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Winston Churchill: el andamiaje de la retórica

En la película El Señor de los Anillos: El retorno del Rey (Peter Jackson, 2003), Aragorn, ante las puertas de Mordor, pronuncia una arenga, de la que no hay constancia en el libro de Tolkien. El héroe se dirige a los atribulados enemigos de Sauron en los siguientes términos: «¡Seguid en posición, hacedles frente! ¡Hijos de Gondor y de Rohan! ¡Mis hermanos! Veo en vuestros ojos el mismo miedo que encogería mi propio corazón. Pudiera llegar el día en que el valor de los hombres decayera, en que olvidáramos a nuestros compañeros y se rompieran los lazos de nuestra comunidad… ¡Pero hoy no es ese día! En que una horda de lobos y escudos rotos rubricaran la consumación de la edad de los hombres… ¡Pero hoy no es ese día! ¡En este día lucharemos! ¡Por todo aquello que vuestro corazón ama de esta buena tierra! ¡Os llamo a luchar, hombres del Oeste!».

Borges, en El Hacedor (1960), bajo el epígrafe “El enemigo generoso”, incorporó un texto que atribuyó a Hugo Gering, de un apéndice a la Heimskringla. Esta atribución está considerada como apócrifa, al parecer podría ser una invención más del propio Borges. El texto, indudablemente borgiano, era el siguiente:

“Magnus Barfod, en el año 1102, emprendió la conquista general de los reinos de Irlanda; se dice que la víspera de su muerte recibió este saludo de Muirchertach, rey en Dublín:

Que en tus ejércitos militen el oro y la tempestad, Magnus Barfod.

Que mañana, en los campos de mi reino, sea feliz tu batalla.

Que tus manos de rey tejan terribles la tela de la espada.

Que sean alimento del cisne rojo los que se oponen a tu espada.

Que te sacien de gloria tus muchos dioses, que te sacien de sangre.

Que seas victorioso en la aurora, rey que pisas a Irlanda.

Que de tus muchos días ninguno brille como el día de mañana.

Porque ese día será el último. Te lo juro, rey Magnus.

Porque antes que se borre su luz, te venceré y te borraré, Magnus Barfod.”

La similitud entre ambos textos es obvia. La aliteración, la forma versificada, el uso de las metáforas y las analogías y las contundentes conclusiones revelan su afinidad con los textos de las sagas nórdicas. Estamos ante recursos retóricos. En este terreno, es preciso recordar que el único Premio Nobel de Literatura en el que se hace referencia a la oratoria es el que se concedió en 1953 a Winston Spencer Churchill.

Al margen de discusiones ‒siempre las habrá‒ sobre la pertinencia de la concesión del Nobel, no hay duda de que Churchill fue un gran orador.

Roy Jenkins (Churchill, Península, 2014) relata que la madre de Churchill le envió en 1897, cuando éste estaba en la India en el 4º de Húsares, libros de Edward Gibbon, (Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano) y de Thomas Macaulay. Jenkins recoge recoge un comentario escrito en 1897 en el que el propio Churchill revela sus fuentes: «Macaulay es conciso y enérgico; Gibbon, majestuoso e impresionante. Los dos son fascinantes y demuestran lo magnífico que es el idioma inglés, ya que puede ser agradable en estilos tan diferentes».

A su vez, Andrew Roberts, en su amena (en contraste con la de Jenkins) biografía de Churchill (Crítica, 2019), identifica un artículo inédito, «El andamiaje de la retórica» («The Scaffolding of Rhetoric»), que Churchill escribió en noviembre de ese mismo año, 1897, y que jamás se llegó a publicar. Roberts dice que este hecho le benefició, ya que en el propio artículo revelaba sus trucos discursivos. En el mismo se identificaban cinco elementos mediante los que se construiría la gran oratoria.

Primero. El empleo exacto y constante de la voz (palabra) más pertinente.

Segundo. Eufonía. Una cadencia más parecida al verso libre que a la prosa.

Tercero. Acumulación de tesis argumentales. Todos los hechos apuntan en la misma dirección.

Cuarto. El uso de la analogía (relación de semejanza entre cosas distintas).

Quinto. Una fórmula expresiva, una consigna.

Roberts, a su vez, lo resume: “Palabras pulcramente escogidas; frases de cuidada estructura; acumulación argumental; empleo de la analogía; despliegue de excentricidades.”

Las reglas «churchillianas» se acoplan perfectamente con los textos transcritos de Aragorn y del presunto rey irlandés. Las palabras son comprensibles, el aire poético, la repetición de argumentos, las analogías (con origen en las metáforas de las kenningar nórdicas) y las frases finales, casi eslóganes.

Hay otro discurso, uno de los más famosos, que permite, en su análisis, identificar los parámetros comentados. Se trata del que pronunció Abraham Lincoln el 19 de noviembre de 1863 en Gettysburg, en la inauguración del Soldier’s National Cemetery, cuatro meses después de la batalla de Gettysburg.

Lincoln, en el discurso, utiliza palabras sencillas, habla de la nación como un ente que nace y renace nuevamente (madurando), reitera (con múltiples referencias) el carácter de consagración (a la nación) del sacrificio de los muertos y de la decisión de los vivos, mantiene una cadencia (el texto es relativamente pequeño) y termina con una consigna memorable. “Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra”.

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Joaquín Sanz Gavín

Contable y licenciado en Derecho.