.

Shakespeare y Cervantes son considerados, de manera casi unánime, los dos mayores escritores de la historia. Por eso, ningún encuentro literario parece más interesante que el suyo.

También comparten su afición por los locos. Shakespeare creó a Hamlet, Lear, Macbeth, Próspero, Caliban: todos ellos comparten un rasgo común, padecen algún tipo de locura o demencia, aunque sea transitoria. Cervantes, por su parte, escribió al menos dos obras protagonizadas por locos, Don Quijote de la Mancha y El licenciado Vidriera, un loco que se cree compuesto de cristal y no de carne.

A menudo se especula acerca de qué habría sucedido si Shakespeare hubiese conocido a Cervantes. ¿Qué se habrían dicho? ¿Qué obras podrían haber escrito en colaboración? ¿Cómo podrían haberse inspirado el uno al otro?

En la vida de Shakespeare existen ciertos años oscuros de los que los biógrafos apenas saben qué contar, como los hay en las vidas de Diderot o de Molière, como los hay en la de Jesucristo.

Son esos años que no quedan registrados en la partida de bautismo o en las ordenanzas municipales, años en los que abandona el hogar de sus padres, años en los que ya no es el William Shakespeare de la pila bautismal pero tampoco el autor de las obras que hacen que todavía recordemos que ese hombre de Stratford existió alguna vez. Es una persona que está adquiriendo los conocimientos y las experiencias que necesitará para construir su formidable edificio dramático, como al parecer hizo Diderot, como tal vez hemos hecho todos los que empleamos mucho de nuestro tiempo a escribir.

Durante esos años oscuros de William Shakespeare no es seguro que saliera de Inglaterra, pero ¿quién sabe si viajó a Francia o a Italia, quién sabe si acaso alcanzó España? Tal vez allí tuvo ocasión de ver representadas obras de teatro de Lope de Vega, de Calderón de la Barca, de Miguel de Cervantes. Tal vez leyó el Don Quijote de Cervantes, o al menos alguien le contó la trama, del mismo modo que le contaron la de la novelita de Mateo Bandello Romeo y Julieta.

El gran traductor de Shakespeare Luis Astrana Marín aventuraba que Shakespeare y Cervantes pudieron haberse conocido, pero no durante esos años oscuros, sino cuando ya ambos eran escritores de fama. Según Astrana MarínShakespeare podría haber viajado a España con la embajada inglesa de 1608 y habría conocido a Cervantes en Valladolid.

Pero ni siquiera es necesario suponer que Shakespeare saliera de Inglaterra, porque pudo leer El Quijote traducido al inglés en 1612. ¿Podemos imaginar, dado el gusto de Shakespeare por adaptar argumentos ajenos, un Quijote escrito por Shakespeare, podemos creer que el hidalgo manchego pisó alguna vez las tablas de un teatro inglés, acompañado de Sancho Panza, bufón ideal para una obra shakesperiana?

Esta es pues la hipótesis: si ese aficionado a los locos que fue Shakespeare hubiese leído el Quijote, ¿no habría podido escribir una obra protagonizada por el loco caballero andante de Cervantes? La sorprendente respuesta es que, al parecer, Shakespeare leyó el Quijote e incluso escribió una historia protagonizada por un loco personaje de Cervantes… pero no por Don Quijote.

Al parecer, nunca existió un Don Quijote de la Mancha de William Shakespeare, pero si es casi seguro que el autor de Hamlet leyó la obra de Cervantes, que se tradujo al inglés en 1612 por John Shelton, y que también escribió una obra basada en ella, en colaboración con John Fletcher.

Sin embargo, por razones que a nosotros nos resultan difíciles de entender y de explicar, Shakespeare no eligió los pasajes más conocidos y sugerentes de Don Quijote, y tampoco a los personajes principales, como Alonso Quijano, Sancho Panza, Dulcinea o el cura, sino que prefirió un episodio menor, la historia de Cardenio, que Don Quijote y Sancho Panza escuchan cuando se encuentran en Sierra Morena.

Esa obra de tema cervantino escrita por Shakespeare se llamaría Historia de Cardenio y se sabe que fue representada al menos dos veces por los King’s Men (Los hombres del rey) en 1613.

