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«Los robots del amanecer» (1983), de Isaac Asimov

La siguiente novela del Ciclo de los Robots aparecería nada menos que en 1983: Los robots del amanecer. Para entonces, Asimov había madurado mucho como escritor y este regreso a su Ciclo de los Robots fue tan bien recibido que estuvo nominado a los premios Hugo y Locus.

Como las dos precedentes, la trama gira alrededor de un crimen que deben investigar Elijah Baley y Daneel Olivaw, pero en esta ocasión se introducen temas más complejos que apuntan ya claramente a una integración del Ciclo de los Robots dentro de una cronología más amplia que incluiría también las novelas de la Fundación y su libro El fin de la eternidad (1955).

Si Bóvedas de acero transcurría en las megaciudades abovedadas de la Tierra y El sol desnudo en el casi desierto planeta de Solaria, Los robots del amanecer nos traslada dos años después a otro mundo exterior, Aurora, el primero de los que fueron colonizados siglos atrás por terrestres y el que goza de mayor desarrollo, prosperidad e influencia. La Tierra necesita el apoyo tecnológico de Aurora si quiere sacar adelante su nuevo plan colonizador, plan al que se oponen el resto de los Mundos Exteriores. Pero resulta que en Aurora tiene lugar un “roboticidio”: la destrucción de la mente de R. Jander Panell, un robot idéntico a Olivaw. El único con los conocimientos necesarios para tal acto es el principal valedor de la Tierra en Aurora, el doctor Hans Fastolfe –viejo conocido de Baley y Olivaw en los libros anteriores–. Sus enemigos quieren utilizar este caso para desacreditarlo y apartarlo del poder, lo que significaría el aislamiento definitivo de la Tierra y la condena de sus habitantes a un largo languidecer y eventual muerte.

Baley se encuentra otra vez requerido –en esta ocasión por el propio Falstolfe– para resolver este delicado asunto con graves connotaciones políticas… y personales, ya que al detective se le advierte de que su fracaso significará su destitución profesional y degradación dentro de la jerarquía social de su ciudad.

Para colmo, la misión dista de ser sencilla: se le concede un tiempo muy limitado, desconoce la cultura local y el principal sospechoso, el doctor Fastolfe, admite sin reservas que, aunque él no es el culpable, sí es el único en Aurora con conocimientos lo suficientemente profundos de robótica como para haber cortocircuitado el cerebro positrónico de la “víctima”.

Por su parte, Baley prosigue su evolución como personaje. Una vez más y como ya le había ocurrido en Solaria, debe luchar por no sucumbir a su agorafobia, pero ahora –y excepto en un dramático pasaje– ya no le resulta tan difícil. Además y como ya le había ocurrido en su anterior viaje fuera de la Tierra, debe adaptarse rápidamente a las costumbres y peculiaridades de una cultura diferente. Su reencuentro con Daneel es verdaderamente afectuoso puesto que Baley ya ha superado en este punto sus prejuicios antirobot –al menos en lo que a su compañero se refiere– y ha aprendido a comunicarse con él de forma que ambos puedan comprenderse mutuamente.

Y hablando de Daneel, éste es sin duda uno de los grandes personajes de la ciencia ficción y quien, más aún que Elijah Baley, hace que los lectores recuerden estas novelas con especial cariño gracias a su amable circunspección; sus observaciones tan agudas como inocentes sobre la naturaleza y comportamiento humanos y sus esfuerzos por encontrar el pensamiento o la explicación adecuadas… Por ejemplo, cuando se reencuentra con Daneel y trata de explicar sus “emociones” lo hace de la siguiente manera: “No puedo expresar lo que siento en un sentido humano, compañero Elijah. Sin embargo, te diré que el verte hace que mis pensamientos fluyan más fácilmente, y la fuerza gravitacional de mi cuerpo parece asaltar mis sentidos con menos insistencia, y que hay otros cambios que no sé identificar. Me imagino que lo que siento corresponde aproximadamente a lo que tú puedes sentir cuando estás complacido.”

En otro pasaje, cuando Elijah le pregunta acerca del doctor Fastolfe, Daneel defiende a su creador con una mezcla de lógica y pasión. Es, sin duda, un robot peculiar, uno de los grandes del género que inspiró a Gene Roddenberry a la hora de crear a su androide Data para Star Trek: La nueva generación.

En cambio, menos convincente y verosímil resulta el robot telepático Giskaard. Es un modelo más antiguo que Olivaw –el cual, por cierto, se ha convertido tras la “muerte” de Panell en el único androide existente con aspecto totalmente humano– pero éste le considera su igual. De hecho y hasta cierto punto, Los robots del amanecer es una suerte de reformulación y expansión del cuento “¡Embustero!” (1941), en el que se presentaba un robot con capacidades telepáticas.

Personalmente, es una idea que no me resulta coherente con el tono en general racional y “científico” del resto del Ciclo. No sólo no se explica cómo es posible que Giskaard pueda leer las mentes humanas e influir en ellas sino que semejante poder lo convierte en un deus ex machina con el que resolver la historia de una manera poco convincente pero que se adecua, eso sí, al deseo del autor de integrar, como dije, su Ciclo de los Robots y su saga de la Fundación.

Hay otro aspecto tanto o más chocante que el de un robot telépata: la inclusión de escenas sexuales explícitas y del propio sexo como un factor importante de la historia, algo que no se había visto antes en la obra de Asimov o al menos con este grado de intensidad.

