En un reciente artículo escribí que no estaba tan claro que Aristóteles en su Poética afirmara que toda obra debe tener tres actos. Sin embargo, hay que reconocer que el gusto por las tres partes se encuentra en muchos lugares, por ejemplo en Japón, donde el esteta, director y actor del teatro Nô, Zeami (1363-1443) estableció la regla del Jo-Hai-Kyu: “división en tres movimientos no sólo de toda la obra, sino de cada escena de esta obra, de cada frase de la escena y, a veces incluso, de cada palabra”.
Zeami asegura en su Fushikaden: «Así como en todas las cosas existe introducción, desarrollo y desenlace, lo mismo pasa con el Nô.»
También en China, en un tratado del siglo VI escrito por Lu Xie de curioso título, El arte del cincelado de dragones y el corazón de la literatura, se dice que las obras deben tener tres partes:
«El lenguaje del comienzo prepara el brote de las ideas del centro de la composición; las palabras finales continúan el cortejo expresado en las frases anteriores. Así se logra que en el aspecto exterior del texto se combinen los bordados y que la idea interior corra por sus venas; que el receptáculo y el cáliz se sostengan mutuamente, que la cabeza y la cola constituyan un cuerpo.»
Parece razonable pensar que esta división tripartita, una historia que se plantea, se desarrolla y se resuelve, tiene relación con la construcción de una frase, en la que también hay sujeto, verbo y complemento: “Yo hago esto”.
Pero hay que tener cuidado, porque esa estructura se da en español pero no en todas las lenguas. En alemán sería:
«Gestern hat mein Freund seinem Vater einen Brief geschrieben» (Ayer ha mi amigo a su padre una carta escrito.)
Es decir “Mi amigo ha escrito una carta a su padre”
En latín sería: «Amicus certus in re incerta cernitur» (Amigo seguro en situaciones inciertas se descubre.)
Es decir: “El amigo seguro se descubre en las situaciones inciertas.”
Como se ve, no resulta tan sencillo deducir la estructura narrativa a partir de la estructura de la frase (y eso que no hemos mencionado aquí el chino). Tampoco está claro que, como han afirmado casi todos los teóricos del guión, desde Syd Field en 1979, las películas tengan siempre tres partes.
Kristin Thompson se ha tomó la molestia de analizar decenas de películas para intentar averiguar de una vez por todas cuántas partes tienen y ha llegado a la conclusión de que, en todo caso, no tienen tres partes, sino cuatro, aunque ni siquiera eso es seguro, porque resulta difícil definir exactamente qué es una parte. Eso no impide que cada una de esas cuatro partes tenga un planteamiento, un desarrollo y un desenlace, pero, suceda o no suceda así, de lo que no cabe duda es de que los seres humanos sentimos una preferencia evidente, como ya dije en Las formas narrativas no narrativas, hacia la forma narrativa, nos gusta que nos cuenten las cosas en forma de cuento.
Ya sabemos que quizá no somos los únicos capaces de disfrutar de la narrativa (ver Los cuervos narrativos) pero, ¿por qué disfrutamos tanto con esta manera de presentar las cosas? La pregunta queda aquí suspendida entre los bits de Internet hasta la semana que viene.
Imagen superior: Mister Addd, Flickr, CC.
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