La búsqueda de esta obra perdida es una de esas pesquisas literarias fascinantes que atraviesa los siglos. Aparte de la certeza de que existió, pues se halla en los registros oficiales de la época, su pista se perdió, cuando se incendió el teatro The Globe. Sin embargo, vuelve a ser mencionada en 1653, cuando el editor Humphrey Moseley “obtuvo licencia para una obra que describe como Historia de Cardenio, por Fletcher y Shakespeare”.

¿Qué sucedió a partir de entonces con la Historia de Cardenio?

El Shakespeare cervantino

En el siglo XVIII el erudito y obispo anglicano Warburton tenía entre sus manuscritos una obra de Shakespeare llamada Cardenio. Según se cuenta, el obispo no pudo evitar que un día su cocinero usase el manuscrito para encender el fuego.

Otro religioso, en este caso un monseñor, fabuló hacia 1930 con la idea de que había aparecido el manuscrito de Cardenio, pero escrito de puño y letra por Francis Bacon. Eso demostraría que el canciller y filósofo que creó la ciencia moderna, también era el padre de la literatura moderna, bajo el seudónimo “William Shakespeare”. Entre quienes defienden que las obras de Shakespeare las escribió Bacon, o al menos que no las escribió Shakespeare, hay autores tan ilustres como Mark Twain. De los muchos nombres que se esconden, o que se han querido encontrar bajo el nombre de Shakespeare, hablaré en otro capítulo de esta Biblioteca Imposible.

La pista del Cardenio no se perdió en los fogones de Warburton, sino que evolucionó de una extraña manera, con una historia que se había desarrollado en paralelo. Otro erudito shakesperiano, Lewis Theobald, había atribuido en 1627 a Shakespeare y a Fletcher una comedia llamada Doble Falsedad (Double Falsehood, o como aparece en la edición de TheobaldDouble Falshood).

Como es sabido, los eruditos y los traductores tienen la costumbre de poner siempre algo de su propia cosecha en sus trabajos. Al parecer, así lo hizo Garland al traducir Las mil y una noches, añadiendo cuentos como los de Aladino y la lámpara maravillosa, los de Simbad el marino, o Ali Babá y los 40 ladrones, que hoy nos parecen la esencia misma de ese libro inagotable. Pero en el caso de Doble falsedad, algunos llevaron sus sospechas más allá y consideraron que la obra fue imaginada y escrita solo por Theobald, no por Shakespeare y Fletcher; o que como mucho era una adaptación del Cardenio original, tal vez a partir de tres versiones incompletas. Lo cierto es que el propio Theobald no incluyó Doble falsedad en su magnífica edición de las obras de Shakespeare.

La opinión que ha acabado prevaleciendo es que Doble falsedad es lo que su título parece indicar de manera insolente: falsa. Con el tiempo, se fue olvidando el sueño de encontrar una obra de Shakespeare basada en una obra de Cervantes.

Sin embargo, en el 2007, la Royal Shakespeare Company, a través de su director Gregory Doran, autentificó oficialmente la existencia del Cardenio de Shakespeare y Fletcher. Se anunció entonces su presentación “en un proyecto en común entre España y el Reino Unido” para el año 2009.

No estoy muy seguro de si la obra llegó a representarse en la fecha indicada, pero sí sé que en marzo de 2010 se publicó por fin el Cardenio de Shakespeare y Fletcher, aunque se prefirió mantener el título de TheobaldDoble falsedad. La cuidada edición corrió a cargo del profesor Brean Hammond y apareció en la prestigiosa editorial shakesperiana Arden. El editor opina que la mano de Shakespeare se percibe con claridad en el primer y segundo acto y en dos de las escenas del tercer acto, mientras que el resto de la obra habría sido escrito por Fletcher o en estrecha colaboración entre los dos autores, que también escribieron juntos Enrique VIII y Los dos nobles caballeros. Hammond también cree que la obra fue escrita poco después de que apareciera la traducción del Quijote al inglés, en 1612 y que fue representada el año siguiente.

Este parece el final de la larga historia acerca del Shakespeare cervantino, una búsqueda que atraviesa tres siglos y en la que la verdad y la mentira se han mezclado de tal forma que resulta difícil leer con cierta serenidad el Cardenio de Shakespeare y Fletcher y después opinar si es shakesperiana o si, más bien, pertenece con todos los honores a esta Biblioteca Imposible.