El personaje alrededor del cual se centra la carga sexual es Gladia, a quien ya habíamos conocido en El sol desnudo y que, tras abandonar Solaria al comprender que su personalidad era incompatible con la cultura de su mundo natal, se ha establecido en Aurora. Allí, según ella misma relata en un inquietante pasaje, se sumergió en un frenético e infructuoso periodo de experimentación sexual aprovechando la liberalidad reinante en su mundo de acogida, una liberalidad que consiente el incesto o el sexo con robots. El cortejo y coito final entre ella y Elijah está, en mi opinión, algo forzado y no es demasiado coherente con lo que sabíamos de antemano acerca de ambos.

El otro personaje femenino de peso es Vasilia, la hija del doctor Fastolfe y prestigiosa roboticista por sus propios méritos. Asimov deja claros sus sentimientos incestuosos por su progenitor y su carácter amargado y resentido. Si la complejidad emocional de Vasilia se hubiera explorado con mayor profundidad y sutileza, podría haber resultado un personaje con el que el lector pudiera conectar emocionalmente, pero por desgracia todo lo que de ella se ve es su lado vengativo y manipulador. Al final, las dos mujeres principales del libro se definen no por ellas mismas sino por su relación con los hombres clave en sus respectivas vidas.

La novela comienza con un ritmo casi frenético cuando Baley es convocado por su jefe, explicadas someramente las implicaciones de la investigación que va a acometer y trasladado rápidamente a Aurora. Pero ese torbellino de actividad no representa ni mucho menos el compás del resto del libro, compuesto sobre todo de largas y repetitivas conversaciones sobre las Leyes de la Robótica y las cortapisas que Baley y sus pesquisas han de salvar. Hasta tal punto llega a ser pausado el ritmo que las circunstancias físicas de la muerte de Jander Panell no se le explican al protagonista hasta bien entrada la trama.

Por otra parte, el detective humano de Asimov no responde, como ya comenté anteriormente, al modelo de Sherlock Holmes, buscando pistas físicas e interpretándolas, sino que su sistema consiste en ir entrevistándose consecutivamente con los sospechosos, conversaciones éstas bastante largas y reiterativas que versan sobre los matices y posibilidades de las Tres Leyes. El único momento de verdadera acción es una especie de persecución nocturna que resulta no ser tal.

Y es que cabe preguntarse acerca de la necesidad de este tercer libro. Con el doble de extensión que las dos anteriores novelas, Asimov se dejó llevar aquí por la autoindulgencia, estirando y retorciendo hasta el límite sus teorías sobre las Tres Leyes que él mismo había creado cuatro décadas atrás; y, en segundo lugar, dedica mucho tiempo a construir una trama que permita encajar el Ciclo de los Robots en la misma continuidad temporal que la Fundación. Es aquí donde se pone en marcha una secuencia de acontecimientos que siglos después llevará a la formación de un Imperio Galáctico (el de la Fundación) del que estarán ausentes los robots.

Aparece por primera vez la noción de la psicohistoria (en la cronología interna de la saga, claro), enunciada por el doctor Fastolfe: “Ojalá, señor Baley, pudiera entender mejor a los seres humanos. He pasado seis décadas estudiando las particularidades del cerebro positrónico y espero seguir dedicando mis esfuerzos a este problema durante quince o veinte más. En este tiempo, apenas he rozado el problema del cerebro humano, que es mucho más complicado. ¿Hay Leyes de Humánica igual que hay Leyes de Robótica? ¿Cuántas Leyes de Humánica podría haber y cómo pueden expresarse matemáticamente? No lo sé. Sin embargo, quizá llegue el día en que alguien enuncie las Leyes de la Humánica y entonces podré predecir los rasgos generales del futuro y sabré qué le espera a la humanidad, en vez de limitarme a hacer conjeturas como hasta ahora, y sabré qué hacer para mejorar las cosas, en vez de limitarme a especular. A veces sueño con fundar una ciencia matemática a la que llamaría psicohistoria”.

El propio robot Giskaard, con su capacidad para penetrar –y estudiar– la mente humana, desarrolla cierta presciencia acerca de la mejor evolución para el hombre: “Los terrícolas tendrán que colonizar la galaxia sin robots de ningún tipo. Ello significará dificultades, peligros y daños sin medida que los robots evitarían en el caso de estar presentes pero, en el fondo, los humanos sacarán más provecho si se abren camino por ellos mismos. Y quizás un día, dentro de mucho tiempo, los robots puedan intervenir una vez más. ¿Quién sabe?”. Asimov explica de esta forma por qué y por intervención de quién en el futuro Imperio y la posterior Fundación no existirán robots.

Ese nexo con la saga de la Fundación se complementa con referencias a antiguos cuentos de los robots, como aquél en el que Susan Calvin averiguaba las capacidades telepáticas de un robot, lo que sitúa claramente este conjunto de novelas en el futuro de aquellos primeros relatos escritos en los cuarenta. De hecho, es precisamente ese deseo de integrar algo artificialmente sus dos principales sagas lo que hace que el desenlace de esta tercera entrega resulte disperso y frustrante además de demasiado abierto, con miras a continuar los cabos sueltos en un siguiente volumen, Robots e Imperio.

Artículos dedicados a la Serie de los robots

El ciclo de los robots (1940-1985), de Isaac Asimov

Bóvedas de acero (1954), de Isaac Asimov

El sol desnudo (1957), de Isaac Asimov

Los robots del amanecer (1983), de Isaac Asimov

Robots e Imperio (1985), de Isaac Asimov

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".