Sin embargo, todavía quedan algunas sorpresas. La primera es que no fue necesario, al menos en España, esperar hasta la edición inglesa de 2009 para conocer la obra cervantina de Shakespeare y Fletcher, pues en 2007 la editorial Rey Lear publicó Historia de Cardenio. Lo asombroso es que ni siquiera se trata de una primera edición, pues fue publicada en otra editorial española ya en 1987.

Ambas ediciones se deben a Charles David Ley, erudito inglés que pasó gran parte de su vida en España. Esto significa que disponemos en español desde hace ya veinte años de esa obra de Shakespeare y Fletcher basada en Don Quijote de La Mancha y que desde hace poco la Royal Company asegura que es auténtica y que la editorial Arden ha incluido en el canon shakesperiano. ¿O tal vez no? Intentaré responder a esta inquietante duda.

Los libros que queremos leer y el Cardenio de Shakespeare

Hay certeza de que una obra llamada Cardenio se escribió y representó en tiempos de Shakespeare y que le fue atribuida, en colaboración con John Fletcher. Sin embargo, como ya conté, el texto se perdió hasta que Lewis Theobald aseguró haberlo encontrado y lo publicó con el título Doble falsedad, que hace poco ha sido por fin considerado como obra de Shakespeare y Fletcher y publicado este mismo año (2010) por la shakesperiana editorial Arden.

Sin embargo, ya en 2007, la editorial española Rey Lear publicó ese libro de tema cervantino atribuido a Shakespeare, y además con su título original, Historia de Cardenio. La edición fue preparada por el erudito inglés Charles David Ley, quien, por cierto, ya había publicado el libro, aunque en otra editorial, ¡en 1987!

Da la impresión de que la historia de la Historia de Cardenio en España es tan interesante y rocambolesca como la de las diversas pesquisas llevadas a cabo en Inglaterra, pero no tengo datos suficientes para afirmarlo.

Borges aventuraba la hipótesis de que un clásico es: “Aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término.”

Borges se refería a los libros, pero podemos aplicar la definición a los autores de esos libros y considerar que Shakespeare es un clásico, el más clásico de todos los clásicos. Es por ello que las interpretaciones de la obra de Shakespeare no acaban nunca. Siempre hay algo nuevo que encontrar en ellas, cualquier detalle cobra una importancia a veces desmesurada y parece relacionarse con todo el universo, al menos con el modesto pero también inabarcable universo de la literatura.

Otra frase célebre define el arte como aquello que miramos con atención. Cuando leemos una obra escrita por Shakespeare siempre la miramos con más atención, que la que dedicamos a dramaturgos coetáneos, como Ben JonsonJohn Ford o el propio John Fletcher. Es probable que si observáramos a muchos de estos autores con la meticulosidad que concedemos a Shakespeare, descubriríamos muchos pasajes asombrosos en sus obras.

La conclusión, quizá no muy agradable, es que los clásicos a veces son sobreinterpretados y sobrevalorados, que algunos pasajes de Shakespeare que nos parecen esenciales en la mecánica del universo literario tal vez son sólo accidentales y que a veces hemos puesto más nosotros al interpretarlo que Shakespeare al escribirlo.

Una disposición positiva hacia un autor favorece encontrar en él diversas bellezas, como sucedió con los poemas de Ossian, tan elogiados mientras se consideraron el testimonio de unos tiempos heroicos, y tan olvidados cuando se supo que eran el fraude urdido por un poeta moderno llamado MacPherson.

En definitiva, nuestros prejuicios condicionan nuestra lectura, nuestros gustos determinan en gran parte nuestras observaciones y, como decía un francés, nuestras razones son las esclavas de nuestras pasiones.

Lo anterior es bastante cierto, pero a veces la realidad se encarga de refutar nuestras teorías: he de confesar que, pese a mi atenta búsqueda y entusiasmo, no he logrado encontrar en Historia de Cardenio nada comparable a lo que encuentro en otras obras de Shakespeare, incluso en obras menores como Los dos hidalgos de Verona (que también escribió en colaboración con Fletcher).

Tal vez, si forzara un poco las cosas, podría encontrar algún rasgo shakesperiano, pero entonces estaría cayendo en aquello que Umberto Eco llamaba sobreinterpretación, que no es muy diferente de encontrar el número pi en una pirámide; algo tan improbable como encontrar a Montaigne citado en un libro de Plutarco, o al Dante en La Eneída de Virgilio.

En Historia de Cardenio los diálogos se suceden con cierta soltura narrativa, pero sin mayor interés, a menudo repitiendo cosas que ya han sido explicadas, y otras veces no explicando algo que resulta confuso. Aquí y allá se descubren comparaciones insípidas y diálogos triviales. Tan sólo en ciertos pasajes se adivina algo que podría sonar un poco shakesperiano, pero que se ha desinflado en el camino, ya sea en la reescritura de Theobald o en la traducción al español de David Ley. Por ejemplo:

“DON BERNARDO: No es burla mi buen Camilo, aunque en los tratos amorosos ya sabes que hay abundancia de mudanzas en media hora. El tiempo, el tiempo, vecino, hace jugadas con todos nosotros.”

Tras esta alusión al tiempo, parece esconderse una ambición mayor, pero se echa a faltar algo más concreto, como que el tiempo juega con nosotros mientras jugamos a perderlo, o mientras perdemos el tiempo jugando. Pero la misma expresión elegida, “Hace jugadas con nosotros”, es feísima.

Un poco más adelante descubrimos el inicio de una burla que si podría haber sido escrita por Shakespeare:

“El tiempo, Señor! ¿Qué me dices del tiempo? Vamos, ya veo cómo son las cosas. Un poco de tiempo puede agarrarle a un hombre por la nuca y sacudirle el honor.”

Otro diálogo destaca un poco por la viveza y el ingenio de la réplica de Luscinda:

“FERNANDO: El mérito de mi más tierno afecto ha de borrar a Cardenio, hombre de baja estirpe, de tu mente preclara.
LUSCINDA: Ella se mancharía si siguiese tus consejos corrompidos.
FERNANDO: Mudarás.
LUSCINDA: ¿Para qué quieres esposa tan mudable?”

Pero lo mejor es, sin ninguna duda, este hermoso poema, que tan español parece:

“DOROTEA:
¿Quién menoscaba mis bienes?
Desdenes
Y ¿quién aumenta mis duelos?
Los celos.
Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
De este modo, en mi dolencia
ningún remedio se alcanza,
pues me matan la esperanza,
desdenes, celos y ausencia.

Y no es extraño que parezca español, puesto que una consulta a los capítulos de Don Quijote dedicados a la historia de Cardenio nos revela que el poema ya estaba allí. ¿Es que Fletcher y Shakespeare lo tradujeron al inglés y después quienes lo retradujeron al español escogieron, siguiendo el ejemplo del borgiano Pierre Menard, las palabras exactas que cinco siglos antes había escrito Cervantes?

La respuesta de David Ley es más compleja que convincente:

“En cierto momento se oye a Dorotea, fuera de escena, cantar una estrofa, cuyo estilo me parece claramente que no es ni de Shakespeare ni de Fletcher, sino de un autor de cien años después, por lo tanto, supongo yo, de Theobald. Así que he sustituido esta canción por otra sacada de El Quijote, cantado a lo lejos en la Sierra Morena por Cardenio poco antes de aparecer Dorotea, vestida de pastor.”

Curioso procedimiento, que hace cantar a Dorotea la canción que cantaba Cardenio, pero en otra obra y en otro idioma, aunque tal vez en la misma época, la de Cervantes y Shakespeare.

Del mismo modo, David Ley podría haber mejorado bastante el inicio de la Historia de Cardenio si el personaje del Duque le hubiese dicho a su hijo en la primera escena:

“DUQUE: Hijo mío, en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”

Imagen superior: montaje de «Cardenio» llevado a cabo por la Royal Shakespeare Company en el Swan Theatre, Stratford-upon-Avon (2011). Fotografía de Ellie Kurttz © RSC.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Daniel Tubau

Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión. Guionista, director y periodista es autor de libros como "Las paradojas del guionista", "El guión del siglo 21"; "La verdadera historia de las sociedades secretas", "Nada es lo que es: el problema de la identidad" (Premio Ciudad de Valencia en 2009), "No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes", "El espectador es el protagonista" y "El arte del engaño".